Capítulo 51 #3
Por alguna absurda razón, ese punto la seguía preocupando. Se había sentido muy mal en aquella cena, hacía años que no le pasaba.
Tyler se incorporó un poco en la cama, consciente de que no bromeaba, aunque lo pareciera.
—Mírame, Ari.
Ella suspiró al escucharlo llamarla con aquel diminutivo y lo miró a los ojos.
—Hasta hace nada tenía lastres en mi vida que ni siquiera sabía que cargaba —reconoció—, lastres que puse sobre ti sin ser consciente.
—Hablas de la relación con tu madre —adivinó.
Tyler asintió.
—Y mi relación contigo me ha obligado a enfrentarme a todo aquello —contó—, a escucharla, entenderla, incluso a empatizar con ella —la miró con pesar—. Siento haberte juzgado sin conocerte, solo por mis propios prejuicios.
Emocionada, sonrió con sinceridad.
—A ver, un poco loca sí estoy.
Tyler rio.
—Pues es una locura encantadora la tuya —aseguró—, de la que espero seguir disfrutando toda la vida.
Ella guiñó el ojo de forma continuada fingiendo estar presa de un movimiento espasmódico. Tyler rio ahora con ganas, pero volvió a ponerse serio al instante.
—Aunque te sorprenda, Arizona, te aseguro que no soy un entusiasta de las reuniones finolis como la del otro día —informó ahora—.
Intento evitarlas como la peste, suelo odiar a cada persona que se mueve en ese círculo y me aburro como una ostra siempre que me toca acompañar a mi abuela…
, excepto en esta última —sonrió a medias—, que será la única que recuerde con una sonrisa, porque tú estabas a mi lado
Le robó un beso.
—Pero incluso si fuera un imbécil integral y me encantara ese ambiente —se perdió en sus ojos—, me sentiría el hombre más orgulloso y afortunado solo por el honor de llevarte como acompañante.
Aquellas palabras la emocionaron con sinceridad.
—Iluminas cualquier lugar al que entres, Arizona —le acarició el rostro con ternura—. Brillas con luz propia, tal y como lo haces sobre un escenario, y quien no sepa verlo, simplemente no se merece estar en la misma habitación que tú.
Los ojos de Arizona se humedecieron mientras sentía cómo la espinita que tenía clavada en el alma al fin desaparecía por completo.
—¡Eh! Pero bueno… —se quejó Tyler, mirándola con una sonrisa.
—Son las hormonas —suspiró con la felicidad escrita en el rostro a pesar de las lágrimas—. Estoy blandita —lo miró con cierta picardía—. Así que no te gusta todo ese mundo… A ver si va a resultar que no eres el aristócrata estirado y odioso, con el palo metido por salva sea la parte, que yo creía…
Él rio.
—¿Eso te decepcionaría mucho?
Arizona fingió sopesarlo.
—Un poco —bromeó—. Tendré que dejar de usar la única palabra que me sale perfecta en italiano.
Tyler rogó:
—Por favor, ¡dímela!
Arizona sonrió, lo miró a los ojos y exclamó:
—¡Imbezille!
—Ahh —gimió con fuerza—, ¡creo que me he…!
—¡Alteza, pero qué va a decir!
Ambos rieron mientras se comían a besos. Poco después, Tyler la miró a los ojos con una expresión mucho más seria.
—¿Qué pasa? —se preocupó la chica.
Él soltó un largo suspiro.
—Ni te imaginas el infierno en el que he vivido este último mes —confesó—. Ari…, duele mucho estar sin ti.
Ella se estremeció ante las palabras.
—Ni se te ocurra hacerme llorar de nuevo —rogó con el corazón encogido, y recibió un beso como respuesta.
Se puso seria—. Yo también lo he pasado mal, Tyler…
—acabó confesando—. Me he pasado toda la vida huyendo de cualquier tipo de relación que pudiera tener demasiado control sobre mis propias emociones —suspiró algo abatida ahora—.
Mi padre se enfrentó al monstruo de la depresión durante años y, puede que te parezca ridículo, pero de alguna forma me aterra ser como él.
Por eso para mí jamás fue una opción darle a alguien un arma tan poderosa como el amor para dañarme, por miedo a no ser capaz de levantarme de nuevo si la usaba en mi contra —sonrió a medias—.
De veras creía que enamorarme o no era una decisión sobre la que tuviera algún tipo de control.
Él la miraba con una mezcla de perplejidad y embeleso, y le robó un beso cargado de sinceridad.
—Por eso el dolor que sentí al escuchar tus palabras tras la puerta me destrozó —tragó saliva—, y cometí la tontería de…
Se interrumpió, llevándose la mano al abdomen para hacerse entender.
—Lo siento, Tyler, sé que soy responsable de parte de ese infierno —reconoció—. No fue justo para ti dejarte pensar que el bebé se había ido.
—Entiendo tus motivos —aseguró, mirándola con una sonrisa sincera.
—Y yo los tuyos —correspondió Arizona.
Tyler amplió ahora la sonrisa para decir:
—Claro que no me importaría escucharte decir lo siento una vez más —sonó a broma.
—¡Pues ni lo pienses!
—Venga, por fa —insistió haciéndole cosquillas.
—Ni en tus sueños.
—Te juro que es orgásmico para mí.
Siguieron jugando entre risas hasta que la locura volvió a desatarse e hicieron el amor esta vez sin dejar un poro de piel sin atención, se deleitaron con cada uno de sus sentidos.
Exhaustos, permanecieron abrazados largo rato, mientras Tyler le contaba cómo iban las cosas por el teatro, que Arthur por suerte no había tirado la toalla con su tratamiento, incluso su conversación con Dylan Parker, quien había tenido mucho que ver en su reencuentro.
—¿Así que Dylan fue en tu lugar a la cita conmigo?
—interrogó Arizona, ahora perpleja—. Arthur ni siquiera me dijo que era una cita, solo que tenía que reunirme con alguien con quien debía discutir la escenografía de Orgullo y Prejuicio —recordó ahora—.
Así que me quedé a cuadros cuando el tipo rehusó hablarme de escenarios y construcciones.
Tyler sonrió.
—Mi abuela se dejó arrastrar también por Arthur y su aparente certeza de que, cito las palabras que me dijo cuando se lo comenté hace nada, siempre supo que estábamos hechos el uno para el otro.
—Y resultó tener razón —suspiró más feliz que en toda su vida.
—Tiene una sensibilidad especial para detectar esas cosas —opinó Tyler—. Por eso es tan bueno en su trabajo. Y yo al fin puedo usar sus frases y entender a sus personajes… —dijo mientras la miraba con una amplia sonrisa.
Arizona frunció el ceño.
—Miedo me da preguntar —bromeó.
El chico la miró ahora con intensidad y susurró:
—Tú me completas, Arizona…
Ella sonrió divertida.
—¿Vas a arriesgarte a una indigestión de azúcar?
Tyler, lejos de negarlo, suspiró con sonoridad y agregó:
—Mi mundo está donde tú estés. No hay título, ni nombre, ni destino que valga más que encontrarte al final de cada día.
Arizona lo miraba embelesada, sin perder la sonrisa, sorprendida de que él pudiera recordar cada palabra de aquella escena. Tyler continuó:
—No puedo ni quiero vivir sin ti, mi dulce… patinadora. No, mi cowgirl … Espera, ¡tabernera, mejor!
—¿Putilla?
—Joder, sí, esa me encanta…
Arizona soltó una carcajada de felicidad y se frotó contra él.
—Y a mí me encanta usted, Alteza…
—Dios, ¡te amo! —suspiró Tyler atrayéndola hacia él con fuerza.
Se miraron a los ojos con una sonrisa cómplice y poco a poco recortaron la distancia hasta la boca del otro, dispuestos a otra larga ronda de besos.
—Si Nick no llega en diez minutos —anunció la voz de Dannie ahora alta y clara al otro lado de la puerta—, me autoproclamo chef del día.
—Sabes que es capaz de retarte a duelo por esa espátula —declaró la inconfundible voz de Rob.
Ambos sonaban en la pequeña cocina al otro lado de la puerta.
—Sí, pero ¿quién tiene un delantal que dice… soy el puto amo de la parrilla ?
Las carcajadas sonaron alto y claro.
—No puedo creer que de verdad te hayas comprado un delantal —señaló James en un tono mezcla diversión e incredulidad.
Tyler miraba ahora a Arizona con un gesto de horror.
—¡Están todos ahí afuera! —resopló con fuerza—. ¿Por qué?
Arizona se mordió los labios.
—Eh…, a lo mejor me he olvidado… de que había una barbacoa programada para hoy.
Tyler se incorporó en la cama como impulsado por un resorte.
—¡Ari!
—Es que me has tenido muy entretenida —se quejó, pero no pudo evitar sonreír—. ¿Puedes borrar la cara de espanto? En realidad son buena gente.
—Oh, sí, a tu hermano le va a encantar encontrarme en pelotas contigo entre las sábanas. —Salió de la cama y buscó su ropa como un loco por la habitación—. ¿Y mis cosas?
—Puede… —carraspeó con fingido pesar— que las haya tendido fuera cuando he salido al baño.
Tyler la miró con una mezcla tan escandalosa de horror, incredulidad y pánico absoluto que Arizona perdió cualquier posibilidad de contener la risa.
—Mira, al menos me has dejado los calzoncillos —suspiró abatido, torciendo el gesto al ponérselos aún húmedos.
—Es que no los encontré —rio—, ni sé hacia dónde los lancé.
El chico soltó un suspiro de impotencia.
—Vale, ¿sales a por mi ropa, por favor?
Arizona entrecerró los ojos y lo miró de arriba abajo, disfrutando de las vistas. ¡Joder, qué bueno estaba, por Dios!
—¿Qué piensas darme a cambio?
—¿Si tu hermano me perdona la vida, dices?
Ella rio de nuevo.