Rivales con derecho a roce Capítulo 45
84%

Capítulo 45

—Cuidado con lo que deseas, Tyler —interrumpió Helen, afligida—, porque la vida no entiende de ironías ni de palabras dichas en medio de la ira.

—Lo que yo deseo no parece importar una mierda, mamá —replicó con la voz cargada de angustia—. A ella le da igual.

—¿Te lo ha dicho?

—Con sus actos —le recordó—. Quiere irse sin ni siquiera decírmelo, ¿lo ves normal? Como si yo fuera poco menos que nada.

—A veces las cosas no son como parecen —opinó ahora Eloise desde el sofá, con una expresión de disgusto—. ¿O acaso tú mismo no te estás callando cosas importantes?

Aquello lo incomodó y apretó los dientes.

—Sin acertijos, abuela, que no estoy de humor.

—¿Sabe ella… que te está matando su partida?

Tyler bufó en respuesta.

—¡Lo que me faltaba por oír! —exclamó, pero se aseguró de no mirar a ninguna de las dos mujeres—. Solo para tu información, por si no está quedando claro, Arizona no tiene derecho alguno a irse con mi bebé sin…

La anciana chasqueó la lengua.

—Sigues parloteando.

Entre blasfemias varias, Tyler decidió ignorarlas a ambas.

—Voy a llamar al aeropuerto —declaró con su mente en otra parte—. Nadie va a dejarla subir a un avión hasta que yo lo permita —habló para sí.

Helen lo miraba ahora perpleja.

—Pero ¿tú te estás escuchando? —lo amonestó en un tono de enfado—. Esto es lo que esperaría de tu padre, pero te creía mucho más sensato.

—¡Yo no me parezco en nada a él! —se defendió, molesto.

—¿No? Pues eso fue justo lo que él hizo conmigo durante años.

Tyler la miró algo confundido.

—¿Qué?

—Eso. Encerrarme en una jaula y asegurarse de que no encontrara puerta alguna por la que escapar, ni trenes, barcos o aviones que me permitieran salir de la isla.

Aquello lo desconcertó por completo.

—Nada que me alejara de su cárcel de oro —continuó—, porque enfrentar un divorcio era demasiado vergonzoso en su círculo.

El chico la miró en silencio, aplacando un poco el enfado de puro desconcierto.

—No le hagas eso a Arizona —rogó—, o hará todo lo que esté en su mano para escapar. Se parece demasiado a mí, aunque eso te moleste tanto.

Frunció el ceño, clavando la vista en ella con una incipiente sospecha.

—¿Qué… hiciste tú, mamá?

Helen suspiró y miró a su hijo con una mezcla de azoramiento y resolución.

—Asegurarme de que la vergüenza de mantenerme aquí… pesara más que sus absurdos principios —confesó algo avergonzada—. ¿O crees que para mí era fácil comportarme como una desequilibrada en cada reunión social?

El horror que aquellas palabras provocaron en Tyler lo obligó a sentarse.

—¿Dices que tu comportamiento de entonces…?

Helen soltó un largo suspiro y miró a su hijo a los ojos.

—Necesitaba que él accediera a dejarme marchar, Ty —admitió tras años de silencio—, así que tuve que convertirme en alguien que lo avergonzara más que el divorcio.

Aquello le estaba pegando duro. Con apenas un par de frases… al fin fue capaz de empatizar con su madre, tras años de rencor.

—¿Por qué nunca me contaste todo esto, mamá?

Helen lo miró conmovida. Era evidente que también se estaba quitando un peso de encima.

—Tú estabas dolido y en aquel momento no lo habrías entendido —reconoció—. ¿Qué ganaba con conseguir que odiaras también a tu padre? Pero habría dado cualquier cosa por poder llevarte conmigo.

De alguna extraña manera aquellas palabras estaban aliviando heridas que ni sabía que seguían abiertas, pero la angustia bullía con demasiada intensidad en su interior.

—No le hagas lo mismo a ella, por favor —le rogó su madre ahora—. Permite que decida por sí misma, no la coacciones.

Sintió una punzada de dolor tan intensa que le cortó la respiración. Dejarla marchar sin más… no era una opción. No podía.

—Todo lo que le pido es que me tenga en cuenta —reconoció angustiado—, pero para ella jamás he sido importante.

—¿Y ella para ti? —volvió a intervenir Eloise.

—¿Qué pregunta es esa? —se quejó.

—Una incómoda, al parecer.

—Mira, abuela, vamos a centrarnos en Arizona y su cabezonería.

—¿La de ella? —sonó mordaz.

—¡Sí, maldita sea! —se exaltó—. ¿De lado de quién estás?

—Del tuyo.

—Pues no lo parece.

—Demonios, Tyler, ¿cuál es exactamente el problema?

—¡Que no me ama! —acabó explotando sin pretenderlo.

Se sintió tan avergonzado que fue incapaz de mirarlas, por eso se le pasó la sonrisa que intercambiaron entre ellas.

—Entiendo —murmuró Eloise—. ¿Y eso te molesta porque…?

Irritado, cruzó los brazos sobre el pecho y declaró con obstinación:

—No me molesta.

Helen soltó un improperio.

—Me rindo —suspiró—. Deja que se largue sin decirle cómo te sientes. Es genial que lo último que os digáis sean todas esas cosas horribles de hace un momento.

—¿Y qué sugieres? —se exasperó—. ¿Que me humille y le pida que se quede solo para escucharla reírse en mi cara?

—¿Y si no se ríe? ¿Y si ella se siente igual que tú?

Aquello lo noqueó por un segundo. ¿Cabía esa posibilidad? Incómodo, se sintió en la obligación de insistir:

—No sé cómo crees que me siento, pero…

—¡Basta ya, pedazo de tarugo! —exigió Eloise, sorprendiéndolo—. Sube a esa habitación y habla con la mujer de la que estás perdidamente enamorado antes de que sea tarde.

—¡Eh! Yo no…

Su abuela alzó el bastón en el aire, obligándolo a callar en seco, y a Tyler no le dio tiempo a decidir su siguiente frase. Frederick interrumpió la conversación justo en ese instante.

—La señorita Arizona no está en su habitación.

Con aquella simple frase se ganó la atención de todos en el salón. Tyler lo miró con cautela:

—¿Y dónde está?

—Salió hacia el aeropuerto hace bastante rato —informó—, pensé que lo sabrían. Se ha llevado el Aston Martin.

A Tyler se le cambió la cara de color. La furia volvió a crecer como la espuma, ascendió por su pecho y salió disparada por su boca en forma de improperios y blasfemias.

—¡Maldita mujer! ¿Por qué tiene que hacer siempre lo que le da la gana?

—Vaya por Dios…

Furioso, se giró hacia su madre.

—¿Qué? ¿Suponías que ella estaba esperando tras la puerta de su alcoba a que subiera a declararle amor eterno?

No sabía ni cómo sentirse. Durante unos segundos, pocos pero intensos, se había permitido fantasear con aquella idea.

Ahora, además de la furia, tenía que lidiar con la decepción, sintiéndose el hombre más absurdo del planeta.

De veras se estaba planteando tocar a su puerta e intentar limar asperezas…

mientras ella estaba ya a kilómetros de distancia huyendo de él.

Tomó de nuevo su teléfono, apretando los dientes para intentar controlarse, pero estaba demasiado fuera de sí como para pensar con claridad.

—¿A quién llamas?

—A la policía —informó mientras marcaba—. Nadie le ha dado permiso para llevarse ese coche.

Sonrió, deleitándose con una imagen de Arizona dando sus perfiles en comisaría frente a un número de seis cifras al estilo americano.

—Ay, madre, Eloise, el amor lo ha convertido en un asno —murmuró Helen solo para la anciana.

Ambas miraban a Tyler, que paseaba de aquí para allá, desencajado, aguardando a que contestaran al otro lado.

—¿Crees que debemos quitarle ya el teléfono?

—Dale unos segundos —opinó Eloise.

Justo en ese instante contestaron al otro lado de la línea.

—Quiero poner una denuncia por robo —informó Tyler alto y claro.

—Deme un minuto y le tomo nota.

Tyler aguardó y siguió paseando arriba y abajo.

—No me miréis así —les dijo a las dos mujeres que guardaban silencio—. Y no intentéis disuadirme.

—¿Hemos dicho nosotras algo?

—No, pero me miráis como si estuviera matando a alguien.

—Son imaginaciones tuyas. En realidad creo que será una bonita anécdota para contarle al bebé cuando sea mayor —declaró Helen en un tono afable—. Divertidísima para recordar en cualquier comida familiar.

Tyler la mató con la mirada, mientras escuchaba desde muy lejos a la señorita al otro lado del teléfono preguntar si seguía ahí, aguardando la denuncia.

Colgó sin pronunciar palabra.

—Si eso es algún tipo de psicología inversa… —apuntó a su madre con el dedo.

—La experta en esa materia es tu abuela —sonrió la mujer—, no pretendo usurpar su terreno.

Tyler frunció el ceño, mirando de una a otra, mientras pensaba en qué hacer. Sí, quizá con lo de la denuncia se había calentado un poco.

—Me voy al aeropuerto —decidió ahora.

Y no esperó a que las mujeres opinaran al respecto. Salió por la puerta sin apenas decir adiós.

Durante la siguiente hora vivió atrapado en un auténtico caos mental.

La rabia era tan intensa que apenas le dejaba pensar con claridad, pero cada vez que esa furia aflojaba aunque solo fuera un poco, la realidad volvía a caerle encima con un peso insoportable: ella se largaba sin siquiera despedirse.

Y entonces volvía a aferrarse al enfado casi por instinto, alimentándolo una y otra vez dentro de su cabeza, porque resultaba mucho más fácil soportar la ira que aquella sensación devastadora de pérdida que amenazaba con destrozarlo por completo.

Cuando su madre marcó su número un par de horas más tarde, Tyler ya había aceptado que encontrar a Arizona en medio del caos de Heathrow resultaba utópico.

Llevaba más de una hora recorriendo terminales, mirando rostros entre la multitud con una desesperación cada vez menos disimulada, sintiéndose fuera de control.

—Tyler…

—¿Sabes algo de ella?

—Eh…, sí.

El alivio apenas le duró un segundo.

—Dime dónde está —exigió de inmediato—. La terminal, al menos.

—Hijo…

—Este maldito sitio es enorme —continuó, pasándose una mano por el pelo con nerviosismo—. Llevo horas buscándola.

—Escúchame, amor.

—No intentes disuadirme, mamá —la interrumpió, cada vez más alterado—. No pienso dejar que se marche así.

Hubo un silencio al otro lado, uno demasiado largo, demasiado extraño. Y entonces su madre aclaró:

—Ella no está en el aeropuerto, cariño.

Tyler frunció el ceño.

—¿No? Entonces ¿dónde demonios está? —espetó frustrado—. ¿Acaso cree que no tengo nada mejor que hacer que perseguirla por medio Londres?

—Arizona ha tenido un accidente, Tyler.

El mundo se detuvo. Aquellas palabras lo golpearon con una violencia brutal, dejándolo sin aire.