Rivales y mentirosas Capítulo 21
72%

Capítulo 21

—¿Te parece bien si desayunamos juntos y hablamos? —propone Isaac cuando Leire baja al lobby del hotel para encontrarse con él—. Siento no haber podido hasta ahora, pero después de la comida me liaron para ir al campo de golf, y ayer me fue imposible.

Leire se encoge de hombros y termina de responder un mensaje a su amiga Marta, que ayer, tras el anuncio de Kate de su retirada, la llamó dos veces y no le contestó ninguna de ellas porque la congoja todavía le aprieta la garganta y no se ve capaz de hablar sin romperse.

«Está todo bien, te llamo en otro momento, estoy muy liada estos días. Te quiero»

Se guarda el teléfono en el bolsillo y levanta la mirada, encontrándose la de Isaac sobre ella.

—Vale, vamos a cualquier cafetería menos a la del hotel, la comida es bastante sosa —dice muy seria.

Isaac sonríe.

—Deberías haberme llamado para que te buscara otro sitio para alojarte, este es bastante mediocre.

Después me ocuparé de trasladarte. Vamos —el agente empuja la puerta de salida y la mantiene abierta mientras sale la jugadora—.

He visto un par de cafeterías cerca de aquí que estaban bien, elige la que más te guste.

A Leire no le ha gustado ninguna y al final han caminado casi diez minutos en silencio hasta que ha visto una que le ha llamado la atención.

—Bueno, cuéntame qué demonios pasa —pide Isaac tras esperar a que les sirvan el pedido para poder hablar sin interrupciones.

—¿Me vas a decir que tú no lo sabías? —se tensa Leire—. ¿Que no estás en esta mierda con mi padre?

El hombre frunce el ceño, tan desconcertado que la tenista duda de ella misma unos segundos.

—¿Metido en qué, Leire? Te juro que estoy muy perdido. Lo único que sé es que el otro día tu padre se marchó sin dar explicaciones y que tú decidiste cambiar de hotel sin decírmelo. ¿Sabes lo estúpido que me sentí cuando me preguntaron qué había pasado?

—Mi padre le envió fotos mías y de Kate a una periodista —suelta Leire con sequedad, mirándolo fijamente a la espera de algún gesto que lo delate.

—Fotos vuestras hay por todas partes. Sois deportistas de élite y salís...

—Fotos íntimas —las cejas de Leire casi se han juntado al decirlo, e Isaac por poco se atraganta con la tortita que estaba masticando.

—Espera, ¿fotos de qué tipo? —pregunta alarmado—. ¿Y a quién coño se las ha mandado?

La tenista lo mira sin responder durante varios segundos.

—Leire, contesta, por el amor de Dios. ¿Qué cojones ha pasado? —pregunta nervioso.

—¿De verdad no sabes nada? —insiste, todavía dudando, pero si le está mintiendo, Isaac es el mejor actor que ha visto en su vida.

—No, cojones —se desespera él—. ¿Qué es lo que ha hecho tu padre?

—¿Qué sabes de Kate y de mí? —pregunta con la intención de pillarlo mintiendo.

Isaac deja el tenedor, se limpia la boca con la servilleta y se recuesta en la silla.

—Sé que te acuestas con ella. Lo sé desde hace más de un año porque me lo dijo un tipo que es editor en un periódico. Afirmó que una de sus reporteras tenía fotos tuyas y de Brogan en actitud cariñosa, pero nunca me las enseñó.

Leire ya no sabe qué pensar.

—Si lo sabías, ¿por qué no me dijiste nada?

—Porque no es asunto mío con quien te acuestas. Haces tu trabajo, juegas de puta madre y me haces ganar una pasta; no te ofendas, pero mientras eso no cambie, a mí no me interesa lo que haces con tu vida privada. Ahora dime qué carajo ha hecho tu padre.

—Candela Valle vino a verme hace unos días para advertirme. Me dijo que alguien le había estado enviando fotos mías y de Kate, y me las mostró. Una en el vestuario, imagino que la hizo él desde la puerta, pero la otra era dentro de mi habitación. Puso una puta cámara para grabarme con ella.

Isaac se rasca la barba, desconcertado.

—¿Me estás diciendo que la cámara la puso tu padre? —pregunta dudando—. Es imposible, Bruno jamás haría esa barbaridad; puede ser...

—Me lo confesó.

Las palabras de Leire dejan a Isaac sin aliento. Su cara cambia de color varias veces: primero blanco, después se pone rojo de rabia y por último pierde el color de nuevo.

—¿Por qué coño haría eso? Si esa periodista lo publica, solo podría perjudicarte. Algo así solo debes contarlo tú, y era evidente que no pretendías hacerlo. ¿Lo hizo por dinero? ¿Valle le pagó por las fotos? —pregunta, cada vez más perdido.

—No estás entendiendo nada. Candela no ha publicado nada ni pretende hacerlo.

La periodista que te dijeron que nos había fotografiado fue ella, pero decidió no hacerlo público.

Por eso mi padre acudió a ella: se las envió porque sospechaba que tampoco las publicaría, que acabaría viniendo a mí para mostrármelas.

—Pues ahora lo entiendo menos; si no lo hizo por dinero...

—Quería asustarme, que yo viera las fotos, me acojonara y rompiera con Kate.

Él la mira, confuso.

—Según él, estoy tirando mi carrera a la basura al arriesgarme a que me vean con Kate teniendo firmado el contrato con Costel. Dice que podrían demandarme por incumplimiento y arruinarme, que lo hizo por mi bien.

Las cejas de Isaac se levantan y después suelta una risita cargada de ironía.

—¿Por qué te ríes?

—Porque pensaba que tu padre era más listo, pero al parecer es más estúpido de lo que creía.

Leire se remueve, incómoda porque no entiende nada.

—Costel no te puede hacer nada si se descubre que te acuestas con Brogan o con diez mujeres cada noche. Me ocupé de eso; es una de las cláusulas que exigí en la última negociación, por eso tardamos tanto en firmar oficialmente.

—¿A qué te refieres con que no pueden hacerme nada?

—Imagínalo así —empieza Isaac—. De alguna manera, se hace pública una foto tuya con Brogan, o lo que sea, alguien lo filtra y se descubre que te acuestas con mujeres.

La cláusula permite que Costel rescinda el contrato contigo sin dar explicaciones públicas, pero tendrían que indemnizarte con tres millones.

Ellos nunca tendrían que exponer públicamente que son unos homófobos de mierda, y a cambio, no podrían joderte.

Las cejas de Leire salen disparadas hacia arriba.

—¿Cómo has conseguido eso?

—Porque soy tu agente y ese es mi trabajo: proteger tus intereses, y en consecuencia, los míos.

Desde que supe lo tuyo con Brogan he lidiado con bastantes mierdas y silenciado unas cuantas bocas.

No sabía que era Valle quien tenía la foto que mencionó ese tipo, pero no es la única que lo sabía.

En todo este tiempo he pagado a tres personas para que no publiquen la noticia.

Perdona que sea malhablado, Leire. Puede que os escondierais para follar, pero para lo demás erais jodidamente evidentes.

Los roces y las miradas que os dedicabais cuando os cruzabais en la pista o los pasillos eran demasiado incriminatorios, y esa fea costumbre de Brogan de ir a verte al vestuario después de los partidos me ha costado una buena pasta.

Leire está perpleja, con el corazón tan desbocado que teme marearse.

—No entiendo; quieres decir que...

—¿Os han visto? —Isaac niega con la cabeza de forma divertida—. Vamos, Leire, no me puedo creer que seas tan ingenua. Los vestuarios son grandes, puede haber alguien en cualquier rincón sin que lo veáis. ¿Os habéis molestado alguna vez en comprobarlo?

—Yo no... —empieza turbada, buscando en su mente esos momentos, pero son demasiados y a ella siempre se le nubla el juicio en presencia de Kate.

—Lo imaginaba. En fin, no importa; por ahora lo tengo controlado, así que tranquila. Cuando estés lista me lo dices y montamos una declaración rápida, sin preguntas. Dos minutos y te olvidas —dice él, y ella siente que todo le da vueltas.

No termina de comprender la reacción de Isaac; pensaba que era un tipo tan chapado a la antigua como su padre y la propia marca que la patrocina, pero no parece escandalizado, ni siquiera preocupado.

—Isaac, siento haber pensado que...

—¿Que lo sabía? —la ayuda—. Tranquila, lo entiendo; a veces me comporto como un gilipollas arrogante.

Y puede que en ocasiones lo sea y que me guste mucho el dinero, no nos vamos a engañar —ella logra sonreír—, pero te aprecio, Leire, y mientras yo pueda evitarlo, los leones no te van a saltar encima hasta que no estés lista para comértelos tú a ellos.

—Ya no creo que haga falta —Leire baja la mirada hacia sus manos, sorprendida de estar hablando de esto con él.

—¿A qué te refieres?

—Kate me ha dejado, y no la culpo, así que puedes estar tranquilo; a partir de ahora no creo que te hagan más chantaje.

El hombre suspira, pero no es un suspiro de alivio, sino de comprensión.

—¿Y estás bien con eso? ¿Sin ella?

Los ojos se le encharcan de golpe y le resulta imposible detener las lágrimas.

—No —sonríe con tristeza—, pero yo sola me lo he buscado. He mantenido a Kate en la sombra durante tres años, demostrándole cada día que no era suficiente para mí, que me importaba más lo que pudieran pensar los demás que mis sentimientos hacia ella.

Él se remueve, incómodo. Está preparado para lidiar con cualquier cosa, pero consolar a una mujer con el corazón roto es algo para lo que no tiene mucha experiencia.

—No sé qué decirte, Leire; a mí los líos amorosos no se me dan muy bien, de lo contrario ya me habría casado, pero deberías preguntarte qué es lo que de verdad es importante para ti, y olvidarte de lo que puedan pensar los demás.

—Siempre me he escudado en Costel, ¿sabes? Me aferraba a mi contrato con la marca para justificar el miedo que me da exponerme, convertirme en el centro de atención, que me señalen y que mi orientación sexual se convierta en un dato más importante que mis resultados en los partidos.

—Brogan es abiertamente lesbiana y yo no veo que la acosen por eso, ni siquiera cuando lo hizo público.

Leire levanta la mirada y sonríe divertida, porque la manera de explicarlo de Kate fue salir de un hotel con una chica de la mano, sonreír a las cámaras junto a ella y, cuando le preguntaron si era su chica, respondió muy tranquila que no.

«No os preocupéis, cuando tenga novia seréis los primeros en saberlo.»

Dijo eso y siguió caminando junto a la chica sin más y, aunque estuvo en todas las portadas esa semana, fue todo tan natural que cuando la vieron con la siguiente apenas le prestaron atención, más allá de algunos artículos.

—Kate es diferente —sonríe con ternura—, siempre consigue que todo parezca fácil.

—Sí, tal vez —Isaac está de acuerdo; hay pocas jugadoras en el circuito con el desparpajo de Kate Brogan, aunque últimamente parezca haber perdido esa parte de su personalidad y siempre ande pasando lo más desapercibida posible—.

Entiendo que a ti te cuesta más, pero si algún día te sientes con fuerza para hacerlo, me tienes aquí.

—Gracias.

—Respecto a lo de tu padre —dice, todavía sin creérselo—, ¿qué quieres hacer?

Leire levanta la mirada.

—Me refiero a si lo vas a dejar pasar o vas a tomar medidas legales.

—Asegura que no vio nada, que detuvo la grabación en cuanto tuvo la primera imagen, pero no sé...

—Lo que él afirme importa un carajo, Leire.

Violó tu intimidad y la de Brogan, y mandó a la mierda tu confianza.

No sé qué tipo de delito es exactamente, pero fue demasiado lejos, así que, si quieres tomar medidas, dímelo y contrataré a un bufete especializado en estos temas para que se le quiten las ganas de volver a hacerlo.

Leire asiente; sabe que debe hacerlo, que es lo correcto y, aun así, le cuesta porque todavía no termina de creerse que haya sucedido, que de verdad su padre, el único familiar que le queda, haya sido capaz de esto.

—¿Puedes informarte de lo que puedo hacer?

—Haremos esto —propone él, inclinándose hacia delante cuando ve sus dudas, que sin duda comprende—.

Buscaré y me informaré bien, y te pondré sobre la mesa todas las opciones.

No tienes que decidir nada; si no quieres seguir, lo paramos y se queda en un cajón, y si quieres hacerlo, nos lanzamos de cabeza. ¿Brogan lo sabe?

—No, no encontré las fuerzas para contárselo.

—Pues deberías hacerlo; ella también sale en esas imágenes y tiene derecho a opinar y decidir si toma sus propias medidas.

—Lo sé —la española asiente—; es solo que la situación entre nosotras está un poco tensa ahora, pero buscaré el momento para decírselo.

—Bien. Yo hablaré con Candela Valle; si sigues adelante, hará falta su testimonio.

La jugadora asiente y su cabeza parece hundirse entre sus hombros. Isaac no es un hombre fraternal, ni siquiera se considera cariñoso, pero aprecia a la tenista y, teniendo en cuenta que es la primera vez que la ve tan afectada, está dispuesto a cualquier cosa para ayudarla.

—¿Quieres que te pida una tila?

—¿Pretendes que me entre sueño antes del partido de semifinales? —responde ella, intentando sonreír.

—Tienes razón, nada de tila. Oye, ¿lo de Brogan lo sabías? Lo de la retirada.

—Sí, me lo dijo en Cincinnati y, en lugar de mostrarle mi apoyo, me quedé congelada. Lo que no entiendo es que no me haya dejado antes.

—Supongo que debe costar mucho dejar a una persona cuando la quieres. No sabía que lo vuestro era tan serio.

Leire lo mira a los ojos, pero ni siquiera lo ve, como si las palabras de Isaac fueran las que ha necesitado para entender todo el daño que le ha hecho a una mujer que solo le ha dado cosas buenas y se ha mantenido a su lado durante tres años en los que se ha conformado con una relación en la que Leire daba un paso hacia delante y retrocedía dos hacia atrás, haciendo promesas que no cumplía mientras pedía sin dar nada a cambio.

Esa es la persona que ha sido para Kate, y esa persona no le gusta; no se reconoce en ella, y ya va siendo hora de que empiece a poner en orden su vida y priorizar lo que le importa.