Rivales y mentirosas Capítulo 3
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Capítulo 3

—Hola, papá —dice Leire cuando un chófer la deja en la entrada de su casa de Madrid, situada en La Moraleja.

Ha volado desde París a primera hora de la tarde junto a Isaac en un avión privado pagado por Costel, la principal marca que la patrocina.

Se dan un abrazo que no es frío, pero tampoco es todo lo cálido que a la jugadora le gustaría porque la relación con su padre siempre ha sido un poco distante.

No porque haya pasado nada entre ellos, sino porque su madre era la que mantenía a la familia unida y, cuando murió, ellos no supieron cómo llegar el uno al otro y nunca han tenido la confianza que Leire habría querido.

—¿Qué tal, Isaac? —pregunta Bruno Cobos, extendiendo la mano hacia el representante de su hija cuando ella se aparta.

—Siempre feliz después de una gran victoria —responde el hombre, inflado como si el partido lo hubiera ganado él.

Leire, todavía con su macuto en el suelo, los observa entrar en su casa y a veces siente que la única intrusa que hay es ella.

Su padre suele vivir ahí cuando ella está de viaje para ocuparse del mantenimiento, y está tan acostumbrado a la casa que a veces se comporta como si fuera suya y no de su hija.

E Isaac es de esas personas que siente que todos los espacios le pertenecen, así que ahora están sentados en uno de los sillones del salón mientras su padre le sirve una copa de coñac.

—Bueno, ¿comenzamos? —Isaac lo pregunta después de mirar la hora en su Rolex y cruzar una pierna sobre otra para acomodarse.

Bruno se sienta en otro de los sillones y ambos miran a la tenista, que está de pie en la entrada del salón.

A Leire le gustaría poder llegar a su casa y estar sola para darse una ducha y tirarse en el sofá hasta la hora de la cena, pero desde que juega de forma profesional, apenas ha controlado los tiempos de su vida, y si su representante propone una reunión nada más llegar, simplemente se hace.

Elige el sofá y se sienta en el medio a la espera de que todo acabe cuanto antes para poder descansar y escribirle a Kate, a pesar de que esta sigue en el avión de vuelta a Australia y no le responderá hasta mañana.

—Tengo las nuevas propuestas de Costel —anuncia Isaac—; tras las reuniones, al final he conseguido que mejoren el contrato anterior.

Leire mira entre uno y otro, observando el regocijo de su agente cuando lo cuenta y la sonrisa satisfecha de su padre.

—Ofrecen catorce millones durante otros cinco años.

Bruno Cobos silba y a Leire no le extraña; ella también está sorprendida.

Tiene treinta y un años, está en una edad donde muchas empiezan a retirarse.

Pocas se quedan en el circuito más allá de los treinta y cinco, y si Costel ofrece un contrato de cinco años, es porque apuestan a que ella será una de esas.

—Todavía tengo que cerrar algunas cláusulas, pero si todo va bien, está hecho. Podremos firmar en unos días.

—¿Qué cláusulas? —pregunta la jugadora.

—En principio son las mismas que hasta ahora.

Imagen pública cuidada, ningún comportamiento que pueda dañar la imagen de la marca y ese tipo de cosas, pero quiero leer para asegurarme de que no han añadido nada más que te perjudique de algún modo.

El incumplimiento de alguna de ellas podría llevar al fin de la colaboración, y eso no nos interesa.

—Por supuesto —concuerda su padre, pero ella se queda callada, sintiendo que tiene la garganta algo cerrada.

Leire piensa en Kate; es lo primero que le viene a la cabeza tras escuchar esas cláusulas en las que siempre se ha excusado para sí misma por ser una cobarde. Decide no esperar y saca su teléfono para escribir un mensaje.

«Ahora estás volando y espero que dormida; yo acabo de llegar a Madrid y ya me tienen atrapada en una reunión. Anoche me lo pasé muy bien y te echaré de menos. Serán dos semanas muy largas hasta Wimbledon. Escríbeme cuando llegues».

Por un momento, piensa en añadir un icono con un corazón o alguna carita mandando un beso, pero al final solo envía el texto sin añadir florituras.

Nunca lo hace —aunque siempre esté tentada— porque esa es su manera de recordarse que esto es solo una aventura que se ha alargado más de lo que esperaba y que acabará en algún momento.

Así es como se miente siempre sobre sus sentimientos, porque es el único modo que conoce que le permite no odiarse a sí misma por ser tan cobarde.

Hablan durante un rato más sobre el contrato hasta que Isaac al fin se marcha y solo se quedan ella y su padre.

—¿Por qué has cancelado el torneo de Alemania? —pregunta Bruno sin darle tregua—. Sabes que es bueno para que no pierdas el ritmo.

Ella lo mira y se muerde los labios. Quiere explicarle que no quiere estar allí si no está Kate, que el único motivo por el que se apuntó fue para poder pasar tiempo con ella, y que sin la pelirroja allí prefiere estar en casa.

También le gustaría responderle que por qué no le pregunta si está cansada, o por qué no la felicita por haber ganado el Roland Garros, pero como hace siempre con todo lo que le importa, se lo guarda y no es capaz de vocalizarlo.

—No quiero forzarme tanto antes de Wimbledon.

El torneo me dejó exhausta y aquí tengo mi propia pista para entrenar.

Por las mañanas vendrá Salva —Salva es el entrenador personal de Leire, con quien ya ha acordado las horas de entrenamiento mientras esté en su casa—; vendrá todas las mañanas, y por la tarde vendrán Marta, Sara y Joel para que echemos algún partido.

—Tus amigos no tienen tu nivel, Leire; jugar con ellos será para ti como pasear por la cancha, no te ayuda.

—Me mantiene activa, que es suficiente; no necesito entrenar al cien por ciento las veinticuatro horas del día.

El tono le sale molesto, aunque no lo haya pretendido.

Sabe que su padre no tolera mucho a sus amigos —con los que está unida desde el colegio—, sobre todo porque Joel es gay y Marta, además de ser su mejor amiga, también es la ex con la que su padre descubrió que le gustaban las mujeres.

De aquello hace muchos años; fue un romance tonto de instituto cuando ambas se estaban descubriendo.

Duró apenas unos meses antes de que se dieran cuenta de que la relación no funcionaba —básicamente porque Marta no quería esconderse y Leire no estaba preparada para salir del armario, y todavía no lo está—; lo dejaron y siguieron siendo amigas, incluso esa relación se fortaleció, pero antes de que acabara lo que había entre ellas, su padre las vio en el jardín cuando se despidieron antes de que Leire entrara en casa.

No le montó ningún número; bastó solo su mirada para que Leire se hiciera más pequeña y comprendiera que había hecho lo correcto al no querer hacer partícipes a los demás de lo que de verdad sentía.

—Además —añade, inclinándose hacia delante porque de repente se siente incómoda en su propia casa—, Isaac estuvo de acuerdo cuando se lo propuse.

—Hablando de Isaac —corta su padre—, la renovación con Costel es importante para tu carrera y ya sabes cuáles son las cláusulas.

Deberías pensar en dejarte ver con alguien; una mujer soltera durante tantos años puede generar dudas.

Marlon Archer, el tenista, se acaba de retirar como ya sabrás, y se ha mudado aquí a Madrid; es perfecto para…

—No pienso salir con él, papá —asegura tajante, preguntándose por qué le ha permitido hablar tanto sobre el tema.

—¿Sigues viéndote con ella? —espeta él, y Leire traga saliva.

De nuevo, quiere protestar, decirle que ella tiene un nombre, que se llama Kate Brogan y que a ella le basta con verla sonreír para que su mundo se ilumine, pero como siempre no dice lo que piensa y deja que todo se le vaya enquistando por dentro.

—Estoy cansada, papá; ¿podemos dejarlo por hoy?

Él frunce los labios y se pasa una mano huesuda por su pelo canoso.

Bruno Cobos es alto y demasiado delgado, pero es un hombre bastante atractivo de tan solo cincuenta y dos años porque la tuvieron muy jóvenes; su atractivo, sin embargo, no sirve de nada porque Bruno sigue enamorado de su mujer fallecida y es incapaz de rehacer su vida.

—Te he llenado la nevera para estos días —explica al levantarse—, y he pedido que te traigan tu hamburguesa preferida para esta noche. El repartidor vendrá sobre las nueve, pero si la quieres antes puedo llamar y…

—A las nueve es perfecto, papá, gracias —Leire se acerca y le besa la mejilla.

Bruno tiene cosas malas, pero también tiene otras buenas que hacen que su hija lo quiera con locura a pesar de la distancia emocional que hay entre ellos.

—No se lo digas a Isaac o me acusará de traidor por hacer que te saltes la dieta —pide mientras su hija lo acompaña a la puerta para despedirlo.