Capítulo 50
Arizona permanecía dentro de la piscina intentando aparentar una calma que no sentía ni de lejos. El agua tibia le llegaba justo por encima del pecho mientras mantenía la vista fija en el sendero que descendía desde la casa.
Sí, le había pedido a Dannie que no dejara pasar a Tyler, y aun así su corazón bombeaba sangre a marchas forzadas, pendiente del más mínimo ruido entre los árboles.
Una parte traicionera de su ser seguía deseando verlo aparecer, y una tristeza inmensa se hacía eco en ella intentando asimilar que aquello no iba a suceder…
…hasta que una sombra alargada se abrió paso entre la vegetación.
Cuando alzó la vista y se encontró con los ojos verdes de Tyler, dejó de respirar. Fue un impacto casi físico, y durante unos segundos el mundo pareció detenerse para ambos.
Él tampoco avanzaba, se limitaba a mirarla con una intensidad que atravesó el pecho de Arizona como un disparo. Estaba más delgado y parecía agotado, y la contemplaba con una expresión extraña, igual que si llevara semanas sobreviviendo solo para llegar a aquel instante.
«Por favor, Arizona, deja de inventar cosas», se rogó, consciente de que quizá solo veía lo que deseaba.
Se sintió tan ilusa que entró en pánico.
«Soy la última mujer que él habría escogido por voluntad propia», se recordó, desgarrándose el corazón para preservar la dignidad.
Comenzó a nadar hacia el otro extremo de la piscina fingiendo indiferencia, aunque tenía cada terminación nerviosa del cuerpo revolucionada y en alerta.
Sarah, Jennifer y Judd intercambiaron una mirada cargada de expectación antes de caminar hacia él, saludarlo y desaparecer después por el sendero.
Tyler en ningún momento apartó los ojos de ella.
—Arizona… —la llamó.
Siguió nadando.
—Por favor…
Sonó tan a ruego que ella se desestabilizó por completo. No entendía nada. ¿Qué narices podía querer él? ¿Necesitaba hacerle aún más daño para sentirse hombre?
Nadó hasta el borde contrario de la piscina y se giró a mirarlo con el corazón desbocado.
—¿Quién demonios te ha dejado pasar? —preguntó, intentando sonar molesta, aunque el nerviosismo le temblaba en la voz.
Tyler no respondió, se limitó a mirarla unos segundos más y, para absoluto desconcierto de Arizona, empezó a caminar hacia el agua.
—Tyler… —frunció el ceño.
Él siguió avanzando.
—Lárgate —exigió ella de nuevo.
—Sal de la piscina o entro yo —la sorprendió diciendo—. Escoge.
El silencio se instauró un segundo entre ellos. Arizona creyó que lo de meterse en el agua era un farol…, hasta que lo vio quitarse los zapatos.
—¡Ni se te ocurra! —casi le gritó—. No tengo porque hablar contigo y…
Demasiado tarde. Tyler se lanzó al agua de cabeza, vestido por completo.
Arizona soltó un jadeo y el corazón se le disparó de tal forma que creyó que le iba a explotar. El agua se agitó a su alrededor mientras esperaba, paralizada, a que emergiera.
Y cuando salió al fin a la superficie, lo hizo a menos de medio metro de ella, que lo contemplaba, perpleja, mientras él se apartaba el pelo de la cara sin dejar de mirarla. Un segundo después se aseguró de acorralarla con suavidad contra la pared de la piscina, impidiéndole toda huida.
Pero huir era lo último en lo que Arizona podía pensar en aquel momento. Aquellos ojos verdes ardían frente a ella con una intensidad casi hipnótica mientras el agua resbalaba por su rostro.
¡Joder, qué guapo estaba! Aun empapado y con el pelo revuelto… seguía siendo el hombre más sexy que había visto en toda su vida. De esos capaces de hacerte olvidar el mundo entero con una sola mirada, la misma que clavaba sobre ella en ese momento.
Para absoluto desconcierto de Arizona, Tyler llevó una mano hasta su rostro y le apartó un mechón de pelo de la cara antes de acariciarle la mejilla con una delicadeza que la desarmó.
—Dios…, qué bonita estás —susurró sin dejar de mirarla, atrapado en su belleza—. Ni mis recuerdos ni mis sueños consiguen hacerte justicia.
Aquello la golpeó de lleno. Esperaba reproches, tensión, dolor, no esa mirada de inconfundible admiración.
—Me cuesta creer… que me hayas dedicado un solo pensamiento —consiguió decir.
Tyler soltó una risa rota, cargada de angustia, antes de apoyar con suavidad la frente contra la suya.
—Uno solo… no —confesó—, todos ellos, porque apenas puedo pensar en otra cosa que no seas tú.
Una exclamación de asombro salió de labios de Arizona mientras su corazón saltaba enloquecido y con tanto ímpetu que creyó que sus latidos llegarían a oídos del chico.
Guardó silencio, temiendo que todo lo que dijera saliera entrecortado de su garganta.
—No me has respondido ni un solo mensaje —continuó Tyler con la voz tomada por el cansancio y el dolor—. Y yo…, joder, estoy a nada de volverme loco.
Aquella confesión le atravesó el pecho. Quería creerle, quería hacerlo con toda el alma, pero el miedo seguía allí, aferrado a ella como una herida mal cerrada.
—Yo escuché todo, Tyler —murmuró al fin—, escondida tras la puerta.
La expresión de él se quebró de inmediato y cerró los ojos apenas un segundo, como si todavía le doliera recordar aquello incluso semanas después.
—Lo sé, y yo he lamentado haber pronunciado cada palabra desde entonces —admitió con absoluta honestidad—, pero estaba tan enfadado contigo…
Arizona frunció el ceño, desconcertada.
—¿Enfadado tú? —soltó una risa incrédula—. Me felicitaste por WhatsApp tras mi gran estreno.
Recibió una mirada mezcla desesperación y resignación.
—Sí, lo hice todo mal —reconoció Tyler, contemplándola con un brillo extraño en los ojos—, y lo primero… fue dejarte salir aquella mañana de mi casa sin decirte cómo me sentía.
Arizona lo miró desconcertada. Hablaba del día en el que ella aceptó sus sentimientos. Acaso…
—¿Qué quieres decir? —preguntó con cautela,
—Que debí ser valiente y aceptar… —tragó saliva— que me moría de ganas de invitarte a construir aquella casa en el árbol con nosotros algún día.
El corazón de Arizona sufrió un vuelco.
—Porque lo deseaba con toda mi alma —siguió diciendo él con la voz rota—, porque no he deseado nada más que estar contigo desde el mismo día en que te puse los ojos encima, porque daría cualquier cosa por amanecer a tu lado cada día de mi vida.
Las lágrimas de Arizona brotaron sin permiso y por primera vez se permitió tener un atisbo de esperanza.
—Todo eso debí decirte, en lugar de permitirte salir de mi casa pensando que me daba igual tu decisión de alejarte —suspiró—, porque no era verdad. Jamás lo fue.
Clavó la mirada en la de ella con una intensidad feroz y continuó:
—Me está matando estar lejos de ti —admitió—. Te echo de menos de una forma tan insoportable que ya no sé ni cómo seguir funcionando con normalidad.
Arizona sintió un nudo doloroso cerrársele en la garganta.
—Por eso no podía acercarme a ti después del estreno —confesó mientras se pasaba una mano húmeda por el pelo—. Porque sabía que en cuanto te tuviera delante iba a derrumbarme.
El corazón de Arizona estaba a punto de desbordarse.
—Fue alucinante verte sobre ese escenario…, las siete veces que lo hice —la sorprendió confesando—. Y cada una de las veces todo lo que quería era correr a tu camerino, tomarte entre mis brazos y no volver a soltarte jamás.
Aquello terminó de destrozarla, porque… él sonaba igual de roto que ella.
—Y justo cuando buscaba la manera de acercarme a ti —continuó—, cuando comenzaba a flaquear de todas las formas posibles…, mi abuela me contó que te marchabas al día siguiente, y justo en ese momento apareciste en la puerta y…
Arizona dejó escapar un gemido de anticipación.
—Dios, amor, yo… me volví loco —soltó aire para poder seguir hablando, con la respiración cada vez más irregular—.
Me sentí tan absurdo por ser el único que albergaba aquellos sentimientos, tan dolido porque tú me vieras como alguien tan insignificante en tu vida como para que ni siquiera te hubieras molestado en informarme de tu marcha, que reaccioné como un completo imbécil.
La culpa en su voz resultaba devastadora.
Ella soltó un pequeño gemido ahogado, incapaz ya de contener todo lo que estaba sintiendo.
—Por eso me empeñé en amenazarte si te subías al avión —reconoció avergonzado—. No podía soportar que te fueras, pero mi orgullo herido me impidió decirte la verdad en ese momento.
Las ganas de abrazarlo, de asaltar sus labios, comenzaban a resultar físicamente dolorosas para Arizona, al mismo tiempo que el miedo se instalaba en su pecho.
No podía tenerlo y perderlo todo el mismo día, pero… era muy posible que su propia verdad oculta arrasara con todos aquellos sentimientos que Tyler confesaba. Luchó contra la felicidad que amenazaba con inundar su corazón, ni siquiera se atrevía a soñar con conservarla.
—Tyler…, tengo algo que decirte.
No podía callarse más, pero él continuó hablando, desbordado por sus propias emociones.
—Siento todas y cada una de aquellas palabras que escuchaste —siguió diciendo él, ahora con la voz rota—. Estaba enfadado, frustrado, muerto de miedo, y dije cosas que… te impulsaron a salir corriendo —tragó saliva—, y entonces lo perdimos todo.
—Para, por favor —rogó.
—¡Perdóname!
—Tyler…
—Dame una sola esperanza y vendré a rogarte cada día.
Recortó la distancia e intentó atraerla a sus brazos, pero ella se revolvió inquieta.
—Por favor —suplicó él de nuevo.
Arizona se moría de ganas de dejarse abrazar, pero debía hablarle del bebé antes de que él lo descubriera por sí mismo, y si le permitía abrazarla…
—Hay algo que tengo que decirte sobre el bebé —se aventuró.
El dolor que asomó a los ojos de Tyler fue tan intenso que le atravesó el alma. Solo entonces fue consciente del horror que él debió haber vivido aquellas semanas.
—Lo siento, daría mi vida por la de nuestro pequeño si pudiera —aseguró con la voz cargada de angustia—. Te juro que moría de ganas de compartir algo tan increíble contigo, pero fui un idiota, y quizá no merezca tu perdón, pero…
—Déjame hablar, por favor. —Las lágrimas casi se lo impedían.