Capítulo 23 #2
—Que mi vida sin ti no tiene ningún sentido. Que te quiero, Kate, sé que te lo he dicho otras veces, pero nunca hice nada para demostrártelo; al contrario, todo lo que he hecho ha sido apartarte.
La pelirroja deja las manos quietas por primera vez, porque Leire se ha llevado las suyas a la boca y se está tomando unos segundos para serenarse, pero los ojos le brillan tanto que Kate no está segura de que pueda detener el llanto.
—Lo siento…
—Deja de pedir disculpas, Leire.
—Si me dejas, me voy a pasar la vida entera haciéndolo —asegura la española—. Nunca debí dejar que el miedo me dominara de ese modo, ni firmar con Costel ni escuchar los consejos de mi padre, ni permitirle que… —se detiene, con una ráfaga de rabia atravesando su mirada oscura.
—Leire…
—Tengo que contarte algo —la española se rellena el vaso de agua y bebe un par de tragos—. Intenté hablar contigo estos días, pero no respondías mis llamadas y tampoco sabía muy bien cómo empezar.
Traga saliva y se queda un momento mirando su plato.
—Leire, ¿qué pasa? —pregunta Kate, moviendo la silla para sentarse a su lado.
—Me cambié de hotel porque discutí con mi padre, y porque no tenía claro que mi habitación fuera segura.
Kate frunce el ceño, descolocada.
—¿A qué te refieres?
—¿Sabes quién es Candela Valle?
—La periodista, sí, pero ¿qué tiene que ver ella con mi pregunta? —la pelirroja empieza a estar impaciente.
—Vino a hablar conmigo y me enseñó dos fotografías que alguien le había enviado de nosotras.
Kate saca la lengua y se la muerde con suavidad un segundo y, por un momento, Leire pierde el hilo de lo que explicaba.
—En una se nos veía en el vestuario, y en la segunda —la impotencia atraviesa a la española de repente—, se nos veía en mi habitación, contra la pared, a punto de…
—¿Qué coño? —Kate se pone de pie y da unos pasos por la habitación, alucinada—. ¿Cómo las consiguió?
—Mi padre.
La pelirroja la mira boquiabierta, segura de que Leire ha debido equivocarse.
—No hablas en serio.
—Ojalá.
Durante los siguientes minutos, Leire le detalla la conversación completa con Candela, la que tuvo después con su padre e incluso la charla con Isaac en la cafetería.
Kate se ha sentado porque, por un momento, se ha sentido mareada por la rabia y la impotencia, no solo porque le afecte, sino por Leire, porque no puede imaginarse lo que tuvo que sentir la española al descubrir que su propio padre había traspasado esa línea que debería ser infranqueable.
—Debí contártelo cuando nos vimos ese día, pero joder, no podía, Kate, no me salía. Estaba tan bloqueada que ni siquiera cuando me dejaste pude reaccionar.
—No pasa nada —Kate le pone una mano en la rodilla.
—Sí que pasa. Debí ser más valiente, tragarme el miedo y hablar contigo para que las dos pudiéramos decidir lo que hacíamos como un equipo. Sé que no éramos nada oficialmente, que te he mantenido en la sombra y que…
Leire rompe a llorar, girándose hacia ella e inclinándose hacia delante, apoyando los codos en las rodillas mientras Kate le sujeta las manos.
La australiana sigue dolida por todo lo que ha pasado y estaba segura de la decisión que había tomado, pero Leire al fin ha dado un paso al frente y se ha enfrentado al peor de sus miedos frente a millones de personas por ella, porque no quería perderla, y le parece suficiente muestra de amor como para permitir que se siga martirizando por lo mismo.
—Oye —susurra, inclinándose también para pegar su frente a la de Leire—, para ya de castigarte. Sé que estás arrepentida, que te hubiera gustado actuar de otra manera y que no querías que llegáramos a ese punto, pero ahora ya está.
—Te hice daño.
—También te lo habías hecho tú. Creo que de las dos, tú eras la que peor lo llevaba porque tenías que lidiar con lo que sentías y con lo que temías.
No te dejé para provocarte ni para ponerte entre las cuerdas, Leire, quiero que eso lo tengas claro.
No buscaba que te vieras obligada a elegir entre tu privacidad o lo nuestro; yo solo necesitaba respirar.
Me estaba asfixiando en una relación en la que no podía expresar lo que sentía y…
Leire se incorpora y le acuna el rostro.
—No lo he hecho por obligación, nena —susurra—, ni porque me viera contra las cuerdas.
De haber sido así, lo habría hecho el mismo día que me dejaste.
Lo hice porque sentí que ese era el momento, porque de repente ese miedo a la exposición que he sentido siempre me parecía completamente absurdo y ridículo al lado del que estaba experimentando al saber que todo era real, que te ibas del tenis y de mi vida.
No me arrepiento de lo que he hecho, y joder, me siento más ligera, como si pudiera volver a flotar después de pasar años nadando hacia la superficie sin poder llegar del todo. Sé mi novia, por favor, oficialmente.
Kate se ríe y ella estira un poco los labios.
—Hablo en serio. Si sigues creyendo en nosotras, quiero estar contigo para todo. Haré una declaración, una rueda de prensa donde explicaré que llevo años queriéndote.
—Vas un poco embalada, ¿no? —sonríe Kate—. No necesito que le expliques nada a nadie. Esto es tuyo y mío y a nadie le importa; lo único que quiero es vivirlo sin esconderme, sin pedirle a Diane que vigile los pasillos para poder colarme en tu habitación, sin tener que salir a hurtadillas…
—Eso se acabó, pienso pasearme contigo por todo el puto planeta. Quiero que todos me vean a tu lado, que sepan que eres mi chica y que estoy muy agradecida por ello — Leire coge una servilleta y se seca la cara—. No entiendo cómo pude ser tan estúpida y estar tan ciega para no valorar lo que tenía.
—Para ya, Leire. Ahora estamos aquí, las dos —le coge una mano entre las suyas—. Y seremos imparables.
—Gracias —la española la abraza y le da un beso en el cuello.
—Ahora que hemos aclarado esto, hay que hablar de lo que ha hecho Bruno —dice Kate—. Sé que es tu padre, Leire, pero ha violado nuestra intimidad y eso no puede quedar impune.
—Lo sé, no pretendo que lo haga. Le dije a Isaac que se informara sobre las opciones, pero quería hablar contigo antes de denunciarlo. Necesito que las dos estemos juntas en esto o no podré soportarlo.
Se miran unos segundos, perdiéndose en los ojos de la otra.
—Me tienes aquí, cariño.
—Tú también. Te juro que no volveré a fallarte —Leire se inclina y la besa.