Rivales y mentirosas Capítulo 14
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Capítulo 14

—Aquí lo tenemos al fin, una firma ahí abajo y será oficial —dice Isaac, arrastrando el contrato de Costel por la mesa hasta dejarlo frente a Leire.

Ella se queda quieta, mirándolo como si al estampar su firma ahí estuviera aceptando su sentencia de muerte. Un escalofrío le recorre la columna y nota cómo se le aprieta la garganta.

—Vamos, hija, esto es solo una formalidad —la anima su padre, que ha viajado hasta Toronto con ellos.

—Una formalidad de catorce millones de euros —añade Isaac, pletórico, y a Bruno Cobos le entra la risa floja.

En realidad, sí que es un trámite simple.

Leire ya firmó un preacuerdo de continuidad con la marca hace unas semanas, mientras Isaac negociaba las nuevas condiciones, pero ahora tiene la opción de redimirse, de decir que no quiere seguir haciendo promoción de una marca con la que siente que se vuelve invisible.

La mano le tiembla cuando coge el bolígrafo y nota que las palmas le están sudando. Ni siquiera encontró el valor de decirle a Kate que había firmado el preacuerdo y no se le ocurre ninguna manera de explicarle que lo ha hecho oficial.

—Estarás blindada hasta que te retires, Leire —dice su padre, poniéndole una mano sobre el brazo—. Piénsalo como una garantía de futuro; con ese dinero bien administrado no tendrás que volver a trabajar.

No se puede concentrar, Isaac no deja de hacer clic con su propio bolígrafo y de mirarla impaciente.

Piensa en Kate otra vez, en que le gustaría que estuviera aquí, a su lado, ayudándola a enfrentarse a la presión que estos dos hombres ejercen sobre ella, a encontrar el valor de negarse, de decir que está cansada de esconder quién es y que la ayude a reunir el valor que necesita para reconocerse a sí misma, para decidirse y elegir también a Kate, pero la pelirroja no está, y a ella le pueden tanto la presión como el miedo de que al rechazar este patrocinio la pongan en alguna lista negra que haga que lo que queda de su carrera vaya en declive.

Mueve la mano sin pensar y, cuando parpadea, su firma está ahí, garabateada en un contrato millonario que le permitirá seguir compitiendo sin preocupaciones hasta que se retire.

—Enhorabuena —sonríe Isaac, recogiendo el contrato con rapidez, como si temiera que ella fuera a quitárselo de las manos y romperlo.

Su padre le da un apretón en el hombro y le sonríe orgulloso.

—Esto hay que celebrarlo —sigue el agente, pletórico.

—Celebradlo vosotros —Leire se levanta, incapaz de mirar a ninguno y avergonzada de sí misma.

Hace cinco años, cuando firmó el anterior contrato, la cláusula de imagen pública cuidada —que traducido significa nada de mostrarse en compañía de mujeres— le importaba un bledo.

Acababa de cumplir veintiséis años, estaba soltera y en lo último que pensaba era en relaciones.

Estaba completamente enfocada en su carrera y cualquier cosa que no tuviera que ver con el tenis era solo una distracción, pero ahora ya no es aquella Leire.

Ahora ya tiene treinta y un años, sus prioridades han empezado a cambiar y además tiene a Kate.

Lo que empezó como una aventura tórrida y divertida avanzó con la misma rapidez que crecían los sentimientos de ambas hacia la otra, y Leire comenzó a sentirse atrapada cuando comprendió que nada de lo que le daba a Kate era suficiente.

Todavía recuerda la primera conversación importante que tuvieron.

Estaban en Roma jugando un torneo secundario y Kate se había colado en su habitación aquella noche.

Las dos estaban cansadas por un día especialmente caluroso en la pista que las había dejado sin energía, así que, en lugar de follar como hacían siempre, se tumbaron juntas y pusieron una película que vieron hasta el final.

—Esto está bien —susurró Kate, que estaba recostada contra el pecho de Leire.

—¿El qué? —ella se giró un poco y se colocaron de lado para estar frente a frente.

—Esto —la australiana señaló entre ellas—. Tú y yo aquí viendo una peli mala a la una de la madrugada.

—Sí —Leire no pudo evitar sonreír y recogerle un mechón detrás de la oreja.

—Podríamos hacer más cosas juntas, no solo gemir —propuso Kate, arrancando una carcajada fuerte de la española.

—¿Qué tipo de cosas?

—No sé, cosas de las que hace todo el mundo cuando su relación no se limita a una habitación de hotel.

A Leire se le ensombreció el gesto de golpe, pero Kate decidió no detenerse.

—Tenemos mucha química en la cama, Leire, pero creo que también la tenemos fuera de ella; podríamos avanzar, conocernos mejor y hacer que esto sea más serio, no solo un poco de diversión cuando coincidimos.

La española tenía un pitido en los oídos que le atravesaba los tímpanos, y el pecho tan apretado que le dolían las costillas.

—Sabes que no he salido del armario, Kate…

—No te estoy pidiendo que lo hagas, no hace falta para que podamos vernos fuera de aquí. Podemos salir a comer, quedar para entrenar, pasear o ir al cine, nada que no hagan dos amigas.

—Sabes que acabarían sospechando. A la tercera cita los rumores de una posible relación ya estarían corriendo como la pólvora, y no estoy lista para eso.

Kate se giró, se puso de cara al techo y se colocó las manos debajo de la cabeza.

—Vale —dijo al cabo de un rato—. Lo entiendo, pero necesito que me aclares algo.

Se volvió hacia ella de nuevo y se pasó el dedo por la cicatriz sin darse cuenta.

—¿Tú quieres seguir con esto como algo más formal o para ti sigue siendo sexo sin expectativas?

—Me gustas —soltó de golpe—, no me acostaría contigo si no fuera así, pero no te puedo prometer nada más mientras el contrato con Costel no termine, y faltan más de dos años. No voy a pedirte que detengas tu vida por mí, Kate. Si encuentras a otra persona me molestará, aunque lo entenderé.

Entonces los sentimientos de ambas no eran tan fuertes; llevaban meses acostándose y ninguna se había planteado nada más hasta aquella noche.

Leire estaba segura entonces de que si la relación se rompía la echaría de menos unos días, pero se le pasaría enseguida porque ya estaba acostumbrada a verla de forma esporádica, y para Kate era lo mismo: hasta esa noche había seguido con su vida y había estado con otras chicas de la misma forma que estaba con Leire en los torneos.

—Bueno, entonces seguimos como hasta ahora. Sexo sin compromiso —resumió la pelirroja, y Leire respiró aliviada, solo que el acuerdo fue un fracaso porque los sentimientos de ambas fueron aumentando cada vez que se veían, hasta que llegó el momento en el que no verse comenzó a doler.

Leire sale del salón del hotel donde estaban reunidos y va directamente hacia el ascensor.

Para cuando las puertas se abren en su planta, tiene los ojos húmedos y corre hasta su habitación como si solo allí estuviera el oxígeno que necesita.

Empuja la puerta y deja que se cierre sola para correr hasta el baño y mojarse la cara y, cuando levanta la vista y ve su reflejo en el espejo, tiene que apartarla porque es incapaz de mirarse ahora mismo.

Ha firmado uno de los contratos más suculentos del deporte femenino; debería estar orgullosa y celebrarlo con su padre y con su agente, pero no solo se ha traicionado a sí misma al hacerlo, sino que también le ha fallado a Kate.

Hasta ahora, siempre se ha refugiado en el contrato para justificar que la relación no se haga pública, y Kate siempre ha estado ahí, esperando, paciente, aceptando sus migajas.

¿Cómo le dice ahora que ha renovado de forma oficial?

Coge el teléfono y busca su nombre mientras trata de convencerse de que ha hecho lo correcto.

Cualquier profesional en su posición habría firmado y Kate tiene que entenderlo, pero en el fondo sabe que no es el maldito contrato, que lo ha firmado porque le da la excusa para no admitir que, aunque no tuviera esa cláusula bailando a su alrededor, tampoco habría encontrado la fuerza para decirle al mundo que le gustan las mujeres.

No se siente segura, no le parece justo tener que dar explicaciones y no está lista para responder preguntas sobre su vida privada.

En lugar de llamar a Kate, llama a su amiga Marta y, en cuanto descuelga, le cuenta todo lo que le pasa por la cabeza ahora mismo casi sin respirar.

Cuando termina, abre una botella de agua del minibar y se la bebe casi entera mientras espera a que su amiga le confirme lo miserable que es por no haberse atrevido a apostar por ella misma, a liberarse y vivir lo que tiene con Kate sin esconderse.

—¿Esto se lo has contado a Kate? —pregunta Marta.

—Ya te he dicho que no; no sabe lo del contrato.

—No me refiero a eso, me refiero a cómo te sientes tú con la idea de hacerte visible. Quizá si se lo explicas como me lo has contado a mí, te acaba entendiendo.

—Creo que en el fondo siempre ha sospechado que soy una cobarde, pero nunca ha dicho nada. Se mantiene ahí, esperando algo que no sé cómo darle.

—Leire…

Marta se queda pensando un momento para lograr escoger las palabras adecuadas.

—Yo entiendo tu miedo y estoy de tu lado, pero si no te enfrentas a esto de una vez, nunca vas a ser feliz. Estás enamorada de Brogan y vas a permitir que desaparezca de tu vida, ¿a cambio de qué? ¿De privacidad? Pregúntate esto: ¿de qué te sirve la privacidad si estás amargada?

Leire se limpia las lágrimas. Le encantaría tener la valentía que tienen todas, la que tuvo Kate desde el principio, mostrándose con mujeres públicamente, dejando que la señalaran y hablaran hasta que se callaron y pasaron a otra cosa.

Quiere hacer lo mismo: podría cogerla de la mano, dejar que les hicieran una foto y que los comentarios estallaran.

¿Qué es lo peor que le puede pasar? ¿Que Costel rescinda el contrato?

Ni siquiera sabe qué consecuencias tendría, pero probablemente puede pagarlas.

Sabe que es tan fácil como eso y, aun así, cuando piensa en hacerlo aparece un miedo instalado en su cuerpo que le retuerce las entrañas.

—Me va a dejar cuando se entere de esto.

—Eso no lo sabes —intenta animarla su amiga.

—Sí que lo sé —dice, y los ojos se le abren mucho cuando se da cuenta de la firmeza con la que lo sabe—. La estoy matando por dentro con esta mierda, manteniéndola escondida como si no fuera importante. Todos tenemos un límite, Marta, y sé que Kate está rozando el suyo.

—No sé qué decirte. Esto solo depende de ti, pero me tienes aquí, ¿vale? Yo siempre estaré de tu lado.

Leire asiente sin contestar y, cuando cuelgan, se deja caer en la cama con el móvil en la mano.

Abre la conversación de Kate para escribirle y decirle que la echa de menos, pero lo acaba borrando porque sabe que lo que tiene que decirle no es eso, sino lo de la renovación, y como no encuentra la manera, deja el teléfono a un lado y se hace un ovillo.

Lo hará, la llamará en algún momento y se lo contará con sus propias palabras, no a través de un texto que la haga sentirse más cobarde todavía, pero no lo hará hoy, necesita que la voz no le tiemble, estar serena y explicarle que su mente lo intenta cada día a todas horas, que siempre busca la forma de enfrentarse a quién es de alguna forma y que todavía no ha encontrado la manera de no sentirse angustiada ante la idea de que la miren y la señalen por no ser la mujer que los estándares de la sociedad espera.