Rivales con derecho a roce Epílogo #2
100%

Epílogo #2

Suspiró mientras dejaba ya que el deseo intenso y voraz la llenara de anticipación al posar sus ojos en el que, a pesar del tiempo juntos, seguía viendo como el hombre más sexy del planeta

Él la miraba con intensidad, apoyado contra el marco de madera, con aquellos ojos verdes clavados en ella y una sonrisa lenta, peligrosamente masculina y llena de dobles intenciones curvándole la boca.

—Has hecho trampa, ¿sabes? —Sonrió Arizona mordiéndose los labios mientras intentaba sostenerle la mirada sin derretirse—. Me has engañado.

—¿En serio? —Avanzó hacia ella—. Eso sería mucho más creíble… si alguna vez hubiéramos tenido ardillas.

Arizona dejó escapar una carcajada.

—Ah…, ¿no tenemos?

—Puedo soltar unas cuantas si te comprometes a subir a vigilarlas conmigo a menudo. —La atrajo por la cintura contra su cuerpo.

El corazón de Arizona dio un pequeño vuelco traidor al sentirlo tan cerca.

—Por supuesto… —susurró, echándole los brazos al cuello mientras sus dedos jugaban con su pelo—. No puedo permitir que se coman mis cojines.

—Nuestros cojines —corrigió él muy serio antes de inclinarse hacia su boca—. Tengo un vínculo emocional importante con ese futón.

—Ah, ¿sí?

—Sí, uno intenso —murmuró ya rozando sus labios—. Sobre todo porque mi mujer se pone sexy que te mueres cuando la tumbo encima.

Arizona suspiró.

—¿Y tienes intención de hacerlo? —interrogó divertida—. Porque tenemos visita y…

Antes de que pudiera acabar la frase, Tyler la tenía tumbada sobre los cojines.

—¿Decías?

Ella rio y soltó un gemido al sentir la dura erección presionar entre sus piernas.

—Que me demuestres… cómo de sexy te parezco aquí tumbada.

Y Tyler ya no necesitó pronunciar una sola palabra para hacerlo. Moría de ganas de sentirla piel contra piel desde hacía demasiado rato. Y cuando la deseaba con aquella intensidad, su mente se nublaba hasta conseguir una dosis de lo único que lograba acallar sus instintos…

…justo como hacía en aquel instante.

A pesar de saber que los estaban esperando, se tomó su tiempo para desnudarla a placer y disfrutar del roce de su piel, su calor y su sabor… hasta que Arizona suplicó por aquella parte de él que se moría por unirse a ella.

Hicieron el amor de la misma apasionada manera que el día que se conocieron, siempre anhelando con desesperación escalar juntos hasta la cima del placer para dejarse caer empicado por un abismo que siempre resultaba ser, de forma sorprendente, más alto e impresionante que el anterior.

—Oh, sí, podría desarrollar una seria adicción a… las ardillas —suspiró la chica, exhausta entre sus brazos.

—¿Quieres usurpar la casita de tu hija? —bromeó Tyler—. Qué vergüenza.

—¿Es que no piensas delinquir conmigo?

—Hasta el último día de mi vida —murmuró sobre su boca antes de besarla con apremio.

Entre risas, se devoraron juguetones durante unos largos minutos más, rodando por el futón entre cojines.

Al cabo de un rato, antes de que las cosas volvieran a ponerse en un punto de no retorno como solía suceder, Tyler se incorporó.

—Será mejor que bajemos antes de que decida secuestrarte en este árbol para siempre —amenazó—. Y no me faltan ganas.

Arizona lo miró con una expresión divertida.

—Si lo hicieras, no podrías reencontrarte con Callie.

El suspiro de Tyler le arrancó una carcajada.

Durante los dos próximos meses, aprovechando el merecido descanso que Almas Errantes iba a tomarse tras años en cartel, la productora americana había firmado un lucrativo acuerdo con Arthur para llevar a Callie West al Lyric Hall.

Arizona estaba deseando meterse en la piel de la cowgirl de nuevo, y lo habría hecho incluso si ni le hubieran ofrecido una ingente cantidad de dinero.

—Así que ¿podré tener a Callie en mi cama cada noche durante los próximos dos meses? —Los ojos de Tyler se iluminaron de nuevo.

—¡ Yeehaw !

Él rio con ganas.

—Entonces ¿te apetece? —ronroneó Arizona.

—Ya sabes que me vuelve loco esa cowgirl .

—¿De remate, dices?

—Sí, eso también.

Entre risas, Tyler volvió a tumbarla en el futón.

No era la primera vez que Arizona se disfrazaba para él y aparecía ante sus ojos subida en unos patines en versión camarera italiana o con aquel aire country y acento sureño al más puro estilo Callie West.

—¿Sabes? He pedido que me ajusten un poco el guion —dijo Arizona ahora, algo nerviosa, mientras rebuscaba en el bolsillo de su pantalón.

Desde que se había reunido con él y su pequeña bajo el árbol, deseaba darle una noticia que acababa de descubrir, y aún no había tenido tiempo.

—¿Qué tipo de ajuste? —se interesó Tyler ahora.

—Que sea otra persona quien se suba al toro mecánico —informó con una sonrisa de anticipación.

Tyler asintió.

—Genial, me encantará seguir teniéndote entera —bromeó el chico.

—Pues sí, además… —carraspeó— no sería bueno para el bebé.

Arizona contó mentalmente hasta tres.

—¿Bebé? —Tyler no la decepcionó y la miró con los ojos muy abiertos—. ¿Qué bebé?

Ella le devolvió una expresión de felicidad absoluta y le puso ante su cara la prueba de embarazo que acababa de hacerse apenas un par de horas atrás.

—¡Este bebé!

—¿Estamos embarazados? —interrogó con una sonrisa enorme y emocionada.

—¡Lo estamos, sí! —admitió pletórica de felicidad.

—¡Sí! ¡Sí! —Se la comió a besos durante unos largos segundos—. Pensé que Dylan dijo que tras dejar la píldora podría costarnos un poco.

—Eso se suponía —afirmó, perdiéndose en sus ojos—, pero… es que pones mucho empeño.

Tyler soltó una carcajada y volvió a besarla.

A diferencia de lo ocurrido con Amelia, ahora ambos habían decidido, de mutuo acuerdo y con el corazón lleno de ilusión, que había llegado el momento de darle un hermanito. Y habían disfrutado de cada segundo de aquella búsqueda.

Resultaba emocionante y tierno saber que cada beso, cada caricia, cada vez que se amaban podía acabar convirtiéndose en una nueva vida. Una vida creada con plena conciencia, deseada con toda al alma y amada mucho antes siquiera de existir.

Hacía mucho tiempo que el miedo había dejado de gobernar sus vidas.

Ya no había despedidas acechando a la vuelta de la esquina, ni incertidumbres capaces de ensombrecer el futuro.

Solo ellos dos, caminando en la misma dirección, compartiendo la felicidad de seguir construyendo aquella maravillosa vida juntos.

—Justo cuando creía que ya no podría ser más feliz… —suspiró Tyler con la voz tomada por la emoción mientras apoyaba una mano sobre el vientre todavía plano.

Y, por la forma en que la miraba, Arizona tuvo la absoluta certeza de que estaba diciendo la verdad, porque ella también podría haber pronunciado aquellas mismas palabras con el corazón en la mano.

Hasta que Tyler irrumpió en su vida y ella encontró el valor para amarlo sin miedo, sin reservas y sin condiciones, jamás había comprendido del todo a su madre cuando afirmaba que no borraría un solo segundo de lo vivido con su padre, incluso los peores momentos.

Al fin entendía… que algunas personas llegan a tu vida y la transforman de un modo tan profundo que incluso las heridas terminan formando parte del camino que te condujo hasta la felicidad.

—Así que ¿esta vez quieres que sea niño? —indagó Arizona con una sonrisa.

Tyler se encogió de hombros.

—Me da igual —aseguró—, pero seguro que a mi abuela le encantaría saber que el título de vizconde no se perderá en alguna rama lejana.

La curiosidad de Arizona fue genuina ahora.

—¿Qué quieres decir? —interrogó—. Tú serás vizconde algún día.

—Y tu mi vizcondesa consorte.

Ella frunció el ceño y Tyler rio con ganas.

—Si te molesta, puedo renunciar al título —propuso él en un tono divertido.

—¿Harías eso por mí?

Tyler le acarició el rostro con ternura y admitió:

—Haría cualquier cosa por ti.

El corazón de Arizona se desbordó. Sentía los ojos arder. Por suerte durante un tiempo podría echarle la culpa de todo a las hormonas.

—Y yo también por ti —acabó diciendo ella con una sonrisa—. Me resultan indiferentes los títulos, así que puedes conservarlo.

—Guau, qué dadivosa —se burló.

—Ya, así soy —repuso con fingida arrogancia, y ambos rieron—. Pero ¿a qué te referías con lo de perderse en alguna rama lejana? ¿Acaso Amelia no heredará el título?

—No.

Aquello la sorprendió.

—¿Por qué? —Lo miró con curiosidad—. Y no se te ocurra salirme con alguna tontería como que es por ser mujer.

Tyler sonrió a medias y guardó silencio, mirándola con una expresión divertida.

—¿No dices nada?

—Me has dicho que no te lo diga —confirmó entre risas.

Arizona frunció el ceño y lo miró con suspicacia.

—No…

—Me temo que sí.

Se incorporó en el futón para mirarlo de frente.

—¡Venga ya! —se quejó ahora indignada—. Pero ¿qué clase de norma absurda es esa? ¿Es que nadie ha pensado en actualizar eso en los últimos tres siglos?

—Sí, yo también revisaría esa cláusula —se encogió de hombros—. También me molesta que Amelia no pueda heredar el título, pero es lo que hay.

Arizona lo miró con una expresión de enfado.

—¿Dónde pongo una hoja de reclamaciones?

Tyler rio a carcajadas.

—Dame un beso y te lo digo.

Recibió un divertido improperio como respuesta.

—Tú lo que quieres es despistarme y que no pida audiencia con ese rey vuestro.

Tyler tiró de ella y la arrastró de vuelta a sus brazos.

—Dime si funciona —murmuró justo antes de devorar su boca a conciencia.

Cuando la miró a los ojos, Arizona se perdió en ellos, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera… volver a reclamar sus labios. Y su pecho estalló al escucharlo murmurar con intensidad:

—Te amo, Arizona, en todas tus versiones.

La chica sonrió mientras se derretía por dentro.

—Y yo te amo a ti, con cada fibra de mi ser —carraspeó un segundo—, pero ¿qué hay de esa hoja de reclamaciones, porque…?

Cuando Tyler volvió a beber de sus labios, se fundieron en un beso que les robó la cordura y que provocaría que tuvieran que esperarlos más tiempo de lo previsto.

Se perdieron el uno en el otro como habían hecho desde el mismo instante en que el destino decidió cruzar sus caminos.

Y daba igual si eran rivales, amantes, marido y mujer o almas errantes, siempre que fuera… con derecho a roce.