Rivales y mentirosas Epílogo
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Epílogo

Dos años después.

—Tranquila —susurra Kate, apretando la mano de Leire mientras caminan por el pasillo hacia la salida del juzgado.

—Estoy bien.

Kate le suelta la mano y le pasa el brazo sobre los hombros, atrayéndola hacia ella.

—Estás temblando, cariño —dice, dándole un beso en la sien.

Leire se agarra a su cintura y se aprieta contra ella.

—Solo quiero salir de aquí.

Patricia, la abogada que camina junto a ellas, las mira de reojo.

—Lo has hecho muy bien, Leire; las dos. Ahora ya está.

Atraviesan la puerta y varios flashes se disparan sobre ellas. A Leire le gustaría que esto fuera solo por su relación, porque son dos extenistas profesionales que están juntas, pero están ahí porque la noticia de la denuncia contra su padre acabó filtrada hace unos meses.

—Es muy posible que haya sido él mismo —dijo Patricia cuando se enteraron—, un intento de vender una imagen de víctima de su propia hija que lo ayude a librarse.

Leire sintió que se le revolvía el estómago, preguntándose todavía si era la pena por la muerte de su madre la que había hecho que su padre perdiera la cabeza o si siempre había sido así.

Las preguntas llueven sobre ellas, pero Patricia les hace de escudo, poniéndose frente a los micrófonos para hacer una breve declaración mientras ellas esperan detrás a que todo termine.

Varios policías les abren paso entre la multitud hasta que llegan al coche que las espera, donde la abogada se despide de ellas.

—No es un mal resultado, Leire; dada su falta de antecedentes, no podíamos esperar mucho más, pero a partir de ahora tendrá que andar con pies de plomo porque ante cualquier denuncia parecida, nada lo librará de la cárcel.

Le tiende la mano primero a la española y después a Kate.

—Si me necesitáis, ya sabéis dónde encontrarme.

—Gracias —responde Kate por las dos, y Patricia continúa su camino mientras ellas se suben al coche.

Tal y como predijo la abogada en su momento, el proceso podía alargarse hasta tres años; al final han sido dos.

Lo peor ha sido esto de hoy, la vista oral y el careo con su padre, al que no había vuelto a ver desde que regresó del US Open hace algo más de dos años porque él se mudó al pueblo de su hermano y ha permanecido allí desde entonces.

Al final, lo han condenado a dos años y medio por delito de descubrimiento y revelación de secretos, con el agravante de parentesco más una pena adicional por la tentativa de difusión de las imágenes enviadas al teléfono de Candela, que se ha despedido de ellas en el interior del edificio.

Bruno no entra en prisión debido a que es su primer delito y, como ha dicho la abogada, no tiene antecedentes, pero esto quedará en su historial.

El camino en taxi hasta la casa de Leire en Madrid —a la que llegaron ayer y donde se quedarán un par de días más antes de regresar a la de Kate en la isla— lo hacen en silencio, pero en cuanto el taxi las deja en la entrada y Kate cierra la puerta al entrar, Leire se derrumba y deja salir toda la tensión que ha estado soportando las últimas semanas desde que Patricia les dijo la fecha de la vista y la ansiedad comenzó a devorarla.

—Ya está, cariño —susurra Kate, que la mantiene pegada a su cuerpo hasta que Leire se desahoga por completo.

Después la coge de la mano y la guía hasta la cocina, ayudándola a sentarse sobre el mármol antes de entregarle un vaso de agua.

—Voy a hacer algo de comer; tienes que meter comida en el estómago —decide la australiana, porque Leire estaba tan nerviosa esta mañana que no ha podido desayunar.

—Gracias.

—De nada —responde la pelirroja, abriendo la nevera y arqueando una ceja—, aunque no esperes nada copioso con lo poco que compramos ayer.

Leire esboza una sonrisa.

—La verdad es que tengo ganas de volver a casa; podríamos mirar si hay algún vuelo para esta tarde.

Kate la mira de reojo. Habían planeado quedarse un par de días para salir un poco por la capital, pero lo cierto es que a ella también le apetece volver. Se ha acostumbrado tanto a la tranquilidad de su casa que el caos de Madrid la estresa enormemente.

—¿Segura? —pregunta, cerrando la nevera para situarse frente a ella, entre sus piernas.

Leire le pasa los brazos sobre los hombros y entrelaza sus manos detrás de su cabeza, mirándola con los ojos hinchados y rojos, pero sonriendo.

—Sí. Además, acabamos de abrir el club y no me fío mucho de Tom y sus pocas habilidades sociales.

Kate suelta una pequeña carcajada que le sacude los hombros, y Leire, embobada, le pasa un dedo sobre las pecas de las mejillas.

—Es verdad, se le da bien enseñar, pero la comunicación no es su fuerte —admite Kate.

Tom es el chico al que ella dio clases por las mañanas durante un año y medio.

Al muchacho se le daba bien el tenis, pero no lo suficiente como para pensar en ser profesional; así que, cuando Leire se retiró el año pasado y ambas invirtieron para montar un club pequeño en la isla, lo contrataron como ayudante de Kate en la pista y es al que han dejado al frente estos días que están fuera.

—Anoche hice números —empieza Leire, que aprovechó que los nervios no la dejaban dormir para abrir el portátil y trabajar un poco.

La idea principal era montar el club y que ambas ejercieran de entrenadoras, pero cuando comenzaron con todo el papeleo, Leire descubrió que le gustaba mucho toda la parte de la gestión y, como estaba cansada tras un último año muy intenso en el circuito, le dijo a Kate que prefería encargarse de eso y descansar un poco de la raqueta, así que la única entrenadora del club es la pelirroja.

—¿Y?

—Deberíamos invertir en otra pista cubierta y contratar a Tom a tiempo completo para que haga los entrenamientos de los que se inician y tú puedas ocuparte solo de los que tienen más nivel.

Tus horarios se han comenzado a llenar y, si no hacemos algo antes, tendremos que empezar a meter a gente en lista de espera, y cuando la gente tiene que esperar mucho lo que hace es irse a otro club.

No nos podemos permitir perder clientes.

—Vaya, eres una gran empresaria —sonríe Kate—. Entonces, ¿no te planteas ayudarme? ¿Quieres seguir en el despacho?

—Me gusta eso, nena —Leire se encoge de hombros y le arrastra un mechón de pelo con los dedos antes de darle un beso—. Quiero seguir con la gestión si te parece bien.

—Me parece genial, y lo estás haciendo muy bien, así que, si quieres invertir en una pista más y hacerle una nueva oferta a Tom, adelante.

—Gracias.

Leire la besa, y lo que empieza como algo tentativo escala muy rápido en un beso profundo y cargado de deseo que termina con las dos en el sofá, desnudas, agotadas y sin comer, pero rabiosamente felices.

—¿En qué piensas? —pregunta Kate tras un par de minutos observando a Leire, que tiene la mirada fija en el techo mientras traza formas indeterminadas con el dedo sobre su hombro.

—En nosotras, en que fue duro y complicado el principio, pero nos ha traído hasta aquí —se gira para mirarla—. Gracias por esperarme, Kate, por estar ahí, paciente, y por darnos otra oportunidad.

—Ofrecerte la mano aquel día fue la mejor decisión que he tomado jamás —asegura, mirándola a los ojos.

Leire le sonríe con ternura y le pone una mano cálida en la mejilla, y como no es capaz de ponerle nombre a todo lo que siente, se acerca y la besa despacio, suspirando contra su boca mientras sus ojos vuelven a llenarse de lágrimas, aunque estas son de felicidad.