Rivales y mentirosas Capítulo 15
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Capítulo 15

Estos últimos días, Kate tiene la sensación de que vive en un cuerpo que no le pertenece a través de una vida que no es la suya. Hace casi una semana que se enteró de la renovación de Leire con Costel, y no fue a través de su amante.

Se despertó con las lumbares algo rígidas, pero notando una considerable mejoría desde que está en la isla descansando y centrada en hacer ejercicios de recuperación.

El entumecimiento duró unos segundos, los mismos que su cuerpo tardó en descubrir que estaba despierto y tenía que moverse.

Se quedó sentada en la cama dejando que la molestia se disipara, y cogió el móvil para ver las noticias sobre el torneo que estaba jugando la española.

Abrió una de las dos plataformas deportivas que utiliza para esto y la primera noticia era una fotografía de Leire en la pista, con la raqueta en la mano y la mirada hacia un lado.

Una foto robada que solo servía para poner imagen a un artículo con la que Kate sintió que el corazón se le subía a la garganta y la sangre abandonaba sus mejillas.

Era una publicación sencilla de la que solo leyó el titular: Leire Cobos renueva su contrato con Costel por cinco años y catorce millones de euros.

Se fijó de nuevo en la fotografía de la tenista y entonces se dio cuenta de que habían utilizado esa en concreto para el artículo porque en ella se veía perfectamente el logo de la marca, tanto en la camiseta como en los calcetines y las muñequeras de la jugadora.

Salió de la aplicación, turbada, y entonces vio que tenía un mensaje de ella.

Supongo que no leerás esto antes de que salga la noticia. Quería contártelo por teléfono, pero Isaac lo publicó sin consultarme. Lo siento, llámame cuando te levantes y lo hablamos.

Kate no sabía lo que sentía en ese momento, pero le apetecía cualquier cosa menos hablar con ella, así que dejó el teléfono en la habitación y bajó a desayunar con Diane y Rachel que, a pesar de llevar solo un par de días en su casa, pasaba muchas más horas con Kate que las dos que Diane le había prometido.

Y no le importaba; estaba cómoda con esa mujer, sentía que la entendía y eso la ayudaba a desahogarse.

Además, le iba bien escuchar sus historias y sus trucos, lo que hacía cuando sentía nostalgia por competir, cómo combatía sus frustraciones y de qué manera aprendió a controlar los ataques de ansiedad.

Kate se había convertido en una esponja que absorbía cada palabra de la exnadadora y la guardaba para cuando le hiciera falta, porque estaba segura de que ella pasaría un proceso parecido.

—Es como un duelo —le dijo la noche anterior mientras cenaban—. Como si alguien a quien quieres mucho hubiera muerto y tuvieras que superarlo, solo que no es una persona, es tu carrera.

Se dio cuenta de que Diane también prestaba mucha atención cuando estaban juntas, y entonces se acordó de que, con el fin de su carrera, también llegaba el de su entrenadora, que había decidido que era hora de retirarse.

Entró en el salón y las encontró sentadas una frente a la otra; ella lo hizo en la cabecera de la mesa después de saludarlas.

—Leire ha renovado con Costel —dijo sin levantar la mirada de su vaso, que estaba rellenando con zumo.

—Lo sé, cielo, lo he leído hace un rato —contestó Diane.

No se mencionó nada más al respecto, como si todas en la mesa hubieran llegado al acuerdo silencioso de que era mejor dejar el tema para otro momento.

Han pasado ocho días desde entonces y Kate ya no sabe decir en qué consiste lo que hace con Rachel.

Lo que empezó siendo un par de horas para hablar y recibir consejos, se ha convertido en una especie de acompañamiento, no solo para ella, sino también para la entrenadora.

La mujer pasa las mañanas con ellas mientras Kate hace fisio y también durante los ejercicios de entrenamiento.

Normalmente, en esas horas son Diane y Rachel las que hablan entre ellas, a veces contándose cosas que no tienen nada que ver con el deporte y otras ayudando a Diane a valorar todas las opciones que tiene después para que no llegue a sentirse inactiva.

Kate se limita a escucharlas; las conversaciones siempre le parecen interesantes y no hay ningún pensamiento intrusivo que se meta en su cabeza en esos momentos.

Después de comer es cuando Rachel se dedica a ella en exclusiva.

Ni una sola vez se han quedado sentadas en el salón para hablar; siempre hacen algo.

Un par de tardes bajaron a las calas de la costa norte, donde el agua estaba tan fría que a Kate —la única en atreverse a meterse— se le cortaba la respiración mientras Rachel la esperaba con cara de espanto y la toalla lista para echársela por encima.

También han conducido sin rumbo por carreteras estrechas y parado en pueblos que la australiana todavía no había tenido la oportunidad de conocer.

No siempre hablan del tenis o de Leire; también hablan de cosas sin importancia, de noticias, de aficiones y cualquier tema que se les ocurra.

Pero lo que más sorprende a Kate es que está logrando conciliar el sueño de una forma profunda que hacía mucho tiempo que no lograba.

De hecho, la primera noche que durmió de un tirón se despertó asustada, convencida de que se le había hecho tarde, tan profundamente relajada que incluso por un momento olvidó dónde estaba y se pensó que tenía partido.

Diane soltó una carcajada cuando se lo contaba en el desayuno y Rachel la miró asintiendo con los labios curvados en una sonrisa que a veces desconcierta a la tenista.

No es por su forma de mirarla, sino precisamente porque la mira; porque a Rachel no le importa que la vean junto a Kate, no se esconde cuando van paseando por un pueblo y la tenista le da un empujón suave en señal de protesta por algún comentario burlón de la nadadora, ni tiene miedo de pasarle un brazo sobre los hombros y atraerla hacia ella cuando la tenista está en uno de esos momentos de bajón que la asfixian.

Aunque no tienen nada, Kate no puede evitar compararla con Leire en muchos momentos, porque Rachel es la mujer con la que más tiempo está compartiendo desde que comenzó su historia con la española, y cada vez que se da una situación cotidiana entre ellas, la mente de la pelirroja intenta encontrar lo mismo con Leire: busca esos momentos en que Rachel no baja la voz cuando habla con ella si hay alguien cerca, o se estremece cuando la mujer abre una puerta y entra a cualquier parte sin mirar a un lado y a otro.

—¿A dónde te has ido? —pregunta Rachel, pasando una mano frente a los ojos verdes de Kate.

Ella gira la cabeza hacia la mujer y abre la boca sin saber qué decir mientras su mente vuelve al presente. Es tarde y están sentadas en el borde de la piscina con los pies dentro del agua, buscando alivio después de haber pasado casi tres horas caminando por los senderos.

Kate intenta hablar, pero no le sale nada porque, tras todos esos momentos pensando en su relación con Leire y las comparaciones que ha hecho con los ratos que ha pasado con esta mujer a la que ya considera una amiga, ha llegado a la conclusión de que durante tres años ha vivido convencida de que el amor es algo que se gestiona en habitaciones de hotel y se esconde de las miradas ajenas.

—Me he vendido muy barata, ¿no? —pregunta de repente, con las manos apretadas contra el bordillo.

Rachel la mira de reojo antes de contestar. No necesita que la ponga en contexto; sabe perfectamente a lo que se refiere.

—Yo no lo expresaría así, pero digamos que sí que estoy de acuerdo en que te has conformado con muy poco.

La pelirroja baja la mirada a sus propias piernas y se pasa una mano por la nuca.

—¿Tú lo hubieras hecho?

—Yo no estoy en tu situación, cariño…

—Pues imagina que estás —exige Kate, con un tono endurecido que solo es fruto de su frustración.

Rachel piensa durante unos segundos, imaginando que su exmujer hubiera estado muy metida en el armario cuando la conoció.

—Es muy probable que sí; quizá no hubiera aguantado tanto como tú, pero sí que hubiera esperado. Estaba muy enamorada de ella y estoy segura de que habría sido paciente, pero lo que no habría consentido es estar en este limbo en el que estás tú, Kate, donde ni siquiera sabes lo que tienes con ella.

—Sí que lo sé.

—¿De verdad? ¿Sois pareja? ¿En algún momento habéis hablado de tener una relación estable? Aunque sea escondida, pero estable.

Kate se da cuenta de que no. De que todo lo que pasa entre las dos siempre son cosas que se han dado por sentado sin que ninguna de ellas las haya nombrado.

Han evitado los temas serios durante todo este tiempo y lo que tiene es una relación clandestina sin ningún tipo de compromiso explícito salvo el que ella misma ha decidido tener.

Suelta el aire en una pequeña risa por la nariz cuando recuerda que Leire le pidió que no la dejara la última vez que hablaron, y ni siquiera tienen algo que dejar.

—A lo mejor es eso lo primero que tienes que gestionar, Kate —aconseja Rachel, dando por sentado que tenía razón—.

Necesitas saber lo que tienes con ella, entender qué es eso por lo que estás sacrificando tanto, porque si ninguna de las dos estáis comprometidas del todo, si no tenéis un plan ni un objetivo común, estás peleando por algo que puede convertirse en aire de un día para otro.

La tenista traga saliva y se plantea por un segundo sumergirse bajo el agua y dejar que el ruido de su cabeza desaparezca.

—Estoy enamorada de ella —confiesa en un susurro.

—Lo sé —Rachel le pone una mano en la espalda con afecto—, y por lo que cuentas, estoy más que convencida de que ella también lo está de ti.

La pelirroja ladea la cabeza y le dedica una sonrisa triste.

—No quiero irme del tenis y de ella al mismo tiempo; no creo que lo soporte —la voz le sale estrangulada.

Rachel, en un movimiento automático, le aparta un mechón de pelo de la cara, lo que provoca unos segundos de tensión entre ambas.

—Necesitas estabilidad mental, Kate, sobre todo ahora que viene uno de los momentos más duros de tu carrera —continúa la exnadadora, acabando con la breve incomodidad que han sentido—.

Habla con ella, poned sobre la mesa los sentimientos de cada una y lo que estáis dispuestas a hacer para que lo vuestro continúe; solo así podrás decidir si estás dispuesta a seguir y si merece la pena pelear por algo que te aporta poco más que sexo de vez en cuando.

Kate se queda en silencio mientras piensa en lo que le ha dicho.

Ella ya ha tomado una decisión: si lo suyo con Leire no avanza de aquí a que ella termine su participación en el US Open, zanjará lo que tienen y tratará de empezar de cero a pesar del dolor profundo que sabe que sentirá.

Pero Rachel tiene razón en esto; no puede dar ese paso que sabe que la va a destrozar sin haber tenido una conversación seria con Leire.

—Vamos a cambiar de tema —sugiere la exnadadora, que parece tener un don para adivinar esos momentos en los que Kate está a punto de romperse.

Ha pasado muchas horas con la tenista y conoce cada gesto de su expresión y, aunque Kate ha llorado delante de ella un par de veces porque no ha podido evitarlo, sabe que la deportista se siente incómoda mostrándose tan vulnerable.

—¿A cuál? —sonríe Kate con los ojos vidriosos, agradecida de que Diane trajera a esta mujer que a veces tiene la sensación de que puede leerle el pensamiento.

Vuelve a buscar la comparación con Leire y no la encuentra, no porque no tenga esa conexión con ella —sabe que la tiene desde el principio, lo notó la primera vez que Leire la miró y la rozó al mismo tiempo—.

Se sintió atravesada por una corriente que iba más allá del deseo físico; era otra cosa, la sensación de que era ella, de que esa comodidad absoluta que experimentó ante una mujer a la que apenas conocía era la señal de que era su persona.

Y el único motivo por el que no ha tenido momentos como este con ella es porque nunca se han permitido la oportunidad de vivirlos.

—El primer día te dije que pensaras en cosas que te gustaría hacer y no habías hecho porque tu calendario no lo había permitido. ¿Has pensado en alguna ya?

Kate nota que el rubor le sube a las mejillas y se toca la cicatriz con el índice como si se rascara.

—La verdad es que no —confiesa avergonzada.

—Es decir, que no me haces ni puto caso —bromea Rachel, y Kate suelta una pequeña carcajada que destensa un poco sus músculos.