Rivales con derecho a roce Capítulo 47
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Capítulo 47

Hacía diez días que Arizona había regresado a Millbrook, a la pequeña casa de su madre, el único lugar que consideraba su hogar.

Allí todo le resultaba familiar: el olor a café recién hecho por las mañanas, el crujido de la madera del porche, el sonido lejano del mar colándose por las ventanas abiertas…

Y aun así se sentía extrañamente fuera de lugar dentro de sí misma.

Su cuerpo empezaba a recuperarse poco a poco.

Seguía teniendo la muñeca inmovilizada en un cabestrillo y había mañanas en las que el dolor de las costillas o los moratones todavía le arrancaban una mueca involuntaria, pero nada de aquello se acercaba siquiera al peso que llevaba dentro del pecho.

Las heridas del alma eran mucho más lentas, más silenciosas… y muchísimo más crueles.

Lo que no esperaba era echar de menos Londres.

Aquello resultaba casi absurdo. Apenas había pasado allí un par de meses y sin embargo había momentos en los que sentía una nostalgia extraña, punzante, al recordar el Lyric Hall, los jardines del palacete, la lluvia casi constante golpeando los ventanales…

Como si una parte de ella hubiera echado raíces allí antes siquiera de darse cuenta.

Y quizá Tyler tuviera demasiado que ver con eso.

Tyler…

Su nombre seguía instalándose en sus pensamientos con una facilidad irritante. Cada mañana recibía un mensaje suyo. Siempre breve. Siempre respetuoso. Preguntándole cómo se encontraba, deseándole que el dolor físico remitiera pronto o recordándole que seguía allí si necesitaba cualquier cosa.

Arizona jamás contestaba. Leía el mensaje, dejaba que el pecho le doliera un poco más y volvía a guardar silencio.

Como en aquel momento. Cuando el alba apenas despuntaba aún en el horizonte y ella ya estaba sentada en la mecedora del porche, consultando su teléfono… con más anhelo del que desearía.

—¿Qué necesidad tienes de madrugar tanto? —interrogó su hermano tomando asiento en la otra mecedora, justo a su lado.

—Me gusta ver amanecer —sonrió la chica.

Dannie suspiró.

—Sí, bueno, es bonito, pero lo han puesto en un horario de mierda.

Arizona rio con ganas. Nadie como su hermano para hacerla sonreír. El chico se había escapado unos días para animarla un poco, al notarla demasiado apagada en sus conversaciones telefónicas.

Bromearon y rieron durante unos largos minutos. No es que Arizona tuviera unas ganas enormes, pero Dannie se esforzaba tanto que no quería decepcionarlo.

—¿Ya has hablado con Harper? —se interesó el chico ahora—. ¿Has elegido proyecto o decidido qué quieres hacer?

Arizona rehuyó su mirada. Su hermano ni siquiera podría llegar a imaginar lo difícil de la respuesta que le pedía.

—Aún no.

—Bueno, tienes todo el tiempo del mundo —opinó Dannie—. Date unos meses para recuperarte por completo.

Arizona asintió, algo abatida. Jamás se le había dado bien ocultarle cosas a su hermano y se sentía cada vez peor.

—¿Te pasa algo, Ari? —La miró con preocupación—. Estás pálida.

—No, yo…, eh…

Sintió su estómago acusar la conversación, entre otras cosas. Allí estaban de nuevo las náuseas, como cada mañana últimamente.

Tuvo que salir corriendo al baño, tapándose la boca para aguantar las terribles arcadas.

Vomitó lo poco que había desayunado y soltó un suspiro tembloroso, todavía de rodillas frente a la taza del váter. El sabor amargo seguía pegado a su garganta cuando tiró de la cisterna y se incorporó algo mareada.

Se volvió hacia el lavabo para lavarse las manos… y se quedó paralizada al encontrarse con la mirada fija de Dannie al otro lado de la puerta entreabierta.

Su hermano la observaba con una mezcla de desconcierto y preocupación cada vez menos disimulada.

—Ari… —frunció el ceño—, llevo aquí tres días y esta es la cuarta vez que te veo vomitar.

Arizona apartó la mirada enseguida.

—No es nada. Debo de haber pillado una indigestión o… algo.

—¿Algo como qué? —insistió—. Si necesitas que vayamos al médico…

—No.

—Pero…

—Estoy bien, deja de preguntar, por favor.

Pero a esas alturas la culpa ya se reflejaba en su rostro con una claridad imposible de ocultar ante la persona que mejor la conocía.

Le resultaba cada vez más difícil mirarlo a los ojos, y las náuseas volvieron a asaltarla.

De forma inconsciente, se llevó una mano a la boca…

y después la bajó para ponérsela en el abdomen en un gesto demasiado llamativo.

—¡No me jodas, Arizona! —escuchó murmurar a su hermano unos segundos después.

—¿Qué… pasa? Eh…, yo…

La frase murió sola en sus labios, porque el gesto de Dannie acababa de cambiar de forma demasiado evidente.

Sus ojos descendieron despacio hacia su abdomen y luego regresaron a su rostro con una lentitud extraña, y Arizona sintió el estómago caerle a los pies.

—No puedo creerlo —susurró él, muy quieto ahora.

El corazón empezó a golpearle con violencia dentro del pecho.

—Dannie…

Pero ya era tarde. La expresión de su hermano pasó del desconcierto absoluto a algo mucho más cercano al asombro.

—¡Nunca perdiste al bebé! —declaró con convencimiento—. Sigues embarazada.

Ella tragó saliva, afligida, y se limitó a asentir con un gesto.

—Pero ¡por Dios, Arizona!

—No me regañes —rogó de inmediato. La culpa ya la estaba matando a cada segundo del día y no necesitaba sentirse peor.

Por suerte para ella su hermano estaba demasiado perplejo incluso para regañarla.

La miró en silencio durante unos interminables segundos, Arizona suponía que asimilando la noticia y sus repercusiones.

Por fortuna su madre aún no se había ido a la clínica aquella mañana y se personó ante ellos al ver a Dannie como un poste en mitad del pasillo.

—¿Qué pasa?

Dannie miró a la mujer con una expresión tensa. Después se giró hacia su hermana de nuevo.

—Cuéntaselo tú —pidió—, te aseguro que no es algo que puedas mantener oculto mucho más.

—Dannie, yo… —carraspeó Arizona, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Díselo.

—Vivo con ella —fueron las palabras que pronunció en su lugar.

Dannie miró de una a otra unos largos segundos y soltó un improperio antes de exclamar:

—¡Lo sabes! —su madre asintió y Dannie las miró a ambas antes de insistir—. ¿Es que os habéis vuelto las dos locas?

Arizona se apresuró a defender a la mujer.

—Mamá solo me está guardando el secreto unos días —aseguró en un tono lastimero.

—Y ella me ha prometido que dirá la verdad en cuanto esté preparada.

Dannie miró de una a otra.

—Y yo necesito el café en vena para encajar todo esto.

Ambas mujeres fueron tras él hasta la cocina.

—Por eso no te había dicho nada —se defendió la chica—. No quería ponerte en ese compromiso.

—¿Qué compromiso?

—El de tener que ocultarles algo así a tus amigos…

Dannie frunció el ceño.

—…porque… Rob no se puede enterar —le recordó Arizona—, él se lo dirá a Sarah y ella…

—¡Al padre de la criatura! —se exasperó el chico—. Sí, ya lo sé, no necesito que me lo expliques para tontos —apretó los dientes—. ¿El bebé está bien?

La sonrisa de Arizona habló antes que ella.

—Fue casi un milagro, pero sí —suspiró y se llevó la mano al abdomen.

Dannie hizo una pausa en su irritación para abrazarla y fue un momento de lo más emotivo para ambos, pero volvió a mirarla con severidad un minuto después.

—Sabes que no soporto a ese estirado —comenzó diciendo—, pero…

—Lo sé.

—…tiene derechos.

—¡Que lo sé!

—Joder, Ari, pues no lo parece —protestó—. Sé que te hizo daño, pero…

—Todo lo que me vayas a decir, yo ya lo sé —aseguró abatida—, pero necesito tiempo.

—¿Tiempo para qué? —Dannie intentaba entenderla, pero la miraba con una expresión cada vez más confusa.

Arizona no podía explicárselo. No estaba preparada para enfrentarse a Tyler.

Sus sentimientos no correspondidos dolían de una forma intensa e insoportable.

Esperaba que el tiempo pudiera calmar la angustia, la necesidad y el dolor.

Solo entonces podría tolerar seguir en contacto con él.

En aquel momento cualquier interacción con Tyler sería un infierno para su salud mental.

No podía contarle todo aquello a nadie. Ni siquiera lo había hablado con franqueza con su madre, pero la mujer era demasiado intuitiva como para no darse cuenta.

Aun así, Arizona se empeñaba en negar sus sentimientos, como si aceptarlos y hablar de ellos con alguien fuera abrir esa caja de Pandora que no sabía si podría volver a cerrar.

—Solo te pido que me guardes el secreto —rogó, sin contestar a la pregunta.

Dannie soltó un improperio.

—¿Cuánto? Porque a Judd no se lo puedo ocultar —le recordó—. Y Sarah es su mejor amiga.

—No sé…, un par de meses.

—¡Dos meses! —exclamó horrorizado—. ¿Te has vuelto loca?

—Dannie…

—No, ¡el tipo está bien jodido, Ari!

Dannie tragó saliva y la miró algo abatido, como si aquello último se le hubiera escapado.

—¿Hablas de Tyler?

—¿Y de quién más? —admitió—. Rob me cuenta algunas cosas que yo me callo para no ponerte peor, pero todo acaba de cambiar.

Arizona lo miró con los sentimientos a flor de piel. Sabía que no debía preguntar, que lo que fuera que aquejara a Tyler no era por ella, sino por el bebé, pero no sabía si podía contenerse. ¿De verdad le importaba tanto su embarazo?

—Me escribe a diario, pero no lo veo muy afectado —carraspeó, intentando sonar fría—. Es cordial, por supuesto, y educado hasta la médula, en su línea, pero no le veo yo tan jodido como dices.

—No sabía que hablabais.

—Habla él —informó—, yo no le he contestado en ningún momento.

Dannie la miró con una expresión algo crítica.

—Estás siendo cruel —acusó—. ¿Qué te pasa, Ari?

La chica tragó saliva. Ya no aguantaba más aquella conversación. Empezaba a hiperventilar. Y no pondría sus sentimientos en palabras, no podía.

—Tú no eres así —insistió su hermano.

—A lo mejor ahora sí —declaró molesta, intentando enmascarar sus emociones con irritación—. Ya me he cansado de ser la mujer empática, divertida y siempre cargada de buen rollo. Detesto a ese odioso y no pienso disimularlo.

El resto de sentimientos no importaban. Debía conseguir odiarlo, al menos así quizá lograra dejar de anhelarlo con cada fibra de su ser.

Se alejó hacia su alcoba antes de que Dannie pudiera insistir en nada más. Sabía que no era justo pedirle que callara, pero el dolor quizá la convertía en una persona un poco egoísta.

Dannie la observó alejarse sin impedirlo. Después miró a su madre, que se había limitado a escuchar sin intervenir.

—Joder, mamá…

—Te juro que he intentado hacerla entrar en razón, pero necesita tiempo.

—¿Cómo consiguió el informe falso del hospital? —se interesó ahora—. Yo mismo lo vi.

Cora asintió.

—Ese médico, el obstetra…

—¿El doctor Parker se jugó su carrera y falsificó un informe para ella?

La mujer asintió y contó:

—Al parecer no es un simple médico. El hospital es privado y pertenece a su familia, y él y Arizona coincidieron en Londres hace tiempo.

—Así que ya se conocían…

—Arthur Marlow la mandó a una especie de cita a ciegas con él hace años —explicó—, pero eso no es importante ahora. La cuestión es que Arizona le pidió el favor y él se lo concedió. Fin de la historia.

Dannie la miró algo desconcertado.

—Una historia de mierda esa, mamá —opinó.

Cora soltó un largo suspiro.

—Sí, como todo lo que está pasando —admitió—. ¿O crees que es agradable verla amanecer cada día con los ojos hinchados por las lágrimas derramadas? ¿O la tristeza que tiene perenne escrita en su rostro?

Dannie frunció el ceño, confuso ahora.

—Pero no lo entiendo. Si el bebé sigue ahí, sano y a salvo, ¿por qué está tan triste?

Cora esbozó una media sonrisa y lo miró con las cejas arqueadas.

—Precisamente tú ya deberías haber notado las señales —suspiró—. No hace tanto que pasaste por lo mismo.

Solo tuvo que mirarla unos segundos para entender.

—¡No me jodas! —protestó Dannie de inmediato.

—Me temo que sí.

—¡Pero si es un capullo, mamá!

—Algo tendrá —sonrió.

—Sí, un par de hostias.