Rivales y mentirosas Capítulo 9
28%

Capítulo 9

Hay periodistas que cuando tienen una historia buena simplemente la publican porque ese es su trabajo, y hay otros que saben que la tienen y, aun así, deciden no hacerlo.

Candela Valle se encuentra en el segundo grupo desde hace un par de años y todavía intenta comprender si eso la hace mejor o peor en su trabajo.

Lo que sí sabe es que hoy hace un calor relativamente extraño teniendo en cuenta que están en Londres y que en la pista número tres acaba de terminar un partido que no le interesa lo más mínimo, aunque ha tomado notas con el mismo interés profesional que lo hace en otros.

La periodista sabe que en cualquier deporte o profesión, se cubre el evento en sí porque es lo que quieren muchos espectadores, pero también se cubre lo que no tiene nada que ver con el torneo y se centra más en las jugadoras porque todos saben que en algún momento alguna baja la guardia y acaban consiguiendo material mucho más interesante que el hecho de que hayan ganado.

Es un hecho. Cualquier profesional del deporte siempre baja la guardia en algún momento, una rabieta, un gesto que no procede y acaba en todas las portadas, una expresión mal ejecutada que se convierte en algo con lo que criticarla.

Todas lo hacen, es lo que tiene un deporte que produce tanto estrés, todas menos Leire Cobos.

Esa mujer lleva años siendo la excepción, siempre atenta, cortés, amable, simpática y con las palabras bien elegidas cuando responde.

No es como Kate Brogan, más impetuosa, divertida y algo deslenguada, cosa que todo el mundo le perdona porque la chica cae bien sin esforzarse.

Kate era así hasta que comenzó a apagarse, hasta que la contención y el miedo por hacer y decir algo que no debía la han vuelto más seria y menos accesible para los periodistas, y Candela cree saber por qué.

Lo supo hace más de dos años cuando la casualidad la hizo pasar la noche en el mismo hotel —y la misma planta— donde estaban alojadas las dos tenistas.

Ella llegó allí con un ejecutivo que no tenía nada que ver con el tenis, que estaba en la ciudad para una conferencia y al que conoció en el bar por la noche.

Subió a su habitación con él —una noche de las más interesantes y satisfactorias de sexo casual que Candela recuerda— pero el premio gordo vino cuando salió a hurtadillas alrededor de las cinco de la madrugada porque no quería tener la conversación incómoda de la mañana siguiente.

Se detuvo en el pasillo con suelo de moqueta, con los zapatos de tacón en una mano y el móvil en la otra.

Se quedó quieta varios segundos junto a una enorme planta de las que decoraban el hotel mientras leía un mensaje de su hermana, y entonces escuchó una puerta abrirse al otro lado del pasillo.

Al principio no prestó atención, pero una risa floja y el chasquido de unos besos llamaron su atención.

La luz a esas horas era muy tenue, bombillas de tonos cálidos y poca potencia a mucha distancia una de otra, lo que dejaba la zona con la iluminación justa para llegar al rellano de los ascensores sin tropezar, pero no era lo suficientemente baja como para que, al enfocar mejor, reconociera a Kate Brogan, y un segundo después: a Leire Cobos, que la atrapó bajo el quicio de la puerta para devorarle la boca antes de dejarla ir.

Candela, que ya tenía el móvil en la mano y el refugio perfecto tras la enorme planta para no ser vista, activó la cámara e hizo varias fotos mientras sentía que el corazón se le salía por la boca.

Sabía que las fotos tendrían una calidad nefasta, eso si salvaba alguna, pero tenía la confirmación visual de que Leire Cobos y Kate Brogan tenían un lío.

Lo que no tenía manera de saber es que esa era una de las primeras veces que las tenistas estaban juntas, que se encontraban en ese momento de despreocupación y euforia donde solo se veían para follar como posesas.

No había sentimientos de por medio, no había ningún vínculo emocional que las uniera y disfrutaban tanto esos encuentros que Leire se atrevía a besarla tras echar un vistazo rápido al pasillo que, con sus pupilas dilatadas de deseo, no era muy fiable.

Esperó a que Kate entrara a su habitación tras despedirse de Leire y después corrió al ascensor y bajó al lobby, donde se sentó con prisas en los sillones de cuero de la entrada para revisar las imágenes.

Como sospechaba, eran inservibles; solo había una donde se veía de forma más clara a las dos mujeres, pero a la única que se reconocía en la imagen era a Leire.

Brogan estaba de espaldas a la cámara y salió tan oscura que era imposible demostrar el color rojizo de su melena, pero lo que sí era innegable y no dejaba lugar a dudas era que Leire Cobos besaba a una mujer.

Eufórica por lo que había descubierto y a la vez demasiado relajada por el buen sexo que había tenido, Candela se dejó llevar por un arrebato de inmediatez y le escribió a su editor para decirle que había pillado a las dos tenistas en actitud cariñosa, pero que lo único que tenía era una imagen borrosa en la que solo se identificaba a Leire Cobos.

Era muy temprano para esperar respuesta, así que se fue a su hotel, se dio una ducha y se durmió.

Al despertar, tenía tres llamadas de su jefe y un mensaje que decía que escribiera el artículo y publicara la historia.

«Da igual que no se reconozca a Brogan, la noticia será que Cobos es lesbiana».

Candela se quedó quieta, sentada en su cama con el ceño fruncido y una sensación incómoda instalada en el estómago que la llevó a recordar un día que guardó en su memoria como uno de los más amargos de su vida.

Fue el día que su hermana Inés, durante una comida familiar, anunció que era lesbiana.

No fue saber su sexualidad lo que atravesó el corazón de Candela y lo partió por la mitad, sino descubrir —mientras su hermana hablaba con la congoja atravesada en la garganta— que Inés lo sabía desde hacía once años y que no había sido hasta ahora, que ya tenía treinta y tres años, cuando se atrevió a contarlo.

Once años de Navidades con novias que no llevaba a su casa por miedo y de excusas cada vez más elaboradas cuando le preguntaban si había alguien.

Cuando al final lo soltó, con la voz plana y la mirada acuosa como si fuera una delincuente que había cometido un delito atroz, Candela comprendió que algo habían tenido que hacer muy mal en su casa para que su hermana no se hubiera atrevido a sentirse libre antes.

Ese día le quitó el sueño durante meses porque no dejaba de ponerse en el lugar de Inés y le parecía muy injusto que hubiera tenido que vivir atrapada en una mentira durante años porque no se sentía segura para expresar algo que no debería tener que admitir delante de nadie.

El recuerdo de aquel día es el que ha mantenido la foto de las dos tenistas en su móvil a buen recaudo. Le dijo a su editor que la había borrado sin querer, y desde entonces él no deja de encargarle que las vigile y que pinche con preguntas a ver si alguna mete la pata y se delata.

Ella le suele decir que cree que eso no pasará, que fue un encuentro casual que está segura de que no se repetirá, pero Candela sabe que no es así.

Su trabajo sí lo hizo y son varias las veces que se ha colado en los hoteles de las deportistas, ha vigilado y ha visto salir a Brogan de la habitación de Cobos al menos en siete ocasiones en todo este tiempo.

Sabe que están juntas de alguna manera, que una relación de solo sexo no puede provocar esa tensión en Leire cada vez que alguien le nombra a Kate, ni ese ligero temblor en la mandíbula de la pelirroja que disimula con una sonrisa brillante y un comentario divertido cuando le preguntan por su rivalidad con la española.

Decidió que no iba a ser ella quien expusiera a Cobos de ese modo, que esa no era la noticia que ella quería dar, que no quería ser responsable de destrozar públicamente a una mujer solo para ganarse un extra.

Por eso ahora está sentada al lado de Sergio, su cámara, pasmada ante la pantalla de su móvil mientras él se levanta.

—¿Vamos a la sala de prensa? —pregunta su compañero—. McKay ya debe estar a punto de empezar.

—Ve, yo voy enseguida —murmura sin levantar la vista de la imagen que tiene delante.

Le ha llegado a través de un número desconocido una fotografía nítida donde se ve perfectamente a las dos tenistas en el vestuario.

Es de antes de ayer, cuando Leire pasó la tercera ronda, y lo sabe por la ropa de la tenista y por la que llevaba Brogan esa mañana: un pantalón corto oscuro y una sudadera blanca que destacaba bajo el tono rojizo de su coleta.

Se las reconoce sin problema, ambas de lado a la cámara, con la mano de Brogan en el cuello de Leire y los labios contra su boca mientras la española tiene una mano en su cintura y la otra en el centro de su pecho.

Candela suspira y mira el número. No lo conoce, pero sabe perfectamente que cuando el material llega así, sin pedir nada a cambio, es porque a alguien del entorno de una de las dos tenistas le interesa que la fotografía salga a la luz.

Podría pensar que es cualquiera de ellas, pero dado que Leire siempre ha afirmado su interés por los hombres y que además está patrocinada por una marca muy conservadora, la tiene descartada por completo.

De Kate no puede decir lo mismo: la tenista es abiertamente lesbiana, candidata perfecta para ser la autora del mensaje si no fuera por lo rota que parece últimamente.

Candela no es adivina, pero algo le dice que no es ella, que si esta imagen sale a la luz lo más probable es que el escándalo acabe con la relación, y no cree que la pelirroja busque eso.

Se levanta y se guarda el teléfono en el bolso mientras baja de las gradas, preguntándose qué hacer.

Si ella no usa la imagen, sabe que tarde o temprano esta persona buscará a otro periodista con menos principios.

Resopla frustrada y entra a la sala de prensa, decidiendo que ella no hará nada y preguntándose si debería hablar con las tenistas para avisarles de lo que se les puede venir encima.