Rivales con derecho a roce Capítulo 48
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Capítulo 48

Tyler volvió a consultar los mensajes del teléfono por enésima vez. Nada. Solo aquel maldito check azul confirmándole que Arizona había leído el mensaje y que, una vez más, no tenía la menor intención de responderle.

«Al menos no te ha bloqueado».

Aquella era la absurda migaja de esperanza a la que seguía aferrándose una parte desesperada de él, intentando animarlo, pero ya casi nada lograba aliviar el vacío que llevaba semanas arrastrando dentro del pecho.

Podía entenderla, al igual que también comprendió que se hubiera negado incluso a despedirse cuando abandonó Londres hacía ya más de un mes. Un mes que para Tyler había sido el peor de toda su vida.

Y aquella mañana no estaba siendo ninguna excepción, incluso podía considerarla de las peores.

Su abuela tenía su chequeo anual rutinario aquel día y Tyler siempre era el encargado de llevarla.

Entrar en el mismo hospital en el que había vivido las horas más angustiosas de su vida le estaba pasando factura desde que cruzó la puerta.

Mientras la anciana se hacía un sinfín de pruebas varias en las que debía estar a solas, Tyler caminó por el hospital sin rumbo fijo.

Acabó sentado en la sala de espera de urgencias, en la misma silla en la que había pasado más horas de las que podía recordar, con aquel dolor lacerante clavado en mitad del pecho.

No pudo soportarlo mucho rato. Buscó el aire fresco de la calle cuando comenzó a acusar la falta de oxígeno.

Ya en la puerta, intentaba respirar despacio cuando Lionel Hamilton se plantó frente a él.

—Dichosos los ojos —ironizó el hombre mirándolo con altivez.

Joder, el que le faltaba para rematar su mañana de mierda. Llevaba días ignorando sus llamadas.

Tyler se limitó a soltar un improperio y mirarlo con cierta frustración.

—¿Qué te trae por aquí, papá? ¿Has venido a ejercer de hijo al fin y preocuparte por la abuela?

Recibió una mirada confusa como respuesta.

—Ni siquiera recuerdas que hoy era su chequeo anual —acusó Tyler casi para sí.

—Viene todos los años —declaró Lionel como si aquello fuera algún tipo de excusa.

—Sí, por eso se llama anual —ironizó Tyler.

—Pues ya me dirás los resultados —se encogió de hombros—. He venido a buscar al doctor Mewler. Vamos a jugar juntos al golf. Por cierto, quiero que conozcas a su hija y…

Tyler se giró con toda la intención de alejarse sin pronunciar palabra.

—Vuelve aquí, maldita sea —exigió el vizconde—. Te he llamado decenas de veces —sonó a acusación.

—¿Y que no te haya contestado no te dice nada? —ironizó.

—¡Déjate de monsergas! —interrumpió colérico—. Soy tu padre.

—Sí, y la última persona en el mundo con la que me apetece hablar.

El tipo chasqueó la lengua.

—¿Todo esto es por esa cabaretera a la que dejaste en cinta?

La frase golpeó a Tyler con una violencia brutal. Se giró despacio hacia su padre, sintiendo cómo algo oscuro y peligroso empezaba a hervirle dentro del pecho.

—Ni una sola palabra más sobre Arizona —advirtió con una calma tensa que resultaba mucho más amenazadora que un grito—, o no respondo.

El rostro de Lionel mudó de color y cambió el tono.

—Venga, Tyler, una mujer así…

—¡¿Cómo?! ¿Íntegra, apasionada, divertida y preciosa, dices?

Lionel lo miró con los ojos cargados de inquina y Tyler continuó:

—Esa mujer de la que hablas tiene más clase en la uña del dedo meñique que tú en todo tu cuerpo —algo lloró dentro de él—, y la sesera suficiente como para querer permanecer lejos de nuestra familia.

El rostro de Lionel se endureció al instante.

—¡Venga ya! ¿Acaso te tiene abducido? ¿Cómo pudiste ser tan estúpido como para embarazarla? —estalló fuera de sí—. Por suerte la vida ha sido sabia y…

No pudo terminar la frase. Tyler recortó la distancia entre ambos de dos zancadas y lo agarró violentamente de la pechera antes de que pronunciara una palabra más.

—¡Ni se te ocurra! —rugió.

Lionel abrió los ojos con auténtica sorpresa. No era habitual que su hijo lo enfrentara de aquella manera, pero Tyler ya había cruzado un límite del que no podía volver.

La respiración le salía entrecortada, cargada de rabia y dolor.

—Jamás hables de mi hijo como si hubiera sido un error —escupió con la voz rota—. ¡No vuelvas a insinuar que su muerte ha sido algo bueno!

La expresión de Lionel vaciló apenas un instante y Tyler sintió el pecho arderle todavía más.

Toda la frialdad con la que su padre lo miraba no era nueva.

Toda aquella superioridad miserable con la que había crecido de repente le daba náuseas.

Aquel hombre era incapaz de amar a nadie, ni siquiera a sus propios hijos.

—Si en este momento no tuviera ganas de pegarte, te juro que me darías lástima —sentenció, soltándolo al fin.

Aquello sí pareció golpear a Lionel, pero Tyler ya no sentía nada similar al cariño por aquel hombre, solo hastío y rabia, y un dolor insoportable que no dejaba de devorarlo por dentro, por haberle permitido herirla lo más mínimo.

De alguna forma Lionel supo que no era momento para insistir. Tyler no ocultaba que estaba al límite de la desesperación, algo en su forma de hablar, de mirarlo, incluso de respirar, anunciaba que no tenía ante sí al hombre cabal que solía ser.

—Lionel… —saludó una voz fría a un par de metros—, cuánto tiempo.

A Tyler le sorprendió encontrarse a Dylan Parker apoyado sobre la pared del hospital mientras se tomaba un café.

—Doctor Parker —respondió el vizconde con acidez—, ¿cómo está tu padre?

El médico sonrió a medias y declaró:

—Me encuentro bien, gracias, muy amable por preguntar.

Lionel lo miró con evidente desconcierto y el ceño fruncido, y Tyler habría reído de no estar tan enfadado.

—Creo que el doctor Mewler se ha marchado hace rato —insistió Dylan, dejando claro así que llevaba justo donde estaba desde el inicio de la conversación—. Creo que mencionó que quería formar pareja con el juez Williams, pero…

—No, hombre, no, eso cómo va a ser.

Murmurando desconcertado, Lionel se alejó de ellos sin siquiera despedirse.

Dylan soltó una risita ácida.

—No te ofendas, pero tu padre sigue siendo el mismo capullo de siempre.

—Sí, como no me digas algo nuevo… —suspiró el chico, y se sorprendió cuando el médico tomó un vaso de café que había dejado sobre una barandilla y se lo tendió.

—Solo, sin azúcar —informó, sorprendiéndolo de nuevo—. ¿Sigues tomándolo así?

Tyler aceptó el vaso con cierta curiosidad y Dylan explicó con un deje de mordacidad:

—Estaba en la máquina cuando te vi pasar —explicó—, pero cuando llegué te vi tan bien acompañado que no quise interrumpir la charla paterno filial.

El suspiro de agotamiento de Tyler sonó alto y claro.

—¿Me has escupido dentro? —interrogó, mirando al médico.

—¿Cambiaría algo?

Tyler se apoyó a su lado, sobre la barandilla de metal.

—En este momento no —aceptó, y bebió del vaso sin pensarlo.

La sonrisa del médico fue inevitable, pero Tyler no se molestó ni en hacer el esfuerzo de sonreír. No podía.

—Estás hecho un asco, ¿sabes? —repuso Dylan, mirándolo con más atención.

Una vez más, Tyler no se molestó ni en enfadarse.

—Sí, ya —admitió—, gracias por la apreciación.

—Jamás pensé que te vería enfrentarte así a tu padre por una mujer —comentó en un tono neutro—. Bueno, ni que te vería en este estado, la verdad.

—Dylan… —aquello empezaba a saturarlo—, sé que debe de ser muy gratificante para ti poder devolverme el golpe —exhaló con resignación—, así que adelante, dilo rápido y déjame a solas, por favor. No me encuentro bien.

—Sí, lo tuyo es peor que lo mío de entonces.

Tyler soltó aire y declaró:

—Siento cada palabra que te dije, si eso te sirve.

—¿Te refieres a cuando te reías de mí por enamorarme como un loco en la primera cita? —preguntó el médico ahora con una sonrisa—. Cita a la que me mandaste en tu lugar, te recuerdo.

—No se me ha olvidado —reconoció—, pero no te puse una pistola en el cuello.

Su abuela se había puesto muy pesada con que asistiera a una cita a ciegas, mucho más que de costumbre, así que él acabó cediendo frente a la anciana, pero convenció a Dylan para que fuera en su lugar.

¿Quién iba a pensar que el tipo se enamoraría como un loco y que a la mujer en cuestión no le sucedería lo mismo?

Sí, quizá se pasó burlándose de él, ese había sido el problema cuando Dylan le echó la culpa de arruinarle la vida, pero fue todo demasiado surrealista.

—Hay mujeres que se meten en tu corazón con solo mirarte —murmuró el médico con una sonrisa nostálgica.

La punzada de dolor que estalló en el pecho de Tyler le cortó el aire. Tuvo que respirar hondo para llenar sus pulmones y apenas susurró:

—Yo caí rendido frente a… una patinadora italiana al minuto de conocerla —apretó los dientes—, pero he sido tan gilipollas como para no darme cuenta hasta que era tarde.

Era evidente de quién estaban hablando, a pesar de la falta de contexto para el médico.

—Sí, un poco gilipollas sí eres —sonrió Dylan a medias—, porque ¿sabes? Pudiste conocer a… esa patinadora hace diez años si tan solo hubieras ido a la cita a ciegas a la que me mandaste.

Tyler lo miró confuso.

—¿Qué?

—Joder, cómo es el destino y lo que le gusta jugar contigo, amigo —rio ahora—. Lo llamaría justicia poética, pero ya me sabe mal verte tan jodido.

Tyler lo miraba desconcertado por completo. Hizo memoria sobre lo que su abuela había mencionado acerca de aquella mujer. Ella tampoco la conocía, solo se fiaba de un tercero de su entera confianza…, ¿cómo se llamaba la chica? Lizzie Bennet. Y entonces se le iluminó la mente.

—Orgullo y Prejuicio —susurró alucinado.

—Sí, el papel que estaba representando en ese entonces.

«Joder. Arizona». Le dolió el alma. La vida la había puesto frente a sí en demasiadas ocasiones… que él había desperdiciado.

Tuvo que contenerse mucho para no gritar de pura frustración, pero cada una de sus emociones eran demasiado intensas como para que alguien como Dylan Parker no las cazara al vuelo.

—Dime, amigo, ¿sabe tu patinadora italiana que te mueres por sus huesos?

Tyler tragó saliva. Estaba cansado de eludir el tema.

—No creo tener derecho ni a decírselo —admitió con un hilo de voz—.

Ella no quiere ni verme, Dylan, y no puedo culparla, apenas soporto mirarme yo en el espejo —apretó los puños y se esforzó en hablar—.

Yo… estaba enfadado, Dylan, porque apenas podía controlar mis propias emociones, y ella escuchó algunas cosas…

—se sentía morir con cada palabra que pronunciaba—.

Joder, fue mi culpa que ella se subiera a ese coche, que saliera de la casa, soy responsable de todo lo que pasó —se le quebró la voz—. Yo maté a nuestro bebé.

Fue incapaz de contener las lágrimas, que rodaron por sus mejillas por primera vez frente a alguien. El dolor que le arañaba el corazón en ese momento era tan intenso que no se dio cuenta de la expresión de culpa del médico o de cómo evitaba mirarlo a los ojos.

—¿Sabes por qué sigo ejerciendo en lugar de limitarme a dirigir el hospital? —expuso Dylan, cruzándose de brazos mientras lo observaba con calma.

Tyler negó con un gesto.

—Porque mi profesión me permite presenciar auténticos milagros casi a diario —confesó con un tono extraño—.

Mujeres a las que les dijeron que jamás podrían quedarse embarazadas y terminan sosteniendo a sus hijos entre los brazos.

Embarazos que parecían perdidos y consiguen salir adelante.

Latidos diminutos que aparecen justo cuando toda esperanza empezaba a desaparecer.

Tyler tragó saliva, atrapado por sus palabras, y Dylan sostuvo su mirada un instante más antes de añadir casi en un murmullo:

—O bebés que, contra todo pronóstico, se aferran a la vida con uñas y dientes frente a cualquier adversidad.

Tyler apretó los puños con fuerza. No podía culpar a Dylan por disfrutar un poco de su dolor, ahora que sabía que Arizona era la mujer de la que había estado enamorado años atrás.

—Yo ya no tengo milagros a los que agarrarme —murmuró con el pecho ardiéndole por dentro.

Dylan lo observó unos segundos antes de suspirar con fuerza.

—No, claro que no, no si piensas seguir aquí lamentándote en lugar de hacer algo.

Aquello consiguió desconcertarlo.

—No te entiendo.

—Quizá Arizona merezca escuchar la verdad de una vez, ¿no te parece?

Tyler dejó escapar una risa amarga.

—No creo que esté muy interesada en mis sentimientos ahora mismo.

El médico arqueó una ceja.

—Pues entonces dale al menos el placer de verte hecho pedazos —replicó sin suavizar el golpe—. Se lo debes.

Tyler frunció el ceño, perdido.

—Creo que me he saltado parte de esta conversación. Según tú, yo debería…

—¡Estar sobrevolando el puto Atlántico! —aclaró Dylan de repente—. ¿Qué demonios haces todavía aquí? ¿Crees que autocompadecerte va a solucionar algo?

Y algo en aquellas palabras terminó de sacudirlo por dentro, como si acabara de despertar bruscamente después de semanas ahogándose en su propia culpa.