Rivales con derecho a roce Capítulo 52
96%

Capítulo 52

El Lyric Hall se vino abajo cuando Arizona sostuvo la nota final hasta convertirla en algo casi mágico.

Durante unos segundos, como sucedía cada noche, el teatro entero quedó suspendido en un silencio reverencial, como si nadie se atreviera siquiera a respirar y romper el hechizo que ella acababa de crear sobre el escenario.

Y entonces llegó la ovación. Brutal. Ensordecedora.

El patio de butacas se puso en pie al completo mientras los aplausos retumbaban contra las paredes históricas del teatro con una fuerza salvaje.

Las luces bañaban a Arizona mientras ella trataba de recuperar el aliento en mitad del escenario, todavía dentro de la piel de Isabella, con el pecho subiendo y bajando con fuerza y el corazón desbordado.

Y entre todo aquel estruendo sus ojos buscaron de forma inevitable el palco principal. A Tyler. Seguía pareciéndole increíble que él estuviera allí cada noche, mirándola igual que la primera vez, como si el resto del mundo desapareciera en cuanto ella pisaba aquellas tablas.

A sus seis meses de embarazo, Arizona sabía que muy pronto tendría que ceder el testigo sobre el escenario durante una temporada.

Y aunque una parte de ella ya empezaba a sentir nostalgia solo de pensarlo, había otra muchísimo más poderosa que lo eclipsaba todo: la emoción inmensa de saber que cada día quedaba menos para poder tener a su hija en sus brazos. Una idea que anhelaba con toda su alma.

Cuando el telón cayó por fin tras largos minutos de aplausos y Arizona salió entre bastidores, se lanzó feliz a los brazos de Tyler, que ya la aguardaba al otro lado, como cada noche.

Aquel día tenían, además, algo que celebrar.

Esa misma mañana, el oncólogo de Arthur había pronunciado por fin las palabras que todos llevaban meses esperando escuchar: el tratamiento estaba funcionando. El tumor se había reducido lo suficiente como para plantear la cirugía con verdadero optimismo.

Eran buenas noticias y Arthur se había empeñado en celebrarlas alegando que la vida estaba hecha de pequeñas victorias, que debían aprender a festejar una a una.

A las once de la noche, tras la función y una vez que el teatro cerró por fin sus puertas al público, un pequeño festín improvisado se instaló entre bastidores del Lyric Hall, para los más allegados, llenando el viejo teatro de risas, música suave y esa calidez extraña que solo aparece junto con la necesidad de celebrar que la vida ha decidido darte un respiro.

Brindaron por las segundas oportunidades y por todos aquellos milagros tanto pequeños como enormes que, de una forma u otra, habían conseguido devolverles la esperanza cuando más la necesitaban.

Cuando las felicitaciones a Arthur comenzaron a relajarse y el ambiente derivó poco a poco hacia las risas y las conversaciones cruzadas, Tyler le colocó a Arizona una copa de cristal entre las manos y, con una sonrisa divertida, le tendió una cucharilla.

—Haz realidad uno de tus sueños.

Arizona soltó una carcajada al comprenderlo.

—¿Hablas en serio?

Tyler asintió.

—Pero el discurso lo das tú —le señaló entre risas.

Él volvió a asentir y la chica ni se lo pensó. Se puso en pie con expresión divertida, carraspeó con teatralidad y golpeó varias veces la cucharilla contra la copa, que tintineó con gracia.

El silencio cayó casi de inmediato alrededor de la mesa.

Varias miradas curiosas se alzaron hacia ella mientras Arizona sonreía divertida y hacía una exagerada reverencia en dirección a Tyler, invitándolo a hablar, aunque no esperaba que aceptara.

Por eso el corazón le dio un vuelco cuando él también se puso en pie.

Tyler la miró unos segundos antes de decir nada. Y bastó aquella mirada para que Arizona sintiera su pulso acelerarse.

—Me gustaría aprovechar que casi toda la gente a la que quiero está hoy aquí —empezó diciendo mientras sus ojos regresaban de forma inevitable hacia Arizona— para proclamar a los cuatro vientos mi absoluta y completa admiración por esta mujer increíble.

Los vítores y silbidos no tardaron en estallar alrededor de la mesa, pero Arizona apenas los escuchó, porque Tyler seguía mirándola como si no existiera nadie más en el mundo.

Tiró con suavidad de su mano para atraerla a sus brazos y, cuando quedaron frente a frente, sostuvo su mirada con el corazón en los ojos.

—Estoy loco por ti, amor —declaró con ardor, sin rastro de vergüenza—. Te amo de una forma que todavía me deja sin aire algunas veces.

Arizona sintió que el pecho se le llenaba tanto de emoción que apenas podía respirar.

Tyler sonrió, algo nervioso por primera vez.

—Y no quiero presionarte, sé lo que piensas al respecto, pero… necesito que sepas que te pondré un anillo en el dedo en cuanto me des la más mínima señal de querer uno.

La mesa estalló en gritos y aplausos, pero Arizona solo podía mirar a Tyler, con el corazón fuera de control.

—Bueno… —suspiró ella incapaz de contener la emoción—, si a ti te hace ilusión…, yo estoy dispuesta.

Tyler se quedó inmóvil. Lo vio tragar saliva y mirarla como si acabara de entregarle el universo entre las manos.

—¿Acabas… de aceptar casarte conmigo?

Arizona soltó una pequeña risa emocionada.

—Solo si acabas de pedírmelo.

Lo vio soltar de golpe el aire que había estado conteniendo.

—¡Sí! —exclamó con una felicidad casi salvaje—. ¡Sí, joder! ¡Dios, claro que sí!

Tyler la atrapó entre sus brazos y la besó delante de todos con una intensidad tan arrolladora que Arizona terminó riendo contra sus labios.

Él parecía haber olvidado por completo que seguían rodeados de gente.

Por suerte debió recordarlo justo a tiempo.

Se separó apenas unos centímetros de ella y se giró hacia el resto todavía con una sonrisa desarmada por la felicidad.

—Supongo que estáis todos invitados.

Las felicitaciones llegaron en masa, con aplausos y abrazos cruzados. Muy emocionado, Tyler besó a su abuela y su madre, que estaba de vuelta en Londres por un par de semanas.

—Siento que al final no hayáis podido ejercer de celestinas —bromeó ahora mirando a ambas mujeres.

Pero Helen y Eloise intercambiaron una mirada demasiado sospechosa.

—¿Y quién dice que no lo hemos hecho? —repuso su madre con expresión pícara.

Tyler frunció el ceño, algo desconcertado. Miró de una a otra y… luego al propio Arthur, que sonreía detrás de su copa con evidente satisfacción.

Aquello ya empezaba a inquietarlo. Arizona, que acababa de notar justo lo mismo, se acercó un poco más a él.

—¿Qué pasa?

Tyler la atrajo hacia sus brazos y admitió:

—Aún no lo sé.

Parte de la mesa, ya con sus oídos puestos en la conversación, sonreían con una expresión que tanto Arizona como Tyler sintieron demasiado sospechosa.

—A ver, ¿quién me cuenta qué nos estamos perdiendo? —interrogó el chico, paseando su mirada por todos ellos.

El silencio reinó unos segundos, hasta que Arthur suspiró con una sonrisa satisfecha.

—Siempre supe que estabais hechos el uno para el otro.

—Sí, eso lo tenemos claro —rio Tyler negando con la cabeza—, pero cuando intentaste emparejarnos hace diez años, todavía no estábamos preparados.

—En una ocasión os dije que el destino se encarga de ponerlo todo en su lugar —intervino Eloise con calma—, y dejó muy claro lo que quería para vosotros… en la fiesta de compromiso de tu hermana.

Tanto Tyler como Arizona fruncieron el ceño al mismo tiempo.

Helen acabó sonriendo y contó:

—Cuando chocasteis en aquellos pasillos y vi el brillo en tus ojos al hablar de cierta… camarera en patines, me costó no meterme a indagar —miró divertida a su hijo—. Pero meses después se lo comenté a Eloise y empezamos a investigar un poco.

Arizona abrió mucho los ojos.

—¿Investigar?

—Descubrimos quién eras —continuó Helen sin el menor remordimiento— y Eloise relacionó enseguida tu nombre con aquella cita a ciegas en la que Arthur insistió hace años. Para él, siempre fuiste la mujer de su vida.

El dramaturgo levantó la copa, encantado consigo mismo.

—Jamás lo dudé, ni un segundo —se reiteró.

Tyler soltó una carcajada incrédula mientras Arizona empezaba a sospechar algo mucho más grande detrás de todo aquello.

—Lo admito, esta conversación me está empezando a preocupar.

Arthur sonrió apenas, aunque algo melancólico se coló en sus ojos.

—El destino es sabio e ineludible, y tarde o temprano os habría traído a este mismo punto —suspiró el hombre—, pero… como supondréis, yo no estaba en condiciones de esperar demasiado tiempo.

Tyler miró entonces a Arizona con una sonrisa divertida y algo resignada.

—Pregunta tú, a mí me da hasta miedo.

No hizo falta. Para asombro de ambos, ahora fue Will quien se levantó, recortó la distancia hasta su amigo y, con una sonrisa divertida en los labios, le puso un móvil en la mano.

Tyler intercambió con Arizona la misma expresión de confusión antes de centrar la atención en el teléfono, ya muy intrigados.

Lo que encontraron abierto fue un grupo de WhatsApp . Para absoluto asombro de ambos, la pantalla estaba inundada de decenas de mensajes enviados por contactos con nombres como Macbeth, Ofelia, Hamlet…, todos pertenecientes a las obras de Shakespeare.

Intrigados, comenzaron a subir hasta el inicio de la conversación y el corazón de Arizona dio un vuelco cuando las primeras imágenes aparecieron en pantalla. Eran varias fotos suyas y de Tyler, juntos en aquella gasolinera de Santa Carla.

—Pero ¿qué narices significa todo esto? —preguntó el chico—. ¿Quién demonios es toda esta gente? ¿Gertrudis?

—Es la madre de Hamlet… —carraspeó Helen— y la tuya aquí presente.

Tyler levantó la vista hacia ella.

—¿Perdona? —La miró perplejo—. ¿Tú hiciste esta foto en la gasolinera?

Helen sonrió sin el menor remordimiento.

—Culpable, sí.

Arizona soltó una carcajada incrédula mientras Tyler se veía cada vez más cerca del colapso mental.

—Parece que el universo se puso a trabajar en cuanto le dimos el más mínimo empujón —contó Will con una sonrisa—. Solo tuvimos que cuadrar tus fechas de viaje con las de Arizona para poneros en la misma ciudad, el mismo día.

Todos los miraban divertidos.