Capítulo 22
Leire está en la boca del túnel con la bolsa al hombro y las manos cerradas en dos puños para controlar el temblor que siente en ellas.
Ha llegado a la final y todavía no puede comprender cómo lo ha hecho, porque los partidos han sido para ella una transición hacia algún lugar cada vez más oscuro.
Kate es la otra finalista, la chica pelirroja con la que ha pasado las mejores noches de su vida y la misma mujer con la que no ha logrado hablar todavía.
Desde su conversación con Isaac, donde descubrió sorprendida que su agente no era el tipo de persona que ella había pensado, ha intentado hablar con Kate en varias ocasiones.
Le ha enviado algunos mensajes que la australiana no ha leído, y también la llamó tres veces sin obtener respuesta en ninguno de los intentos.
Leire la entiende, sabe que es una forma de protegerse y de algún modo ha querido darle espacio, pero ahora, a punto de jugar la final, comprende que le ha dado demasiado, porque este es el último partido y cuando acabe, Kate ya no tendrá ninguna razón para seguir aquí.
Pensarlo hace que le cueste respirar y se arrepienta de no haber ido a su hotel, esperarla en el pasillo de su habitación o incluso haber apelado a Diane para rogarle que intercediera por ella y conseguir unos minutos con la pelirroja.
Al otro lado del estadio, Diane está sujetando la cara de Kate con las manos.
—Mírame, cielo —la entrenadora espera unos segundos porque Kate parece otra esta mañana.
La jugadora parece absorta desde que se ha levantado, y al mismo tiempo muy consciente de todo lo que pasa a su alrededor.
Sus ojos se mueven y se quedan fijos sobre los de Diane, pero la mujer sabe que no la está viendo, que hay una cortina entre las dos que la australiana todavía no ha logrado atravesar.
—Céntrate, por favor —suplica, y ve ese momento en el que las pupilas de Kate parecen moverse ligeramente hasta que logra centrarse en ella—. Estaré aquí al lado, como siempre. Ya has ganado, Kate, pase lo que pase ahí fuera, llegar a la final con todo lo que arrastras ya es un triunfo.
Kate asiente. Tiene los ojos brillantes y húmedos, pero hay una determinación y una fortaleza en su mirada que tiene impresionada a la entrenadora. Por primera vez en las últimas semanas, no ve miedo en ella, sino una calma fría que le está dando vértigo.
—Anda, ve —Diane le da un beso en la mejilla y le pone una mano en la cintura para que se mueva.
La megafonía dice su nombre y el estadio entero se levanta.
Desde que anunció su retirada el apoyo es absoluto y le da una recarga extra de energía que le va a hacer mucha falta.
No le duele la espalda, ni siquiera una molestia leve, y si lo hace, su cerebro no procesa ese dolor porque dentro de su pecho hay otro mucho más intenso que Kate también ignora porque le ha costado mucho llegar hasta aquí.
Para ella no es solo la final de uno de los torneos más importantes del tenis, también es su final con un deporte que la ha acompañado desde que tiene memoria, y su despedida —por llamarlo de alguna manera— de la mujer que hay al otro lado de la red.
No esperaba enfrentarse a Leire si llegaba hasta aquí; de alguna manera pensaba que algún tipo de fuerza divina la libraría de este partido, pero al parecer su destino es despedirse de Leire oficialmente en el mismo sitio donde la conoció: una pista de tenis.
Kate sale a la pista con la garganta apretada, saludando con la mano mientras se muerde los labios para no romperse antes de tiempo.
Sabe que no solo gritan por la euforia de la final, sino que también lo hacen para despedirla.
Deja sus cosas en el banco y camina hacia la red al mismo tiempo que Leire, que ya le está tendiendo la mano incluso antes de llegar.
—Suerte —dice la española.
El apretón es fuerte y dura un par de segundos más de lo que debería.
Kate siente el hormigueo que le provoca el contacto recorrer todo su brazo hasta estallar en la boca del estómago, algo muy parecido a lo que ha experimentado Leire, a la que ve exhalar de forma abrupta antes de que se suelten y se den la vuelta para colocarse en sus respectivos sitios.
Durante el primer juego, Leire comete dos dobles faltas seguidas y todos parecen sorprendidos teniendo en cuenta que una de sus ventajas siempre ha sido el saque, pero ella no lo está; tiene la cabeza en otra parte y es incapaz de concentrarse en el partido sin dejar que otros pensamientos la distraigan.
No le había pasado nunca hasta ahora, pero parece que su mente ha llegado al límite de lo que puede soportar.
Solo puede centrarse en la dueña de esa coleta rojiza que se mueve por el otro lado de la red, y no precisamente para devolver sus golpes, sino para observar sus movimientos y cada línea de ese cuerpo que pronto no verá más.
Al contrario que ella, Kate ha logrado sacarlo todo de su cabeza, permitiéndose alejar todo lo negativo para poder jugar su último partido profesional en plenas facultades, disfrutando cada movimiento, dejando que los gritos del público le pongan la piel de gallina y absorbiendo cada segundo de este partido que sin duda recordará toda su vida.
Su rival es irrelevante a pesar de que sea Leire; ni siquiera logra ser consciente del todo de cada fallo torpe que comete la española.
Kate está tan concentrada que incluso da la impresión de saber dónde va a botar la siguiente bola antes de que su rival la devuelva.
Leire pierde el primer set casi sin oponer resistencia. Su revés, otra de sus joyas, por ahora no le está sirviendo de mucho, porque si no la tira larga, la potencia con la que lo devuelve no es suficiente como para hacer sufrir a la pelirroja para llegar.
Su nivel de desconcentración es tal que hay un momento durante el segundo set en el que recibe una bola fácil, una dejada que solo tiene que empujar para que caiga al otro lado de la red; si lo hace, es imposible que Kate llegue.
Pero en lugar de mirar donde debe y concentrarse en calcular la fuerza y la distancia que necesita, se dispersa y en el último segundo mira a su examante y no a la pelota, golpeándola con tan poca fuerza que esta prácticamente resbala por su raqueta hasta botar a su lado.
Kate no celebra el punto absurdo que acaba de ganar; solo se da la vuelta para volver al fondo y seguir jugando del mismo modo, como si cada decisión que toma sobre la pista le estuviera saliendo del mismo sitio del que le salió la de dejar a Leire, la de vivir esperando a que otra persona se atreviera a apostar por ella.
Se merece ser feliz, y si no es con la española tendrá que buscar su propio camino para lograrlo.
Mientras pelotea para sacar, piensa, con una serenidad sorprendente, que a pesar del dolor que le produce, ha hecho lo correcto. Se siente ligera, como si su cuerpo ya no cargara con ese peso invisible que sentía que le hundía los pies en el asfalto y le dificultaba avanzar.
Es consciente de que frente a ella no tiene a la mejor versión de Leire, de que lo que ve al otro lado es una mujer intentando devolver pelotas.
Está ganando con facilidad en el partido que más debería costarle, pero el deporte no es solo físico, es muy mental, y en esta final la mente de Kate ha vuelto a su sitio y es imparable.
El último punto, el que le da la victoria, llega a través de un saque directo que envía con tanta potencia que la pelota pasa por el lado de Leire sin que esta se mueva a tiempo.
El estadio estalla y Kate se queda quieta en el fondo de la pista, con la raqueta en la mano mientras mira al otro lado como si no terminara de creérselo.
Después deja caer la raqueta y se lleva las dos manos a la cara, encogiendo el cuerpo hasta ponerse en cuclillas.
Las lágrimas le llegan de golpe, no solo de alegría, sino de la tristeza de saber que acaba de jugar el último punto de su vida.
El público no deja de gritar su apellido, coreándolo hasta estremecerla. Haciendo un gran esfuerzo, logra levantarse, se seca las lágrimas con la muñequera y empieza a caminar hacia la red.
Leire ya está allí, esperándola con la cara también empapada en lágrimas, y no precisamente porque haya perdido el partido, sino porque sabe que la ha perdido a ella.
Se encuentran en el centro y lo que tendría que ser un saludo de diez segundos donde se estrechan la mano y se felicitan, se convierte en otra cosa en cuanto sus dedos se tocan.
Kate nota el suave tirón de la española y deja que su cuerpo avance hasta que se funden en un abrazo como si una hubiera caído sobre la otra después de que las hubieran soltado del cable que las sujetaba.
Las dos están temblando cuando Kate se rompe de nuevo, y ahora ya no sabe ni por qué está llorando; solo sabe que necesita seguir haciéndolo y que las manos de Leire en su espalda y su nuca le proporcionan la calma que buscaba, como si ese fuera el único lugar donde se siente a salvo y también el único que no puede tener.
—Enhorabuena, nena —susurra Leire contra su oído, con la voz tan quebrada que Kate hipa más fuerte al escucharla—. Te lo mereces, has jugado muy bien y… —se interrumpe porque no puede pensar con claridad—. Necesito hablar contigo, Kate, por favor. Solo eso, hablar.
La australiana se separa lo justo para poder mirarla. Tiene los ojos rojos e hinchados y se limpia con la palma de las manos antes de encontrar la serenidad suficiente para responder.
—No creo que quede nada más por hablar, Leire. Esta es mi despedida de todo esto —murmura, mirando hacia la grada de reojo—, y también de ti.
Le dedica una última sonrisa y se da la vuelta para caminar hasta su zona para refugiarse en un abrazo con Diane antes de seguir el protocolo de la ceremonia.
—Ya está, cielo —la mujer también está llorando, y Kate sonríe mientras asiente.
La ceremonia es como un borrón para Leire, que recoge su trofeo de finalista y lo sostiene para la foto sin apenas verlo.
Cuando le acercan el micrófono para que diga unas palabras, solo consigue dar las gracias al público y a su equipo con una voz que no le parece suya, porque ella solo puede pensar en la última frase de Kate, que se le ha atravesado en el centro del corazón y la siente ahí como si tuviera clavado un alfiler.
Se retira a un lado y deja pasar a Kate mientras siente que en su cabeza ha comenzado una cuenta atrás, una que la aleja de esta mujer para siempre y que la tiene cada vez más aterrorizada.
Kate alza el trofeo y lo levanta primero hacia el público y después hacia Diane, que ha sido su mayor pilar para llegar hasta aquí. El estadio ruge y se va callando poco a poco cuando le acercan el micrófono, que ella mira asustada como si fuera a atacarla.
—Gracias —dice, y tiene que detenerse para tragar saliva—.
No se me dan bien estas cosas, así que voy a intentar no llorar más de lo que ya he llorado —se escucha un murmullo general de apoyo que le permite unos segundos para tragar otra vez—.
Este ha sido mi último partido y me voy con el corazón roto porque esto ha sido mi vida durante los últimos años y siento que no sé hacer otra cosa, pero otra parte de mí se marcha feliz.
Este deporte me lo ha dado todo: alegrías, disgustos, aprendizaje y también amor.
En una pista como esta conocí a la mujer de la que estoy enamorada y, aunque no ha salido como esperaba, disfruté cada segundo que pasé a su lado.
Ahora empieza una etapa nueva para mí, y solo quiero dar las gracias por todo lo que he recibido.
Kate levanta el trofeo hacia el público de nuevo, sonríe ante los aplausos y se gira para desaparecer por el túnel y no volver, con la cabeza baja y los hombros hundidos.
Es ese gesto de la pelirroja dándole la espalda mientras se marcha para siempre el que activa algo dentro de Leire que hace que de pronto lo vea todo con una claridad que la deja sin aliento: Kate se va.
No es una discusión más ni una mala racha en su relación que después arreglan en la habitación del hotel.
La australiana va a salir del estadio y, cuando lo haga, lo que hubo entre ellas habrá terminado.
Todo lo que Leire ha pasado años protegiendo —el contrato, la marca y su identidad— no es nada comparado con el terror puro y físico que le sube por la garganta al imaginarse el resto de su vida sin Kate formando parte de ella.
Y, por primera vez, lo que le aterroriza no es exponerse, sino callarse y no hacer nada para detenerla.
Leire deja su trofeo en el suelo y da tres pasos hacia el presentador, arrancándole el micrófono de las manos mientras el hombre la mira boquiabierto.
—Yo también estoy enamorada de ti, nena.
La voz le sale alta y quebrada, pero tan clara que es imposible no entender lo que ha dicho. El estadio explota a su alrededor, pero Leire no lo escucha porque lo único que hace es mirar a Kate, que se ha quedado parada justo en la entrada del túnel, de espaldas, como si se hubiera congelado.
El corazón de Leire late muy deprisa, sus labios se mueven temblorosos y necesita dar bocanadas bruscas para intentar respirar.
Suelta el micrófono cuando el hombre se lo coge de la mano mientras transita por los segundos más largos de su vida, que son los que Kate necesita para reaccionar, para entender que lo ha escuchado de verdad y que no ha sido ninguna invención macabra de su mente diciéndole lo único que necesitaba escuchar.
Se gira despacio, con un zumbido en los oídos que viene de su interior y no de los aullidos del estadio.
Leire está ahí, expuesta, esperando su reacción en medio de una pista donde la están viendo millones de personas a través de las cámaras y, sin embargo, nunca le ha parecido tan segura de sí misma como ahora.
La española tiene los hombros rectos, la cabeza alta y la mirada expectante porque lo único que le importa es lo que piense Kate, no lo demás, y solo puede rezar para no haber llegado demasiado tarde.
La pelirroja sonríe de repente y Leire suelta un sollozo de alivio que escucha todo el mundo porque el presentador sigue a su lado con el micrófono abierto.
Se dobla un momento hacia delante, poniendo las manos en las rodillas en un intento de serenarse y asegurarse de que no está soñando, pero cuando levanta la mirada, la australiana sigue allí, mirándola con una sonrisa de orgullo que Leire debió provocarle hace años.
Las dos están quietas y el estadio se ha callado de golpe, como si estuvieran conteniendo el aliento a la espera del siguiente movimiento, y la que lo hace es Kate, que simplemente se gira un poco hacia el túnel, pero no avanza; lo que hace es estirar el brazo izquierdo hacia atrás y abrir la mano a la espera de que Leire se una a ella.
La española casi tropieza con el presentador cuando sale corriendo en busca de la pelirroja, cogiéndole la mano incluso antes de llegar del todo, entrelazando sus dedos antes de desaparecer por el túnel junto a Kate.