Capítulo 11
Leire se levanta de un salto cuando escucha los golpes en la puerta.
Estaba tumbada en la cama, con las piernas cruzadas y los brazos bajo la cabeza mientras miraba al techo y pensaba en varias formas de comenzar la conversación para decirle a Kate que pretende renovar con Costel.
El pulso se le acelera y casi tropieza con sus propias zapatillas antes de alcanzar el pomo.
Abre sin dudarlo y la ve ahí, preciosa como siempre con esas mejillas salpicadas de pecas que siente la tentación de besar antes que sus labios.
—Pasa —susurra, haciéndose a un lado.
Kate lleva una pequeña mochila al hombro, lo que significa que esta noche también pretende quedarse, y eso hace que la española sienta alivio, porque desde que la ha saludado de esa forma profesional al salir de la rueda de prensa —como si apenas se conocieran— como si fueran rivales de verdad y solo hubiera sido un gesto educado, ha sentido terror después de la mirada helada que le ha dedicado la pelirroja mientras le estrechaba la mano.
Empuja la puerta hasta que esta hace clic, y se acerca a ella, enmarcando sus mejillas con las manos para darle un beso suave en los labios.
—¿Cómo estás? No tienes muy buena cara —murmura Leire, recogiéndole algunos mechones de pelo detrás de la oreja.
—Me duele un poco la espalda. Esta madrugada ha sido horrible, me ha despertado el dolor y por un momento he pensado que no iba a poder jugar hoy.
Kate se sienta a los pies de la cama.
—¿Por qué no me has despertado si te dolía? —pregunta Leire, colocándose frente a ella con las manos en la cintura.
—¿Para qué? No podías hacer nada.
Leire se agacha y le pone las manos en las rodillas.
—Podría haberte buscado una pastilla, o hacerte un masaje, o ayudarte a cambiar de posición para que estuvieras más cómoda. Sí podía hacer cosas, nena, no vuelvas a callarte algo así.
Kate la mira y asiente, conteniendo las ganas de decirle que ella no la necesita solo cuando le duele la espalda, la necesita siempre.
Quiere su apoyo, saber que Leire está ahí, que puede confiar en ella, llamarla y no tener que esperar a que le devuelva la llamada porque estaba con alguien a quien no le podía hablar de ella.
Quiere decirle que está harta de que la esconda y de que no le dé prioridad, pero se lo guarda porque hoy ha venido a contarle otra cosa, y debería ser suficiente para que su amante reaccione.
—¿Quieres que te ponga un paño de agua caliente en la espalda? A lo mejor te ayuda.
—Gracias, pero estoy bien. No es más que una molestia.
Al igual que Leire, Kate también ha pasado horas ensayando cómo contarle que su carrera está acabada, pero todo se le ha ido de la mente, así que se decide por lo más simple y lo que debería haber dicho hace días.
—Tengo que contarte algo importante —empieza, y Leire le señala el sofá de la habitación.
—¿Nos sentamos ahí? Estarás más cómoda.
A Kate le parece bien, así que se levanta y la sigue, y mientras que ella se sienta un poco ladeada, Leire lo hace sobre su propia pierna, completamente girada hacia la pelirroja.
—¿Qué pasa? —pregunta, sintiendo el pulso en la garganta ante el temor de que su amante se haya cansado de la situación y quiera romper con ella.
—Cuando estuve en Melbourne me hice algunas pruebas, y estando de escala en Doha me llamó el doctor para darme los resultados.
Leire siente alivio y angustia al mismo tiempo.
—Mi lesión de las vértebras ha empeorado. El desplazamiento ha progresado y el resumen es que si sigo jugando al ritmo que lo hago ahora, puede convertirse en una lesión permanente.
La española no se mueve, se limita a esperar porque no sabe qué decir.
—Compresión nerviosa, dolor crónico y demás; podría acabar con limitación para hacer cualquier cosa, no solo jugar al tenis.
—¿Y cómo se arregla? —la voz de Leire sale baja, tanto que Kate tiene que esforzarse para escucharla.
Le sale una risa amarga y se gira un poco más, apoyando el codo en el respaldo y la cabeza en la mano.
—Se arregla retirándome. Puedo terminar la temporada, pero el doctor me recomienda no seguir. Sin tanto esfuerzo, el dolor se podría controlar sin tener que llegar a una operación.
—Pero… —Leire casi tartamudea—. ¿No es mejor que te operes y sigas jugando?
—No es una operación sencilla. La recuperación es bastante larga, podría alargarse un año y nunca volvería a alcanzar el nivel que tengo ahora. Voy a retirarme, Leire, el US Open será mi último torneo, ya lo he decidido.
El silencio que se genera en la habitación es opresivo para ambas.
Kate lo soporta porque necesita que Leire diga algo, que se pronuncie o que se mueva y se acerque más a ella para abrazarla.
Necesita cualquier reacción, pero Leire no tiene ninguna, está congelada frente a ella, mirando sus propias manos mientras piensa en algo que no le dice.
Cuando levanta la mirada por fin, Kate no encuentra en ella la comprensión que esperaba ni el abrazo que tanto necesita.
—¿Lo sabe alguien más? —pregunta Leire, y Kate necesita parpadear para enfocarse.
—Solo Diane —responde compungida—, y ahora tú.
—¿Y qué dice Diane?
La pelirroja frunce el ceño.
—¿Qué importa lo que ella diga? —pregunta dolida—. Me apoya, Leire, está de acuerdo con mi decisión de retirarme.
—Claro, perdona.
Leire baja los pies descalzos al suelo y se inclina hacia delante, apoyando los codos en las rodillas mientras Kate la observa contener lo que sea que le pasa por la mente.
No es la reacción que esperaba de ella y debería estar acostumbrada a no obtener lo que necesita, pero le resulta difícil hacerlo y cada vez que recibe una reacción de esta, le cuesta asimilarla y le duele de un modo que ya empieza a no poder soportar.
—Oye —dice, y el tono le sale más suave de lo que pretendía, lo cual le molesta.
La española levanta la cabeza y la mira.
—No te estoy pidiendo nada, ¿de acuerdo? Solo quería que lo supieras.
—Ya, gracias —responde Leire.
Kate nota un pinchazo de dolor atravesarla cuando la escucha, y no es en la espalda, ese puede soportarlo.
Es en otro sitio, uno en el centro del pecho que siente como si le hubieran dado un puñetazo en el esternón, el mismo que lleva meses soportando y que aparece cada vez que Leire da un paso atrás cuando ella necesita que lo dé hacia delante.
—Un placer —su sarcasmo irrita a la española, que todavía no sabe qué hacer con la información que ha recibido y reacciona de la peor de las maneras.
—¿Qué quieres que te diga, Kate?
No lo dice por crueldad y Kate lo sabe, puede leer en su expresión lo confundida que está ahora mismo.
Se pone en su lugar —aunque sabe que no debería— y trata de imaginarse cómo habría recibido ella una noticia como esa.
Está segura de que su reacción no habría sido así de fría, pero Leire vive en un estado de miedo permanente, por lo que puede llegar a entenderla, aunque hacerlo no significa que le esté doliendo menos.
—Nada, no quiero que me digas nada.
La pelirroja se levanta.
—¿A dónde vas? —Leire siente el corazón en la garganta.
—Creo que es mejor que esta noche duerma en mi habitación. Al fin y al cabo, me duele la espalda y no podemos follar, que al parecer es lo único que tú y yo sabemos hacer bien.
Leire se levanta de golpe y la detiene frente a la puerta.
—Espera, nena, no te vayas.
—¿Y qué hago si me quedo? ¿Ver cómo me miras mientras intentas encontrar algo que decir?
La española se lleva los dedos a las sienes y se las masajea.
Necesita decir algo, cualquier cosa que arregle el desastre que ha montado con su silencio y su reacción estúpida, pero no encuentra ninguna frase que le sirva.
No hay nada que pueda decir que consuele a Kate, y sabe que el abrazo llega tarde, que se vería forzado y la pelirroja se pondría rígida como un tronco.
—Lo siento —susurra, dando un paso atrás.
—¿Qué sientes, Leire? ¿Lo que me pasa o que perderás el juguete con el que entretenerte por las noches durante los próximos torneos?
—Eso es injusto, sabes que yo te…
Se detiene en el último momento y la rabia de Kate se dobla.
—¿Qué, Leire? ¿Que me quieres? ¿Eso es lo que ibas a decir?
—Sí —murmura, levantando la mirada.
—Pues demuéstramelo, joder.
Kate abre la puerta y no se molesta en mirar antes por el pasillo, simplemente sale y deja que sea Leire la que la cierre. La española se queda quieta, con la mano en el pomo y los ojos anegados en lágrimas.
La pelirroja entra en su habitación sin encender la luz y se tumba en la cama sin cambiarse.
Tendría que haberle dicho a Leire que con quererla no basta.
Que lleva meses buscando su calor y que este nunca llega.
Ya no sabe si el problema es Leire o ella misma, que ha estado esperando algo durante todo este tiempo que la española no le puede dar, no porque no quiera, sino porque no sabe cómo hacerlo, y Kate está cansada de esperar.