Capítulo 43
Los días hasta el estreno de Almas Errantes fueron difíciles para Arizona. Los ensayos eran cada vez más exigentes, su salud a ratos dejaba mucho que desear y su estado de ánimo no ayudaba en nada.
Tyler pasaba por el teatro de vez en cuando, pero se limitaba a preguntarle cómo se encontraba aquel día, muy implicado en cualquier cosa que pudiera derivar de su embarazo, pero no había vuelto a hacerle un solo comentario, insinuación ni intentado el más leve acercamiento.
Arizona se decía que aquello era lo mejor para su paz mental, pero en el fondo la entristecía y decepcionaba un poco que él hubiera aceptado el distanciamiento con tan buena disposición.
Sí, sabía que quizá era irracional incluso el pensarlo, pero sus emociones a veces se rebelaban y se empeñaban en escapar de la coraza bajo la que las tenía encerradas.
Y así, más nerviosa con cada día que desaparecía del calendario, llegó por fin el día del estreno. Todo estaba preparado para mostrar al mundo Almas Errantes , la obra suprema de Arthur Marlow.
Arthur, de hecho, parecía vivir aquellos días sostenido únicamente por la ilusión.
Había recuperado una energía casi contagiosa, una luz inquieta en la mirada que ni siquiera las primeras sesiones de quimioterapia parecían capaces de apagar.
De hecho, allí estaba desde bien temprano paseándose entre bambalinas, respirando el ambiente especial y único de un gran estreno.
Aquel día el teatro desprendía una energía distinta, más eléctrica, más viva.
Técnicos cruzándose a toda prisa con auriculares y cables en las manos, miembros de vestuario entrando y saliendo de camerinos cargados de telas, voces repasando indicaciones por los pasillos y músicos afinando a lo lejos mientras el escenario terminaba de transformarse en algo casi mágico.
El olor a maquillaje, laca y madera antigua impregnaba el ambiente, mezclándose con esa tensión deliciosa que solo existe antes de un gran estreno.
Arizona se repetía una y otra vez que estaba preparada.
Habían ensayado hasta el agotamiento, las escenas fluían, las canciones por fin latían como debían y, aun así, tenía el corazón desbocado.
Aquella noche ya no habría correcciones ni segundas oportunidades.
A las ocho en punto el telón subiría… y Londres conocería a Isabella.
En aquel momento, cuando el reloj ya rozaba el mediodía, Arizona se paseaba sola por el escenario, dejándose envolver por la esencia del teatro. Observaba el inmenso patio de butacas vacío e intentaba imaginarlo lleno hasta el último asiento, latiendo expectante al otro lado de la oscuridad.
Sonrió a medias. Sabía que cuando las luces se encendieran sobre las tablas, todo aquello desaparecería.
El público, los nervios, las miradas… Desde el escenario ya no existiría nada más allá de la historia, de la música y de quienes estuvieran allí arriba con ella.
Y esa era, precisamente, la parte mágica.
—¿Disfrutando del silencio? —la sorprendió una voz a su espalda.
Su corazón la reconoció al instante y se encabritó mientras buscaba su procedencia. Tyler caminó hasta ella desde un lateral, mirándola con una expresión neutra.
—Pues sí —admitió con una sonrisa—, creo que es el primer momento de relax en toda la mañana.
Él asintió mientras llegaba hasta ella.
—¿Estás nerviosa? —preguntó con curiosidad.
—Mucho, sí.
Aquello pareció sorprenderlo.
—Creía que alguien con tantas tablas tendría superados los nervios —comentó con sinceridad.
Arizona sonrió.
—El día que deje de ponerme nerviosa al pisar un escenario será el momento de retirarme.
Aquello pareció desconcertarlo.
—¿Por qué?
—Porque significará que lo que hago me importa tan poco que ya no tendrá aliciente ni sentido seguir —suspiró—, así que espero que no me pase nunca.
Él asintió y guardó silencio, y Arizona se limitó a mirarlo de reojo, cohibida, sin saber cómo enfrentarse a él en ese momento. Aquella era la conversación más larga que habían tenido en los últimos días y todo resultaba demasiado raro entre ellos.
—Pues nada… —acabó murmurando Tyler, como si se sintiera igual que ella—. Te veremos desde la primera fila en breve.
Arizona asintió. Sabía que todos estarían allí: Tyler, Helen, Eloise, incluso el propio Frederick había rogado poder asistir.
—Supongo que solo me queda decirte… —hizo una pausa— ¿mucha mierda era?
Arizona rio.
—Sí, correcto. Me sorprende que lo sepas.
Tyler arqueó una ceja.
—¿Bromeas? Lo de los coches de caballo a la puerta de los teatros y toda esa historia… creo que fue de las primeras cosas que Arthur me contó nada más conocerlo —recordó con una sonrisa—. Cuanta más mierda había en la entrada, más público significaba y más éxito para la función.
Arizona lo miró divertida.
—Vaya, Alteza, estoy impresionada.
—Tengo muchas capas, Jezabel —repuso con falsa solemnidad—, algunas incluso útiles.
«Jezabel». La palabra quedó suspendida entre ambos un instante más de lo normal… y algo cambió.
Arizona apartó la mirada primero, incómoda, demasiado consciente de todos los momentos en los que él había pronunciado aquel apodo contra su boca, entre jadeos y caricias. Y Tyler pareció darse cuenta al mismo tiempo, porque el gesto relajado que tenía hacía un segundo se le desdibujó por completo.
El silencio que siguió fue breve… pero cargado de magnetismo, demasiado como para seguir comportándose con simple cordialidad.
Tyler acabó suspirando, se despidió de ella con un gesto de cabeza y se alejó a paso rápido, como si de repente hubiera recordado que se había dejado la sartén en el fuego. Arizona lo observó hasta que desapareció, con su corazón añorando al menos una caricia de despedida.
Pero no había tiempo para lamentaciones aquel día.
La hora del estreno llegó en lo que pareció un suspiro.
Las luces del teatro comenzaron a atenuarse poco a poco, arrancando un murmullo contenido entre el público. El sonido de las conversaciones fue apagándose hasta convertirse en un rumor lejano, expectante, mientras la inmensa sala quedaba sumida en una oscuridad cargada de electricidad.
Detrás del telón el ambiente era bien distinto.
Respiraciones contenidas, últimos retoques de vestuario, alguien repasando una entrada en voz baja… Técnicos y actores se movían con esa tensión perfectamente organizada.
Arizona esperaba en posición, con el corazón golpeándole el pecho con tanta fuerza que casi podía sentirlo en la garganta.
La música comenzó a elevarse desde el foso de orquesta, el telón se alzó despacio… y Almas Errantes cobró vida.
Desde su asiento, Tyler apenas fue consciente del instante exacto en que dejó de ver una función para empezar a quedarse completamente fascinado por ella.
Arizona apareció en escena y el teatro entero pareció inclinarse ante su presencia.
Era magnética. No importaba cuántas personas compartieran escenario con ella, ni la grandiosidad de la escenografía, ni la música envolviendo cada rincón del Lyric Hall.
Sus ojos siempre terminaban encontrándola…
Y una vez lo hacían, ya era imposible apartarlos.
Tyler observó cómo se movía entre luces y sombras con una seguridad casi irreal, cómo cada gesto parecía cargado de intención, cómo su voz llenaba el teatro con una fuerza que le erizaba la piel incluso desde la distancia.
Las coreografías resultaban hipnóticas, fluidas, integradas en una puesta en escena tan espectacular que a ratos parecía imposible que aquello estuviera ocurriendo delante de sus ojos, pero para Tyler, lo más impresionante no era la producción.
¡Por Dios, era asombrosa! Sentía su corazón palpitar dentro de su pecho con una intensidad que le cortaba la respiración.
Resultaba increíble la forma en que ella sentía cada palabra que cantaba, logrando convertir el escenario entero en algo vivo, y cómo conseguía que el público respirara con ella sin darse cuenta.
Y, por primera vez desde que había empezado aquella locura, Tyler entendió que Almas Errantes jamás habría estado completa sin ella.
La escena final cayó sobre el teatro con una intensidad casi dolorosa. La última nota aún parecía suspendida en el aire cuando el silencio se apoderó del Lyric Hall durante apenas un segundo…
Y entonces el público estalló.
Los aplausos irrumpieron con una fuerza atronadora, acompañados de vítores y gente poniéndose en pie en todas las filas. Tyler vio cómo el teatro entero se levantaba casi al unísono, entregado, fascinado, todavía atrapado dentro de la historia que acababan de presenciar.
Y Arizona… estaba en el centro de todo aquello.
La ovación se prolongó durante minutos interminables.
Diez minutos de aplausos que parecían no agotarse nunca.
El elenco tuvo que salir una vez tras otra a saludar, emocionados, incrédulos, todavía respirando agitados por la función.
Pero cada vez que Arizona aparecía sobre las tablas el volumen crecía aún más.
Tyler jamás había visto nada parecido.
Ella sonreía con los ojos brillantes, sobrepasada por la emoción, llevándose una mano al pecho como si ni siquiera supiera qué hacer con todo aquel amor que le llegaba desde el patio de butacas.
Y entonces ocurrió algo que terminó de romperle el corazón.
Arizona buscó a Will entre el elenco y tiró de él para llevarlo al frente junto a ella. Después hizo lo mismo con Arthur.
El anciano apareció despacio sobre el escenario, muy emocionado, mientras el público redoblaba los aplausos al comprender quién era. Arizona lo abrazó con fuerza en mitad de las luces, y Tyler alcanzó a ver cómo ambos cerraban los ojos, incapaces de contener las lágrimas.
Arthur había soñado con aquello toda su vida. Y Arizona… acababa de convertir ese sueño en algo inolvidable.
«¡Es la mujer más increíble que he conocido jamás!
», casi gritó Tyler dentro de su cabeza mientras sentía que le faltaba el aire cada vez más al contemplarla.
Y aquella mujer… era la madre de su hijo, la única que lo desarmaba con una simple mirada y lo mataba con un beso, y en aquel momento la necesitaba en sus brazos tanto como respirar…
…y saber que no podía acercarse lo llenaba de una angustia cada vez más difícil de soportar.
Ni siquiera fue capaz de saludarla aquella noche.
Se adentró entre bambalinas para abrazar con fuerza a Arthur y Will, pero se escabulló del teatro en cuanto tuvo la oportunidad, sintiéndose el tipo más miserable del planeta por no presentarle sus respetos a la mujer que había hecho todo aquello posible.
Pero era demasiado consciente de que estaba sobrepasado y a un solo paso de suplicarle… un simple beso.