Capítulo 10
—Cielo santo, cariño, ¿qué haces ahí?
La voz de Diane le llega a Kate como si estuviera muy lejos. La tenista parpadea y necesita unos segundos para entender lo que sucede. Está en su habitación del hotel, tumbada en el suelo al lado de la cama con los brazos extendidos a los lados, y al parecer se estaba quedando dormida.
La pesadillas ha empezado alrededor de las cuatro de la madrugada: estaba tumbada de lado, apoyada en el cuerpo de Leire, que estaba bocarriba con la cabeza girada hacia ella y una mano enterrada bajo su pierna.
Al principio pensaba que era por la posición, que el dolor que notaba en la cadera se solucionaría al ponerse recta, pero al hacerlo le atravesó toda la espalda, desde el sacro hasta la escápula.
Se movió despacio y se sentó en la cama, con las manos apoyadas en el colchón mientras cerraba los ojos y esperaba a que la intensidad disminuyera.
Leire se movió y, ante el miedo irracional de que la descubriera así, Kate cogió su ropa, se vistió como pudo y salió de la habitación para volver a la suya.
Para cuando entró, el dolor se había desplazado y le estaba atravesando la parte trasera de la pierna, cortándole la respiración.
Se dio una ducha con agua muy caliente y se tomó uno de los analgésicos que el doctor Faruk le recetó para momentos como ese, y después se tumbó en el suelo buscando que el frío de la madera le aliviara el dolor.
Se quedó mirando al techo, con los ojos empañados en lágrimas que eran mitad dolor y mitad rabia por no poder detener lo que pasaba.
Empezó a pensar en Leire, en que debería haberla despertado y pedirle que le aplicara la crema, o simplemente que la hubiera consolado porque siente que se está derrumbando poco a poco, pero en ese momento no pensó en otra cosa que en salir corriendo —que es lo que hace siempre— y después se quedó ahí, dejando que la pastilla hiciera su efecto mientras tomaba la decisión de hablar con la española, aunque todavía no tenga claro lo que va a decirle exactamente.
En algún momento debió de quedarse dormida y ahora tiene a Diane frente a ella, mirándola horrorizada.
El primer pensamiento de Kate es bastante absurdo, porque lo único que hay en su cabeza es que quizá debería empezar a eliminar esa costumbre de que su entrenadora tenga siempre copia de la llave de su habitación.
—Kate —Diane se arrodilla a su lado y ella parpadea de nuevo, apartando ese pensamiento estúpido y volviendo al presente.
—Estoy bien —dice al fin, y no está mintiendo porque el dolor ha remitido y ahora solo se siente entumecida por el frío.
—¿Qué demonios haces aquí?
Diane la ayuda cuando empieza a incorporarse, y cuando Kate la mira con esa tristeza en los ojos, se hace una idea de lo que ha pasado.
—¿Por qué no me has llamado? Te habría ayudado, habría...
—Lo siento —Kate se sienta en la cama, tan hundida que Diane detiene su regañina y se sienta a su lado para abrazarla—. Vale, no pasa nada.
Le besa la cabeza y cuando se separa le coge la mano.
—¿Cómo estás ahora?
—Bien, prácticamente ha remitido del todo. Puedo jugar, si es lo que preguntas.
Diane tuerce la boca en una mueca de disgusto. No le gusta esto; le encantaría tener poder para obligarla a tomar la decisión correcta y alejarla de las canchas de forma definitiva, pero entiende que la pelirroja todavía está asimilando la noticia.
—Voy a llamar a Thomas para que venga ahora mismo, adelantaremos la sesión de fisio para antes del partido y nos saltaremos el entrenamiento de hoy. Nos centraremos en calentar.
—Vale —acepta Kate sin discutir.
Media hora después, Thomas, que lleva con ella desde el Open de Berlín del año anterior, trabaja en un silencio que Kate agradece porque no tiene ganas de hablar.
La ha hecho tumbarse en la camilla portátil que siempre lleva con él, le ha aplicado calor durante diez minutos y después ha comenzado con el masaje.
Cuarenta y cinco minutos de trabajo profundo en los paravertebrales y en el piriforme, seguidos de dos rondas de estiramiento pasivo que Kate soporta con los dientes apretados y la cara enterrada en el agujero de la camilla mientras Diane repasa una última vez sus notas sobre los vídeos que estuvieron viendo ayer sobre su contrincante de hoy.
—Del uno al diez, ¿cuánto te dolía antes de que te tomaras la pastilla? —pregunta Thomas cuando da por finalizado el trabajo.
Kate está sentada en la camilla y sus ojos buscan los de Diane como si en ese momento fuera esa mujer la única que la mantiene en pie.
—Siete; ocho cuando me movía.
—Vale, hablaré con Faruk por si necesitamos reajustar el tratamiento. Te veo antes del partido para ponerte un parche.
La pelirroja asiente y el fisioterapeuta recoge la camilla y sale de la habitación.
A las diez comienza el partido y su cuerpo responde como necesita a pesar de que hay momentos en los que el dolor amenaza con aparecer y la hacen desconcentrarse, pero no lo suficiente como para perder el partido. Gana en tres sets: seis-tres, cuatro-seis, seis-cuatro.
Saluda con deportividad a su contrincante y sus ojos van directos hacia las gradas para buscar a Leire, que no está con el resto de las jugadoras, sino en un palco más bajo, sentada junto a su padre.
Kate ve su intento de sonrisa y esa expresión de contención en su mirada, algo que hace tiempo le parecía suficiente y que ahora le agrieta el pecho provocándole un dolor que podría comparar con el de su espalda.
Se da una ducha rápida y, aunque sabe que no va a venir, una parte de ella siempre espera que Leire abra la puerta y entre a felicitarla después del partido como hace ella, pero la española nunca encuentra la valentía para dar ese paso.
Camina hacia la sala de prensa y se sienta frente al micrófono. Las preguntas son las típicas, salvo la tercera, cuando un periodista le pregunta por su espalda.
—En el último juego del segundo set te has llevado la mano a la zona lumbar. ¿Estás resentida de Roland Garros? Allí también tuviste un problema. ¿Te sientes en forma para llegar a la final?
Kate se bloquea durante un par de segundos, buscando en su cabeza ese momento que describe el periodista. Ella no recuerda haberse tocado la espalda, pero lo hace tantas veces últimamente que probablemente se ha convertido en una costumbre de la que ya no es consciente.
—Es una pequeña molestia, nada grave —explica, forzando esa sonrisa simpática que tiene conquistado a medio mundo—. A estas alturas del calendario todas las jugadoras tenemos alguna molestia. Forma parte del juego.
Candela Valle, sentada en segunda fila, verifica que ha grabado la respuesta y toma un par de notas en su bloc.
No puede sacar nada interesante de esta rueda de prensa; lo interesante sabe que lo tiene en forma de imagen que un desconocido le envió hace un par de días, y desde entonces no ha dormido bien, todavía debatiéndose entre advertirles o no intervenir en algo que no le concierne y que además solo sospecha.
Diane está en el pasillo cuando Kate sale de la rueda de prensa, esperándola con su mochila para salir directamente y regresar al hotel.
—He hablado con Faruk —explica la mujer—. Haremos lo mismo de hoy: de aquí a que acabe el torneo, adelantamos la fisio a primera hora y después otra sesión por la tarde.
—De acuerdo.
La mujer engancha su brazo con el de la pelirroja.
—Has jugado muy bien —dice, cambiando de tema.
Kate la mira de reojo y le sonríe.
—Vamos a comer algo —propone, y afloja un poco el paso cuando ve que al fondo del pasillo están Leire y su padre hablando con dos jugadoras.
La española no la ha visto todavía, pero se gira en el momento en que Kate está mirándola, como si hubiera intuido el peso de esos ojos verdes sobre su cuerpo.
—Buen partido, Brogan —la felicita Leire cuando pasan por su lado, tendiéndole la mano.
Kate se la estrecha y deja que sus dedos se arrastren por la palma de su amante cuando se retira. Es apenas un segundo, pero ve el terror atravesar la expresión de Leire al sentir el roce de la caricia contra su piel.
—Nunca seré su prioridad —susurra Kate en voz baja mientras se alejan.
Diane aprieta los labios y suelta el aire por la nariz, controlando las ganas de darse la vuelta, coger a Leire por los brazos y sacudirla hasta que reaccione.
—No sé si te consuela, pero eres la mía, cielo —dice la mujer.
Kate esboza una sonrisa triste y le pasa un brazo sobre los hombros.
—Me sirve, Diane, gracias —murmura, y le besa la mejilla.
—¿Se lo has contado ya? —pregunta la entrenadora.
—No.
—¿Por qué? Mira, Kate, no sé cómo va a acabar esto que tenéis, pero llevas tres años acostándote con ella, si no tenéis el tipo de confianza que te permite contarle lo que te está pasando, lo mejor es que acabes con esto antes de que te siga destrozando.
Kate no dice nada; se limita a pensar en la confianza, preguntándose si la tienen.
¿Se siente cómoda para hablar con Leire de las cosas que le preocupan?
Lo medita durante varios segundos y llega a la conclusión de que sí, sí siente esa comodidad, pero lo que la frena es que no siente seguridad con ella.
¿De qué le sirve contarle nada si Leire no está en posición de apoyarla y estar a su lado cuando más la necesita?
—Se lo contaré esta noche —decide de repente, cuando piensa que, a lo mejor, algo serio como esto pueda ser ese impulso que su rival necesita para plantarse cara a sí misma y pelear por lo que quiere.
—Bien —Diane entra en el coche detrás de ella y el resto del camino lo hacen en completo silencio.
La mujer, preocupada por el estado de Kate, tanto el físico como el emocional, y la pelirroja soportando la presión en la garganta que le provoca la decisión que acaba de tomar: va a retirarse, el US Open será su último torneo.