Capítulo 16
Kate llegó ayer a Cincinnati, lo hizo tarde, con el tiempo justo de llegar al hotel, cenar algo ligero con Diane y subir a su habitación para ducharse y acostarse.
Ha decidido no jugar el torneo y reservarse para el último Gran Slam, pero aprovechará estos días para seguir con los masajes y los ejercicios adaptados que ha estado haciendo en su casa y que le han servido para eliminar el dolor sin necesidad de otra infiltración.
Leire llega hoy y han quedado para verse en su habitación esta noche, y Kate se siente completamente desconcertada consigo misma, porque vuelve a tener ese burbujeo en el estómago que le produce la idea de saber que la verá, esa sensación de anticipación por rozarle los labios y las ganas de abrazarla y perderse en el olor de su cuerpo.
No es el plan que tenía, quería hablar con ella en cuanto se vieran, poner las cartas sobre la mesa y, tal y como le recomendó Rachel, intentar saber al menos lo que son la una para la otra.
—Kate, céntrate —exige Diane cuando le lanza una pelota que le pasa por el lado sin que la vea.
—Lo siento —se disculpa con una sonrisa divertida que hace resoplar a su entrenadora, y entonces empieza a moverse en automático, porque no puede dejar de pensar en todo lo que ha pasado estos últimos días.
Echa de menos la isla, la calma de su casa, el tiempo muerto en la piscina con los pies metidos en el agua y la vista perdida entre la línea que marcaba el fin del agua dulce y el comienzo de la salada por el fondo.
También echa de menos las conversaciones con Rachel, una mujer que llegó con el cometido de ayudarla con la transición de su salida del deporte que ha sido su vida durante los últimos años y que se acabó convirtiendo en una confidente y amiga con la que no quiere perder el contacto.
Ayer se despidieron a primera hora de la mañana. Kate ya estaba fuera, sentada en el bordillo de una jardinera mientras miraba su maleta y la de Diane, que habían dejado junto a la entrada.
Rachel salió con la suya, la dejó a un lado y se sentó junto a la australiana mientras terminaba de beberse un café.
—¿Lista para empezar la recta final?
La pelirroja asintió, pensando en Cincinnati y el US Open. Se le encogió el estómago durante un momento con solo pensarlo, como si se acabara de enterar de que se retiraba, pero solo le duró un segundo.
—¿Tú qué vas a hacer?
—Volver a mi casa y buscar a una pobre deportista como tú que me necesite —bromeó Rachel.
Kate soltó el aire de la risa por la nariz y se giró hacia ella.
—No sé cómo se hace esto, despedirme de ti.
—No hay que hacerlo de ninguna manera. —Rachel dejó su taza en el suelo—. Tienes mi número, llámame cuando me necesites, no importa la hora.
—¿Y si no te necesito? —Kate titubeó.
—Entonces me harás feliz si me llamas igualmente.
La tenista volvió a reírse, una risa suave y floja antes de bajar la mirada.
Una parte de ella quería decir algo más, ponerle nombre a lo que había sido para ella tenerla a su lado todos estos días, a lo fácil que le había resultado quedarse dormida por las noches sabiendo que había alguien cerca que jamás le hubiera pedido que se marchara por la madrugada, pero no encontró las palabras y, cuando volvió a mirar a Rachel, la mujer le apartó otro mechón de pelo de la cara igual que la otra tarde.
—Cuídate mucho, Kate Brogan —susurró, y Kate se abrazó a ella y enterró la cara en el hueco de su cuello.
—Lo haré.
—Kate, por favor —resopla Diane, exasperada.
Ella vuelve a sonreír y se toca la coleta con inocencia, pero no logra que su mente se centre en el entrenamiento de esta mañana porque sigue con el maldito burbujeo por el vientre, deseando que pasen las horas para ver a Leire, y sintiendo que ha perdido parte de esa seguridad y convicción con la que llegó anoche.
En su cabeza, la escena era simple, verla en su habitación y hablar con ella, decirle que no puede seguir así y probablemente acabar con lo que tienen, pero ahora que sabe que es cuestión de tiempo que vuelva a tenerla delante, ya no está tan segura de poder decirlo porque cuando piensa en estar más días aquí y no poder pasar las noches con ella, le cuesta respirar.
Baja la raqueta y se yergue para empezar a caminar hacia Diane, que comprende, frustrada, que el entrenamiento ha terminado.
—No creo que pueda hacerlo.
—¿Hacer qué, cielo? Porque esta mañana parece que no puedes hacer nada. —El sarcasmo de su voz hace que la tenista se ría mientras ambas se sientan en un banco.
—Dejarla, creía que estaba lista, pero pienso en verla esta noche y lo último que me apetece es discutir, solo quiero…
—Estar con ella —la ayuda Diane.
—Sí. —Kate se inclina hacia delante y apoya los codos en las rodillas.
Diane mira hacia el cielo y le pasa una mano por la espalda.
—¿No crees que soy débil por ser incapaz de apartarme de ella?
—Nunca he pensado que lo seas, de hecho, hay que tener mucha fortaleza para estar al lado de alguien tan insegura como Leire durante tanto tiempo.
La quieres, Kate, nadie puede castigarte por ello, ni a ella tampoco.
Solo sois dos mujeres en medio de una relación compleja que ninguna sabe cómo terminará.
—Yo sí lo sé… —Kate trata de sonar convincente, pero el titubeo de su tono la delata.
—Sabes que hace meses que no apoyo lo que tenéis, que te veo sufrir y me entran todos los males, pero yo también he hablado bastante con Rachel y me ha ayudado a comprender que esto necesitas hacerlo tú sola, a tu ritmo, así que yo solo puedo estar aquí y apoyarte en lo que decidas, y si eso es que esta noche lo que te apetece es darle una alegría al cuerpo, hazlo y no pienses en otra cosa que en disfrutar.
—¿Y si mañana decido que necesito lo mismo?
—Cielo, deja de atormentarte, nadie puede juzgarte por tener esperanza de que algo cambie en estos días.
Kate exhala y se queda mirando a la nada durante unos segundos cuando comprende que eso es precisamente lo que le pasa, que sigue teniendo esperanza, que sigue creyendo que de alguna manera lo suyo con Leire todavía puede salvarse.
Ni siquiera sabe qué es lo que espera que pase, pero le valdría cualquier cosa, ella no necesita que Leire salga del armario, solo que se comprometa con ella, que le dé algo más que noches de hotel, que le diga que pasarán las vacaciones juntas en su casa o que quiere que venga a verla a los torneos cuando ella ya no juegue.
—Bueno, voy a ducharme —dice, y ambas se levantan—. Siento lo del entrenamiento de hoy, te prometo que mañana lo haré bien.
—No te preocupes. —Diane le pasa la mano por encima de los hombros y camina con ella hacia el vestuario.
La noche llega más rápido de lo que Kate esperaba.
Leire ha llegado por la tarde, pero tenía una entrevista y después entrenamiento, y han acordado verse como siempre y Kate lo agradece, porque no se hubiera conformado con que su primer encuentro hoy hubiera sido en un pasillo o un salón donde solo podrían haberse mirado sin tocarse.
Llama a la puerta y esta se abre en cuanto sus nudillos dejan de rozar la madera, como si Leire hubiera estado ahí, esperándola al otro lado de la pared.
—Hola —saluda la pelirroja, y Leire se abraza a ella con fuerza en cuanto cierra la puerta.
El abrazo es tan intenso que Kate casi pierde el equilibrio y tiene que apoyar una mano en la pared para estabilizarlas a las dos. Siente su ímpetu atravesarla como un relámpago y aspira con fuerza para inundarse con ese olor al que sabe que es adicta desde la primera vez que la tuvo tan cerca.
—Hola —responde Leire cuando se separan, enmarcando su cara con las manos antes de besarla—. ¿Cómo estás? ¿Te ha molestado en el entrenamiento de hoy? —pregunta, pasándole una mano por la espalda baja.
—No, sigo sin molestia, los ejercicios y la fisio están funcionando bien esta vez.
Leire suspira aliviada. Le ha ido preguntando durante todos estos días, pero las respuestas de Kate eran tan secas desde que se publicó su renovación con Costel, que ha sentido la garganta cerrada desde entonces, pensando que cuando se vieran de nuevo el encuentro iba a ser algo tenso que la iba a dejar rota al terminar, pero ahora, mirando a Kate a los ojos, solo ve ternura, y eso la descoloca.
—Pensaba que estabas enfadada por lo de Costel —dice cuando ambas se sientan en la cama.
—Lo estoy.
La española asiente y sube las piernas sobre el colchón, cruzándolas hasta que agarra sus tobillos con las manos.
—Lo siento, sé que te dije que hasta que no acabara mi contrato con ellos tú y yo no podríamos…
—No es porque hayas firmado, Leire, eso lo entiendo. Hace mucho tiempo que tengo claro que lo de la cláusula es solo una excusa.
Leire la mira con los ojos muy abiertos.
—¿Por qué no me lo has dicho nunca?
—¿Para qué? Eso solo sería otra forma de presión, yo no te voy a obligar a hacer algo para lo que no te sientes lista, lo que me molesta es haberme enterado por las redes.
—Lo sé, y lo siento. Te juro que iba a llamarte para contártelo, pero Isaac se me adelantó, no me dijo lo que iba a hacer, y bueno, el resto ya lo sabemos.
—Venía con la intención de romper lo que sea que tenemos —admite Kate, haciendo que el corazón de Leire se congele dentro de su pecho—.
Lo he pensado mucho estos días y creo que es lo mejor para mí porque cada vez me cuesta más vivir a medias —Kate suspira—, pero no creo que esté lista para eso todavía, al menos, esta noche no.
Leire traga saliva, consciente de lo que significa lo que Kate le está contando, porque esta noche no está lista, pero mañana sí que podría estarlo.
Estira la mano y coge la de la pelirroja, entrelazando sus dedos y apretando.
—Tú no quieres presionarme para que salga del armario y yo no quiero presionarte a ti para que te quedes conmigo, pero necesito que sepas que lo estoy intentando, que tengo conversaciones conmigo misma, que me pongo frente al espejo y me imagino delante de las cámaras diciéndole al mundo que te quiero.
Kate nota el ligero estremecimiento que la recorre y le aprieta más la mano.
—Es solo que nunca encuentro la manera, pensar en ponerme ahí delante de millones de miradas para explicar algo que solo debería ser tuyo y mío… —La española traga saliva y se coge el dobladillo del pantalón con la mano libre para retorcerlo entre los dedos.
—Te aterra —susurra Kate, y Leire asiente.
—No debería sentir miedo, solo sería una frase: estoy enamorada de Kate Brogan —dice como si hablara ante una cámara, y ambas sonríen—, pero por más que me digo que será en la siguiente rueda de prensa, al final me quedo muda.
—Alarguemos un poco la tregua —murmura Kate.
—Esto no va de una tregua, nena. De hecho, nunca debí pedirte una. Va de que tengo que decidir, de que no podemos seguir conformándonos con tan poco ni estoy dispuesta a seguir haciéndote daño. He decidido dar el paso, no solo por nosotras, sino por la agonía que supone para mí vivir así.
—¿Y Costel?
—Que se joda Costel, nunca debí firmar esa maldita renovación.
No sé qué pasará si rompo esa cláusula, pero no creo que vaya más allá de la rotura del acuerdo y puede que una indemnización económica.
Lo haré, Kate —asegura convencida—. Solo dame un poco más de tiempo, deja que intente encontrar el momento sin que sea forzado porque si no, no creo que pueda hacerlo.
—Vale.
Leire se gira hacia ella y le pone una mano en la nuca, acercándola hasta que su frente toca la de Kate.
—Te quiero, y pienso luchar por lo que tenemos.
—Te creo —susurra Kate, que se siente desbordada por el cúmulo de emociones que bombardean su cuerpo ahora mismo.
No sabe qué era lo que esperaba cuando ha venido —más allá de sexo y silencio incómodo—, pero esto ha sido una sorpresa, una muy agradable que aumenta su esperanza y la ayuda a convencerse de que puede funcionar, de que tienen futuro.
Leire sonríe contra su boca al escucharla y se inclina hacia ella hasta que, en cuestión de segundos, tiene a la pelirroja debajo de su cuerpo.
—Esta noche voy a contar todas las pecas de tu nariz —susurra, besándole los párpados.
—Cuenta lo que quieras —jadea Kate, cogiéndole una mano—, pero primero ocúpate de otra cosa.
Leire suelta una pequeña carcajada antes de centrarse en cumplir lo que le pide con esmero.