Capítulo 45 #2
Por primera vez en toda la llamada guardó silencio, y el silencio de su madre al otro lado de la línea fue aún peor: frío, denso, como un presagio que empezó a helarle la sangre.
—¿Qué… ha pasado? —consiguió preguntar al fin, aunque apenas reconoció su propia voz.
—Un camión se ha saltado un stop… y ha embestido su coche.
No. No, no, no.
Aquella combinación de palabras sonaba demasiado definitiva, demasiado cercana al desastre absoluto.
Tyler apoyó una mano temblorosa contra la pared, intentando mantenerse en pie.
—¿Cómo está? —preguntó con el pánico empezando a devorarle el pecho—. Mamá…, dímelo…
—Está en la UCI —respondió ella con la voz rota—. Aún no sabemos mucho.
La UCI. Aquellas palabras le atravesaron el cuerpo entero.
Sintió las piernas ceder y terminó dejándose caer junto a una de las columnas de la terminal, incapaz de sostenerse. La respiración empezó a quebrársele de forma irregular mientras una idea horrible comenzaba a abrirse paso dentro de su cabeza.
Podía perderla. De verdad. No solo a través de kilómetros de distancia.
—No… no, mamá… —la voz se le rompió por completo—. No puede… joder, no puede pasarle nada…
—Tienes que venir, amor, cuanto antes.
Y aquella frase terminó de hundir algo dentro de él, como si cada palabra fuera un presagio de algo que le helaba la sangre.
Tyler colgó sin saber siquiera cómo había terminado la llamada. Se puso en pie con rapidez y echó a correr entre la multitud, fuera de sí, con el corazón golpeándole el pecho a una velocidad insoportable mientras una única idea le atravesaba la cabeza una y otra vez.
«Por favor…, que no sea demasiado tarde».
El propio Dylan Parker salió finalmente a informarles cuando Tyler estaba a punto de perder por completo la poca cordura que le quedaba frente a las puertas de la UCI.
Llevaba demasiadas horas caminando de un lado a otro, preguntando cada pocos minutos, sintiendo que la incertidumbre iba a terminar asfixiándolo.
En cuanto vio aparecer al médico, casi se abalanzó sobre él.
—Dylan, ¿cómo está? —preguntó con la voz temblorosa.
El obstetra suspiró antes de responder.
—Ha costado estabilizarla, pero por fin lo han conseguido.
El alivio golpeó a Tyler con tanta fuerza que tuvo que cerrar los ojos un instante. Eloise y Helen soltaron una exhalación temblorosa a su lado.
—Los traumatólogos están valorando operarla —continuó Dylan—. Tiene una fractura complicada en la muñeca izquierda que quizá necesite cirugía, pero prefieren esperar un poco.
—¿Podemos considerar que está fuera de peligro? —interrogó Eloise con cautela.
—El pronóstico es bueno —asintió él con una pequeña sonrisa cansada—. Saldrá de esta.
Tyler soltó con fuerza el aire que había estado conteniendo, pero leyó con claridad la tristeza en el rostro del médico y tragó saliva antes de preguntar:
—Dylan… —su voz apenas era ya un hilo—, ¿el bebé…?
El silencio que siguió resultó insoportable, y Tyler sintió cómo el corazón empezaba a hundírsele poco a poco dentro del pecho incluso antes de escuchar la respuesta.
—Por favor —rogó ahora—, ¿cómo… está nuestro… bebé?
Dylan bajó la mirada apenas un segundo y Tyler lo supo…, lo supo antes incluso de que pronunciara una sola palabra.
—Lo siento —murmuró el médico con tristeza—. El bebé no lo ha conseguido.
Algo se quebró dentro de él. Tyler sintió el impacto como un golpe brutal atravesándole el pecho, dejándolo sin aire. Durante un instante el hospital entero pareció volverse lejano, difuso, irreal. Como si su mente fuera incapaz de procesar aquellas palabras.
El bebé no lo había conseguido. Su bebé. El pequeño latido que habían escuchado juntos días atrás. Aquella vida diminuta que ya había empezado a imaginar corriendo por los jardines de su casa, riendo entre los árboles, llamándolo papá…, había desaparecido.
Tyler bajó la cabeza de golpe y se cubrió los ojos con una mano temblorosa, incapaz de contener el dolor salvaje que acababa de abrirse paso dentro de él.
—¿Cómo lo ha encajado ella? —se interesó Helen en voz baja, sin poder ocultar la angustia—. ¿Está despierta?
—Sí, está consciente —reconoció—, pero he tenido que sedarla un poco tras darle la noticia.
Tyler cerró los ojos un instante. Aquello le atravesó de una forma distinta, porque hasta ese momento todo el dolor había sido suyo: el miedo, la culpa, la pérdida brutal que acababa de destrozarlo por dentro, pero de pronto imaginó a Arizona despertando sola en aquella habitación, confusa y herida, para descubrir que el bebé ya no estaba, y sintió algo muy parecido a la desesperación.
—¿Puedo verla? —preguntó de inmediato.
Dylan dudó, y esa mínima vacilación bastó para helarle la sangre otra vez.
—Eh… no —respondió al fin, incómodo—. Me temo que no.
Tyler frunció el ceño, descolocado.
—Solo unos minutos —insistió, acercándose un paso—. Te prometo que no voy a alterarla. Solo quiero tomarle la mano y…
La expresión del médico se tensó aún más.
—Ella no quiere, Ty.
Aquellas palabras lo golpearon con más fuerza que cualquier otra cosa dicha esa noche.
—¿Qué…?
Dylan suspiró antes de continuar.
—Ha sido una de las pocas cosas que ha dejado claras desde que despertó.
Tyler sintió cómo el estómago se le hundía un poco más.
—Lo siento, pero… te ha vetado el acceso, tanto a nivel médico como personal.
Durante un instante ni siquiera fue capaz de reaccionar. Las palabras quedaron suspendidas en su cabeza, irreales, imposibles de encajar.
Arizona no quería verlo, no quería que se acercara… Tyler retrocedió un paso, sintiendo que algo terminaba de romperse dentro de él.
Entendía que ella estuviera enfadada cuando la amenazó con impedirle salir de Inglaterra, pero… ¿acaso aquello no carecía de sentido en un momento tan doloroso para ambos?
—No… —negó apenas con la cabeza, devastado—. No, Dylan, eso no…
Pero no había nada que discutir, nada que arreglar.
—Lo siento, pero tengo que respetar los deseos de mi paciente.
Aquello sonó como una sentencia definitiva. Y Tyler comprendió, con una punzada insoportable en el pecho, que acababa de perder mucho más que a su hijo.