Capítulo 49
Edenhouse, la finca donde Jennifer y James vivían en Santa Carla, parecía sacada de una fantasía imposible. Un auténtico paraíso escondido entre naturaleza salvaje, tal y como lo prometía su nombre.
A Arizona empezaba a parecerle que aceptar la invitación para pasar allí unos días había sido una buena decisión, aunque Dannie casi hubiera tenido que obligarla. La pareja le había prometido privacidad absoluta y tranquilidad y no habían exagerado ni un poco.
La piscina, de hecho, ni siquiera estaba junto a la casa principal.
Había que descender por un sendero de piedra rodeado de árboles altísimos y vegetación exuberante hasta llegar a una especie de oasis oculto.
Allí abajo todo parecía separado del resto del mundo.
Había una enorme piscina de borde infinito integrada en el paisaje como si fuera una laguna natural, que además acababan de climatizar, con una preciosa cascada, cuyo sonido en aquel momento era todo lo que se oía en la quietud de la tarde.
A pocos metros del agua había una preciosa cabaña de madera con todo lo necesario para instalarse allí y no querer regresar jamás a la realidad.
Arizona estaba sentada en el bordillo de la piscina, con los pies hundidos en el agua cristalina mientras el sol tibio le acariciaba la piel.
El invierno californiano parecía haberse olvidado de existir aquel año.
Rozaban los veintiocho grados a pocos días de Navidad, algo absurdo incluso para el estado de California.
A pesar de todo, incluso mirando a su alrededor y apreciando aquel paraíso, no estaba consiguiendo disfrutarlo ni un poco, como no disfrutaba de nada últimamente.
Tanta paz y toda aquella belleza natural solo conseguían hacer más evidente la sensación de vacío que llevaba perpetua instalada en su pecho.
Se tocó el abdomen e intentó sonreír. Con aquel bikini premamá que Jennifer se había empeñado en regalarle, el embarazo se apreciaba muchísimo más, imposible de disimular ya a simple vista.
Apenas estaba de catorce semanas, pero su cuerpo parecía haberse entregado por completo a la tarea de proteger aquella pequeña vida, redondeando su vientre con una delicadeza casi orgullosa.
Y sus pechos también parecían haberse tomado muy en serio aquello de la maternidad y había aumentado ya talla y media de sujetador.
Se preguntó qué diría Tyler si pudiera verla. ¿La encontraría aún sexy o… solo vería a una mujer entrada en kilos sin ningún tipo de interés?
Se amonestó por permitirle colarse en su cabeza y sin pretenderlo volvió a consultar su teléfono.
Nada. Aquella mañana Tyler no le había mandado su mensaje habitual por primera vez desde que se marchó de Londres…
y Arizona sentía una punzada en el pecho cada vez que consultaba sus mensajes y seguía sin verlo.
Jennifer salió de la cabaña con el pequeño Sam en brazos, al que había entrado a cambiarle el pañal. En la otra mano traía su teléfono y algo en su expresión alertó a Arizona.
—¿Qué pasa?
—Sarah y Rob están aquí —informó la chica—. Acaba de llamarme James desde la casa.
Arizona se puso tensa. Sabía que se exponía justo a aquello si aceptaba la invitación de pasar unos días en Edenhouse.
—Rob lleva días haciendo preguntas —confesó Jennifer—. Ya sabes que es muy perceptivo y sabe que hay algo que nos estamos callando, pero…
—Pero todos os empeñáis en tratarme como a un imbécil —exclamó la voz del chico a escasos metros.
Rob empujaba el carrito del pequeño Ian, que venía dormido oculto bajo una sombrilla enorme.
Arizona ni pestañeó, no se atrevía ni a moverse.
Mientras estuviera sentada podría disimular, pero su corazón se aceleró demasiado cuando comprobó que Sarah venía con él y la miraba con una expresión de cautela.
No habían mantenido una sola conversación tras lo sucedido.
Arizona se sentía demasiado culpable con todo lo que les estaba ocultando como para confraternizar, y además era incapaz de hablar de su bebé en pasado.
Por suerte, Dannie también había llegado con ellos, junto con Judd.
—Tío, ¿qué te ha dado de repente? —le preguntó a su amigo, intentando sonar afable—. Has enfilado el sendero como si el cochecito estuviera participando en un rallye.
—Es que vengo a verla a ella —señaló Rob a Arizona.
—¿Por qué?
Rob los escrutó con el ceño fruncido.
—De momento voy a guardarme esa información —miró a la chica—. Os la cambio por la vuestra.
Dannie intercambió con su hermana una expresión seria y ella suspiró.
—Arizona, por favor —le rogó ahora—, es el momento.
Las lágrimas de la actriz fueron inevitables. Había temido algo como aquello desde que se le ocurrió la horrible idea de mentir sobre su bebé.
Sarah avanzó un paso hacia ella con una expresión afligida y concedió:
—Vale, empezaremos nosotros —tomó aire antes de informar—: mi hermano está en Santa Carla.
Arizona palideció al mismo tiempo que su corazón explotó con algo parecido al júbilo.
—Él…, él… —no atinaba ni a preguntar— ¿qué hace aquí?
—No contestas sus mensajes —informó Rob— y no lo está llevando bien.
—Eh… —titubeó cada vez más nerviosa—, ¿dices que viene a verme a mí?
«No lo está llevando bien». Aquello la desconcertó demasiado.
—Pues sí, Ari —confirmó Rob—. Ha viajado diez mil kilómetros solo para hablar contigo, así que lo siento, te soy honesto, le hemos dicho que estás aquí, en Edenhouse.
Aquello la puso en pie al instante, de repente muy nerviosa, tanto… que le costó entender por qué Rob y Sarah la miraban ahora con aquel asombro.
—¿Dices que puede aparecer en cualquier momento? —interrogó sin saber cómo sentirse. Una parte de ella quería correr a esconderse, pero la otra… daba palmas con las orejas con inevitable euforia.
—¡Madre mía! —exclamó Rob, perplejo, sin dejar de mirar su abdomen. Y acabó mirando a Dannie, que le devolvió un gesto de impotencia que lo dijo todo.
Sarah le tomó las manos mientras la contemplaba.
—Es… es…
Arizona se mordió los labios.
—Tu sobrino o sobrina, sí.
Las lágrimas de Sarah cobraron vida también.
—Joder, Arizona —protestó con una mezcla de alegría y condena—, Tyler está hecho mierda…
Aquello sí provocó que Arizona se pusiera a la defensiva. No podía permitirse un solo atisbo de benevolencia, mucho menos esperanza.
—Con todo respeto, Sarah, tu hermano no estaba lo que se dice feliz con mi embarazo —le recordó, y apretó los dientes—. Se refirió a nuestro bebé como una maldita broma del destino.
—Sí, ya —suspiró la chica con pesar—, y ha lamentado haber pronunciado aquellas palabras cada minuto de cada día desde entonces.
Arizona la miró abatida. ¿Tyler había hablado con su hermana de todo aquello?
Las ganas de freírla a preguntas eran casi incontenibles.
¿De veras él había sufrido la pérdida? Recordó la única visita que le hizo en el hospital, el dolor en sus ojos, en sus palabras, pero ella estaba demasiado fuera de sí como para ser justa.
Fueron tantas las cosas que escuchó de sus labios tras aquella puerta, y las sintió tan hirientes, que apenas podía encajarlas aún.
Los ojos se le llenaron de lágrimas al instante.
—Malditas hormonas —se quejó entre murmullos mientras se los secaba.
Pero sabía que las hormonas solo eran responsables en parte, la otra parte hablaba de un amor no correspondido que dolía como acero candente sobre la piel, dolor que no mermaba con el paso del tiempo.
—No pensaba ocultarle mi embarazo para siempre —confesó ahora, mirando a Sarah—, solo necesitaba recuperarme un poco.
—¿El accidente te dejó secuelas? —se preocupó la chica.
Ella negó con un gesto.
—Fue tu hermano quien lo hizo.
Bufó con desesperación cuando las lágrimas empeoraron, intentando calmarse.
Rob y Sarah intercambiaron una significativa mirada entre ellos, una mezcla de confusión y esperanza.
—Arizona, ¿tú… quieres a mi hermano?
La actriz dejó de respirar un instante.
—Eso no es relevante —sintió la necesidad de defenderse. Pero fue consciente de que así no lo estaba negando.
Jennifer se adelantó antes de que nadie añadiera una sola palabra más, mientras colgaba el teléfono.
—Hablando de cosas que sí son relevantes… —tomó aire antes de dejar caer la bomba—. Tyler está aquí y quiere verte.
El corazón de Arizona se desbocó.
—Y al parecer no piensa aceptar un no por respuesta.
Se le erizó hasta el último poro de piel.
Tyler había cruzado un océano para verla, ¿por qué?
Sintió una sacudida atravesarle el cuerpo entero, una mezcla caótica de miedo, nervios y una felicidad tan intensa e involuntaria que se sintió aterrada.
Llevaba semanas luchando contra la parte de sí misma que soñaba con verlo, mientras la otra se negaba a perdonar cada ofensa, incapaz de afrontar más dolor.
Ahora estaba paralizada ante la idea de enfrentarse a su mirada cuando descubriera la verdad. Se llevó una mano al abdomen de forma inconsciente y el pánico terminó de instalarse dentro de ella.
—¿Quieres verlo? —interrogó Dannie mirando a su hermana con un gesto imparcial.
—No —negó el miedo por ella, pero ni siquiera así sonó convincente.
—Voy a hablar con él antes de que llegue aquí abajo —declaró Dannie, avanzando ya hacia el sendero por el que se accedía a la laguna.
Rob caminó tras él sin decir palabra.
Arizona era incapaz de pensar con claridad. Le temblaba el pulso, sentía la respiración acelerada y las ganas de correr para lanzarse en sus brazos le oprimían el pecho
«¿Qué hago?», se lamentó, resoplando con nerviosismo.
Quizá debería aprovechar para contarle la verdad, pero…
¡solo quería abrazarlo y no volver a soltarlo jamás!
Y aquello no podía tenerlo, ni sin bebé ni con él.
¿Cómo lo miraba a los ojos sin que se diera cuenta?
¿Y si él… la odiaba aún más por mentirle?
—No puedo decírselo ahora —murmuró para sí.
—Ari… —intentó Sarah acercarse.
—No, no… —comenzaba a hiperventilar—, va a odiarme.
Sarah sonrió a medias.
—¿Odiarte cuando admitas toda tu verdad? —suspiró—. Ni en un millón de años.