Capítulo 17 #2
La periodista le muestra la amenaza que venía con la imagen de hoy.
«Última oportunidad»
—¿Qué quiere decir? —pregunta, con la voz temblorosa y la visión borrosa por las lágrimas.
El partido de Kate ha comenzado y en lugar de estar en la grada para apoyarla con su presencia, está aquí escuchando cómo esta mujer le cuenta que su padre ha traicionado su confianza e intenta joderle la vida.
—Quiere decir que probablemente todavía soy la única periodista que la tiene. Tienes que moverte rápido antes de que se la den a otro y le cuenten al mundo algo que solo os pertenece a ti y a Brogan, sobre todo a ti, Cobos.
Leire se pone de pie y mira hacia la puerta, con la mente clara de repente, pero hay una última pregunta que le ronda la cabeza.
—¿Por qué tú? ¿Por qué no cualquier otro periodista que ya la habría publicado?
—Yo también le he dado muchas vueltas a esa pregunta, y solo se me ocurre una respuesta.
—¿Cuál?
—Soy veterana, tengo mi público fiel y saben que jamás he contado una mentira ni manipulado información, pero creo que la razón principal es que soy la única periodista mujer y española que cubre el evento.
Si el motivo de esto es joderte, el daño será infinitamente mayor para ti porque llegará directamente a tu público.
No tendrá el mismo impacto publicado desde El Continental que explicado desde un periódico francés que nadie conoce en España.
Leire la mira, asimilando su respuesta y descubriendo que todavía le queda otra pregunta.
—Si tenías aquella foto desde hace dos años, ¿por qué no la usaste?
—Porque tengo principios, pero sobre todo, porque tengo una hermana lesbiana que estuvo demasiados años metida en un armario porque no se sentía segura para salir. Nadie debería decidir por ti, Cobos, así que vete de aquí de una vez y arregla esto antes de que te explote en la cara.
—Gracias —dice, y sale corriendo de la sala.
Leire sabe perfectamente dónde encontrar a su padre porque tiene un asiento reservado en las gradas junto al suyo.
Camina con visión de túnel y un pitido sordo en los oídos que no le permite escuchar los gritos de las gradas por el partido, tampoco mira la pantalla ni pregunta cómo van, pero sí se detiene un momento cuando ve a Kate devolver un revés; su grito por el esfuerzo es lo único que logra atravesar sus tímpanos y se queda unos segundos observando antes de pedirle a alguien de seguridad que vaya a buscar a su padre a su asiento.
Se queda en el lateral y ve cómo Bruno mira desconcertado hacia ella cuando el guardia la señala. Su padre se levanta, camina entre la gente pidiendo disculpas y al fin llega a la escalera.
—Tenemos que hablar —dice ella sin mirarlo, haciéndole un gesto para que la siga.
Bruno se mete las manos en los bolsillos, calmado, y la sigue por dentro del edificio hasta la misma sala donde hace unos minutos estaba con Candela.
—Has puesto cámaras en mi habitación —explota ella en cuanto cierra la puerta, con un tono bajo y sibilino que tensa todo el cuerpo de su padre.
—¿Qué demonios dices? —pregunta, pero Leire ve cómo junta las cejas y después se aprieta el lóbulo de la oreja como ha hecho siempre que estaba nervioso.
—Ya que te permites violar mi intimidad, intenta no insultar mi inteligencia. Todavía no he hablado con ningún abogado, pero te aseguro que te voy a denunciar.
—No he visto nada, Leire —Bruno levanta las manos—. Te lo juro por tu madre.
—¡No hables de mi madre! —grita ella.
Su padre mira hacia la puerta y le hace un gesto con las manos para que baje la voz.
—Vale, cálmate, pero te lo puedo demostrar: te daré mi móvil ahora mismo y podrás ver que no tengo nada más que lo que me imagino que te ha enseñado Candela.
A Leire la deja asombrada la facilidad con la que su padre admite su culpabilidad.
—Pusiste una cámara en mi puta habitación —ruge, estirando cada sílaba.
—Sí —él da un paso atrás, rojo de vergüenza—, pero solo grabó hasta que conseguí la foto; no necesitaba nada más y te juro que jamás podría… Denúnciame si te quedas más tranquila, no encontrarán nada por mucho que busquen.
Leire se ha venido abajo de golpe; sus ojos se han convertido en dos cascadas y se está apretando el puente de la nariz con fuerza para intentar mantener el tipo unos segundos más.
—Leire…
—Solo dime por qué. ¿Qué pretendes sacar con todo esto? —pregunta, con la voz quebrada.
—Abrirte los ojos.
La respuesta y la frialdad de su padre al decirlo la dejan tan descolocada que el llanto se le corta unos segundos.
—¿Abrirme…?
—Solo quería asustarte; sabía que tarde o temprano ella hablaría contigo.
A Leire va a explotarle la cabeza, y empieza a sentir un dolor constante detrás de las orejas.
—No entiendo nada —la tenista se pasa una mano por el pelo, que a estas alturas está hecho un desastre.
Bruno junta las manos como si rezara y se las pone cerca de la boca mientras suspira como si se estuviera armando de paciencia.
—Vas a cargarte lo que te queda de carrera si sigues con esa relación estúpida que tienes con Brogan.
Es cuestión de tiempo que alguien os acabe pillando, y entonces Costel no solo romperá su contrato contigo, sino que te demandará y te sacará una fortuna.
Es evidente que esa relación que tenéis no va a ninguna parte; solo quería que te asustaras y mandaras al carajo lo vuestro de una vez.
Te quedan pocos años en activo, hija; gestiónalo con cabeza.
Durante varios segundos, Leire tiene la sensación de que su lengua se ha congelado dentro de su boca. Intenta moverla, articular alguna pregunta o expresar lo decepcionada y triste que se siente, pero es incapaz de hablar.
—Elegí a Candela porque sabía que no utilizaría las fotografías, que en lugar de eso te avisaría.
—¿C-cómo? —vuelve a tartamudear, sintiendo que hace frío a pesar de que está sudando.
—Isaac conoce a un accionista de su periódico, y en una comida después de un partido de golf donde todos acabaron borrachos, le dijo algo como que le debía mucho porque Candela tenía una foto tuya y de Brogan y jamás la había utilizado.
Oye, sé que no he elegido la mejor manera, pero si esa mujer os vio, cualquiera podría hacerlo si sigues así…
—Quiero que te largues del torneo —lo corta Leire—.
Quiero que hagas las maletas y vuelvas a casa, a la tuya, porque no quiero volver a verte en mi puta vida.
Si regreso al hotel esta noche y me dicen que sigues registrado, te juro que te denuncio.
No vuelvas a acercarte a mí nunca más. Ah —la tenista se acerca un paso—, procura que esas fotos no salgan nunca a la luz, porque si lo hacen, te aseguro que dedicaré mi vida a hundirte en el agujero más oscuro que encuentre, uno digno de alguien tan deleznable como tú.
Leire pasa por delante de él sin mirarlo y sale de la sala sintiendo que se muere de ansiedad.