Rivales con derecho a roce Capítulo 44 #2
83%

Capítulo 44 #2

—Lo que no le da derecho a secuestrarme en Londres —murmuró en voz alta, todavía alterada.

Aun así, podía comprender que todo fuera producto del enfado.

Quizá lo mejor sería hablar. Calmar las aguas antes de que todo acabara de explotar. El bebé los necesitaba en buenos términos y Arizona no soportaba la idea de que lo último que quedara entre ellos fuera una discusión amarga.

Exhaló con fuerza y volvió sobre sus pasos al salón, pero aguardó tras la puerta al escucharlo blasfemar con furia.

—¡Maldita mujer! —oyó que decía entre dientes—. Pues si cree que voy de farol…

Arizona se quedó inmóvil. El tono de su voz la hizo tensarse. Escuchó movimiento dentro, pasos rápidos, como si él paseara por el salón como un tigre enjaulado, y después el sonido de un teléfono al desbloquearse.

—Jake, tengo una consulta profesional —declaró Tyler sin siquiera saludar—. ¿Hay alguna forma de…? ¡Eh, devuélvemelo! —protestó cuando su madre le arrebató el móvil.

—Jake… —dijo la mujer—, volverá a llamarte cuando se calme.

Colgó sin más.

—O cuando recupere la cordura —añadió, fulminando a su hijo con la mirada.

Arizona tragó saliva. No sabía si sentirse ofendida… o inquieta.

—Mamá…

—¿Qué demonios pasa contigo? —lo enfrentó.

—¿Conmigo? ¿Por qué no se lo preguntas a ella? —bramó Tyler.

Arizona cerró los ojos un instante. La rabia en su voz atravesó la puerta como un golpe seco.

—¡Joder! ¡Estoy harto! —replicó, caminando de un lado para otro fuera de sí—. ¡Maldita la hora en la que esa pesadilla de mujer se cruzó en mi vida! Con lo tranquilo que podría vivir de no haber tenido la desgracia de conocerla.

El pecho de Arizona se tensó y sintió una punzada seca. Aun así, se obligó a quedarse quieta, a escuchar.

—Contrólate…

—¡No puedo! —estalló Tyler—. Toda mi vida está patas arriba por su culpa —apretó los dientes, incapaz de contener la furia—. Y ahora jamás podré quitármela de encima. Ese bebé es… como una maldita broma del destino que me ata a la última mujer que habría escogido por voluntad propia. Desearía…

Arizona dejó de respirar, el dolor tras aquellas palabras resultó asfixiante y demoledor.

—Pues cuidado con lo que deseas, Tyler —interrumpió Helen, afligida—, porque la vida no entiende de ironías ni de palabras dichas en medio de la ira.

Y Arizona tampoco.

Aún inmóvil tras la puerta, una exclamación ahogada escapó de sus labios antes de que lograra contenerla. Se llevó una mano al pecho, como si aquello pudiera frenar el dolor brutal que acababa de abrirse paso dentro de ella y que parecía desgarrarla un poco más con cada segundo que pasaba.

« Ese bebé es como una maldita broma del destino …».

Le costaba respirar. Aquellas palabras seguían golpeándola con fuerza, clavándose en su corazón de un modo cruel.

Caminó hacia la escalinata con las lágrimas asolando sus ojos, sintiendo que algo en su interior terminaba de quebrarse, un desgarro silencioso y profundo que le dejó el alma suspendida en el vacío.

Como si acabaran de arrancarle de cuajo algo demasiado frágil que había intentado proteger incluso de sí misma.

El golpe había sido devastador y odiaba sentirse así. Se había escondido durante toda su vida, huyendo del dolor lacerante que ahora sentía cortarle la respiración dentro del pecho, de esa vulnerabilidad insoportable que le temblaba bajo la piel.

Aquello sí que era una maldita broma del destino, ¡no su bebé!

Se llevó una mano al abdomen mientras subía las escaleras a toda prisa.

—No te preocupes, amor —murmuró entre lágrimas tirando ya de la maleta que tenía preparada—, no lo necesitamos para nada.

Se le quebró la voz pronunciando cada palabra.

Salió del cuarto con la firme intención de bajar ella sola la maleta aunque tuviera que arrastrarla escalón a escalón, pero por suerte Frederick apareció en el hall y subió de inmediato para ayudarla.

—Gracias —consiguió decir, intentando que el temblor de su voz no la delatara.

—¿Va a alguna parte, señorita Kerrs?

—Al aeropuerto —respondió con una firmeza que no sentía—. Voy a llevarme uno de los coches. Lo dejaré aparcado en el parking de la terminal.

Lo dijo con tanta seguridad que parecía una decisión acordada desde hacía días.

—Le enviaré la ubicación exacta cuando lo deje allí.

Frederick la observó desconcertado, pero no hizo preguntas. Se limitó a acompañarla hasta el recibidor, donde Arizona escogió unas llaves del enorme llavero de la entrada.

—Adiós, Alfred —intentó bromear mientras lo abrazaba con cariño—. Ya habría querido Batman tenerte de mayordomo.

El hombre sonrió con tristeza, y Arizona se metió en el coche antes de que alguien pudiera detenerla. Necesitaba alejarse, poner kilómetros de distancia, como si aquella fuera la forma de paliar la angustia y el dolor que le rompían el alma.

Condujo sin rumbo fijo durante varios minutos, apenas consciente de las calles por las que avanzaba, hasta que acabó activando el GPS hacia el aeropuerto.

Pero la distancia no ayudó. Al contrario. Cada kilómetro parecía doler más que el anterior. Las palabras escuchadas tras aquella puerta seguían repitiéndose dentro de su cabeza como un eco cruel e imposible de silenciar.

« Maldita la hora en la que esa pesadilla de mujer se cruzó en mi vida ».

Apretó las manos sobre el volante.

« Jamás podré quitármela de encima ».

El pecho le ardía.

« Ese bebé es como una maldita broma del destino que me ata a la última mujer que habría escogido por voluntad propia ».

—Idiota, imbécil, odioso —golpeó el volante con rabia contenida—. No voy a llorar, no voy a…

Y si las lágrimas no hubieran escogido aquel preciso momento para desbordarse sin permiso…, quizá habría visto el camión que se saltaba el stop en aquel maldito cruce.