Capítulo 24
—¿Estás bien? —pregunta Leire mientras Kate jadea intentando recuperar el aliento.
La australiana todavía siente la resaca del orgasmo tambaleándose entre sus piernas, donde todavía sufre pequeños espasmos.
Cuando ha abierto los ojos, Leire estaba mirándola, tumbada a su lado con una sonrisa tímida mientras acercaba los dedos a su hombro desnudo para trazar líneas entre sus pecas.
A Kate todavía le cuesta describir lo que ha sentido al despertarse y verla ahí.
Se acostó sintiéndose inquieta porque cada vez que lo hacía junto a Leire, sentía la ansiedad anudarse en su estómago ante la idea de huir en medio de la madrugada.
Anoche no tenía que hacerlo, podía dormir sin preocuparse de no escuchar el despertador o de quién la podría ver al salir, y se quedó tan pasmada ante la idea que Leire se dio cuenta.
—¿En qué piensas? —preguntó acercándose a ella en la cama.
—En mañana, en que no tendré que…
—Huir —completó Leire, y la sombra volvió a su expresión unos segundos antes de que lograra apartarla a un lado porque, después de horas hablando de muchas cosas, se habían prometido centrarse en el futuro a partir de ese momento—. Tengo muchas ganas de despertarme contigo.
Kate le sonrió y movió los hombros, porque sabía que no hacía falta que dijera todas las que tenía ella.
Ayer no tuvieron sexo porque no era eso lo que necesitaban la una de la otra, así que se acurrucaron juntas y se durmieron casi de inmediato, pero esta mañana pensaban una cosa diferente, sobre todo la española.
—¿Has dormido bien? —le preguntó mientras Kate se frotaba los ojos.
—Sí, como un tronco. ¿Y tú?
—Genial.
—¿Por qué me miras así? —el pulso de Kate se aceleró ante su sonrisa traviesa.
—Porque siempre me he preguntado cómo sería hacerte el amor por la mañana, sin prisa, y ahora voy a comprobarlo.
Para cuando los besos de la española llegan a su sexo, Kate está tan receptiva que apenas tarda un minuto en correrse, y como le parece que ha ido demasiado rápida, presiona la cabeza de Leire para que siga ahí hasta que se corre una segunda vez.
Leire se arrastra por la cama, le da un beso en el hombro, otro en la mandíbula y se tumba para contemplarla.
—No hemos hablado de nosotras —susurra mientras traza círculos suaves sobre su pecho, todavía agitado.
—Creía que ayer lo habíamos aclarado todo —dice Kate.
—Ayer quedó claro que no me odias y que estás dispuesta a darnos una oportunidad, pero no hablamos nada sobre lo que pasará a partir de ahora con nosotras.
Kate se cubre un poco con la sábana y se gira hacia ella para quedar de frente, cogiéndole la mano para llevarla al centro de su pecho.
—¿Qué quieres que pase, Leire?
—Quiero que tengamos todo lo que no hemos tenido y que disfrutemos de todas las cosas que hace una pareja. Quiero salir contigo, tener un montón de jodidas citas. Y viajar —añade pensativa—. Visitar los sitios que elijamos sin tener una agenda detrás que nos impida ver poco más que el hotel.
—Creo que eso se puede arreglar; ahora solo una de nosotras tendrá agenda, yo voy a tener mucho tiempo libre.
Las cejas de Leire se arrugan y le besa los nudillos.
—¿Has pensado en lo que vas a hacer ahora? Hay otras opciones que te pueden dejar en el mundo del tenis, Kate.
—Lo sé, pero de momento me voy a tomar unas semanas, tal vez unos meses.
No quiero precipitarme y quiero centrarme en recuperarme, en seguir trabajando para que la espalda no me duela y me permita hacer una vida relativamente normal mientras decido, así que este tema lo dejamos para otra conversación; ahora volvamos a nosotras. Sigue, por favor.
El rubor inunda las mejillas de Leire de golpe.
—¿Qué? —Kate entorna un poco la mirada.
—Quiero que vivamos juntas —deja caer la española, observando con atención la reacción de Kate, que no logra evitar que sus ojos se conviertan en dos platos ante la sorpresa—. No ahora mismo. Tú tienes cosas que gestionar y yo también, pero no me gustaría tardar mucho si tú estás de acuerdo.
—Pareces muy lanzada —los labios de Kate se alargan en una sonrisa socarrona.
—Ya —admite sofocada—, pero mejor o peor, llevamos tres años juntas, Kate. Puede que no nos hayamos visto fuera de aquí como pareja, pero te quiero, y quiero seguir despertándome contigo cada día. De hecho, no comprendo cómo he podido sobrevivir sin esto tanto tiempo.
—Supongamos que acepto —Kate se hace la interesante y su mirada brilla con ese destello de diversión que tenía cuando Leire la conoció—.
Quiero vivir en mi casa de la isla. Es tranquila y tiene todo lo que necesitamos, creo que te gustaría.
Puede ser nuestro domicilio permanente y tu casa de Madrid la que usemos cuando vayamos a la capital.
—¿Y la tuya? ¿Vas a venderla?
—No. Mi familia se aloja allí cuando vienen de visita. Tendremos dos casas en Madrid y punto.
Leire se ríe.
—Entonces, ¿es un sí?
—Si no te importa vivir en una isla.
—Me da igual dónde, Kate, solo quiero estar contigo. Dicho esto, podemos seguir —la española se acerca para besarla y Kate cierra las piernas como un cepo cuando siente su mano subirle por el muslo.
—Espera, deja que me recupere —suplica entre risas, inclinándose hacia ella para tomar el control—, además, yo todavía no te he escuchado gemir sin contenerte, y estoy loca por hacerlo.
—¿Quieres que grite tu nombre mientras me corro? —la sonrisa de Leire se tuerce, pero se le borra la expresión chulesca cuando Kate le sube las manos por encima de la cabeza y se pone a cuatro sobre ella, mirándola con esos ojos verdes que se están volviendo oscuros.
—No es algo que harás porque yo te lo pida; lo harás porque vas a suplicarme que pare… O que siga, ya veremos.
El sexo de Leire da una sacudida de necesidad solo de pensarlo.
—Joder, nena, creo que voy a suplicarte ahora mismo.
La comisura de Kate se curva un poco y se acerca para susurrarle al oído.
—Date la vuelta, pienso devorarte entera.