Rivales y mentirosas Capítulo 12
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Capítulo 12

—¿Cómo estás? —pregunta Diane en cuanto Thomas sale de la habitación de Kate.

—Bien, la verdad es que no siento ninguna molestia, ni siquiera cuando me he levantado, que es cuando parece que todo me cruje.

—Me alegro, cielo. ¿Y los nervios?

La jugadora expulsa el aire por la nariz y le devuelve una sonrisa.

Hoy es la final de Wimbledon; pese a que lo tenía todo en contra con la espalda, Kate ha ganado los partidos que faltaban para llegar hasta aquí y, por primera vez desde que comenzó este Grand Slam, ella y Leire se enfrentan en una final.

El público está expectante y los medios no han parado de hablar de ambas desde que pasaron las semifinales.

—Estoy tranquila —Kate la mira desde la cama, donde se ha sentado hace un momento.

Diane está en una silla junto a la cómoda y levanta las cejas cuando la escucha.

—¿Y los otros nervios?

La pelirroja hace una mueca. Leire y ella siguen tensas.

No han vuelto a hablar de lo que pasó la otra noche y solo se han visto una vez desde entonces, cuando Leire, en contra de todo pronóstico, fue la que se presentó en su habitación a medianoche.

Se quedaron mirándose unos segundos y Leire estuvo a punto de abrir la boca para decir algo, pero Kate no estaba por la labor.

Había ganado esa mañana, se había clasificado para la final y lo último que necesitaba era aumentar la tensión que existía entre ellas, así que la cogió por el pelo y la besó, y estuvieron haciendo el amor hasta las dos de la madrugada.

Fue diferente a todas las veces; había algo raro en el ambiente que las hacía ir más lentas, ser más conscientes del otro cuerpo y acariciarse como si fuera la última vez que podían hacer eso.

Esa era la sensación que tenía Kate en todo momento, que era una despedida, que sus gestos eran los que hablaban por ellas.

Tenía la congoja en la garganta cuando Leire comenzó a vestirse.

—Mañana pienso ganar, así que nos veremos en la final —aseguró al girarse, y se apoyó en la cama para acercarse a Kate y darle un beso.

Esa fue la despedida. No han hablado desde entonces, ni siquiera cuando Leire ganó ayer, porque Kate no encontró las fuerzas para entrar al vestuario a felicitarla.

¿Qué iba a hacer? ¿Besarla y abrazarla como si no pasara nada?

¿Comportarse como si no hubiera algo pendiente de resolver entre ellas?

Podía tener sexo estando enfadada, eso era una descarga, una liberación de tensión con la única persona con la que tenía la conexión que necesitaba para que la satisfacción fuera plena, pero fingir que no pasaba nada entre ellas era diferente.

Leire había tenido muchas oportunidades para hablar con ella desde aquel día; no hacía falta que se vieran a escondidas para eso.

Eran compañeras de deporte y estaban en los mismos sitios a todas horas.

La podía haber invitado a un café, haberla separado del grupo para buscar un sitio donde hablar; hasta las gradas servían para eso y nadie iba a sospechar porque las vieran juntas durante el día, porque que fueran rivales no significaba que se odiaran, y eso lo sabía todo el mundo.

—También están bien.

—Kate, soy yo —insiste Diane, y la pelirroja sonríe y se pasa el dedo por la cicatriz de la ceja.

—Bueno, será raro enfrentarme a ella. Hace más de un año que no se da esta situación en la cancha, y la última vez estábamos bien, fue divertido —Kate sonríe al recordar la tensión que le recorría todo el cuerpo mientras se movía por la pista intentando que sus ojos estuvieran más pendientes de la pelota que de Leire.

—A lo mejor deberíais hablar antes del partido, dejar las cosas claras de una vez —opina la mujer, que está al corriente de la situación actual entre ellas.

—No me parece una buena idea para ninguna. No quiero ser pesimista, pero esa conversación no creo que acabe bien; prefiero hablar con ella después del partido.

—Muy bien —acepta Diane, dándose una palmada en los muslos antes de levantarse—. En ese caso, vamos, tienes que empezar a calentar.

Kate llega al vestuario con tiempo; le gusta cambiarse con calma y tener unos minutos sin hacer nada que dedica a concentrarse, a sacar de su cabeza cualquier cosa que no tenga que ver con el partido, pero hoy no puede hacerlo porque prácticamente detrás de ella también entra Leire.

La española se queda junto a la puerta y espera a que una fisio que había en la zona de camillas la atraviese para salir, y entonces la cierra, consciente de que están las dos solas.

—Hola, nena —se acerca a Kate y titubea, porque están en un punto en el que ninguna sabe ya si tiene algún derecho sobre la otra.

—Hola.

La respuesta de Kate es baja, y se pasa la mano por la nuca mientras la mira.

—No quiero estar así, Kate; me estoy ahogando.

—Este no es el momento, Leire…

—Por favor —suplica, mirando hacia la puerta sin poder evitarlo—. Siento lo de la otra noche; no me lo esperaba y no supe cómo responder.

—No necesitaba que respondieras; me bastaba con saber que estabas ahí.

—Lo sé —Leire baja la mirada, avergonzada de sí misma—. Y no sé cómo compensar eso; me encantaría poder volver atrás, pero te quiero, Kate, eso sí te lo puedo garantizar. Solo necesito… —se pasa los dedos por la frente, turbada y nerviosa.

—¿Qué necesitas?

—A ti.

Kate exhala y niega con la cabeza, y Leire le pone una mano en el centro del pecho y la otra en la cintura.

—Sé que no estamos bien, pero no me dejes, Kate. Necesito más tiempo para…

Se detiene otra vez, porque ni siquiera ella misma lo sabe. Jamás se ha sentido tan perdida y el miedo de que lo suyo con Kate termine la tiene tan paralizada que apenas puede pensar más allá de lo que hace en el momento.

—¿Vas?… —no puede hablar; de pronto se le anegan los ojos y empiezan a temblarle el labio y la barbilla.

Da un paso atrás y se pone la mano en la boca, apretando con fuerza unos segundos para disipar el nudo que tiene en la garganta.

—Eh… —susurra Kate, acercándose a ella.

Le pone una mano en la cintura y con la otra le aparta el pelo de la cara. Sabe que no debería hacer esto, que no es ella la que tiene que ceder, pero quiere a esta mujer y la conoce, y sabe que Leire ha colapsado y que cualquier decisión que tome ahora mismo solo será fruto de la desesperación.

—Perdona —Leire carraspea para aclararse la voz y mira otro momento hacia la puerta.

Kate también lo hace; antes le molestaba mucho que la española lo hiciera, pero ahora está acostumbrada.

—¿Vas a jugar en Toronto? Sé que el Open es el último, pero no sé…

—Leire está turbada; todavía le cuesta asimilar que Kate, una de las jugadoras con más potencial que ha conocido, tenga que retirarse por una lesión.

No le parece justo, pero tampoco es justo lo que ella le hace, y eso todavía la hace sentir peor.

—Estoy inscrita, pero no voy a ir. He hablado con Diane y con Thomas; es mejor tener esos días para descansar y prepararme. Iré a Cincinnati para empezar la toma de contacto con la pista dura de nuevo.

—La pista dura es lo tuyo —sonríe Leire, mirándola con tristeza.

—Sí, aunque no competiré allí tampoco; eso me lo reservo para el Open.

—¿Vuelves a Melbourne hasta entonces? —pregunta la española.

—No. Me apetece tranquilidad. Me voy a las Azores con Diane.

—Yo voy dos días a Madrid y después vuelo hacia Canadá.

—Nos veremos en Cincinnati entonces —la voz de Kate es baja y su mano se aprieta con más fuerza en la cintura de Leire.

—¿Te puedo besar?

La comisura de la pelirroja se estira y aparecen esas líneas de expresión al lado de su boca mientras suelta el aire de la risa por la nariz.

—Sí, claro que puedes.

Leire responde de inmediato, atrapando su labio inferior con los dientes tras el beso, soltándolo despacio.

—Suerte en el partido de hoy —susurra la española.

—Lo mismo digo —Kate le guiña un ojo y Leire se aparta y camina hacia su taquilla.

La australiana se gira hacia la suya y se sienta en uno de los bancos tras coger sus cosas.

Se da cuenta de que Diane tenía razón; ahora se siente más tranquila después de hablar con Leire, aunque en realidad no hayan aclarado nada y se hayan limitado a firmar una tregua silenciosa.

La diferencia con las veces anteriores es que Kate sí que tiene las cosas muy claras.

El US Open es su despedida con el tenis, y también será el final de su relación con Leire Cobos.

Las dos salen a la pista casi al mismo tiempo y el estadio aplaude eufórico porque llevan meses esperando un enfrentamiento entre estas mujeres.

Ambas se miran al cruzarse en la red durante el saludo al árbitro; es apenas un segundo, pero Leire casi tropieza cuando se queda atrapada en la intensidad de esos ojos verdes.

Candela Valle las observa con un nudo en la garganta mientras su fotógrafo inmortaliza el momento.

La periodista ya no está segura de si es por lo que sabe, pero para ella es más que evidente lo que hay entre las dos jugadoras.

Quizá es que ella está más atenta que los demás, o que tiene un sexto sentido, pero esa forma de mirarse y alargar ciertos momentos, en su opinión, no deja lugar a duda.

El primer set lo gana Leire por siete-cinco poco después de que Kate quebrara su saque con una volea cruzada que ha hecho vitorear a la grada. Ella ha respondido con dos puntos directos de saque en uno en el que Kate la devuelve, pero se pasa de largo dos centímetros.

Kate no mira a Leire para no perder la concentración, y se masajea la base del cuello con los dedos mientras camina a por el agua.

No le duele nada; parece que su cuerpo ha decidido darle una tregua y quiere permitirle jugar este partido en plena forma, y precisamente ese es el pensamiento que la tiene turbada, porque no logra entenderlo: si su cuerpo puede hacer esto hoy, ¿por qué no puede hacerlo siempre?

Sabe la respuesta; se la dio el doctor Faruk hace unas semanas y, aun así, hoy su cuerpo parece querer contradecirla. Deja la botella de agua y vuelve a la pista.

El segundo set lo gana ella por cuatro-seis, no porque Leire haya jugado mal, sino porque ella ha jugado mejor.

Durante el descanso entre el segundo y el tercero, Diane le pone hielo envuelto en una toalla en la zona lumbar mientras ella bebe agua.

—Estoy bien —asegura, pero su entrenadora no aparta la mano.

Kate lo agradece de todos modos, porque el frío le ha atravesado la columna y ha logrado despejarla un poco.

—A por ella, cielo —dice la mujer, justo antes de que Kate vuelva a la pista.

El tercer set dura una hora y cuatro minutos, el más largo del partido y también el más silencioso. No hay gestos hacia el palco ni conversaciones con el árbitro; solo ellas, la pelota y la visión de la otra mujer al otro lado.

Kate gana los tres primeros juegos y Leire los tres siguientes. La española hace un quiebre en el siguiente; es un punto largo de diecinueve golpes en los que Kate sube a la red dos veces.

Cuando llega el punto decisivo las dos están agotadas, pero ninguna lo demuestra ni pierde la concentración.

Es un revés cruzado de Leire el que finaliza el partido; tiene una velocidad a la que parece imposible llegar y, aun así, Kate logra devolverlo y Leire está a punto de golpearla para enviarla al otro lado, pero decide arriesgarse y dejarla pasar cuando calcula que va fuera.

Y su intención ha sido buena; la bola bota tres centímetros por detrás de la línea y el público estalla mientras ella se queda quieta, con el brazo todavía levantado.

Para cuando logra reaccionar y mira al otro lado, Kate ya se está acercando a la red con la raqueta en la mano y esa sonrisa entre sincera y juguetona que la hace temblar de pies a cabeza.

Se dan la mano unos segundos y son ambas al mismo tiempo las que tiran de la otra para abrazarse. Es un apretón de cuerpos corto, pero lo suficiente como para poder intercambiar unas palabras sin que las cámaras puedan ver el movimiento de sus labios.

—Felicidades, cariño —susurra Kate, con la adrenalina todavía por las nubes.

—He estado a punto de devolverla —Leire se sorbe los mocos, llorando por una mezcla de euforia por haber ganado, la tensión de haberlo hecho contra Kate y un barullo de emociones y sentimientos que ya no sabe cómo controlar.

Se separan y se sonríen otra vez, y Candela se muerde los labios sin dejar de aplaudir, casi tan emocionada como ellas.

Las dos hablan a las cámaras al mismo tiempo, pero Kate acaba antes y se va hacia el vestuario acompañada de Diane.

—Has jugado uno de tus mejores partidos, cielo —dice la mujer.

Kate arruga la nariz con una mueca divertida que arranca una carcajada de Diane.

—Sí, lo he disfrutado mucho —admite, y su entrenadora siente ganas de romper algo cuando ve el destello de tristeza en su mirada.

Sabe que no es por la derrota, sino por saber que pronto no podrá seguir jugando partidos como el de hoy.

Cuando Leire llega al vestuario, Kate ya no está allí.

Se sienta en uno de los bancos y apoya los codos en las rodillas unos segundos mientras asimila lo que acaba de pasar.

Está contenta por haber ganado el torneo, pero al mismo tiempo sabe que está perdiendo algo más importante que eso, empezó a perderlo aquella noche en su habitación del hotel, cuando Kate le contó lo de su lesión y ella no supo cómo ser la persona que necesitaba.