Capítulo 19
Cuando ve a Kate, Leire ya sabe que las cosas han cambiado.
No necesita que se lo diga para entenderlo, le basta con ver su expresión corporal cuando abre la puerta porque tiene la cabeza baja, las manos hundidas en los bolsillos y los hombros encogidos.
Después de la rueda de prensa, Diane la estaba esperando en la entrada del edificio, cruzada de brazos junto a la puerta.
—Quiere hablar contigo, y te agradecería mucho que al menos esto se lo concedieras sin darle más largas.
La expresión de la entrenadora de Kate era severa y su voz más cortante que el cuchillo afilado de un carnicero.
—¿Cómo lo hacemos? —preguntó Leire.
—Si me dices en qué hotel estás, puedo gestionarlo para colarla esta noche sin que nadie se entere.
Leire se lo dijo, le dio el número de habitación y acordaron que iría sobre las once de la noche. La pelirroja acaba de entrar en su habitación, vestida toda de negro con el pelo escondido bajo una gorra y la capucha de la sudadera subida.
Kate se lo quita todo cuando entra y pasa de largo hacia el fondo de la habitación, agradeciendo que esta no tenga sofá y en su lugar haya dos sillones enfrentados junto a la ventana, donde Leire ya ha tenido la precaución de correr la cortina.
Se sienta y apoya la espalda en el respaldo, colocando las manos abiertas sobre los reposabrazos, completamente rígida.
Leire se mueve al fin y camina hasta el otro sillón, y es cuando se sienta y la mira a los ojos —enrojecidos, hinchados y apagados — es cuando realmente ve el alcance del daño que han hecho sus palabras en la rueda de prensa.
—Kate, lo siento —dice, estirando las últimas sílabas para enfatizar la verdad de sus palabras.
La mirada de la australiana se levanta.
—¿Qué es lo que sientes exactamente, Leire? ¿Prometerme una cosa y hacer justo lo contrario, o mentirme a la cara? —el tono de Kate le produce un escalofrío y hace que el pecho se le apriete.
No es porque sea duro, es por lo cansada que suena, pero Leire también se siente exhausta, sin saber cómo lidiar con esto y lo de su padre al mismo tiempo.
—Todo, nena, lo siento todo. Me puse nerviosa, no me esperaba la pregunta y en ese momento colapsé…
—Siempre tienes una excusa para todo, Leire, y estoy muy cansada.
Me agota estar aquí esperando tus migajas, me agota que no me tengas en cuenta o que te cambies de hotel y yo me entere en los pasillos, pero lo que más me cansa es esto, venir a hablar contigo y que siempre encuentres una razón que justifique todo lo que haces.
Las decisiones las tomas tú, no los demás.
Tú estabas sentada delante de ese micrófono y pudiste tomarte dos segundos para pensar lo que ibas a decir.
No hacía falta que dijeras que tenemos algo, pero decir que no tenemos nada en común con ese desdén… ¿Te haces una idea de lo que sentí?
Sí que puede imaginárselo, le basta con pensar en cómo se hubiera sentido ella si la situación hubiera sido diferente y la pelirroja fuera quien hubiera hablado así, pero sabe que decírselo no soluciona nada, que ha empujado a Kate hasta el límite y ahora ya no le bastan las palabras.
—Te he dicho que lo siento, Kate, y sabes que es cierto, pero no estoy en mi mejor momento. Estos días han pasado cosas que todavía no sé cómo gestionar…
Kate la corta al emitir un intento de sonrisa sarcástica que ni siquiera logra formarse en sus labios.
—Han pasado cosas que ni te molestas en contarme —vuelve a soltar el aire en una risa, esta vez por la nariz y sin mirarla—. No te apoyas en mí, tienes un problema y no te sientes cómoda para contármelo. No sé cómo no he visto todo esto antes.
—Sí que confío en ti, eres la única persona ahora mismo en quien confío ciegamente —asegura Leire—, es solo que todavía no estoy lista.
—Lista, ¿para qué, Leire?
—¡No lo sé, joder! —se desespera, frustrada—. Para contártelo.
Los ojos se le encharcan, pero en esta ocasión Kate ya no se ablanda, ella ya ha llorado mucho por esta relación y no quiere seguir haciéndolo.
—Es algo que todavía tengo que asimilar, estoy muy saturada y no puedo batallar con tantos frentes ahora mismo.
—Conocí a alguien, ¿sabes? —empieza Kate, y Leire se calla de golpe.
La pelirroja se ha inclinado hacia delante, apoyando los codos en sus rodillas mientras se frota las manos y habla.
—Los días que estuve en la isla, Diane contrató a una deportista retirada que se dedica a asistir a gente que va a salir del circuito profesional por problemas como el mío —Kate no levanta la mirada, ahora mismo le da igual si Leire le presta atención o no, ella solo necesita soltarlo—.
Te ayuda a orientarte, a aprender a encajarlo y a buscar alternativas que llenen el hueco que deja lo otro, ese tipo de cosas.
—Suena bien… —murmura Leire, que tiene un zumbido instalado en los oídos que no se apaga desde que le ha dicho que conoció a alguien.
—Se llama Rachel, es exnadadora y se retiró por una lesión.
Es una mujer muy amable y cercana, sabe escuchar y sin pretenderlo me hizo sentir bien.
Salíamos a pasear mientras hablábamos porque la idea de encerrarme en casa me asfixiaba.
Conecté con ella, es divertida y atenta y consiguió que me sintiera vista de una manera que hacía mucho tiempo que no experimentaba.
Leire nota que la garganta se le está cerrando y no puede evitar preguntar antes de que el nudo que se le está formando le impida hablar.
—¿Te acostaste con ella? —la voz le sale quebrada y Kate levanta la mirada.
Para cuando lo hace, los ojos ya le pican con nuevas lágrimas y la barbilla ha comenzado a temblarle.
—No, pero una tarde pasó algo y estuvimos a punto de besarnos.
Y quise hacerlo, Leire —las lágrimas empiezan a resbalar por sus mejillas, pero ella no se mueve ni se limpia, solo quiere terminar de contarlo—.
Me hizo plantearme cómo sería tener una relación con alguien que no me escondiera, alguien que se cruzara conmigo en un pasillo y no se tensara y mirara en todas direcciones para saber quién está mirando.
Ahora me arrepiento de no haberlo hecho.
Se toca la cicatriz de la ceja porque empieza a picarle, y Leire siente que su pecho se resquebraja por dentro.
—Estás saturada —Kate intenta sonreír, pero la tristeza no la deja—, no te preocupes, por mi parte no tienes que hacer nada más, no voy a seguir siendo un problema para ti.
—¿Qué quieres decir?
—Nunca te pediré que te expongas ni que hagas algo que no quieres hacer, pero tú tampoco puedes pedirme que siga quedándome aquí, esperando, conformarme con tan poco que a veces ya no estoy segura de merecer más. Se acabó, Leire.
El jadeo de angustia que escapa de la garganta de Leire hace que Kate deje de respirar unos segundos. Ve cómo le cambia la expresión, los hombros se le hunden y su cuerpo se deja caer hacia atrás como si acabara de correr una maratón que la ha dejado sin energía.
Kate se limpia las lágrimas y se levanta.
—No me arrepiento de haberte conocido, ni de nada de lo que ha pasado. Te he querido mucho y te sigo queriendo, eso no va a cambiar porque me aleje, pero necesito quererme yo también. Suerte, Leire, espero que resuelvas ese problema que te angustia. Ya nos veremos por la pista.
Leire asiente, incapaz de abrir la boca sin sollozar, por lo que no puede decirle que ella también la quiere, que es lo mejor que le ha pasado en la vida y que, aunque sabía que perderla era una posibilidad, no estaba preparada para la devastación que siente.
La ve salir convertida en un borrón oscuro después de que se ponga la gorra y la capucha, y dos horas después, Leire sigue en la misma posición, anclada en el sillón, con la cara empapada, los ojos y la nariz escocidos y un dolor de pecho que no sabe exactamente de dónde viene.