Capítulo 5
—No seas cruel —dice Joel desde el otro lado de la cancha.
Leire se muerde los labios y levanta la mano a modo de disculpa tras dejarle una bola floja justo al lado de la red a la que a su amigo le ha sido imposible llegar.
—Lo siento —contesta, preparándose para sacar.
—No es verdad, no lo sientes ni un poco —se mofa Marta, que juega con ella de pareja.
La tenista se ríe y saca, esta vez acordándose de que es un partido entre amigos.
Esta mañana ha estado entrenando dos horas a máximo nivel y después ha hecho una sesión de recuperación de otra hora con un fisio. Para la hora de comer, ha salido con su padre, al que ha llevado al único restaurante al que a él le gusta ir porque era el favorito de su mujer.
Y ahora, después de un par de horas de descanso que ha dedicado a relajarse en la piscina, han llegado sus amigos y, tras ponerse al día tomando algo en el jardín, están jugando un pequeño partido.
Estos son algunos de los momentos que más disfruta Leire; sus amigos son divertidos, gritan histéricos si se equivocan y se ríen a carcajadas de sus errores aunque eso interrumpa el partido.
—Nosotros nos vamos ya —anuncia Sara cuando terminan de jugar—, hoy tenemos cena familiar —señala a Joel, que es su primo, y ambos se despiden de la tenista acordando verse antes de que se marche a Inglaterra.
—Pues quedamos tú y yo —Marta la mira con una ceja levantada cuando Leire cierra la puerta.
—¿Y eso qué quiere decir? —pregunta la deportista, aunque lo hace con una sonrisa encantadora porque lo sabe perfectamente.
—Que me vas a contar las novedades reales —Marta le pasa un brazo sobre los hombros y la guía hasta los sillones del jardín—. Vas a hablarme de las cosas que te preocupan, pero sobre todo, de ella.
Leire siente que el corazón le da un vuelco. Nunca le ha revelado a su mejor amiga el nombre de Kate, pero sí que le ha hablado de la pelirroja; de hecho, Marta sabe cómo comenzó su aventura y también es muy consciente de lo metida en el armario que está su amiga.
La jugadora se acomoda y estira las piernas, apoyando los pies sobre la mesa baja de mimbre que tiene delante.
—Tengo que renovar con Costel, el contrato anterior termina e Isaac ha negociado unas condiciones mucho mejores que las actuales.
Marta la mira sin decir nada.
—Renovaría por otros cinco años, eso es mucho más de lo que podría esperar.
—Te preguntaría por qué me cuentas esto como si te estuvieran sentenciando a muerte en lugar de estar eufórica, pero me imagino que esa cláusula para neandertales sigue ahí —adivina su amiga.
—Sí, eso no ha cambiado, y para colmo mi padre insinuó que debería salir con alguien —explica frustrada.
—Alguien con pene, imagino —se burla Marta, y Leire suelta un resoplido que la hace reír.
—No solo fue eso, es que encima me dijo con quién.
Marta explota con una carcajada.
—Joder, tu padre no cambia —asegura, y niega con la cabeza antes de ponerse seria e inclinarse hacia delante—, pero no creo que todo eso sea tu problema, Leire.
—¿Qué quieres decir?
Marta se mira primero las manos y repasa una de las líneas de su palma con el dedo mientras busca las palabras apropiadas.
—Si ese contrato con Costel no existiera, ¿tu situación cambiaría? Porque yo no lo tengo muy claro, Leire.
—No te sigo —la tenista está completamente confundida y Marta repasa otra de las líneas antes de seguir.
—Creo que te excusas en ese contrato para no enfrentarte a quien eres de verdad.
Pienso que si esas cláusulas no estuvieran en el acuerdo o este simplemente no existiera, seguirías sin admitir que te gustan las mujeres porque llevas tanto tiempo escondiéndote de ti misma que ya no sabes cómo hacerlo.
Leire se toma varios segundos antes de hablar porque le vienen a la mente muchas respuestas rápidas con las que salir del paso ante una situación que siempre la hace sentir incómoda, pero en ningún caso se detiene a analizar si Marta tiene razón o no porque la respuesta podría quitarle el sueño.
—No me escondo, salgo con Kate, quizá no salir con ella de forma oficial —se corrige—, pero estamos juntas.
Su amiga la mira boquiabierta, tan pasmada que Leire teme durante unos segundos que le haya dado un derrame cerebral.
—¿Por qué me miras así? —la jugadora chasquea los dedos frente a su amiga.
—¿Te estás tirando a Kate Brogan? —pregunta mientras sus labios se curvan en una sonrisa satisfecha.
Ahora es Leire la que parece pasmada, pero cuando repite la conversación en su cabeza, se da cuenta de que sí ha dicho el nombre de Kate, de que la acusación de su amiga la ha dejado tan fuera de juego que, por primera vez en tres años, no ha sabido mantenerla oculta.
—Supongo que sí —admite aturdida, empezando a sonreír cuando su mejor amiga aplaude.
—Joder, llevo años soñando con que fuera ella, pero siempre me has hecho dudar con tus respuestas esquivas. ¿Cómo es? ¿Es igual de buena en la cama que jugando? Dios mío —Marta se pone roja—, mejor no me lo cuentes.
—Es que no te lo pienso contar —se ríe Leire, pero su sonrisa petulante la delata.
—Estoy alucinando, joder. ¿Cómo puedes esconder a una mujer así, Leire? No la conozco, pero irradia simpatía y bondad por todas partes. De verdad que no te entiendo.
—No la escondo.
—¿No? ¿Y cómo llamas tú a llevar follando con una mujer tres años y que hasta ahora yo no haya sabido ni su nombre?
Esto cambia mi perspectiva. Antes no sabía de quién se trataba, no podía ponerle cara ni imaginarme cómo se sentía, era como si salieras con una especie de fantasma, pero ahora que sé que es real, que tiene nombre y apellidos, no puedo entenderlo.
—¿Qué es lo que no entiendes? —pregunta Leire, empezando a sentirse atrapada y algo incómoda.
—Que ella aguante esta situación. Debe de quererte mucho, Leire, porque si no es muy difícil de explicar. Esa mujer podría estar con cualquiera y ha elegido estar con una que la oculta como si fuera algo de lo que avergonzarse.
Leire baja las piernas y se levanta del sillón, alejándose varios pasos de la mesa hasta quedarse de pie mirando sus pies sobre el césped.
Marta es su mejor amiga, y también la única persona que le dice las verdades a la cara.
La apoya en todo incondicionalmente, pero no en esto, al menos desde que empezó a hablarle de Kate.
Su amiga siempre comprendió que para ella fuera más difícil enfrentarse a quién es, que necesitara más tiempo o encontrar la manera de aceptarse, pero desde hace un tiempo Marta siempre le ha dicho que no será feliz hasta que no dé el paso, que son demasiados años escondida.
—No me avergüenzo de ella —espeta furiosa, más consigo misma que con su amiga.
—Entonces, ¿qué es?
Marta también se levanta.
—Tengo un jodido contrato con una marca muy tradicional y retrógrada, si salgo del armario será como…
—Mentira —la corta su amiga, provocándola—. No es eso y lo sabes, al menos, no solo eso. Estás acojonada, y lo entiendo, pero…
Ahora la que la interrumpe es la tenista.
—Es que no comprendo por qué tengo que dar explicaciones sobre mi vida privada —explota—.
Una mujer heterosexual puede hacer lo que le dé la gana, salir con quien quiera y no rendir cuentas a nadie, y nosotras, sin embargo, estamos obligadas a decirle a todo el mundo que nos gustan las mujeres si queremos ser felices. No es justo, Marta.
Leire termina la frase apretando los labios con rabia.
—No he dicho que sea justo, pero es lo que nos ha tocado vivir.
Primero confundidas porque no sabemos lo que nos pasa; la sociedad está estructurada con sus malditas reglas heteronormativas y a nosotras nos toca descubrir y asumir que no encajamos en sus moldes.
Después tenemos que aceptarnos, unas con más facilidad que otras, y por último explicarle a todo el puto mundo que no nos gustan las pollas.
La tenista dibuja una sonrisa triste.
—Pero es lo que hay, Leire. Es mejor enfrentarte al mundo que permitir que el mundo te haga infeliz.
—Lo sé —Leire mira hacia la piscina.
—¿Pero?
La deportista se encoge de hombros, los ojos se le han encharcado y le tiembla la barbilla.
Piensa en Kate y en la paciencia que ha tenido siempre con ella, en que la pelirroja con esa nariz llena de pecas que Leire adora nunca le ha pedido ni exigido nada, aunque es muy consciente de que su paciencia tiene un límite y de que este está comenzando a agotarse.
—No lo sé, no sé si puedo.
—¿Quieres a Kate?
Leire frunce la frente y se alisa la camiseta de microfibra como si tuviera alguna arruga.
—Sí, claro que la quiero.
—¿Cuánto, Leire? Porque a lo mejor no la quieres lo suficiente y por eso no te planteas dar el paso ni siquiera por mantener lo que tienes con ella.
La tenista no puede contestar; le resulta imposible medir cuánto se puede querer a una persona, y entonces empieza a dudar y a plantearse otra posibilidad: ¿y si es verdad que no quiere a Kate lo suficiente?
Pero le cuesta imaginar que eso sea cierto porque haría cualquier cosa por ella, o eso le gusta pensar, porque es evidente que la más importante no es capaz de hacerla.
—He de firmar la renovación con Costel. Serán solo cinco años más y se acabó —trata de convencerse, y Marta suelta un resoplido que parece más una pedorreta.
—¿Crees que Kate Brogan te va a esperar durante cinco putos años más, Leire? ¿En serio?
—Si me quiere tendrá que hacerlo.
—Yo quise mucho a Laura, pero te aseguro que ni de coña hubiera seguido con ella en esas condiciones. Piensa bien en lo que quieres, en tus prioridades, porque el tenis lo tienes ahora, pero dentro de cinco o seis años estarás retirada y si sigues así, te encontrarás sin el tenis y sin Kate.
—¿Crees que no lo sé?
Los ojos de Leire se inundan y su amiga levanta las manos en son de paz, se acerca y la abraza.
—Perdona, sé que soy insistente, pero eres mi amiga, mi persona favorita, y me jode que siempre estés triste. Mereces ser feliz, Leire, con Kate o con cualquier otra mujer, y solo lo serás cuando seas libre.
—Lo sé, pero todavía no puedo.
—Vale, amor. No pasa nada —Marta le acaricia la espalda—. Lo harás cuando estés lista —susurra, y le sale un suspiro de resignación mientras se aprieta más en el abrazo.