Rivales con derecho a roce Capítulo 46
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Capítulo 46

Arizona permanecía tumbada entre almohadas, escuchando las voces de Will y Arthur como un murmullo lejano y difícil de seguir.

Cada vez que cerraba los ojos, el chirrido de los frenos y el impacto brutal del camión regresaban con una claridad espantosa, haciéndola estremecerse bajo las sábanas.

Le dolía el cuerpo entero, tenía la cabeza embotada y una tristeza densa, agotadora, parecía haberse instalado en cada rincón de su pecho.

Arthur intentaba animarla con comentarios sobre el éxito de Almas Errantes y Will lo apoyaba sin dejar de hablar, probablemente porque el silencio resultaba todavía más insoportable

—Es una locura —suspiraba ahora Will—. Aún no he leído una crítica que no fuera impecable.

The Stage la había definido como «la revelación escénica del año», y hasta The Times hablaba ya de Almas Errantes como el gran fenómeno inesperado del West End, describiendo a Arizona como «un huracán de talento, magnetismo y emoción imposible de ignorar».

Pero ella apenas encontraba fuerzas para responder, ni siquiera para sonreír. Solo quería acurrucarse bajo las mantas y dejar de sentir durante un rato.

Hacía varias horas que la habían pasado a una planta desde la UCI, y el trasiego de médicos y enfermeras asomándose con cualquier excusa para conocerla comenzaba a agobiarla demasiado.

Solo había una persona en el mundo a la que se moría por ver…

y a la que al mismo tiempo esperaba que nadie dejara entrar.

Dolía solo con pensar en enfrentarse a él.

Cuando llevaba varios minutos sumergida en sus propios pensamientos sin prestar atención a nada, fue consciente de que Will y Arthur la miraban en silencio, algo preocupados.

—Lo siento, me he despistado —intentó sonreír—. ¿Decíais…?

Padre e hijo intercambiaron una expresión mezcla azoramiento y ruego.

—Arizona… —empezó diciendo Arthur.

—No —cortó antes de que pronunciara una sola palabra más.

—Por favor —insistió el hombre—, lleva treinta horas sentado en la sala de espera, se niega a marcharse sin verte.

Ella apretó los dientes con fuerza, manteniéndose firme.

—Dale solo unos minutos —rogó ahora Will con suavidad—, es lo único que te pide.

Ella no respondió. Se limitó a volver la vista hacia la ventana, abrazándose un poco más a sí misma como única respuesta. Ver a Tyler no era una opción. No después de todo. No cuando todavía sentía aquellas palabras clavadas dentro del pecho como cristales imposibles de arrancar.

—Por favor —suplicó una voz desde la puerta.

Arizona se puso tensa. No tenía que mirarlo para saber quién era. Aun así, terminó haciéndolo, muy despacio, y el impacto fue inmediato.

Tyler parecía un hombre distinto al que había visto por última vez.

Tenía el rostro agotado, una barba incipiente y unas profundas sombras bajo los ojos, como si llevara días sin dormir.

Llevaba la ropa arrugada, el cabello revuelto y había algo frágil en su postura, agarrado al marco de la puerta casi como si necesitara sujetarse para no caer.

Y aun así… seguía siendo Tyler. Eso fue lo peor, porque una parte miserable de ella sintió el impulso inmediato de correr hacia él y esconderse entre sus brazos, justo en el momento en el que más debería odiarlo.

El pecho le dolió todavía más por culpa de aquella contradicción insoportable.

—Vete —exigió, obligándose a sonar fría.

Pero Tyler estaba demasiado desesperado ya como para obedecer.

—¿Podéis dejarnos solos un momento? —les pidió a Will y Arthur sin apartar los ojos de ella.

—¡Ni se os ocurra! —exclamó Arizona al instante.

Había demasiado dolor dentro de ella, demasiada rabia. Si se quedaba sola con Tyler, temía terminar desbordándose.

—Por favor…

Padre e hijo intercambiaron una mirada incómoda antes de salir despacio de la habitación.

Arizona buscó enseguida el botón de alarma.

—Voy a llamar a la enfermera.

Tyler avanzó hacia la cama y con una expresión de pesar alejó el pulsador de su alcance. El gesto no tenía fuerza ni autoridad, solo desesperación.

—Lo siento… —murmuró con una expresión devastada—, pero estoy a punto de volverme loco.

—Mala conciencia, supongo.

Aquello lo golpeó. Se notó en la forma en que cerró los ojos apenas un segundo, pero no se defendió.

—Ambos compartimos el mismo dolor —le dijo en su lugar, con la voz tocada.

Arizona soltó una risa amarga que le arañó la garganta.

—No me hagas reír, ya no hay motivos —ironizó mientras las lágrimas le nublaban los ojos de nuevo—. La… maldita broma del destino —recalcó con crueldad— se ha ido.

Tyler la miró con los ojos desorbitados, como si acabara de atravesarlo con un cuchillo.

—Dios, Arizona… no…

—No hace falta que te excuses ni que finjas —apretó los dientes incapaz de dejar de hacerle daño porque ella misma se estaba desangrando por dentro—. Supongo que ahora te sentirás aliviado por… lo sucedido.

—¡No! —La palabra salió cargada de horror—. ¡Por Dios, no! No sé cuánto escuchaste, pero…

—Lo suficiente.

El silencio se tensó entre ambos.

—Solo estaba enfadado —consiguió decir él al fin, destrozado.

Arizona tragó saliva con fuerza.

—Entonces supongo que acabas de aprender la lección de tu vida —intentó que su gesto de horror no la afectara—. El universo no entiende de ironías, solo nos da lo que cree que estamos pidiendo.

La expresión de Tyler terminó de quebrarse y eso fue lo peor. Parecía sincero y completamente hundido, como si también estuviera muriéndose un poco allí mismo.

—Arizona…, no seas tan cruel, por favor —se le quebró la voz—. Yo… apenas puedo respirar desde…

No pudo continuar.

Parecía de veras destrozado, y la chica guardó silencio, incapaz de seguir con aquella conversación. No soportaba verlo así y odiaba todavía más que una parte de ella siguiera sufriendo por él.

Apartó la mirada.

—Sal de aquí, Tyler —susurró entre dientes—. Eres un hombre con suerte.

Él negó con la cabeza.

—No digas eso.

—Ya no estás unido a mí de ninguna manera —continuó ella, obligándose a seguir hablando aunque cada frase le desgarrara el pecho—. Ya puedes volver a vivir tranquilo sin esta pesadilla de mujer a tus espaldas.

Joder. Dolía muchísimo repetir aquellas palabras.

—No, Arizona…

—Ya no tendrás que estar atado… —continuó con rabia contenida— a la última mujer que habrías escogido por voluntad propia.

Cada palabra era un cuchillo afilado con el que ahora se deleitaba de forma macabra. Él se veía jodido, mucho, y aquello aliviaba un poco su propio dolor.

—Así que enhorabuena, Alteza —sonrió con una crueldad nacida del dolor—. Al fin podrás escoger a alguien políticamente correcta, que consideres digna y que no temas que te avergüence en las fiestas.

Él recortó la distancia e intentó tomarle una mano… que ella apartó de forma violenta.

—¡Ni se te ocurra volver a tocarme!

—Arizona, por favor, escúchame…

—No. Me da igual lo que puedas decir.

—Pero…

—¡Creo que mi hermana está siendo muy clara! —bramó una voz desde la puerta.

Ambos miraron hacia allí para descubrir a Dannie y Cora Kerrs entrando en la habitación. La mujer corrió hasta la cama sin siquiera mirar a Tyler, centrada por completo en Arizona.

—¡Mama! —El cielo pareció abrirse ante ella cuando su madre la abrazó con fuerza para no volver a soltarla—. Mamá, por fin…

Por primera vez desde que supo la noticia de su embarazo se sintió a salvo. Arropada. Protegida. Entre lágrimas, levantó la vista hacia la puerta justo a tiempo de ver a Dannie obligando a Tyler a retroceder hacia el pasillo.

—Jamás quise hacerle daño —escuchó decir a Tyler con la voz desgarrada.

—Me da igual —espetó Dannie entre dientes, colocándose delante de él—. Ella no te quiere cerca y ya no está sola. Vuelve a cruzar esta puerta y me voy a despachar a gusto contigo, por fin.

—Hazlo… —suspiró Tyler, y sonó derrotado—, no pienso defenderme.

Se quedó de pie frente a Dannie, con los brazos a cada lado del cuerpo en señal de sumisión, vencido.

Dannie lo observó unos segundos.

—Sal de aquí, inglesito —declaró entre dientes—. No voy a darle a mi hermana más motivos para sufrir.

Tyler asintió apenas y antes de salir volvió la cabeza por última vez hacia Arizona.

Ella seguía abrazada a su madre, llorando rota entre sus brazos, y aquella imagen terminó de destruir algo dentro de él.

Arizona siempre había sido vida, ruido, luz, carcajadas imposibles de contener.

Una mujer capaz de llenar cualquier habitación solo con entrar en ella y ahora estaba hecha pedazos…

por su culpa. Él la había obligado a huir, y ella y su bebé habían pagado por sus errores.

Salió de la habitación sintiendo que apenas podía sostenerse en pie, pero no se marchó lejos.

Se quedó al otro lado de la puerta, inmóvil… Y mientras los sollozos de Arizona lo mataban por dentro, Tyler comprendió que existían dolores capaces de seguir respirando dentro de ti… mucho después de haberte destrozado por completo.