Rivales y mentirosas Capítulo 23
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Capítulo 23

Caminan por el túnel sin decir nada, tensas, con las manos unidas con una fuerza desmedida y los ojos vidriosos.

Otras jugadoras que todavía no se han marchado del torneo las interceptan antes de llegar al vestuario para felicitarlas, también algunas personas a las que no conocen y personal que hay por la zona.

Kate está en una especie de nebulosa, es incapaz de decir nada, solo de asentir y tratar de sonreír mientras avanzan, agradecida de que Leire no la haya soltado porque está un poco mareada con todas las emociones que acumula un cuerpo cansado y una mente exhausta.

Cuando al fin entran en el vestuario, agradecen estar solas y Leire suspira de alivio mientras cierra la puerta.

Sabe que tienen que hablar de muchas cosas, que confesar que está enamorada de Kate no hace borrón y cuenta nueva como si nada hubiera pasado, pero ahora no puede sacar ningún tema, ni contarle lo de su padre ni hablar de ellas, porque la australiana tiembla de arriba abajo sin saber cómo gestionar tantas emociones en un día.

—Vamos a sentarnos un momento antes de que te desmayes —susurra Leire, guiándola hasta un banco de madera.

En cuanto se sientan, Kate se rompe de nuevo y empieza a hipar como si no tuviera oxígeno.

Es el final de su carrera y todavía necesita un poco más de tiempo para procesarlo, para convencerse de que ha ganado, de que el público la ha adorado hasta el final y de que Leire está con ella sin esconderse.

—Deja que salga, cariño… —susurra la española, abrazándola con fuerza cuando Kate se dobla hacia ella.

La mantiene pegada a su cuerpo mientras le masajea la espalda con una mano y le va besando el pelo.

Kate llora durante minutos hasta que al fin su cuerpo dice basta y comienza a calmarse.

Cuando se incorpora, tiene la cara empapada, el flequillo pegado a la frente y algunos mechones de la coleta por el cuello, además de los ojos rojos e hinchados.

Leire se asegura de que está bien y se levanta a por pañuelos de papel.

—¿Quieres agua? —pregunta, agachándose frente a ella.

Kate asiente y Leire coge la botella de su mochila y se la entrega.

—Toma, bebe despacio y a sorbos cortos para que no te entre hipo.

La pelirroja obedece, da un par de tragos y le devuelve la botella, levantando la mirada hasta que sus ojos verdes conectan con los marrones de Leire por primera vez desde que han salido de la pista.

Hay tanta intensidad en su mirada que a Leire se le escapa el aliento y el corazón se le desboca.

—¿Cómo estás? —pregunta, y Kate solo asiente para indicarle que está bien.

En ese momento alguien llama a la puerta, lo hace de forma sonora y espera unos segundos antes de abrir.

—¿Puedo pasar un momento? Solo quiero ver cómo está —dice Diane, que conoce tan bien a Kate que sospechaba que iba a derrumbarse.

La entrenadora cierra la puerta a sus espaldas y se acerca a las tenistas, sentándose al lado de su protegida mientras Leire se mantiene agachada con las manos sobre sus rodillas.

—¿Todo bien, cielo? —pregunta Diane, y la barbilla de Kate sufre un ligero temblor antes de que las lágrimas vuelvan.

De nuevo, pasan unos minutos hasta que logra calmarse, y esta vez se pasa una muñequera por la nariz y la otra por los ojos.

—Estoy muy nerviosa —dice al fin, levantando un poco las manos, que le tiemblan como si estuviera vibrando.

—Es normal —asegura Diane—, demasiadas emociones para un solo día —dice, y mira de reojo a Leire, que no aparta la vista de Kate—. ¿Qué necesitas? ¿Quieres salir ya y te duchas en el hotel?

Kate niega con la cabeza.

—Estoy hecha un desastre —se pasa los dedos por los ojos y traga saliva—. Me ducho y nos vamos.

—Bien —Diane le da un beso en la mejilla y se levanta—. Solo por tenerlo claro, ¿os vais juntas o…?

—Juntas —responde Leire como un disparo—, si te parece bien —añade mirando a Kate.

—Sí.

—De acuerdo, ¿adónde? —sigue Diane.

—Mi hotel —esta vez es Kate la que habla primero, y Leire asiente sin más.

Diane se marcha y cuando se quedan a solas, Leire le coge las manos.

—Tenemos que hablar de muchas cosas, pero cuando estés lista. ¿Nos duchamos y nos vamos?

Kate afirma con la cabeza y ambas se desnudan y se meten en la misma ducha solo porque Leire necesita asegurarse de que, si vuelve a romperse, ella estará ahí para abrazarla.

Cuando el vehículo que las ha llevado se detiene frente a la entrada del hotel, hay casi tantos periodistas como había cuando han salido del estadio, y Kate no puede evitar mirar a Leire una vez más, todavía sorprendida por su entereza.

Al salir del coche, la española la espera y le tiende la mano, y entran al hotel con los dedos entrelazados, igual que cuando han salido del estadio.

—¿Estás bien? —pregunta Kate, que ahora está más serena.

Acaban de entrar en el ascensor y es como si ahora empezara a ser consciente del todo de lo que significa lo que Leire ha hecho, y le preocupa que se venga abajo o incluso que se arrepienta.

—Perfectamente, nena, estoy donde tengo que estar. Donde debería haber estado desde hace mucho tiempo.

Le aprieta más la mano y las puertas se abren.

Kate tiene que inspirar con fuerza para que sus pulmones se llenen de aire tras sentir un estallido de mariposas diferente invadiendo su pecho al escucharla.

Está acostumbrada a experimentarlo tras un roce o un beso de Leire, pero no por escucharla hablar.

Al entrar en la habitación, deja su bolsa de deporte en el suelo y va directamente hacia la cama, donde primero se sienta y después se deja caer hacia atrás, con los pies en el suelo y la espalda en el edredón.

Leire se tumba a su lado, girada hacia ella con la cabeza apoyada en la mano y el codo en el colchón.

—No quiero hablar de nada ahora, Leire —murmura mirando al techo—, no creo que pueda recordarlo bien, no consigo concentrarme.

—No pasa nada, lo entiendo.

La española le pasa el dorso de la mano por la mejilla y sube con un dedo hasta su ceja, repasando la cicatriz muy despacio.

—¿Por qué no intentas dormir un rato? Pareces exhausta.

Kate no puede decir que tenga sueño exactamente, pero sí hay una flojera instalada en todo su cuerpo y tiene los ojos tan hinchados de llorar que mantenerlos abiertos hace que le piquen.

—¿Te quedarás? ¿Estarás aquí cuando…?

—Despiertes, sí. Estaré aquí siempre que me dejes.

La pelirroja traga saliva, todavía incrédula, y se arrastra por la cama hasta poner la cabeza en la almohada. Leire la sigue y se tumba a su lado, encajando sus rodillas detrás de las de Kate, que se ha acurrucado de lado.

—Duérmete —susurra Leire pasándole un brazo por la cintura.

Kate busca su mano, sus dedos vuelven a unirse y cierra los ojos, soltando el primer suspiro de tranquilidad de todo el día.

Se despierta con el olor a comida y cuando parpadea y logra abrir los ojos, Leire no está en la cama, está destapando las bandejas de comida sobre la mesa, que al parecer acaban de llegar.

—¿Te he despertado? —los ojos de la española se desorbitan de golpe cuando ve que Kate se está sentando, porque se ha esforzado mucho por no hacer ruido.

Ha salido de la habitación con sigilo y bajado al restaurante para pedir en lugar de llamar para no tener que hablar y molestarla, y ha esperado en el pasillo hasta que llegara el servicio para evitar que llamaran a la puerta.

—No, no creo —responde Kate, que es incapaz de saber qué es lo que le ha hecho abrir los párpados.

—Lo siento, he intentado no hacer ruido, pero quería que tuvieras comida cuando te despertases. ¿Cómo estás?

Leire se acerca a la cama.

—Hambrienta —sonríe Kate, que todavía está algo desorientada—. Pensaba que no me iba a dormir, ¿qué hora es? —pregunta, frotándose los ojos—. Joder, siento que tengo dos globos en la cara.

Leire se ríe, le pone una mano en el mentón para mirarla y hace una mueca divertida.

—Los tienes, están hinchados y rojos. Ve a lavarte la cara con agua fría para despejarte y termino de preparar la mesa.

—No me has dicho qué hora es.

—Has dormido cuatro horas más o menos.

Kate, que acababa de ponerse en pie, se gira en redondo hacia ella.

—¿Cuatro horas? —su cara de sorpresa es tan cómica que Leire no puede contener su carcajada mientras asiente—. ¿Por qué no me has despertado?

La seriedad vuelve al rostro de la española.

—Porque lo necesitabas. El día ha sido… —Leire mira un momento hacia arriba mientras busca la palabra—.

Intenso, has pasado por mucho hoy. Despedirte del tenis por una lesión tiene que ser muy duro, Kate, y yo últimamente no he ayudado mucho —su expresión se vuelve sombría—, en realidad, no he ayudado nada, solo he hecho que todo esto sea más duro para ti.

Kate la mira y se muerde los labios mientras asiente.

—Sí, ha sido duro —confirma la pelirroja.

—Lo siento mucho.

—Lo sé —Kate se frota los ojos y se gira para ir al baño.

Comen sin sacar los temas importantes, hablando de detalles del partido y de lo que han sentido mientras jugaban.

—Probablemente ha sido el peor partido de tu carrera —comenta Kate antes de dar un sorbo a su agua con gas.

—Lo sé, no podía concentrarme. Te juro que lo intentaba, pero era imposible. Te miraba y me quedaba absorta, con un miedo instalado en el cuerpo que no me dejaba reaccionar.

—¿A qué tenías miedo? —pregunta Kate, intentando entenderla.

—A que llegara el final del partido. Lo he vivido como una cuenta atrás jodidamente angustiosa, como si hasta ese momento no hubiera sido capaz de valorar la situación, de entender la magnitud de lo que había perdido.

Me he visto ahí, sabiendo que era la última vez que iba a estar tan cerca de ti, y el miedo se me ha metido en las entrañas.

De repente lo he visto todo con una claridad que hasta ahora no me había permitido —Leire no puede comer porque el estómago se le ha cerrado.

—¿Qué has visto? —Kate come por las dos, como si su cuerpo llevara días en ayuno.