Capítulo 13
Kate tiene doce días para estar en la isla descansando, con el único cometido de hacer fisio todas las mañanas, un entrenamiento específico y suave con Diane y aprovechar para despejar la cabeza y desconectar.
Ya ha pasado tres de esas jornadas haciendo bien lo primero y fatal lo último.
Apenas duerme. No consigue conciliar el sueño porque su mente solo vaga por un montón de recuerdos junto a Leire que en su mayoría se resumen a habitaciones de hotel y algún beso robado en vestuarios.
La echa de menos —como siempre—, pero ahora le genera un sentimiento extraño, una rabia que se le aprieta por detrás del pecho y le provoca una presión insoportable todo el día.
Hablan por mensajes, se saludan por la mañana, Leire le pregunta cómo se encuentra de la espalda y ella le contesta que va bien, pero la pelirroja no quiere que le pregunte por la lesión, quiere que se interese por saber cómo está anímicamente, que quiera saber cómo se siente ante la idea de que su carrera profesional acaba.
Quiere que le diga que la echa de menos, que está deseando verla y que está harta de esconderla, pero Leire solo dice una parte de todo eso.
«Estoy deseando que llegue Cincinnati para verte»
Ese se lo ha enviado esta mañana y ella ha exhalado con tristeza, porque para Kate es lo mismo que decirle que quiere verla en una habitación de hotel para follar.
—Cielo, la comida ya está —anuncia Diane.
Ella se gira y la ve caminando hacia la piscina, donde está sentada en el borde con los pies dentro del agua mientras mira la línea azul que marca donde acaba el agua con cloro y donde se ve el mar al fondo.
Se incorpora con cuidado porque, aunque ahora no le duele la espalda, esta mañana se ha despertado con el lado izquierdo agarrotado y le ha costado varios segundos poder enderezarse.
Sigue a Diane en silencio, pensando en cuánto se alegra de tenerla aquí con ella porque su entrenadora es la que se está asegurando de que come y sale de la casa, porque está tan apática que si fuera por ella no saldría de la cama.
—Esta tarde vendrá una mujer —explica Diane mientras le sirve la comida en el plato, como si nada.
Kate levanta la cabeza de golpe, tan deprisa que se hace daño en el cuello.
—¿Qué mujer?
—Se llama Rachel Collins, fue nadadora olímpica en su época, a lo mejor te suena.
La pelirroja ni siquiera se molesta en pensar. La natación no es un deporte que le llame la atención y lo único que le interesa es el motivo por el que esta mujer viene a su casa cuando está de vacaciones.
—¿A qué viene?
—Se retiró a los treinta por culpa de una lesión —Diane ignora su pregunta, rellena su propio plato y se sienta—.
No llevó muy bien la retirada, sufrió ataques de ansiedad durante meses, pero se recuperó, estudió y encontró otra vocación ayudando a deportistas de élite que tienen el mismo problema que tuvo ella.
Los orienta, los guía, y responde todas las preguntas que seguramente tendrás en la cabeza.
—No necesito una jodida loquera, Diane —explota Kate, echándose hacia atrás con la intención de marcharse.
Diane da una palmada en la mesa que hace que todo vibre y la tenista se congela cuando iba a levantarse.
—¡Maldita sea, Kate, necesitas que alguien te ayude! Te paseas por aquí como un alma en pena, y si no te puedo ayudar con lo de Leire, te ayudaré con esto. Así que Rachel vendrá, y tú te sentarás con ella y la escucharás. Será así hasta que nos marchemos.
—¿Qué? ¿Cada día?
—Sí. —La furia de la entrenadora sorprende a la tenista—. De hecho, se alojará en una de las habitaciones de invitados. Tranquila, no tienes que verla más que un par de horas por la tarde.
Kate está turbada, ni siquiera sabe qué preguntar, pero tampoco había visto a Diane tan enfadada jamás, y después de lo que la mujer hace por ella, lo mínimo que le debe es esforzarse.
—Está bien.
—Así me gusta. Ahora come, por favor.
Diane señala el plato de Kate y ella se acerca, arrastrando la silla. Hacen el resto de la comida en silencio hasta que llegan a la cocina para lavar los platos y la entrenadora se acerca a ella.
—Lo siento, cielo, no te quería hablar así, pero estoy preocupada por ti y me estoy desesperando.
—Yo siento preocuparte. —Kate se abraza a ella y Diane la estrecha con fuerza, como si fuera la hija que nunca ha tenido.
—Lo superarás, Kate, esto y todo lo que venga, ¿de acuerdo?
La tenista asiente, incapaz de contestar.
Rachel Collins llega a las seis en punto con un chófer que la ha traído directamente desde el puerto.
La tenista está en la entrada, viendo cómo Diane se acerca a recibirla cuando se baja del coche.
No es como Kate esperaba, imaginaba a una mujer mayor, una amargada que soporta su frustración escuchando la de los demás, pero Collins no parece ni una cosa ni la otra.
Calcula que tendrá unos cuarenta. Morena, alta, hombros anchos de nadadora y un aire informal que la deja completamente descolocada.
No parece una psicóloga ni mentora ni lo que sea que es, parece una compañera, la típica amiga con la que te sientas y te tomas una cerveza para contarle tu día.
Kate la observa caminar junto a Diane, lleva una mochila al hombro y una bolsa de mano que la entrenadora le ha cogido.
Viste con vaqueros y una blusa, y tiene la melena oscura cortada por encima de los hombros.
Tiene un atractivo extraño, algo que te hace mirarla y, cuando la tiene delante, Kate se da cuenta de que es por su expresión.
Rachel Collins es cálida, una persona de esas que, sin conocerlas, te hacen sentir cómoda de inmediato.
—Hola, Katherine, me alegro de conocerte —dice la mujer, ofreciéndole la mano.
—Solo Kate —responde ella, y se abraza el cuerpo cuando suelta la mano de Rachel.
—Dame eso —pide Diane, señalando la mochila de su hombro—. Las llevo a tu habitación y después te la enseño, ahora os dejo.
Diane desaparece tan deprisa hacia el interior de la casa que Kate se siente como una niña de cinco años a la que acaban de dejar sola en una clase junto a una profesora nueva con la que no quiere estar.
—Diane me ha dicho que no quieres hacer esto —Rachel lo dice sin más, como si no le importara o estuviera acostumbrada, o ambas cosas.
—No es eso. —La pelirroja da un paso atrás y se aprieta el cuerpo con más fuerza.
Es demasiado repentino, no ha tenido tiempo para asimilar que tiene que hablar con una desconocida de lo que siente cuando ni siquiera ella misma lo sabe.
—¿Y qué es, Kate?
Ella encoge los hombros, turbada.
—Podemos ir al salón si quieres —dice en lugar de responder, señalando hacia el interior de la casa.
—No se trata de mí, se trata de ti. No necesitamos hacer esto en el salón si te agobia la idea, podemos pasear y dejar que nos dé el aire. He visto senderos y caminos cuando venía, ¿te parece mejor eso?
Kate no tiene ni que pensarlo, cualquier cosa menos quedarse sentada mirando a esta mujer. Caminan por el borde de la finca hacia los acantilados, donde el viento del Atlántico corre sin que nada lo detenga.
—¿Cómo lo llevas? —pregunta Rachel al cabo de un rato.
—Bien, supongo.
La nadadora ladea la cabeza y le dedica una sonrisa cálida que deja a Kate desconcertada.
—Yo lo llevaba fatal —empieza a explicar—.
Cuando me dijeron que podía seguir nadando, pero que no podía seguir compitiendo, lo único en lo que pensaba era en que mi vida había terminado.
Acababa de cumplir los treinta, estaba en plena forma y en posición de ganar, pero mi hombro decidió por mí cuando debía parar.
Kate la escucha sin decir nada, se ha metido las manos en los bolsillos y ni siquiera mira hacia delante, solo se preocupa de saber dónde pone los pies.
—Me agrió el carácter, durante meses era una persona insufrible que se regodeaba en su desgracia en lugar de mirar hacia delante.
—Yo no hago eso. —Kate la mira un momento—. Sé lo que va a pasar, ya lo he asumido.
—Eso no es lo que me ha dicho Diane, ni lo que cuentan tus ojos.
—¿Mis ojos? —Kate se detiene y se gira hacia ella—. ¿Qué es lo que te cuentan? —pregunta entre intrigada y desconfiada.
—Tristeza.
Kate se ríe y da una patada a una piedra.
—No estoy triste por eso, te he dicho que lo tengo controlado. —El tono le sale cortante y Rachel reanuda la marcha.
—¿Y por qué estás triste entonces?
La tenista suelta un bufido resignado.
—¿Cómo lo superaste? —pregunta esquivando responder.
—Me fijé metas. Un día me desperté en mi sofá, resacosa después de una noche ahogando mis penas en alcohol cuando ni siquiera me gustaba beber, pero había visto a mucha gente recurrir a eso para entumecerse y pensé que a lo mejor ayudaba.
—¿Y te sirvió?
—Por supuesto, me sirvió para tener un dolor de cabeza espantoso durante horas y la boca tan seca que tenía la sensación de haber estado chupando cartones mientras dormía.
Kate suelta una risotada y Rachel le señala una roca bastante plana en el borde del acantilado.
—¿Nos sentamos un rato o tienes vértigo si te acercas al borde?
La tenista no contesta, solo camina hacia la roca y se sienta junto a la nadadora.
—Has dicho que estableciste metas —empieza Kate—. ¿De qué tipo?
—Cuando se me pasó el dolor de cabeza y me sentí más despejada, me senté en el suelo de la terraza con una libreta y un bolígrafo.
Ni siquiera tenía pensado qué hacer con ella cuando la cogí, pero al abrirla y ver la página en blanco me imaginé mi vida así, blanca, sin nada que la llenara, y comprendí que nadie la iba a llenar por mí, que tenía que hacerlo yo.
Rachel hace una pausa y observa a Kate, estudiando su expresión concentrada mientras esta mira hacia el frente, donde hay tanta cantidad de agua en el mar que se ve de un azul oscuro parecido al de los ojos de la nadadora.