Capítulo 18
Leire vive en modo automático desde ayer, ni siquiera sabe cómo pudo ganar el partido porque no recuerda haberlo jugado. No podía concentrarse en nada, escuchaba voces, gente que le hablaba, y ella solo asentía y seguía su camino con la sensación de que ya no sabía cuál era.
La mente le iba a toda velocidad, no dejaba de darle vueltas a la imagen de la habitación, a cómo su padre en lo que él defendió como un intento de protegerla, no solo profanó su intimidad, también lo hizo con la de Kate y entregó el material a una tercera persona.
Por muchas explicaciones que intente encontrarle, ninguna le sirve y ahora ha entrado en un estado de paranoia donde desconfía de todo el mundo.
Tiene que enfrentarse también a Isaac, porque su agente es muy amigo de su padre y está segura de que la idea ha sido suya e incluso que también ha visto las imágenes, pero ayer no se sentía con fuerzas para soportar otra conversación de ese calibre.
Estaba agotada cuando volvió al hotel, física y emocionalmente.
Entró en su habitación y, de repente, la idea de quedarse allí, en un sitio al que sabía que su padre había podido tener acceso, la hizo sentirse asfixiada, por lo que cogió su teléfono y ella misma hizo una reserva en otro hotel, después preparó la maleta y bajó a la recepción para decir que se marchaba antes.
La chica que la atendió la miraba como si no entendiera nada, pero por suerte no hizo preguntas.
—¿Puedes pedirme un taxi? —fue lo único que Leire fue capaz de decir antes de darse la vuelta para dirigirse a los sofás.
—Tenemos servicio propio —respondió la chica—. Ahora mismo la llevarán a donde pida.
La española tampoco recuerda el trayecto hasta el nuevo alojamiento; durante el camino veía pasar los coches a través de la ventanilla y solo le parecían bultos confusos.
Lo que más le dolía no era la traición de su padre, eran los motivos y la tranquilidad con la que le dio explicaciones, como si hubiera sido culpa de ella que él se hubiera visto obligado a hacerlo.
Cuando entró en su nueva habitación sintió alivio al cerrar la puerta. Se dio una ducha, guardó su ropa y después cogió el móvil. Isaac le había escrito dos mensajes, uno para preguntarle por qué se había ido del hotel y el segundo para saber si iba a seguir jugando el torneo.
Ella soltó una risa sarcástica, le contestó que estaba perfectamente, que seguiría jugando y que estaba en otro hotel.
No dio más explicaciones y él tampoco la molestó más, y entonces miró las llamadas perdidas; tenía dos de Isaac y dos de Kate, que probablemente ya se había enterado de que se había marchado del hotel.
Pensó en llamarla, en explicarle lo que había pasado y en decirle dónde estaba.
Conociéndola, sabía que la pelirroja iría a su encuentro si se lo pedía, que haría cualquier cosa que ella necesitara para ayudarla, pero no se veía capaz de verbalizarlo en voz alta; el shock la había golpeado tan fuerte que lo único que tenía claro era que necesitaba estar sola y tratar de no pensar en nada.
Abrió la conversación con Kate y estuvo varios minutos mirando la pantalla sin saber qué poner.
No quería ser brusca porque la situación entre ellas estaba en un punto muy caliente y cualquier paso en falso podía ser el detonante para que se rompiera del todo, pero si no era seca, Kate le iba a preguntar si pasaba algo, si estaba bien, y se sentía tan rota en ese momento que las lágrimas empezaron a caer mientras escribía.
«Estoy en otro hotel, ya hablaremos mañana. Lo siento»
No escribió nada más, lo envió, y se quedó mirando el aparato. Pensó en llamar a su amiga Marta, pero si no era capaz de hablar con Kate, tampoco iba a poder hablar con ella, así que apagó el teléfono y se metió debajo de las sábanas para seguir llorando.
Ahora está en la red, sudada y cansada mientras escucha los aplausos del público y su rival le da la mano para felicitarla.
Leire siente que desde ayer está fuera de su cuerpo, descentrada, ausente y moviéndose solo cuando le dan cuerda.
Ha vuelto a ganar, pero no sabe decir si le ha costado o resultado más bien fácil.
Se ha cruzado con Kate antes del partido; en realidad la ha visto desde lejos y su cuerpo se ha detenido.
Había gente por todas partes, el pasillo estaba lleno de jugadoras, fisios, entrenadoras, personal del recinto e incluso periodistas deportivos y, por un momento, ha sentido ganas de huir, de alejarse del peligro que supone para ella esa mujer, pero su cuerpo ha actuado por encima de su miedo y se ha quedado quieta mientras la veía avanzar hacia ella.
—Hola —Kate se ha quedado a una distancia prudencial de su cuerpo, y a Leire le ha faltado el aire cuando lo único que ha sentido han sido ganas de abrazarse a ella.
—Hola.
—¿Estás bien? —la voz de la pelirroja era un susurro bajo, el mismo que usa muchas veces cuando están en la cama, abrazadas después de haber hecho el amor, y Leire sabía que si se quedaba mucho tiempo con ella, se iba a romper otra vez.
—Sí —miró hacia el suelo un momento, hacia sus pies y luego las piernas de la australiana—. Ahora no puedo hablar, Kate…
La pelirroja estaba quieta, mirándola de un modo que hacía que su pecho subiera y bajara cada vez más rápido. No era deseo, era miedo puro mezclado con preocupación.
—Vale, no pasa nada —respondió comprensiva—. Suerte en el partido.
Kate le tendió la mano para estrecharla como hubiera hecho con cualquier otra jugadora, y cuando Leire se la cogió, tuvo una especie de lapsus que la dejó congelada, incapaz de soltarla porque fue el único momento en las últimas veinticuatro horas en el que su mente se apagó, la tranquilidad la atravesó y la hizo sentir segura y en casa.
—Leire… —susurró Kate—, nos están mirando.
Ella parpadeó para volver al presente, pero todavía necesitó unos segundos para conseguir soltarla. Lo hizo despacio, turbada, y se dio cuenta de que muchos ojos estaban sobre ellas.
—¿Segura que estás bien? —insistió la pelirroja, y Leire tuvo que bajar la mirada al suelo de nuevo porque lo único que le apetecía era tumbarse con ella, pasarle el dedo por la cicatriz, después por la nariz y distraerse contando sus pecas.
—Sí, no me pasa nada. Voy a cambiarme —consiguió decir, y la esquivó para ir a cambiarse.
Ahora está en el vestuario después de haber ganado, y agradece que Kate no se haya pasado a felicitarla como suele hacer.
Todavía no sabe si el gesto del pasillo habrá tenido alguna repercusión que dará pie a preguntas sobre su rivalidad, pero cuando sale para ir a la rueda de prensa la mente se le dispersa otra vez y solo puede pensar en las fotos y en la traición de su padre, preguntándose qué diría su madre sobre esto de estar viva.
Cuando entra a la sala trasera para prepararse, Isaac aparece como un fantasma. Lo ha visto esta mañana de lejos y lo ha evitado, y después solo recuerda que estaba en la grada —como siempre— cuando ella ha salido de la pista tras acabar el partido.
—Oye, ¿qué te pasa? —pregunta él en voz baja—. ¿Por qué te has cambiado de hotel? Me lo podrías haber dicho, yo lo habría gestionado.
Ella lo mira, furiosa.
—¿Con mi padre?
—¿Qué? —Isaac parece de verdad desconcertado—. ¿Dónde os habéis registrado? Necesito organizarme y hemos de establecer lo que dices sobre el cambio, porque a estas alturas los medios ya lo saben.
—¿Habéis? —pregunta ella, que parece que solo ha escuchado esa parte.
—Tu padre y tú; él también se fue contigo, ¿no?
Los ojos de Leire se abren mucho; de repente no entiende nada. ¿De verdad Isaac no sabe lo que ha pasado o es que es muy bueno fingiendo?
—Necesito hablar contigo después. A solas —dice muy seria.
—Sí, claro, pero tendrá que ser más tarde. Ahora tengo una comida. ¿Te llamo después?
—Sí. Ahora dime qué digo cuando me pregunten.
Isaac se rasca la nuca. Lleva pensando en esto toda la mañana, pero como no encuentra nada que justifique un cambio de hotel, se decide por algo simple que siempre sirve.
—Di que son asuntos personales y que no vas a dar explicaciones, o si te sientes más cómoda, esquiva la pregunta con algún chiste fácil que los haga reír y les deje claro al mismo tiempo que no vas a responder.
Leire exhala; lo último que le apetece ahora mismo es reírse.
—Vale —responde, y sale para sentarse frente al micrófono.
Los flashes la ciegan durante un segundo y cuando dejan de hacer fotos, sus ojos recorren la sala hasta que ve a Candela y se detiene un momento en ella. La mujer le hace un breve asentimiento y ella se muerde los labios cuando su mente la traiciona y recrea la conversación terrible que tuvieron.
Las primeras preguntas llegan. Son sobre el partido y sobre su forma agresiva de jugar. Leire las sortea como puede porque cuando le mencionan ciertos golpes no es capaz de recordar haberlos dado.
—Ayer te fuiste del hotel de forma imprevista. ¿Ha pasado algo? ¿Tuviste algún problema con la habitación?
—Últimamente soy un culo inquieto, me apetecía probar otro colchón.
No dice nada más, pero funciona. La sala se ríe —ella no— y la siguiente pregunta vuelve a ser sobre el partido.
Leire se relaja sintiendo que se ha quitado un peso de encima porque hay ciertos periodistas que siguen un hueso hasta el final, y por un momento ha temido que alguno buscara a su padre para preguntarle y él acabara diciendo algo que les haga seguir queriendo investigar.
Está pensando en eso cuando la siguiente pregunta la golpea directamente en el pecho.
—¿Qué ha pasado en el pasillo con Brogan antes del partido? —es un hombre de unos cuarenta años el que habla desde la segunda fila—. ¿La relación entre Brogan y tú se ha estrechado o era un pulso entre dos rivales? Últimamente se os ve mucho juntas.
La mente de la española se convierte en un remolino de pensamientos, el miedo la invade y los nervios empiezan a asfixiarla, haciendo que pierda el control y responda a la defensiva —porque es lo que está acostumbrada a hacer cuando se trata de Kate— y dice lo último que debería haber dicho.
—Ya lo he dicho muchas veces, Brogan y yo solo somos compañeras que se toleran en la pista y no tienen nada en común fuera de ella.
Un silencio sordo le atraviesa los tímpanos cuando termina de hablar mientras que en la sala se produce un leve murmullo entre comentarios de los propios periodistas.
—Gracias por venir —dice con la voz estrangulada, levantándose antes de darles tiempo a preguntar nada más.
Abandona la sala y sale al pasillo con las piernas temblando y la sensación de que está cayendo de cabeza por un precipicio.
Acaba de hacer justo lo contrario a lo que le prometió a Kate.
Ha tenido una oportunidad clara para decirle a todo el mundo de una vez por todas que está enamorada de ella, que está harta de preguntas y que solo quiere que las dejen en paz a partir de ahora, pero no lo ha hecho y ni siquiera puede decir que esta vez ha sido por cobardía; ha sido su cabeza, los nervios y el jodido estrés que siente estos días.
No era el momento; ahora no habría podido lidiar con esto, y tampoco sabe cómo lidiará con Kate cuando se vean, porque sin necesidad de que le hable, es consciente de que lo que ha dicho ha sido como clavarle un puñal en el centro del corazón.