Rivales y mentirosas Capítulo 8
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Capítulo 8

A Leire le suena el despertador a las seis y cuarto y de inmediato se gira para apagarlo. No se ha sobresaltado al escucharlo ni tiene sueño, porque lleva más de una hora en la cama dando vueltas de un lado a otro sin conseguir conciliar el sueño.

Kate se ha marchado hace un rato —como siempre— pero Leire estaba despierta mucho antes de que la alarma de la australiana sonara con ese tono maldito que ambas odian porque es la señal de que su tiempo juntas se acaba, el recordatorio de que es una cobarde para Leire y la confirmación para Kate de que no es suficiente para la española.

Kate ha apagado la alarma como hace siempre, tan rápido que Leire está segura de que ella también estaba despierta, y ahora se siente todavía más miserable por haber permitido que la pelirroja se levantara esforzándose por no hacer ruido, usando la poca iluminación de la pantalla de su móvil para vestirse y no despertar a una amante que se estaba haciendo la dormida para no tener que enfrentarse a ese momento devastador que ocurre todas las noches que duermen juntas.

Normalmente no suele despertarse cuando Kate se marcha, el sexo la deja agotada y relajada y suele dormir profundamente a pesar de su mala conciencia, pero una de las veces estaba despierta y estiró el brazo para tocar la cintura de la australiana, que estaba sentada al borde intentando desperezarse.

—Lo siento, no quería despertarte —murmuró Kate, pero no se movió cuando Leire se incorporó y se arrastró por la cama hasta sentarse detrás de ella.

La luz estaba apagada y la que entraba por la ventana de esa noche cerrada solo le permitía ver la silueta de la pelirroja, desnuda, quieta, con las manos entre las rodillas y la cabeza baja.

Leire le apartó el pelo y le besó la nuca con cariño, y Kate siguió sin moverse, pero notó cómo se tensaba cuando la abrazó por detrás y escuchó el jadeo entrecortado que le salió por los labios.

No era un sonido de deseo, era de tristeza absoluta, el de una mujer de veintinueve años que se tenía que levantar a horas indecentes para huir de la habitación de su amante porque esta no podía soportar la idea de que las vincularan.

—¿Estás bien? —susurró Leire sin soltarla, y la voz le salió entrecortada porque tenía un nudo en la garganta.

Sabía que esa pregunta no era la que Kate necesitaba escuchar, lo que quería era que ella le dijera que también la quería y que iba a hacer lo necesario para que no tuviera que marcharse de su lado ni una sola noche más, pero Leire todavía no estaba lista para decirle eso porque solo de pensar en exponerse de ese modo, la hacía sentir mareada de miedo.

Salir del armario ya era algo que centraría la atención de los periodistas sobre ella durante semanas, pero si encima lo hacía de la mano de Kate Brogan el acoso iba a ser interminable, por lo que era más fácil excusarse en la cláusula de Costel que admitir hasta qué punto le daba pánico dar ese paso.

—Sí —contestó Kate en voz muy baja—. Vuelve a la cama —pidió y se levantó, soltándose de los brazos de Leire mientras buscaba su ropa y se preparaba para irse.

—La próxima vez iré yo a tu habitación —aseguró Leire, que todavía estaba de rodillas en la cama frente al hueco vacío que había dejado la tenista.

La pelirroja se giró mientras se subía la cremallera de la sudadera.

—Prefiero hacerlo yo si no te importa.

—Me sabe mal que tengas que salir así, nena...

La sonrisa que Kate exhaló sonó tan amarga que a Leire se le encogió el corazón.

—Puedo soportar esto, levantarme y huir de tu habitación me da algo de control sobre lo que sea que tenemos —la voz de Kate era plana y helada, algo poco típico en ella—, si lo hacemos al revés, si soy yo la que se despierta para ver que ya no estás, será como si todo esto todavía importara menos de lo que al parecer importa.

Dejémoslo así. Cuídate, ¿vale? Nos vemos la semana que viene.

Kate salió de la habitación sin esperar respuesta y Leire siguió de rodillas hasta que le dolieron las articulaciones por la posición.

No podía sacarse de la cabeza las palabras de la pelirroja y tenía la garganta tan apretada por las ganas de llorar que se le habían tensado los músculos.

Hasta ese momento no fue realmente consciente de lo humillante que era para Kate el hecho de tener que huir cada noche que pasaban juntas como si querer a una persona estuviera prohibido para ella.

Desde entonces se ha despertado muchas veces cuando suena la alarma de Kate, pero nunca se mueve, se hace la dormida y espera con la respiración contenida a que se marche, convirtiendo noches perfectas en momentos amargos.

Y ahora está ahí, con la palma estirada sobre el lado de Kate que se ha enfriado hace rato, odiándose a sí misma.

Llevan casi toda la semana así desde que la australiana llegó a Londres.

Entrenando y jugando por el día para follar y huir por la noche.

Cada vez que quedan se dice que le contará lo de Costel, que tendrá el valor de decirle que ha firmado un preacuerdo con esa marca que tiene una cláusula que va en contra de todo lo que es ella, pero nunca encuentra el momento porque cuando Kate entra en su habitación, Leire siempre percibe ese destello extraño en su mirada, unos segundos en los que la mira y parece a punto de decir algo que se termina callando, y ella hace lo mismo.

Se levanta, se ducha y se hace un café en la habitación mientras comprueba su móvil.

Tiene un mensaje de Salva con el horario del entrenamiento y otro de Isaac para recordarle la entrevista que tiene a las dos.

Ninguno de Kate, a la que ya se imagina sentada con Diane para repasar a su oponente en el siguiente partido del torneo.

Abre su conversación y piensa en escribirle, en decir algo que rebaje esta tensión extraña que hay entre ellas estos días, algo que logre que sus encuentros por las noches no solo sean los de dos mujeres que se ven para follar y dormir.

Quiere hablar con ella, tener conversaciones de esas que tienen a veces donde se cuentan cosas absurdas, se ríen y se olvidan de quiénes son, pero tiene claro que están en un punto en el que solo hay una cosa que puede decir para lograrlo, y todavía no ha encontrado el valor para hacerlo.

Leire sale al césped a las diez para enfrentarse a una jugadora eslovaca de veintitrés años que lleva dos temporadas en el top cuarenta.

Tiene un saque plano bastante bueno, pero que gracias a los vídeos, Leire sabe que sobre la hierba comete demasiados errores si la presionas por la diagonal.

Juega un buen partido que gana con esfuerzo en setenta y dos minutos sin ceder un solo saque, porque lo suyo es la tierra batida como en Roland Garros, ahí es donde ella destaca, al igual que Kate lo hace en pista dura, pero la hierba es algo en lo que ambas simplemente sobreviven haciendo lo que mejor saben.

Lo primero que hace es mirar hacia la grada, hacia el palco donde sabe que están las jugadoras para buscar esa coleta rojiza que la hechiza y la hace seguir su estela como un faro.

Se le encoge el estómago cuando encuentra los ojos verdes de Kate sobre ella.

Su primer impulso siempre es el mismo, sonreírle, levantar la raqueta y señalarla para decirle que su victoria es solo para ella, que ella es la única persona con la que le apetece celebrarlo, pero siempre reprime ese impulso y sonríe mirando a la grada y nada más.

Después se gira hacia otra zona donde su padre, que llegó al inicio del torneo, la mira con expresión satisfecha y un atisbo de sonrisa orgullosa.

Leire se va hacia el vestuario para ducharse de forma rápida y dirigirse hacia la zona donde están los medios, responder algunas preguntas y volver al hotel para descansar un poco antes de la entrevista de las dos.

Empuja la puerta y el pecho le estalla con un aleteo de mil mariposas cuando la ve ahí. Kate está apoyada contra su taquilla, con los brazos cruzados sobre el pecho y sus labios más curvados hacia la izquierda, marcando esa línea que siempre desestabiliza a la española.

—Tercera ronda superada, enhorabuena —felicita Kate cuando ella cierra la puerta.

Leire todavía tiene las pulsaciones disparadas mientras se acerca.

Están solas y acaba de ganar otro partido, se siente exultante y que Kate esté ahí, mirándola con ese brillo que no le había visto en toda la semana —como si la tensión hubiera desaparecido— hace que se olvide de todo por un momento y se lance a por su boca.

—Me encanta encontrarte aquí cuando gano —susurra contra la risa de Kate—, tú eres el verdadero trofeo.

Le pone las manos en el cuello y profundiza el beso, tragándose el jadeo ansioso de la pelirroja y soportando el calor que sus manos le provocan en la espalda.

—Has jugado muy bien, te la has comido con los saques —asegura Kate cuando Leire al fin se separa, sin poder evitar mirar hacia la puerta con nerviosismo.

—Tú hiciste lo mismo ayer. Estoy deseando enfrentarme a ti en la final.

—Pareces muy convencida de que las dos llegaremos —la mirada de Kate ha perdido el brillo y Leire está a punto de preguntar si ha pasado algo, pero la pelirroja, que parece intuirlo y no quiere escuchar la pregunta, da un paso hacia ella y vuelve a besarla.

—Te dejo para que te duches, nos vemos por la noche.

Kate abandona el vestuario como si estuviera huyendo, porque si se queda y Leire le pregunta, sabe que se va a bloquear.

Ayer notó molestias en la espalda de nuevo mientras jugaba el partido que ganó por poco.

Tuvo una sesión de fisio intensa por la tarde y una charla por teléfono con el doctor Faruk donde el hombre le cambió la dosis de la medicación y después le preguntó si había tomado alguna decisión.

La australiana miró a Diane de reojo. La mujer estaba sentada a su lado, con la mano en la rodilla de Kate para mostrarle su apoyo y los ojos fijos en ella con su expresión amable y comprensiva, sin presionarla.

La pelirroja dijo que no, que todavía lo estaba pensando, pero cuando colgó la llamada, se dio cuenta de que había mentido porque en realidad sí que sabe lo que hará, solo que no puede decirlo en voz alta porque una parte de ella cuyas motivaciones no logra entender no le permite hacerlo hasta hablarlo primero con la persona que más le importa.

Leire sale del vestuario veinte minutos después, con el pelo suelto y un chándal de Costel que odia con toda su alma. Se dirige a la zona de prensa y, antes de entrar, se concentra en despejar todos sus pensamientos intrusivos y atraviesa la puerta con una sonrisa encantadora.

Son diez minutos los que tiene que pasar ahí y ya lleva más de ocho respondiendo preguntas sobre el partido. Está a punto de levantarse cuando una voz desde el lateral la hace girarse.

—Leire, una última cosa.

Es una mujer de mediana edad con la melena rizada y las gafas sobre la cabeza. Leire la reconoce de haberla visto otras veces, pero no recuerda el nombre.

—Candela Valle, El Continental —se presenta, y Leire asiente y le dedica una sonrisa amable porque, aunque no tiene trato con ella y los periodistas en general no le gustan a pesar de formar parte del negocio que la ha hecho millonaria, esta mujer tiene algo limpio en la mirada que hace que le caiga bien—. ¿Cómo llevas el cambio de superficie?

Leire hace un movimiento cómico con la cabeza que arranca las risas de la sala.

—Que prefiero la tierra batida no es ningún secreto, pero la hierba suele darle una emoción diferente a los partidos, siempre es un reto mayor para mí, y los retos me encantan.

Hay más risas en la sala.

—¿Crees que Brogan puede llegar a la final después de lo que le pasó en Roland Garros? —pregunta Candela, mencionando a Kate para recordarle que todos están pendientes de su rivalidad.

Nota que el pulso le late fuerte en el cuello y se pasa la mano como si temiera que todos vieran las reacciones que el nombre de la pelirroja producen en ella.

—Aquello fue puntual, yo la he visto perfectamente aquí, y espero poder enfrentarme a ella en la final.

Los murmullos recorren la sala y se da cuenta de que ha vuelto a alimentar ese rumor absurdo sobre su rivalidad.

—Gracias, Leire. Mucha suerte en el torneo —dice la periodista, y la jugadora al fin se levanta y puede abandonar la sala.

Atraviesa el pasillo y se encuentra con su padre esperándola en la entrada.

Decide que ya descansará más tarde, que comerá con él antes de la entrevista porque no le gusta que él esté aquí por ella y tenga que pasar el día solo, aunque también sabe lo bien que se lleva con Isaac y que, probablemente, mientras ella descansa, ellos estarán en algún bar bebiendo cerveza y tomando decisiones por ella.

—Hola, papá —dice, y él le pone la mano en la espalda de manera protectora.

Es otra de sus maneras de decirle que está orgulloso sin tener que usar las palabras como a ella le gustaría. Camina con él hacia el coche que los llevará a algún restaurante exclusivo que Isaac reservará en unos minutos, y mientras van de camino, recibe un mensaje de su amiga Marta.

«Mi jugadora favorita ha vuelto a ganar»

Leire sonríe al leerlo y su padre la mira de reojo mientras se pregunta si sonríe así por la jugadora australiana.

«Enhorabuena, de aquí a la final está chupado»

La jugadora vuelve a sonreír, pero se le borra con el último mensaje.

«¿Cómo va todo con Brogan?»

La española contesta a los dos primeros mensajes con facilidad; en el último duda, sin tener claro qué poner, hasta que al final escribe lo que siente.

«No lo sé».