Rivales y mentirosas Capítulo 17
56%

Capítulo 17

—Me importa una mierda, Candela, utilízalo —exige Ernesto, el editor de la periodista—.

La puta noticia es perfecta, joder —brama exasperado—.

Leire Cobos renueva con Costel por cinco años y catorce millones, una marca que coloca sus «valores familiares» hasta en las etiquetas de su jodida ropa, y tú tienes fotos de Cobos besuqueándose con Brogan. Publícalo o te juro que…

—No tengo mucha cobertura, hablamos en otro momento —Candela le cuelga y lanza el teléfono sobre la mesa mientras maldice al bocazas de Sergio.

Estaban desayunando en un diner , uno al lado del otro cuando su móvil ha vibrado y ella, distraída porque estaba leyendo el periódico, ha abierto el mensaje casi sin mirar.

—¡Ostia puta! Son Brogan y Cobos —ha señalado Sergio, levantando las cejas con sorpresa.

Candela casi tira el periódico al suelo cuando lo ha soltado para coger el aparato y apartarlo de la vista de su cámara.

Después lo ha bajado hacia su derecha, ocultándolo de él, y ha ampliado la foto que le ha llegado con el mismo número que la anterior.

El corazón le ha dado un vuelco cuando se ha dado cuenta de que la foto no era solo robada, sino que estaba hecha dentro de la habitación de la tenista, probablemente con una cámara oculta.

En ella se las ve perfectamente. Leire está contra la pared, con las manos en las nalgas de Kate, y la pelirroja está pegada a su cuerpo con la mano derecha por debajo de su pecho y los labios de ambas a punto de rozarse mientras se sonríen y se miran con deseo.

—Mierda… —ha mascullado Candela cuando ha leído el mensaje que había debajo.

«Última oportunidad».

De eso hace cuatro horas y la llamada que acaba de recibir de su editor solo se debe a que Sergio se ha ido de la lengua a pesar de que ella le ha rogado que no dijera nada.

Mirando la foto, a Candela le resulta imposible reconocer el hotel, no sabe si es de Cincinnati o si es de hace tres meses y la han usado ahora; lo que sí sabe es que hay alguien en el entorno de Leire dispuesto a joderla, y que hay una cuenta atrás para la tenista española antes de que esto lo publique alguien.

La periodista coge el móvil y sale de su habitación, caminando a paso rápido por el pasillo. Brogan empieza su primer partido del US Open en media hora y Leire juega tres horas después. Baja en el ascensor y se encuentra con su compañero esperándola.

—El taxi está a punto de llegar —dice Sergio, y ella pasa de largo hasta la entrada—. Eh, ¿qué te pasa?

—Eres un puto chivato —explota ella cuando están en la calle.

Él frunce el ceño y suelta un bufido que parece una burla.

—¿Es que hablabas en serio cuando me has dicho que no se lo dijera a Ernesto? ¿De verdad no quieres usarlo? —pregunta perplejo.

—¿A ti qué más te da? Lo entendería si la foto la hubieras hecho tú, pero ni siquiera puedes apuntarte ese tanto, ¿qué coño te pasa?

—Es un tanto para el periódico, eso da caché.

Candela lo mira de arriba abajo, asqueada, y se mete en el taxi sin decir nada más.

Llegan al complejo y la periodista se mueve por los pasillos, por las pistas e incluso por el vestuario en busca de Leire.

No piensa publicar la noticia, pero tampoco puede impedir que lo haga otro medio, así que lo único que puede hacer es prepararla para el golpe.

Está a punto de darse por vencida y marcharse hacia las gradas para prepararse para tomar notas en el partido de Brogan cuando la ve salir de los baños.

—Leire —la llama, casi corriendo hasta ella.

La española se gira y la mira sorprendida.

—Necesito hablar contigo, serán dos minutos.

Leire mira la hora. En menos de media hora empieza el partido de Kate, así que tiene tiempo.

—Sabes que no voy a dar ninguna entrevista que no esté programada, ¿verdad?

—No voy a hacer preguntas, solo necesito que sepas algo. ¿Vamos a algún lugar discreto?

A Leire la invade una sensación extraña, como una especie de presentimiento que hace que se le erice el vello de la nuca.

—Ven —dice, y camina hacia la sala de prensa, que sabe que estará vacía hasta que Kate termine su partido.

Ambas entran y cierran la puerta, y se van hasta el fondo, hacia la mesa desde donde las deportistas hablan, entrando a la sala lateral que hay cerca.

—¿Qué pasa? —pregunta la tenista.

La periodista se queda en blanco unos segundos.

Ha tenido muy claro lo que iba a hacer cuando la buscaba, pero no se ha preparado para comenzar.

De alguna manera, ella tiene claro que no ha sido Brogan; apenas la conoce y, aunque podría tener motivos para hacerlo, no le parece ese tipo de persona; en cambio, sí que está segura de que es la típica que haría lo que fuera por proteger a la mujer que quiere.

Para hacer algo así, en su opinión, hay que tener un motivo económico, y Brogan tiene dinero para hartarse.

Está completamente convencida de que las filtraciones vienen del entorno de Leire, de alguna persona que pasa el suficiente tiempo con ella para saber cuándo se mueve y lo que hace, alguien que se aloja en su hotel y que podría entrar en la habitación sin que ella sospechara sus intenciones; y para Candela solo existe un nombre que cumple todos los requisitos: el de Bruno Cobos.

—Solo quiero avisarte de que en algún momento se va a hacer público lo que tienes con Brogan —empieza, intentando no mostrarse nerviosa.

—¿Q-qué? —Leire tartamudea—. No sé de qué me hablas.

—Sí que lo sabes, Leire, y no pasa nada, no necesito que me lo confirmes —la mira y se muerde los labios, conteniendo las ganas de abrazarla cuando ve que la tenista pierde el color de la cara—.

Hay fotos tuyas y de Brogan. Son nítidas, Cobos, se os ve perfectamente.

Yo no las voy a publicar, pero igual que me han llegado a mí, es probable que le lleguen a otra persona que no dudará en hacerlo.

Leire arrastra una silla y se sienta, turbada, y Candela coge otra y la pone a su lado.

—¿Qué fotos? Es imposible que haya nada, tenemos cuidado.

Candela suspira.

—Una cosa es pensar que tienes cuidado y otra no despistarse. Yo lo sé desde hace dos años; os vi yo misma en un hotel, yo salía de una habitación y Brogan salía de la tuya. Os vi besaros en el pasillo.

Candela saca su teléfono y busca la imagen en su galería para mostrársela.

—Mírala tú misma, la calidad no es muy buena, pero es evidente que eres tú. A Brogan no se la reconoce, pero tú y yo sabemos que es ella, y a cualquiera que hubiera visto la foto le habría bastado para tener carnaza porque es una mujer.

El aire abandona los pulmones de Leire mientras intenta comprender lo que sucede.

—¿Esta es la foto que va a salir?

—No, esta es la que yo hice y te aseguro que jamás la verás publicada. No la he utilizado en dos años y no voy a hacerlo ahora. Las que creo que pueden salir son estas.

Candela abre la conversación con el desconocido y muestra la primera imagen que recibió, la del vestuario. A Leire se le seca la garganta y exhala una especie de sollozo mientras se tapa la boca con la mano.

—Esa llegó hace unas semanas, cuando se habló de que tu contrato con Costel se acababa.

Leire intenta que su mente funcione, buscando el momento de la noticia que apenas ocupó unas líneas y ni siquiera fue titular. Para cuando salió, ya había firmado el preacuerdo con ellos, pero no ve qué relación tiene una cosa con la otra.

—Y esta es de esta mañana.

—Dios mío —los ojos de la española se agrandan—, esa es mi habitación en París. ¿Cómo cojones…?

Candela solo la mira y hace una mueca comprensiva con los labios.

—¿Quién tiene acceso a tu habitación, Leire? Porque alguien tuvo que colocar una cámara ahí en algún momento antes de que tú entraras.

A la tenista la cabeza le da vueltas; se siente mareada mientras intenta despertar de esta pesadilla. No se le ocurre nadie, ni siquiera se plantea la idea de que sea alguien cercano.

—Quizá el personal del hotel…

—Lo dudo —la corta Candela, tajante—, es muy difícil que alguien que te fotografía en el vestuario de no sé qué ciudad meta una cámara en tu habitación en un país diferente.

Aturdida, Leire le quita el teléfono de las manos para mirar la foto del vestuario y tratar de reconocerlo, y es entonces cuando comprende que ha sido su padre, no por el número de teléfono del remitente —que no le suena de nada— sino por la diminuta mancha oscura que hay sobre la camiseta de Kate.

Es una especie de círculo oscuro que apenas se nota, pero que ella se conoce de memoria porque sale en cada fotografía que hace el móvil de su padre.

Para asegurarse de que no está paranoica, coge su propio teléfono, busca su conversación con él y empieza a ampliar fotografías de sus partidos que él le ha ido pasando, y el borrón está en todas, en el mismo sitio, porque a su padre se le cayó el teléfono hace unos meses y algo en su cámara se estropeó, dejando esa marca a la que él no le dio importancia y que ahora lo ha delatado.

La foto de la habitación de hotel no la tiene, pero ella ya tiene claro que esa solo pudo haberse hecho a través de una cámara oculta, por eso una está marcada y la otra no.

—¿Sabes quién es? —pregunta la periodista cuando ve su expresión de incredulidad.

Leire asiente, con la cara tan roja que el pulso le palpita en las mejillas.

—Mi padre —escupe con frialdad, y Candela decide que a la jugadora no le hace falta que le diga que ella también sospechaba de él—, pero no entiendo…

¿Por qué iba a hacerlo? —pregunta, intentando no pensar ahora en la invasión de su intimidad, en cuántas imágenes de ellas tendrá, en lo que habrá visto, en qué habrá hecho al verlo.

—Estas mierdas siempre son por dinero, Leire; piensa en eso y averiguarás el motivo —asegura Candela.

—Imposible, esto me costará el contrato con Costel. Eso no me importa, pero no sé…

Leire no puede seguir; su mente es un completo caos que no la deja pensar de forma racional, y mucho menos decidir lo que tiene que hacer primero, si matarlo o denunciarlo…

—Escucha —dice Candela—. Sé que es una putada, pero tienes que concentrarte.