Rivales y mentirosas Capítulo 7
22%

Capítulo 7

—Hola...

La sonrisa de Kate es lo primero que recibe Leire cuando abre la puerta. Lo segundo, el abrazo de la pelirroja cuando la cierra, y lo tercero: el beso con el que Kate se traga el gemido que ella ha sido incapaz de controlar cuando sus labios se han rozado.

Apenas ha tenido tiempo de verla porque ahora sus bocas están juntas y las manos de la australiana están colándose por debajo de su camiseta, pero le ha parecido ver un destello diferente en la mirada de la pelirroja, un tono más oscuro en su iris verde como la hierba recién cortada.

—Eh, espera un segundo —jadea Leire, soportando el burbujeo que tiene en el vientre—. Deja que te vea primero, nena.

Leire le pone las manos en la cara y las arrastra hacia atrás, llevándose con los dedos los mechones rojizos de Kate para despejarle el rostro.

—Vas a ver lo mismo de siempre —murmura, agarrada a su cintura mientras Leire le sonríe.

—Tal vez, pero sabes que me gusta mucho mirarte —susurra contra sus labios, y le da un beso rápido antes de seguir contemplándola.

La española le pasa el pulgar por la cicatriz de la ceja y después desliza el dedo índice hacia abajo, pasando de su mejilla izquierda hacia la derecha sin perder esa sonrisa de hoyuelos marcados que tiene conquistada a Kate.

—Me encanta tu cicatriz, y algún día contaré todas estas pecas —asegura sin pensar, mirando a la mujer que tiene delante como si fuera lo único que existe para ella.

—Para eso haría falta mucho tiempo, y nunca lo tenemos —señala Kate.

La sonrisa de Leire se desvanece y sus párpados caen hacia abajo, bajando la mirada justo antes de sentir la mano de la australiana en su barbilla para que vuelva a levantarla.

—Perdona —susurra Kate—, no quería decir eso.

—Sí querías, y no importa porque tienes razón, no lo tenemos.

Kate traga saliva. Lo último que necesita hoy es una discusión con esta mujer.

No cree que pueda soportarlo; serían demasiadas emociones que gestionar sumadas al cansancio acumulado por un viaje tan largo.

Llegó al hotel hace una hora, deshizo la maleta, se dio una ducha larga y reconfortante, y ahora está aquí, y no quiere que nada estropee lo que ella necesita que sea perfecto si no quiere colapsar.

—No hablemos de eso hoy, por favor —suplica en voz baja—. Necesito que me sonrías y que sigas gimiendo en mi boca.

La risa exhalada de Leire cuando la mira le provoca un escalofrío que le recorre todo el cuerpo y hace que se pegue a sus labios de nuevo.

—Espera —Leire la aparta, divertida—, necesito mirarte un poco más.

Vuelve a colocar las manos en sus mejillas y se fija en sus ojos, en la intensidad con la que la mira y en ese rastro de algo diferente que Leire es incapaz de identificar.

Sabe que le pasa algo; ni siquiera puede explicar en qué lo nota, pero le aterroriza preguntar y en parte siente que no tiene derecho a exigir nada que esta mujer no quiera darle por voluntad propia.

Leire no se puede quitar de la cabeza la conversación que tuvo con su amiga Marta, y se siente incómoda consigo misma por permitir que Kate la mire con todo ese amor que sabe que siente por ella y no ser capaz de darle al menos la mitad de lo que merece.

Ha pensado mucho estos días y decidió que le hablaría de Costel y de la renovación, que lo mínimo que podía hacer era decirle a la cara que esa marca, que en el siglo veintiuno exige firmar una cláusula de imagen que, aunque no lo especifica de forma explícita, ambas saben que una relación con una mujer sería un claro ejemplo de mala imagen porque en Costel son muy conservadores y jamás han apoyado al colectivo ni han mostrado empatía hacia él, quiere renovar el contrato por cinco años y que ha decidido aceptar.

—¿Has terminado ya de mirarme? —Kate le sonríe y la devuelve al presente sin saberlo.

—No creo que me canse nunca —susurra ella con sinceridad, atrapando su labio inferior mientras la hace girar y la empuja sobre la cama.

Kate se deja caer y se sienta, y Leire se queda de pie frente a ella, quitándose la camiseta y después los pantalones.

—¿Qué tal el viaje? —pregunta juguetona mientras lleva las manos a su espalda para buscar el cierre del sujetador.

—No tan interesante como esto, eso seguro —murmura la pelirroja, con los ojos fijos en ese cuerpo que ella ha recorrido entero con las manos y la lengua en tantas ocasiones que sería imposible contarlas.

—¿Esto también? —Leire tira de la goma de sus bragas hacia fuera mientras pregunta, dando un paso hacia ella.

—Eso es lo más importante; es algo que me estorbará bastante para la tarea que tengo que llevar a cabo.

Leire se ríe, pero la risa acaba en un jadeo entrecortado porque cuando Kate la mira con ese deseo, a ella se le deshace el cuerpo y nota algo parecido a una turbulencia entre las piernas.

—En ese caso, quítamelas tú —sisea, acercándose hasta colocarse entre las piernas de Kate cuando la jugadora las separa.

La pelirroja le pone las manos en la cintura y la sujeta con fuerza mientras besa primero su abdomen, provocando un escalofrío que eriza toda la piel de Leire. Después pasa la punta de los índices alrededor de la goma, despacio y mirando hacia arriba, buscando la mirada ansiosa de su amante.

—No me tortures mucho, por favor —suplica Leire, que tiene los pezones tan duros por la excitación que empiezan a dolerle.

—Solo un poco más.

Kate la hace girar y, cuando la tiene de espaldas, le baja las bragas muy despacio y reparte besos y mordiscos en sus nalgas que provocan una humedad abundante entre las piernas de la española.

Después, ejerciendo una ligera presión con las manos, la voltea de nuevo y deja los ojos clavados en su sexo mientras se humedece los labios.

La española siente un tirón de excitación que explota directamente en su clítoris y la obliga a cerrar las piernas y hacer fuerza con las nalgas para detener ese estallido de deseo que la tiene ardiendo.

—No cierres las piernas, ábrelas para que te vea —el sonido de la voz ronca de Kate la hace tragar saliva.

Leire está tan excitada ahora mismo que sabe que podría correrse si su chica sigue alargando esto. Separa los pies un poco y la pelirroja ladea la cabeza con desaprobación.

—No es suficiente —protesta, y Leire tiene que juntar las piernas de nuevo, sofocar el jadeo que la atraviesa y volver a separarlas, esta vez lo suficiente como para que su amante vea toda la humedad que ha manchado la cara interna de sus muslos.

La australiana le pone las manos en las caderas y acerca su boca, depositando un beso en su pubis antes de inhalar profundamente.

—Eres una maldita droga —murmura, y Leire comienza a temblar—, y hoy necesito una buena dosis.

Kate se aparta y deja caer la espalda sobre el colchón, manteniendo los pies en el suelo mientras espera.

Leire sabe lo que quiere y ella lo desea tanto que casi tropieza con sus propios pies cuando se arrodilla en la cama, dejando el cuerpo de Kate entre sus piernas mientras se arrastra y se coloca justo encima de su cabeza.

—Espera un segundo, quédate justo así —pide Kate, contemplando todo el esplendor de su sexo empapado y caliente con una sonrisa lobuna que hace que Leire sufra dos espasmos seguidos.

—Kate, por favor... —suplica la española, tan necesitada que la voz le sale como un chillido agudo.

Kate sonríe y Leire ve desde arriba cómo se humedece los labios con la lengua, y decide que no puede seguir esperando, por lo que baja de golpe y restriega toda su necesidad por su boca.

—Sí, joder —susurra temblorosa cuando la lengua de Kate sale decidida de su boca y se mueve con esa rapidez que sabe que ella necesita ahora mismo.

—Méteme los dedos —exige mientras intenta mantenerse erguida.

—Todavía no —responde Kate, que ahora rodea su clítoris con los labios y lo tortura con la lengua mientras le aprieta el trasero con las manos.

Quiere seguir bebiendo de ella, empapándose con ese líquido caliente que desde el primer día que lo probó le pareció un elixir al que sabía que se volvería adicta.

—No puedo más, Kate —la voz de Leire sale tan contenida que la pelirroja tiene claro que es cuestión de segundos que se deje ir, así que decide complacerla, le mete tres dedos hasta el fondo y acaricia de forma superficial su clítoris con la lengua.

Eso sabe que la destroza, y el gemido rasgado que sale de la garganta de Leire lo confirma.

La tenista pellizca sus propios muslos mientras la corriente del orgasmo se desliza por todo su cuerpo con un montón de ramificaciones que salen de su centro y terminan hormigueando en su cabeza y doblando los dedos de sus pies.

—Acabarás conmigo —dice en medio de una risa nerviosa cuando se deja caer hacia un lado.

Kate se mueve por el colchón, quitándose las zapatillas con los pies para tumbarse junto a ella mientras se desabrocha el pantalón y se lo quita.

Leire la observa desnudarse y no puede contenerse cuando los pechos pequeños y pecosos de Kate quedan libres por completo.

Se mete un pezón en la boca y se mueve con ella cuando la australiana se quita las bragas.

—Quiero verte la cara mientras te corres —decide Leire, saliendo de la cama y ofreciendo una mano a Kate para que la acompañe.

La lleva hasta un sofá en el que se imaginó sentada con Kate encima en cuanto entró en la habitación. Se deja caer justo en el centro y Kate se sube a horcajadas sobre ella.

—¿Estarás cómoda? ¿Cómo está tu espalda? —pregunta Leire antes de hacer nada.

El mismo destello oscuro que tenía cuando ha llegado vuelve a aparecer en la mirada de su amante, pero es algo tan fugaz que Leire decide que no insistirá.

—Perfectamente —responde Kate.

Ella también se siente incómoda con esto.

Sabe que tiene que hablar con ella, que Diane tiene razón y si decide retirarse, Leire tiene que saberlo, pero técnicamente no ha mentido ahora.

Con la infiltración, no siente ningún tipo de molestia, y quizá le sería más fácil asimilar lo que le pasa si le siguiera doliendo.

—Entonces muévete para mí, por favor —suplica Leire con un susurro ronco, metiendo la mano entre las piernas de la pelirroja, encontrándola tan mojada como está ella misma.

Kate levanta un poco la cadera, coloca las manos en los hombros de Leire y su abdomen tiembla al mismo tiempo que ella exhala cuando Leire empieza a penetrarla.

—¿Bien? —pregunta la española, humedeciéndose los labios.

Kate responde con una especie de gruñido de asentimiento, pero sus ojos se han cerrado con fuerza un momento y Leire sabe que a veces —como esta— le duele y que necesita unos segundos de adaptación sin hacer nada.

—¿Te he dicho alguna vez lo bonita que eres cuando se te encienden las mejillas? —pregunta Leire.

Kate la mira y asiente. Le encantaría sonreírle ahora mismo porque le gusta que le diga esas cosas cuando se siente tan vulnerable, pero esta vez le afecta de otra manera: le provoca un repiqueteo en el pecho que se convierte en un nudo de ansiedad que tarda unos segundos en desaparecer.

Kate sabe que es sincera cuando lo dice, pero se da cuenta de que, sobre todo ahora, necesita mucho más que sus palabras y sus promesas de que la quiere.

A estas alturas, necesita que Leire se atreva a repetir fuera de esta habitación todo lo que dice dentro de ella, pero no va a ser hoy cuando se lo diga; hoy necesita sus atenciones, que Leire la quiera de verdad.

Se empieza a mover, despacio, y ve cómo las pupilas de la española se agrandan porque a Leire le encanta verla así, subida sobre sus piernas, con sus dedos dentro mientras ella se balancea buscando lo que necesita.

—Eres tan sensual —canturrea hipnotizada por los movimientos de la pelirroja.

Leire solo necesita un poco de presión entre las piernas y sabe que se correría incluso antes que Kate.

Siempre piensa que lo hará, que se tocará cuando la tiene encima, se adaptará a su ritmo y se correrá con ella porque no hay nada que le guste más que retorcerse cuando escucha los gemidos de su amante, pero nunca lo hace, porque Kate la hipnotiza de tal modo mientras se mueve así sobre ella que los músculos de su cuerpo se ponen rígidos y no es capaz de moverse.

—Estás a punto —murmura, inclinándose un poco hacia delante para poner una mano en la espalda baja de Kate y asegurarse de que no se va hacia atrás como le pasó una vez tras el orgasmo, donde casi acabó en el suelo con el cuerpo entero temblando tras la violencia del clímax.

La respuesta de Kate es otro gruñido de afirmación que Leire siente como una lamida sobre el clítoris.

—Córrete, nena, sabes que adoro verte —susurra mirándola, y puede ver el momento en el que los ojos de Kate se quedan casi blancos antes de que los cierre un instante y los vuelva a abrir para clavarlos en ella mientras se corre.

Cuando terminan se quedan ahí, con Kate a horcajadas sobre ella, abrazada a su cuerpo mientras Leire le acaricia la espalda con las dos manos y el cansancio empieza a hacer mella en la pelirroja.

—Vamos a la cama —susurra Leire, y Kate abre los ojos despacio y niega con la cabeza.

—Solo un poco más —suplica en voz baja porque no quiere moverse, no quiere que este momento acabe porque sabe que cuando se vayan a la cama y se duerman, lo siguiente que pasará es que ella tendrá que levantarse de madrugada para volver a su habitación antes de que empiece a haber gente por los pasillos.

—Claro —Leire le besa un hombro y la abraza con tanta fuerza que Kate exhala un jadeo y los ojos se le humedecen, porque en la fuerza de esos abrazos repentinos es donde suele sentir ese amor que la española siente por ella.