Rivales con derecho a roce Capítulo 44
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Capítulo 44

Tyler acababa de enfrentarse a una de las peores semanas de su vida.

Siete. Siete funciones llevaba ya Arizona respirando bajo la piel de Isabella… y solo había sido capaz de enviarle un mensaje breve y distante felicitándola por su trabajo.

Cada noche acudía a verla sobre el escenario, pero se limitaba a hacerlo de lejos, en silencio, y se marchaba nada más caer el telón.

Sabía que no debía acercarse, pero las ganas de buscarla a todas horas comenzaban a desesperarlo. No había momento del día o de la noche en el que aquella mujer no estuviera presente en sus pensamientos.

Tras tanto tiempo centrado en la restauración del teatro, tenía todos los proyectos en el despacho demasiado abandonados, y había esperado que aquella fuera una buena vía de escape, pero apenas podía centrarse en algo el tiempo suficiente como para avanzar

Aquella tarde entró en el palacete para despedirse de su madre y llevarle un regalo para su sobrino, puesto que la mujer regresaba a Santa Carla al día siguiente. Fue a su abuela a la primera que se topó en el salón. La mujer esperaba a Helen para tomarse su último té juntas.

—¿Qué es? —preguntó la anciana cuando Tyler le enseñó el paquete.

—Un body con la cara del rey Carlos.

Eloise soltó una carcajada.

—Sabes que Rob lo usará para limpiar el polvo, ¿verdad?

—Sí —sonrió Tyler a medias—. Cuento con ello y espero recibir una foto cuando le haya ampliado las orejas con rotulador negro.

La anciana volvió a reír y dejó caer como si hablara del tiempo:

—¿Has comprado otro para tu bebé?

Tyler se puso rígido. Apenas habían hablado lo justo sobre aquel asunto.

—No creo que Arizona apreciara la broma —acabó diciendo—. Pero ¿podemos no hablar de todo eso ahora?

—¿Te refieres al hecho de que vayas a ser padre o a que sea con la única mujer con la que te pedí que no te relacionaras?

Tuvo que soltar aire despacio antes de poder hablar.

—Tendrás el heredero que querías, ¿acaso importa algo más?

La mujer escrutó su rostro con cautela.

—No, eso es todo, ¿por qué me importaría a mí algo como… que mi nieto sea feliz? —ironizó.

Tyler no estaba preparado para aquella conversación y buscaba una excusa para irse cuando la anciana insistió:

—¿Te gusta Arizona?

Aquello lo pilló desprevenido.

—A ver, abuela, ese bebé no ha llegado ahí por telequinesis… —bromeó para restarle peso a la conversación.

Pero la mujer no rio.

—Ojalá la respuesta que te pido fuera tan fácil —opinó la anciana—, pero sabes que no me refiero a eso.

—¿Y mi madre? —preguntó mirando hacia la puerta.

—Contéstame. ¿Te gusta?

Ahora se exasperó y soltó un improperio antes de decir:

—¿Y qué más da?

—Vais a tener un bebé, ¿cómo puede dar igual?

La respuesta era complicada y dolía demasiado, así que guardó silencio.

—¿Es porque sigues considerándola poco… apropiada?

Tyler suspiró. No, hacía mucho tiempo que tenía claro que la opinión inicial que se había formado sobre ella era errónea.

Y lo peor era que cuanto más la conocía, más imposible le resultaba imaginar su vida lejos de ella, y aquello era un problema. Un problema… que jamás admitiría delante de nadie y mucho menos estando tan enfadado.

—¿Es que no piensas contestar?

—Abuela…

—¿Qué?

—¿Cómo que qué? —se puso en pie, enérgico y algo irritado—. Es imposible que no hayas notado que no quiero hablar de ello.

Recibió un gesto crítico de vuelta.

—Estás muy irascible con el tema, ¿no?

—Sí, ¿y qué?

—Tyler…

Pero él tenía demasiadas cosas enquistadas como para ser amable. La desesperación que anidaba en su pecho desde hacía días debía permanecer oculta. Si empezaba a hablar, sería incapaz de mantener la compostura.

—No te metas en esto, abuela, no es tu asunto.

—No estás bien

—¡Joder!

—Esa boca.

—¡Mierda! ¡Déjame en paz!

—Estás alterado —suspiró—. ¿Es porque se va mañana?

—Esto no tiene nada que ver con mi madre.

—Ni yo hablo de ella.

Aquellas palabras lo obligaron a mirar a la anciana de frente. Frunció el ceño y le costó preguntar:

—¿Qué… estás diciendo?

—Arizona viaja con tu madre de vuelta a Santa Carla —informó con una expresión desconcertada—. ¿Es que no te lo ha dicho?

Tyler sintió que algo se le hundía violentamente en el estómago. Durante un instante se quedó inmóvil, incapaz de reaccionar, aturdido por el golpe inesperado de aquellas palabras.

—No lo sabías —entendió Eloise.

—Pues no… —masculló, sintiendo ahora cómo una furia amarga inundaba su pecho—. Se le ha debido de pasar decírmelo. Solo soy el padre de su hijo, para qué informarme.

Mil emociones distintas anidaron en su cabeza, gritando con fuerza. Por suerte o por desgracia no le dio tiempo a acallarlas cuando su madre entró en el salón… acompañada de Arizona.

Pudo leer con absoluta claridad la sorpresa de la chica al encontrarlo allí.

Estaba seguro de que de haber podido escabullirse sin verlo, lo habría hecho, y aquel pensamiento acabó de desatar la tormenta que bullía en su interior.

Avanzó hacia Arizona con paso firme en lugar de esperar a que llegara hasta él.

—¿Cuándo pensabas decirme que te largas con mi hijo a la otra punta del mundo? —interrogó a bocajarro sin siquiera saludar.

Con aquello solo consiguió que Arizona se pusiera a la defensiva, pero le dio igual. En aquel momento estaba muy enfadado.

—Pensaba escribirte un mensaje —apostilló ella, mordaz—. Como pareces haberte aficionado…

—No es lo mismo —replicó sin intentar hacerse el tonto—. Yo no estoy obligado a alabarte, tú sí lo estás a mantenerme informado de cualquier cosa que afecte al bebé.

Ella lo miró con irritación.

—Guau, ¿ahora quieres postular a padre del año? —ironizó—. Porque te recuerdo que llevas una semana sin mostrar el más mínimo interés.

Aquello era cierto, pero solo en parte, porque se aseguraba de estar informado de su estado de salud a través de Will y Arthur, y él mismo la veía cada noche sobre el escenario, pero ni muerto le diría nada de aquello en ese momento.

—A ver, chicos, yo creo…

Tyler miró a su madre con tal expresión de furia que la silenció en el acto. La mujer se limitó a avanzar los metros que la separaban de Eloise y tomar asiento a su lado, intercambiando con la anciana sendas miradas de preocupación.

—¿Así que te largas? —insistió él ahora.

—Por contrato, ayer fue mi última función —informó, cruzando los brazos sobre el pecho—. Ava Seaver tomará el relevo de Isabella esta noche. Está preparada.

Tyler la miró con el entrecejo fruncido. Hacía un par de días que Will le había hablado de los progresos de la actriz que debía sustituir a Arizona, pero se había callado lo inminente del reemplazo.

—Creí que como productor estarías al tanto de estas cosas —añadió Arizona en un tono ácido.

—¿Pensabas que lo sabía?

Ella guardó silencio y lo miró algo azorada, y Tyler comprendió que estaba en lo cierto.

—Eso da igual —suspiró ella ahora—. La cuestión es…

—Anula el billete —interrumpió en un tono seco.

—¿Perdona?

—No vas con mi hijo a ninguna parte hasta que consulte con un abogado.

Aquello desató todos los infiernos dentro de Arizona, que lo miró con los ojos ardiendo ahora de ira contenida.

—¿Para qué demonios quieres un abogado?

—Quiero conocer mis derechos.

—Ya te los digo yo y gratis —casi le gritó—. ¡No tienes ninguno hasta que nazca el bebé!

—¡Eso está por verse! —alzó la voz también.

—¿Qué? —avanzó hacia él con evidentes ganas de golpearlo—. ¿Es que te has vuelto loco durante esta semana?

«Sí, loco de remate y lo tenía claro, pero le daba igual».

—Veremos qué opina la ley de mi locura —se reiteró—. Si tengo que impedir que pongas un pie fuera de Inglaterra para proteger mis derechos, lo haré, no te quepa duda.

Arizona apretó los dientes y avanzó hacia él con una mirada cargada de tanta furia que Tyler sintió un nudo tensársele en la garganta.

—Yo que tú iría avisando a James Bond, Alteza —espetó con una frialdad afilada—, porque vas a necesitar a todo el servicio secreto británico para impedir que me suba a ese avión.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos como una bofetada.

Y antes de que Tyler encontrara algo que responder, Arizona se dio media vuelta y salió del salón con pasos rápidos, claramente demasiado alterada para soportar un segundo más allí dentro.

Tyler la siguió con la mirada, inmóvil, y estalló en improperios.

Arizona apenas podía contener la furia mientras caminaba hacia su habitación.

Aquellos últimos siete días habían sido una montaña rusa de emociones, y no todas buenas, ni mucho menos.

Ni siquiera había logrado disfrutar por completo de su gran debut como Isabella ni del éxito brutal de Almas Errantes , porque aquel odioso se había metido bajo su piel de una forma insoportable.

En lugar de vivir el gran momento como merecía, celebrar cada aplauso y cada función con el corazón lleno, se había pasado las horas preguntándose dónde demonios estaba y por qué no había tenido la decencia ni de darle la enhorabuena como merecía.

Todo aquello la enfurecía. Sentía que él le estaba robando una parte de felicidad que debería haber disfrutado completa.

Decidir dar por terminada su estancia en Londres era ya una cuestión de supervivencia. No podía seguir así, necesitaba alejarse de Tyler, poner tierra de por medio que le impidiera buscarlo cuando las fuerzas le empezaban a flaquear y moría por sus caricias de una forma que la desesperaba.

Enamorarse de él estaba resultando… justo el infierno que había esperado.

Y ahora le salía con aquella patochada de los derechos ¡y la madre que lo parió!

«Debiste asegurarte de que sabía que te ibas», le gritó su conciencia de forma muy grosera.

Sí, aquello no podía negarlo, pero en lugar de pensar con coherencia, se había fustigado creyendo que él tenía clara su partida, pero no le importaba lo suficiente ni como para buscarla para exigirle explicaciones.

—Joder, qué lío —suspiró abatida.

Se detuvo en mitad de la escalera e intentó ordenar sus pensamientos. Entendía que Tyler estuviera furioso si, como parecía, no tenía ni idea de que pensaba marcharse. Al fin y al cabo, era el padre de su bebé.