Capítulo 2
—Hola, cielo —saluda Diane Park —la entrenadora de Kate— al mismo tiempo que se inclina y le besa la cabeza.
Kate levanta la mirada y sigue a la mujer hasta que se sienta frente a ella.
—Hola, Diane.
—¿Quieres otra? —pregunta la entrenadora, al ver casi vacía la botella de agua con gas que la jugadora ha pedido.
—No, estoy bien así.
—¿Vas a ir? —aunque parece una pregunta, en realidad no lo es; Diane sabe perfectamente que Kate solo está haciendo algo de tiempo hasta que Leire la avise.
—Tal vez.
Diane hace una mueca con los labios y Kate baja la mirada a su copa de agua.
—¿Cómo te encuentras? —sigue la mujer, cambiando el tema para no incomodar a la jugadora, aunque este también lo hace.
Kate se aprieta la goma de la coleta y después se pasa el dedo sobre la ceja izquierda, siguiendo la línea de la cicatriz que se la atraviesa.
Es un gesto inconsciente que hace siempre que está nerviosa, se siente incómoda o está demasiado eufórica, y Diane lleva los suficientes años a su lado como para saber que ahora es lo segundo.
—Bien, no me duele —afirma la pelirroja.
La jugadora no ha mentido, pero cada vez que piensa en ello se le cierra la garganta.
Estaba haciendo un buen torneo, había llegado a semifinales y todos la señalaban a ella —junto a Leire— como las dos candidatas más posibles para jugar la final, pero Kate llegó justa a una pelota tras una carrera casi imposible, apoyó el pie delantero para frenarse y este patinó hacia delante —nada que no le hubiera pasado otras veces—, pero en esta ocasión sintió un pinchazo en la espalda que la dejó sin aliento, y también sin la capacidad de jugar al cien por ciento porque el dolor ya no se lo permitía, así que, a pesar de ir ganando con ventaja, acabó perdiendo y, como consecuencia, eliminada del torneo.
—No vamos a ir a Berlín para el WTA 500, volveremos a casa para que el doctor Faruk te vea de nuevo y, si te da el visto bueno, iremos a Wimbledon —decide Diane.
Kate levanta la mirada de golpe.
—Acepto lo de Alemania, pero no voy a perderme un Gran Slam por esto —protesta la jugadora.
—Y yo no voy a discutirlo ahora. Veremos a Faruk y hablamos después. La resonancia mostró un leve desplazamiento de una vertebra…
—Un desplazamiento ridículo —Kate arruga la frente—, y el dolor no es tan exagerado como para que sea algo más grave.
—Me da igual lo que mostrara entonces. Dijo que volvieras si te volvía a doler a pesar de la fisioterapia y la infiltración, así que iremos —zanja Diane, y Kate sonríe y la mira con todo el cariño que le tiene porque esta mujer de cincuenta y ocho años es como una segunda madre para ella.
Lleva con Diane como entrenadora desde que empezó a competir de forma profesional.
Siempre se han entendido bien, Diane no suele agobiarla y ella no es una jugadora con exigencias imposibles, así que se toleran a la perfección, pero lo que Kate más admira de ella es lo buena que es guardando un secreto —dos en el caso de Kate—, porque Diane es la única persona que sabe hasta qué punto puede ser grave su lesión, y también la única que sabe lo que pasa entre ella y Leire.
—Acaba de salir —dice Diane, cuando ve que la puerta del salón privado del fondo se abre y Leire avanza escaneando el comedor principal del hotel con un vistazo rápido hasta que las ve.
Le hace un gesto con la cabeza a la entrenadora para saludarla y sigue caminando hasta la puerta lateral de salida para coger el ascensor y subir a su planta.
A Kate se le acelera el pulso ante el anuncio. Es algo que no puede evitar, al igual que la expansión de su sonrisa.
—Anda, vamos —ordena Diane.
Las dos mujeres se levantan, salen por otra de las puertas y cogen los ascensores de la recepción, pero el resultado es que también se bajan en la quinta planta y Diane sale por delante de Kate —como ha hecho otras veces— para asegurar que el pasillo está vacío y nadie ve a la jugadora entrando en la habitación de la que se supone que es su mayor rival.
Diane le hace un gesto con la cabeza y la jugadora corre hasta la puerta y la golpea cuatro veces de forma suave.
Leire abre de inmediato porque ella también estaba pendiente y esperando este momento con las mismas ganas que la pelirroja.
—Hola —sonríe Kate cuando Leire la pega a la pared tras haber cerrado la puerta.
—Te he echado de menos —responde la jugadora española, acariciando los costados de la pelirroja con los dedos mientras acerca su boca para besarla.
Kate le pone una mano en la nuca y continúa el beso con la lentitud y la calma de saber que conoce cada rincón de esa boca y que ellas disfrutan los besos que van despacio, porque hace mucho tiempo que pasaron del ansia viva a esto, a besos tranquilos que bajan de los labios al cuello, a las sonrisas de la otra sobre el oído y a las manos cálidas que exploran cuerpos centímetro a centímetro.
—Debes de estar cansada —dice Kate cuando se separan mientras Leire la coge de la mano y la guía hasta la cama.
—Exhausta lo define mejor.
La española se deja caer sobre el colchón con los brazos extendidos y un sonoro resoplido de placer al tumbarse. Kate se ríe y se coloca a su lado, apoyando la cabeza en el codo mientras la observa.
—No tenemos que hacer nada, podemos solo dormir —susurra, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano.
—¿No te importa? —pregunta Leire.
La pelirroja niega con la cabeza. A ella lo único que le importa es estar aquí, pasar tiempo con ella porque cuando estás enamorada disfrutas de cualquier momento al lado de esa persona sin necesidad de otra cosa que sentir su calor.
Kate baja la mirada un momento cuando recuerda el comentario de Leire en la rueda de prensa.
«Fuera de ella, en realidad no nos conocemos».
—Lo siento —murmura Leire como si estuviera leyendo sus pensamientos.
No es que tenga esa habilidad, pero la que sí tiene es la de leer las expresiones de Kate, porque son tres años haciendo esto, viéndose en habitaciones de hotel durante los torneos, entrando a escondidas y saliendo del mismo modo.
Tres años de echarse de menos cuando una está en Australia y la otra en España, y en todo este tiempo limitado, Leire ha aprendido a conocer a esta mujer mejor que a sí misma.
—Siento lo que he dicho, me vi acorralada y solté lo primero que se me pasó por la cabeza.
Kate la mira de reojo y después observa sus propias manos.
Siente una ligera opresión en el pecho, algo que siempre aparece en momentos así, que se instala en su cuerpo y se niega a salir cuando no es capaz de digerir que hace tiempo que las disculpas empiezan a parecerle insuficientes.
A veces se siente como un objeto, el juguete favorito de Leire que la tenista disfruta en silencio y esconde solo para ella.
—Eh, nena... —Leire se gira hacia ella y le pasa una mano por el cuello.
La pelirroja siente un escalofrío que le recorre la piel desde la nuca hasta los pies, y se odia por no ser capaz de acabar con esto a pesar de que le hace daño, porque imaginarse sin Leire en su vida es algo para lo que no parece estar preparada.
—Llevamos juntas tres años, Leire —susurra sin mirarla.
—Lo sé, pero no estoy lista, y sabes que nunca te he pedido nada, no te he cortado las alas ni exigido exclusividad.
Kate esboza una sonrisa triste y niega con la cabeza. Por supuesto que no se lo ha exigido, es ella la que simplemente no puede hacerlo, ¿cómo va a acostarse con otras mujeres si está enamorada de ella?
—A lo mejor me gustaría que lo hicieras, que no te diera igual lo que pueda hacer con otras —Kate se levanta de la cama y hace una mueca de dolor al incorporarse.
—Claro que me importa, Kate, me moriría de celos si lo haces, y de tristeza, pero no puedo ser tan egoísta, no puedo pedirte que hagas algo cuando todavía no puedo darte todo lo que me pides.
La española también se levanta y se acerca a ella, que se ha apoyado en la cómoda.
—Sé que siempre te digo lo mismo —Leire se frota las manos, nerviosa—, pero es complicado, ya lo sabes. Estoy en el mejor momento de mi carrera…
—No importa, Leire, dejemos el tema —la corta Kate, que prefiere que no termine una frase que lo único que deja claro es que para Leire es más importante su carrera que lo que siente por ella.
—¿Cómo está tu espalda? ¿Te sigue doliendo? —se interesa Leire.
—Casi nada, en un par de días estaré como nueva —la tenista australiana decide no boicotearse ahora que está con ella, prefiere disfrutar del poco tiempo que tienen juntas y martirizarse cuando esté sola.
—Me alegro —Leire la coge de la mano y la lleva hasta la cama de nuevo—, porque ya no estoy tan cansada.
La sonrisa de Kate se curva un poco y aparecen esas líneas en sus comisuras que son la perdición de la española.
—Me encantan estas rayitas —susurra besando el extremo derecho de su boca.
Kate ladea la cara buscando sus labios y se sienta a los pies de la cama cuando Leire la empuja con suavidad por los hombros. Su piel se eriza, su abdomen se tensa y el burbujeo estalla bajo su vientre cuando su rival se pone de rodillas y le baja los pantalones hasta los tobillos.
—Llevo pensando en ti todo el día —confiesa, mientras tira también de las bragas hacia abajo.
La pelirroja trata de contener un jadeo de pura necesidad, pero le resulta imposible porque cuando Leire la roza, su cuerpo colapsa y su mente se apaga.
No la invaden pensamientos intrusivos; en momentos así solo es capaz de ver la parte buena, que es todo lo que siente con esta mujer, una conexión profunda que a sus veintinueve años no ha experimentado con nadie más y que está segura de que no volverá a sentir bajo el tacto de una piel que no sea la de Leire Cobos.
Leire le sube las piernas sobre sus hombros, le agarra los muslos con fuerza y Kate se deja caer hacia atrás, con el cuerpo temblando y la respiración entrecortada cuando la lengua y los labios de la tenista española se deleitan con cada rincón de su intimidad hasta volverla loca de placer.
—Así, cariño —gimotea Kate, que después se muerde los labios y resopla contra su puño.
Leire no se detiene, sabe el punto exacto en el que está y también lo que a la pelirroja le gusta que haga cuando está al borde del orgasmo, así que la penetra, hunde los dedos hasta el fondo y los deja ahí, llenándola, y le basta apretar su clítoris con la lengua para que su cuerpo convulsione y la pelirroja se deshaga de placer con múltiples espasmos que ella siente contra sus labios.
—En Alemania podríamos intentar cuadrar un día y quedarnos en un Airbnb —empieza Leire cuando ambas están bajo las sábanas, abrazadas, desnudas y satisfechas—, juntas, para comer y para todo. Algo normal entre las dos, sé que no es mucho, pero…
—No voy a Alemania —la interrumpe Kate, que por un momento piensa en exigirle a Diane que siga con la agenda que tenían planeada.
Ha soñado con pasar un día entero con Leire durante meses, porque al principio a ella también le valían estos encuentros, era divertido, incluso morboso, y ambas se reían cuando terminaban de hacer el amor y se miraban.
—Rivales y mentirosas —murmuró una vez Leire—. Hemos dejado que se crean que somos rivales cuando es mentira.
Kate estuvo de acuerdo, pero cuando comenzó a enamorarse de Leire la cosa cambió.
A ella ya no le sirve esa descripción; esa solo era válida para esas dos tenistas que una noche de hace tres años acabaron en la habitación de una de ellas sin tener claro qué había pasado para que llegaran a eso, y tuvieron un encuentro tan bueno que empezaron a repetirlo siempre que coincidían.
—¿Por qué no? —Leire se incorpora sobre su brazo y la mira.
Nota algo incómodo que le aprieta por detrás del esternón. No lo había sentido antes y se dice que es un simple malestar provocado por el cansancio que acumula.
—Vuelvo a Australia. Si no quiero que el malestar del otro día vaya a más, necesito descansar unos días.
Kate lleva semanas preguntándose a sí misma por qué no le cuenta la verdad a Leire, por qué no es capaz de decirle que tiene una lesión mucho más seria de lo que se piensa y que no puede jugar la mayoría de los partidos si no la infiltran antes, y la única explicación que encuentra es que no se atreve porque toda su historia gira en torno a este deporte, no existe sin él, y eso la angustia de tal modo que no quiere hablar de nada que pueda ser un obstáculo entre ellas, porque Kate siempre se pregunta qué pasaría si necesita parar unos meses como Diane insiste en que haga: ¿Leire seguiría ahí?
¿Continuarían los mensajes diarios? ¿Propondría verla en otro contexto?
—Pero iré a Wimbledon.
Leire asiente. Quiere decirle que para Wimbledon falta mucho —aunque sean apenas un par de semanas—, que se había mentalizado en verla todos los días y que la noticia acaba de dejarla con un vacío que no sabe explicar, pero ¿tiene derecho a decirlo?
Haría que Kate se sintiera mal, y bastante soporta la pelirroja a su lado con lo poco que recibe como para que ella se lamente por algo.
—Vale —Leire le pone la mano en la mejilla y le da un beso suave en los labios—. Descansa para que ese dolor desaparezca del todo. Te echaré mucho de menos.
La abraza y las dos cierran los ojos, sabiendo que cuando Leire se despierte, Kate ya no estará en la habitación. Porque así es siempre entre ellas: encuentros fortuitos y clandestinos con huidas antes del amanecer.