Epílogo
Tyler jamás habría imaginado que la felicidad pudiera parecerse tanto a una casa en un árbol cargada de toneladas de purpurina.
O al menos eso pensó mientras contemplaba resignado el absoluto caos de pinceles, tablas de madera, botes de pintura abiertos y rotuladores desperdigados sobre el césped perfectamente cuidado que él había dado por perdido hacía ya bastante tiempo.
Sentada entre sus piernas, sobre una manta de cuadros extendida bajo el enorme árbol donde estaban terminando la casa, su hija sostenía un pincel lleno de pintura rosa con expresión intensísima, concentrada por completo en el cartel que estaba pintando.
Amelia Hamilton-Kerrs tenía tres años recién cumplidos, los enormes ojos verdes de su padre y la misma belleza y capacidad de revolucionar la vida de Tyler que su madre. Quizá incluso más.
El chico sonrió al verla observar su obra con atención, con actitud crítica, y soltó una carcajada al percibir cómo la pequeña arrugaba la nariz mientras intentaba decidir si añadir más purpurina al cartel era o no una necesidad vital.
—Creo que hay suficiente purpurina, amor —afirmó Tyler entre divertido y resignado.
—¡Nunca es suficiente purpurina! —opinó Arizona llegando hasta ellos con una sonrisa radiante mientras contemplaba el cartel desde arriba.
Robin, que siempre iba con ella a todas partes, miraba también la gran obra con una expresión intrigada, y acabó emitiendo un único ladrido, como si de veras le estuviera dando su aprobación a la pequeña.
—¡Sí, mami, más polvo de hadas! ¡Robin también quiere! —festejó Amelia, entusiasmada.
Y antes de que Tyler pudiera intervenir, madre e hija agarraron el bote casi al mismo tiempo y comenzaron a lanzar purpurina entre carcajadas, girando sobre sí mismas en una especie de absurdo baile triunfal que convirtió el césped entero en un pequeño desastre reluciente.
Robin y Hood, además de los dos cachorros que habían tenido la suerte de quedarse a vivir con ellos tiempo atrás, danzaban con ellas como si fueran los invitados de honor en la mejor fiesta improvisada, hasta que acabaron pareciendo pequeños renos navideños andantes.
Tyler terminó riendo sin poder evitarlo. Una carcajada profunda y genuina que le nació directa del pecho mientras las observaba girar sobre el césped, ajenas al desastre que estaban montando.
El sol de la tarde arrancaba pequeños destellos plateados del pelo de Arizona mientras ella reía a carcajadas, hermosa de una forma casi irreal, luminosa, salvaje…, como si hubiese nacido para llenar de vida todo lo que tocaba.
Y ver a Amelia imitándola con absoluta adoración, riendo igual que su madre mientras ambas terminaban cubiertas de brillo hasta las cejas, le provocó una sensación tan intensa de felicidad que por momentos todavía le costaba creer que aquella fuera realmente su vida, su familia, su hogar.
Arizona se detuvo y lo miró con los brazos en jarras y una sonrisa en el rostro.
—¿Por qué me miras así de raro? —interrogó risueña.
Él sonrió.
—¿Raro cómo?
—Sin ganas de matarme por haber convertido el jardín en una nueva versión de Campanilla .
Sí, no había mejor forma de describirlas en aquel momento que como dos pequeñas hadas, y aquello lo fascinaba tanto…
Sonrió con la dicha brillando en sus ojos. Era incapaz de imaginar un solo lugar en el mundo donde pudiera ser más feliz que allí, en mitad de aquel pequeño y perfecto caos que habían construido juntos.
Sorprendió a Arizona tirando de su mano hasta sentarla en su regazo mientras ella reía a carcajadas, para robarle después un beso intenso y maravilloso.
—¿Qué hice para ganarme este premio? —Rio la chica, mirándolo con adoración.
—Existir —suspiró, volviendo a besarla.
Amelia giró en círculos ahora alrededor de sus padres, canturreando algo ininteligible, mientras lanzaba pequeños puñados de color al aire y soplaba sobre ellos con entusiasmo para hacerlos volar.
Cuando la lluvia brillante acabó cayendo sobre sus padres, Tyler declaró resignado:
—Quizá es el momento de quitarle a esta pequeña hada ese bote.
Arizona rio mientras sacudía un buen puñado de purpurina del pelo de su marido.
—¿Tú crees? —Lo miró con ojos enamorados—. Te ves irresistible así, ¿sabes?
—¿Cómo de irresistible?
Ella esbozó una sensual sonrisa y recortó la distancia hasta su boca para darle un beso apasionado hasta acabar arrancándole un gruñido de puro deseo contenido.
—Guau, ¡viva la purpurina! —exclamó el chico.
Aquella frase le costó una nueva lluvia de colores cuando la pequeña decidió que eso era justo lo que pedía.
Arizona soltó una carcajada sobre la boca de Tyler y él terminó atrayéndola aún más contra su cuerpo con una expresión de derrota asumida.
—Vale, Campanilla, ahora sí se acabó —rio Arizona casi masticando la purpurina.
La pequeña no se resistió y le entregó el bote a su madre, y a cambio su padre le ofreció colocar ya el precioso cartel en el tronco bajo la casita. Aquello, de alguna manera, completaba la obra .
Una vez lo colgaron, los tres se sentaron a mirarlo.
—Eres una pequeña artista —opinó Arizona con auténtica admiración—. En esto has salido a papá.
Y no era ninguna exageración. Ya habían comprobado que Amelia parecía haber heredado el talento de Tyler para el dibujo y las formas incluso con apenas tres años.
Entre el caos de purpurina y las manchas de pintura podían distinguirse estrellas sorprendentemente proporcionadas, pequeños corazones muy reconocibles e incluso una diminuta casita en un árbol con tres figuras cogidas de la mano.
Tyler soltó una risa de total orgullo.
—¡Es mucho mejor que yo! —aseguró—. ¡Guau!
La pequeña festejó aquello como si acabara de recibir el mayor premio del mundo. Se puso en pie de un salto, hizo una exagerada reverencia teatral y después giró sobre sí misma con los brazos abiertos mientras saludaba al aire con dramatismo.
Sus padres rieron con ganas.
—Dios mío, esa parte sí es totalmente mía —reconoció Arizona entre risas.
—Sin duda alguna —confirmó Tyler observando a su hija con absoluta adoración.
Guardaron silencio, admirando el dibujo.
—Tiene unos genes estupendos, no hay duda —declaró una voz tras ellos, sobresaltándolos.
Al girarse, encontraron a Arthur junto a Eloise, que observaban la escena con sendas sonrisas.
—Lo mejor de cada mundo —puntualizó la anciana.
La pequeña corrió hacia ellos contenta de verlos. Arthur la alzó en brazos y la niña les dio un cariñoso beso a ambos.
—Esto ha quedado increíble —alabó el hombre mirando ya no solo el cartel, sino la casa al completo.
Y desde luego, no era una casita al uso.
La estructura se alzaba alrededor del enorme tronco como un pequeño refugio encantado sacado de un cuento.
Tenía incluso una amplia terraza de madera rodeada por guirnaldas de luces cálidas, una cuerda con pequeñas banderitas de colores que Arizona y Amelia habían insistido en colgar porque todas las casas importantes necesitan decoración y hasta una diminuta polea con cesta para subir meriendas que Tyler había instalado resignado, aunque ahora se sintiera absurdamente orgulloso de ella.
—Pues por dentro es también una pasada —informó Arizona—. Os haremos unas fotos.
Arthur la miró con un gesto ofendido.
—¿Presupones que no soy capaz de subir hasta arriba? —se quejó divertido.
—No se me ocurriría, ya sé que estás hecho un chaval.
Y por suerte aquello ya no sonaba a simple broma cariñosa.
Hacía más de un año que Arthur había recibido el alta definitiva.
El cáncer había quedado atrás tras meses duros de tratamiento y recuperación, y aunque todos seguían vigilándolo más de la cuenta de vez en cuando, verlo allí, riendo bajo el sol y bromeando con Amelia en sus brazos, continuaba pareciéndoles una especie de milagro.
—Yo esperaré hasta que instaléis el ascensor —suspiró ahora Eloise, mirando a su bisnieta.
—¡Hala! —exclamó la niña de inmediato—. ¿Podemos poner uno, papi?
Tyler asintió con una expresión risueña.
—Claro, eso y unas escaleras automáticas que nos traigan desde la piscina…
Todos rieron frente a la expresión de absoluta fascinación de la pequeña.
—Aclárale bien que no hablas en serio —pidió Arizona entre risas—, o no te dejará en paz hasta que te vea ponerte con los planos.
Bromearon unos minutos más y después Amelia se empeñó en llevarlos hasta el garaje para enseñarles su flamante bici nueva de niña mayor, de la que estaba muy orgullosa.
—Id delante —intervino Tyler ahora, reteniendo a Arizona de la muñeca—. Nosotros vamos a recoger aquí.
En cuanto se dieron la vuelta, Tyler la atrajo a sus brazos.
—¿Así recoges tú? —Rio risueña, dejándose atrapar.
—Hay cosas mucho más importantes —opinó el chico.
—¿Sí? —ronroneó y le echó los brazos al cuello—. ¿Cómo cuáles?
—Como… toda esa parafernalia de cojines que pusiste ahí arriba —señaló la casa—. Te dije que llamarían demasiado la atención de las ardillas, pero no me hiciste caso y…
—¡¿Las ardillas se han comido mis cojines?!
Él asintió muy serio y acabó diciendo:
—Eso me temo, y los que más te gustaban, una auténtica tragedia.
Arizona lo miró con una divertida indignación y trepó sin demora por la escalera de cuerda dispuesta a comprobar con sus propios ojos el estropicio.
Cuando llegó arriba, se detuvo en mitad de la casita y miró a su alrededor con una expresión de dicha.
La luz cálida de la tarde se colaba por las pequeñas ventanas redondas iluminando el enorme futón que ocupaba buena parte del interior, cubierto de cojines mullidos, mantas suaves y peluches desperdigados sin ningún orden aparente.
Las guirnaldas de luces colgaban alrededor del techo de madera y varios dibujos de Amelia decoraban ya las paredes, junto a pequeñas estrellas fluorescentes que Arizona se había empeñado en pegar para las noches importantes .
Después se giró despacio hacia la puerta, sin necesitar siquiera comprobarlo para saber que Tyler estaría allí también.
—Como suponía —repuso la chica con un divertido ceño fruncido—, ni rastro de ardillas asesinas de cojines.