Capítulo 20
—¿Estás lista, cielo? —pregunta Diane, de pie al lado de Kate, que está a punto de entrar a la rueda de prensa que ella misma ha convocado.
Ya han pasado tres días desde su ruptura definitiva con Leire.
Desde entonces no han hablado, se han saludado en los pasillos con un simple gesto de cabeza y de alguna manera retorcida y extraña, la gente ha percibido la tensión entre ambas y los rumores sobre su rivalidad han vuelto a dispararse.
Las dos han pasado los octavos de final.
La espalda le está dando una tregua, como si su cuerpo supiera que este es el último torneo y le estuviera regalando la oportunidad de jugar con todas sus capacidades, lo cual hace más difícil todo esto.
—No —responde con tristeza.
—Lo sé —Diane le da un apretón en el brazo, le pasa la mano por la espalda para calmarla y sonríe con una mezcla de ternura y admiración—. Eres muy fuerte, y lo estás haciendo muy bien.
Diane no lo dice solo para animarla, sino porque lo piensa de verdad.
Cuando la vio salir de la habitación de la española solo pudo cogerla de la mano y guiarla hasta fuera del edificio, donde un taxi las esperaba en la entrada, y una vez en el interior fue donde pudo abrazarla cuando la pelirroja se dobló hacia ella, llorando e hipando contra su pecho mientras ella trataba de consolarla y poner una tirita sobre ese corazón roto.
Llegaron a su hotel, Diane entró con la jugadora en su habitación y al final se quedó a dormir con ella, manteniéndola abrazada durante toda una noche en la que ninguna de las dos durmió más de tres horas.
Al día siguiente tuvo que hacer de maquilladora para intentar disimular las ojeras de la tenista y el poco color que tenía en la cara, y desde entonces Kate se ha convertido en una sombra de sí misma que se mueve por inercia a la espera de acabar el torneo y poder volver a su casa sabiendo que ha perdido todo lo que más quiere: Leire y el tenis.
—Tendrías que hacer la rueda de prensa, Kate —le dijo ayer—.
Tienes que anunciar que te retiras y hacerlo mientras sigas clasificada; como te eliminen y lo digas después, vas a darles razones para especular y decir gilipolleces como que has perdido facultades y que lo de la espalda es solo una excusa.
Desde que Kate tomó la decisión, Diane ha sido partidaria de anunciarlo cuanto antes, pero la pelirroja no estaba lista, necesitaba tiempo para asimilarlo antes de contárselo al mundo y, aunque todavía no lo ha aceptado del todo, el tiempo se le acaba.
Así que accedió y su agente se encargó de convocar una rueda de prensa esta mañana, antes de que empiecen los partidos.
—Todo está listo —anuncia alguien dirigiéndose a ella, pero Kate apenas entiende lo que escucha porque su mente, completamente dispersa desde su ruptura con Leire, está en otro sitio.
En concreto, está en la conversación que tuvo anoche con Rachel después de que la mujer la hubiera estado llamando desde que Diane le contó lo que había pasado.
Kate no se sintió con fuerzas para hablar de ello hasta anoche, cuando al fin descolgó y volvió a llorar como una magdalena en cuanto escuchó la voz baja y cariñosa de Rachel.
—Lo siento mucho, Kate —empezó la mujer, y como la pelirroja empezó a hipar y no lograba calmarse, Rachel comenzó un monólogo para contarle todo lo que había hecho durante el día.
Lo hacía despacio, añadiendo pausas y resoplidos cuando algo la había frustrado, y poco a poco la tenista comenzó a tranquilizarse, a prestar atención a lo que decía e incluso a reírse en algunos momentos—.
Lo superarás —aseguró cuando ella comenzó a poder articular palabras encadenadas hasta convertirlas en alguna frase corta.
—Supongo que sí —respondió ella—, aunque no estaba lista para perder las dos cosas al mismo tiempo, esperaba que ella estuviera ahí, que me apoyara, que fuera mi roca cuando me quedara coja.
—Lo sé, pero a veces las cosas no salen como queremos y la mierda viene junta en el momento menos oportuno; pero si hay alguien capaz de seguir adelante y volverse más fuerte, esa eres tú, Kate Brogan.
Ella se echó a reír, aunque la sonrisa apenas fue un temblor en sus labios cuando intentó estirarlos, y desde entonces solo piensa en eso, en resurgir como un ave fénix porque no se puede permitir hundirse del todo.
—Vale, vamos —dice al fin.
Diane asiente y sale con ella, sentándose a su lado cuando Kate se pone ante los micrófonos.
La sala de prensa del Abierto está más llena de lo habitual, casi tanto como si fuera para una rueda de prensa tras la final, y a Kate se le seca la boca antes de decir una palabra.
Diane se ha colocado a su derecha, lista para ser su pilar en uno de los momentos más duros de su carrera, en el que se hará realidad que esto termina para ella.
Kate acerca el micrófono y carraspea.
—Buenos días —la voz le sale más baja de lo que esperaba y eso la pone más nerviosa—. Gracias por venir, agradezco mucho que estéis aquí tan temprano.
Mira un segundo el papel que ha traído para que la ayude si se queda en blanco, pero ahora mismo solo ve manchas de tinta sobre la hoja, así que lo aparta hacia un lado y Diane lo coge y lo dobla cuando entiende que no va a utilizarlo.
—Me había preparado una chuleta, pero parece que si lo leo no me va a salir —algunos en la sala sonríen; Candela no lo hace porque ahora mismo Kate Brogan le parece tan vulnerable como lo era su hermana el día que se sentó a la mesa y les contó que le gustaban las mujeres—.
He decidido que este es mi último torneo.
Cuando termine aquí, lo dejo, me retiro.
El murmullo de la sala sube y baja como una ola y las cámaras empiezan a disparar contra ella sin piedad. Kate trata de mantenerse erguida, pero al final termina bajando la vista y tragando saliva para continuar.
—No es una decisión libre, es una decisión de mi cuerpo.
Mi espalda ha dicho basta y he decidido escucharla antes de que empeore.
Eso es todo lo que tengo que decir, sin dramas —lo dice como si estuviera intentando convencerse a sí misma antes que a los demás—, bueno, sí que hay un poco de drama, miradme —Kate se señala la cara, donde ya tiene los ojos encharcados.
La sala vuelve a murmurar y la pelirroja escucha algunas frases de ánimo.
—Kate, ¿desde cuándo lo sabes? ¿Es una decisión reciente? —pregunta alguien que ha levantado la mano desde la segunda fila.
—Sí, es relativamente reciente y todavía no he tenido mucho tiempo para asimilarlo, pero aquí estamos.
—Lo lamentamos, Kate. ¿Cómo se lo ha tomado tu familia? —pregunta otro.
—Mejor que yo —Kate sonríe y contagia su dulzura a toda la sala—. Me apoyan y están encantados con la idea de que priorice mi salud y, con suerte, que pase más tiempo en casa.
La sala vuelve a reír.
—Imagino que será muy difícil para ti estar sentada ahí contándonos esto —dice otra persona.
Y ahí es donde Kate se rompe un poco. La garganta se le cierra cuando intenta responder y lo que iba a ser una frase se queda en un sonido raro que hace que todo el mundo se quede en silencio.
Se lleva los nudillos a la boca, mira al techo y parpadea, y entonces es Diane la que le pone una mano en la espalda mientras se inclina hacia el micrófono.
—Lo está intentando —responde mientras se traga su propia congoja—. Dadle un segundo, por favor.
La entrenadora sube la mano por su espalda, le aprieta el hombro y Kate asiente sin mirarla mientras intenta respirar despacio. Cuando se siente lista para hablar, le sorprende lo nítida que le sale la voz.
—Perdón —se ríe de sí misma, secándose los ojos con los dedos—.
Llevo desde que lo decidí sabiendo que tenía que entrar aquí en algún momento para contarlo.
Estaba convencida de que podría hacerlo, decirlo del tirón y salir de la sala sin que me vierais llorar, pero parece que lo que pienso y lo que hago no comulgan muy bien.
Los periodistas sonríen y de nuevo vuelve a escuchar palabras de apoyo.
—Respondiendo a la pregunta, sí, es muy difícil estar aquí despidiéndome de un deporte que he amado desde que tengo memoria. Da mucho miedo soltar lo único que sabes hacer, aunque sepas que es lo que toca.
—¿Qué es lo que más vas a echar de menos, Brogan?
—Esto no, desde luego —señala las cámaras y los micrófonos y arranca otra risa general—.
Ahora en serio. Creo que lo que más echaré de menos es el momento de antes.
El pasillo antes de salir a la pista, cuando se oye al público al otro lado y tú todavía no has hecho nada para merecer los aplausos.
Es un momento donde todo es posible. Echaré de menos eso y a toda la gente que me ha acompañado en esta aventura, pero sobre todo a esta mujer, que no solo ha sido mi entrenadora, sino una gran amiga y el mayor apoyo que alguien en mi sitio podría desear.
Se gira de repente hacia Diane y le da un beso sonoro en la mejilla.
—Diane, ¿unas palabras? —pide alguien.
Ella, todavía sobrecogida por la muestra de amor de Kate, le pasa una mano por detrás de la cintura y se inclina hacia el micrófono.
—Se supone que yo no tenía que hablar —dice seria—. Ni que llorar —añade limpiándose los ojos, y regresa a su sitio.
El apoyo de la sala es inmediato y ellas se miran y se sonríen.
Las siguientes preguntas son sobre el diagnóstico y el estado en el que se siente ahora mismo. Después se vuelven más ligeras: van desde el mejor recuerdo, el partido del que está más orgullosa o qué piensa hacer cuando esto acabe.
—La verdad es que no tengo ni idea, todavía no he tenido tiempo de decidir nada. A lo mejor aprendo a cocinar algo que no sea solo pasta —bromea, arrancando más risas—, o pruebo eso de descansar de verdad a ver qué tal se me da.
Kate empieza a relajarse poco a poco, pensando que ya no puede tener más sobresaltos, pero le queda el último.
—Brogan, si llegas a la final aquí, ¿contra quién te gustaría jugar tu último partido?
—La verdad es que me da igual —responde relajada, incluso se recuesta en la silla—. A estas alturas me conformo con llegar. Si lo hago con esta espalda que tengo, habré ganado juegue contra quien juegue.
—¿Pero no te gustaría que fuera contra Leire Cobos? Habéis sido rivales durante mucho tiempo porque siempre habéis tenido un nivel muy parecido. Sería un final redondo.
Kate se queda callada. Y no es porque esté meditando la respuesta, es porque escuchar el nombre de Leire en un momento de vulnerabilidad como este le ha vaciado los pulmones. Siente la mano de Diane en el muslo, buscando la suya en un sitio donde nadie puede verlas.
La pelirroja respira varias veces mientras los periodistas aprovechan el silencio para hacerle más fotos.
—Leire Cobos —dice cuando levanta la cabeza, y después esboza media sonrisa—. Si de verdad queréis verme retirarme feliz, lo que tenéis que desear es que me toque alguien a quien yo pueda ganar, y Cobos, con ese revés que tiene, no está en mi lista ahora mismo.
La sala se vuelve a reír y Kate aprovecha el momento para acercarse otra vez al micrófono y terminar con este momento.
—Y con eso lo dejamos. Gracias a todos por venir.
Se levanta antes de que nadie pueda alzar una mano de nuevo. Diane lo hace con ella, le pone una mano en la espalda baja, justo donde le duele, y la guía hacia la puerta mientras los flashes las siguen hasta que salen de su vista.
Cuando regresa a su habitación para ducharse y prepararse para el partido, recibe un mensaje de Leire.
“Lo he visto. Lo has hecho muy bien y has sido muy valiente. Siento no poder estar ahí contigo ahora mismo, ni haberlo estado nunca cuando me has necesitado, pero quiero que sepas que estoy muy orgullosa de ti. Eres la mujer más fuerte que conozco. Te quiero”
Los ojos de Kate se vuelven a llenar de lágrimas.