Capítulo 4
—Cuando pare de llover te saco, te lo prometo —Kate se inclina sobre Banjo, el perro que lleva seis años en su familia y que ahora mueve la cola desesperado frente a la puerta de la cocina que da al jardín.
La tenista aterrizó ayer y ahora está en la casa de sus padres en Melbourne, como hace siempre que vuelve a su país.
Kate nunca ha llegado a comprar ninguna propiedad en Australia a pesar de la insistencia de sus padres en que debe tener algo allí.
Ella se dice que es porque prefiere estar acompañada cuando llega agotada de los viajes y los torneos, pero lo cierto es que no planea vivir en su país cuando se retire.
Le gusta mucho Europa, donde tiene raíces irlandesas porque sus padres son de la zona norte de Dublín.
Emigraron a Australia hace cuarenta años y allí nacieron sus dos hijos, Conor y Kate, pero ella tampoco tiene intención de vivir en Irlanda porque, de haberlo hecho, habría comprado algo allí en lugar de hacerlo en Madrid y Madeira.
Su primera compra fue en las Azores hace seis años.
Una villa moderna con una piscina infinita donde suele pasar sus vacaciones.
Le encanta estar allí, desconectada de todo.
La otra la compró hace dos años en Madrid, en una urbanización llamada La finca.
Una zona ultra privada con seguridad muy alta que es su campamento base cuando está en Europa jugando torneos.
Kate no se miente, quería una casa en España desde hacía tiempo, aunque no tenía preferencia por ninguna ciudad en concreto y el único motivo por el que eligió Madrid fue para estar más cerca de Leire, pero eso no sirvió de mucho porque la española tiene tanto miedo de que las descubran que jamás ha ido a visitarla ni ha invitado a la pelirroja a su casa de La Moraleja.
—Toma, te vendrá bien para despejarte —dice su madre, entregándole un café mientras ella sigue junto a Banjo en la puerta del jardín, mirando cómo la lluvia golpea las baldosas y resbala por las hojas de los árboles de la propiedad como si estuviera tan desesperada como él por salir.
—Gracias —Kate coge la taza y la deja sobre el mármol para subirse la cremallera de la sudadera hasta arriba.
Lo que más le cuesta cuando viene es adaptarse al cambio de temperatura, porque el mes de junio en París es caluroso y marca la entrada del verano, pero en Melbourne es invierno y, además de hacer frío, se pasa la mitad de los días lloviendo.
—¿Has podido descansar? —se interesa su madre.
Kate trata de reprimir un bostezo, pero no lo logra.
—Bastante —miente, porque las casi veinticuatro horas de vuelo siempre la dejan tan exhausta que después le cuesta mucho dormir.
La tenista empieza a prepararse una tostada cuando se oye la puerta principal y el perro sale corriendo.
Kate escucha la voz de su hermano Conor saludando a Banjo y su mirada se ilumina.
Se levanta despacio, porque durante el vuelo hubo varias turbulencias y eso le hizo resentirse de la espalda, y ahora le da miedo cualquier movimiento brusco que pueda hacer.
—Aquí estás —Conor aparece en la cocina vestido de bombero y abre los brazos para envolver a su hermana cuando ella —a pesar del dolor— salta sobre él.
Su hermano es tres años mayor que ella y desde pequeño tuvo claro que quería ser bombero.
—¿Estás trabajando? —pregunta Kate, sonriendo mientras lo observa.
—Sí, aunque nada interesante. Ahora vamos a un colegio para hacer un simulacro de incendio y le he pedido a Tommy que parase aquí un momento para poder verte.
—Pues aprovecha y come algo, que estás muy flaco —ordena su madre—, y dile a Tommy que entre, yo no te he educado para que dejes a tus amigos en la calle.
—Tenemos prisa, mamá —protesta él, y se gira hacia Kate—. Así que perdiendo en París, ¿eh? —comenta burlón—. ¿Qué pasó? ¿La rusa te asustó con su mirada intimidante?
—No seas imbécil —se queja Kate—, me hice daño en la espalda y no quise forzar.
Conor frunce el ceño y su madre, que estaba abriendo la nevera, se gira hacia ellos.
—¿Otra vez? —pregunta su hermano, preocupado.
—No es nada, el fisio dijo que con unos días de reposo era suficiente, por eso no he ido a Alemania.
Kate se siente incómoda consigo misma al mentirle a su familia.
En su casa todos saben que empezó a tener molestias hace un año y medio, pero no saben que esas molestias a veces la dejan sin respiración, que le impiden jugar como debería y que están apareciendo con más frecuencia de lo que ella sabe que es normal.
—¿Qué dice Diane sobre esto? —pregunta su madre.
—Nada, mamá. No hay de qué preocuparse, a mi edad todos los deportistas comienzan a sentir dolor en alguna parte del cuerpo. No tengo veinte años.
—Bueno —Conor la abraza de nuevo y le besa la cabeza—. Cuídate y aprovecha para no hacer nada estos días; el fin de semana vendré y me quedo a dormir, así tendremos tiempo para ponernos al día.
Kate sonríe y asiente. Realmente ya lo saben todo sobre la vida del otro porque suelen hablar un rato por videollamada cada tres o cuatro días, aunque nunca le ha contado nada de Leire.
Por la tarde —y tras una siesta de tres horas que no se esperaba cuando se tumbó en el sofá— Kate ha aprovechado que no llovía para salir a dar un paseo con Banjo.
Le encanta hacerlo siempre que puede, dejar que sea el perro quien la guíe y lanzarle la pelota en el parque hasta que se agota, y después sentarse en algún banco mientras él se entretiene mordisqueando alguna rama a su lado.
Ha estado hablando un rato con Leire, que la ha llamado en cuanto se ha levantado porque la diferencia horaria es de ocho horas y siempre aprovechan las pequeñas franjas que tienen.
La ha notado preocupada, pero cuando le ha preguntado, la española ha asegurado que estaba bien, así que las dos se han mentido mutuamente porque ella también le ha dicho que se encontraba perfectamente cuando en realidad se ha resentido varias veces al agacharse a recoger la pelota.
Llega a su casa y se muerde el labio cuando ve el coche de Diane en la puerta.
—Lo siento, me he olvidado por completo de que habíamos quedado —se disculpa en cuanto entra, poniendo su cara de cordero degollado que nunca falla con esta mujer.
Que esté de vacaciones forzadas no significa que no vayan a hacer nada; las sesiones de trabajo donde repasan los juegos de Kate o de sus contrincantes son algo que pueden hacer.
—Me he dado cuenta —murmura Diane, sentada al lado de su madre en el sofá.
Kate se quita la chaqueta y le hace un gesto a su entrenadora para que la siga.
La casa familiar es grande y su padre adecuó una de las habitaciones vacías para que sirviese de despacho cuando Kate se reúne con Diane para sus sesiones de trabajo, un espacio donde puedan estar tranquilas y concentradas.
Tiene un sofá pegado a la pared frente a una pantalla grande, y una mesa de trabajo y dos sillas justo al lado de la ventana.
—¿Cómo te encuentras? —pregunta Diane cuando ella cierra la puerta.
—Bien, he dormido bastante después de comer —responde la jugadora, y se gira ante el silencio de su entrenadora.
—No te he preguntado eso y lo sabes, Kate.
La pelirroja traga saliva, angustiada, y Diane no necesita nada más para saber que tiene dolor.
—Venga, siéntate aquí —pide, señalando el sofá mientras ella pone un vídeo en el televisor.
La entrenadora coge su libreta llena de anotaciones por todas partes que solo ella entiende y, tras ver el primer vídeo —que ella ya ha visto varias veces antes de venir—, le muestra a Kate todo lo que le parece relevante.
—El dolor de espalda te está cambiando la velocidad del saque. Has perdido potencia...
—¿Y qué quieres que haga? —la corta Kate de forma brusca.
Diane la mira y la jugadora golpea el sofá con la cabeza varias veces antes de disculparse, porque jamás le ha hablado así.
—Lo siento, es que esto me está agobiando mucho.
—Lo sé, cielo —asiente Diane—, por eso quería hablar contigo.
—¿De qué? —Kate se gira hacia ella, subiendo las piernas dobladas al sofá.
—Tienes una carrera brillante, Kate, ganaste un Grand Slam a los veintidós y acumulas cientos de victorias y títulos. No necesitas seguir.
—¿Qué? —pregunta la jugadora, confundida.
—Hablo de que podrías plantearte la retirada. Sé que todavía tienes energía para seguir jugando, pero ese dolor está apareciendo con demasiada frecuencia y me da miedo que se convierta en una lesión permanente si no te detienes a tiempo.
Kate necesita unos segundos para procesar lo que le ha dicho mientras la congoja se le instala en la garganta y su cuerpo entero se pone tenso.
—No pienso retirarme, Diane. Gané el Open de Australia y llegué a la semifinal de París...
—Y perdiste porque el dolor no te dejó continuar —le recuerda la entrenadora.
—Y para eso hemos parado, ¿no? Para que me recupere en estos días...
—Escucha, Kate —insiste la mujer, poniéndose más seria—, soy la menos interesada en que te retires, me haces ganar mucho dinero y gracias a ti puedo seguir haciendo lo que siempre he querido, pero te quiero, y me importa lo que te pase por encima de todo.
Tienes veintinueve años y toda la vida por delante...
Las lágrimas silenciosas de Kate detienen el discurso de Diane, que se inclina para pasarle los dedos por las mejillas.
—Sé que es algo muy difícil de encajar para ti —susurra—, solo quiero que empieces a pensar en ello como una posibilidad, ¿de acuerdo?
Kate asiente, pasándose los dedos por los párpados.
—Vamos a ver qué dice el doctor Faruk cuando vayamos a verlo; quizá esto de ahora no tenga que ver con la lesión anterior y haya una solución —comenta Diane, tratando de animarla.
Kate se recuesta contra ella cuando la mujer la abraza, y siguen viendo recortes de partidos el resto de la tarde, aunque la jugadora ya no es capaz de concentrarse y apenas retiene los consejos que su entrenadora le va dando porque ya no puede pensar en nada que no sea lo que le ha dicho.
Kate siempre ha tenido claro que no quiere retirarse más tarde de los treinta y cinco, pero la posibilidad de tener que hacerlo tan pronto era algo con lo que no contaba, y empieza a darse cuenta de que no es muy descabellado.