Capítulo 42
Una sonrisa fue lo primero que acudió a los labios de Arizona cuando abrió los ojos aquella mañana.
Acababa de vivir la noche más increíble de toda su vida.
Si intentara describirla, jamás lograría encontrar adjetivos suficientes para calificarla.
Durante las primeras horas apenas habían descansado.
Habían hecho el amor entre risas, pullas ácidas y conversaciones ardientes.
El resto de la noche habían dormitado de forma intermitente, buscándose de vez en cuando entre las sábanas para arder de nuevo, antes de seguir durmiendo.
Arizona se incorporó en la cama, algo desconcertada cuando palpó el lado donde debería estar Tyler y lo encontró vacío, pero la confusión le duró poco.
Lo descubrió a escasos metros, al otro lado de las puertas acristaladas de la terraza. Estaba sentado en uno de los butacones exteriores, relajado hacia atrás, con un cuaderno apoyado sobre las piernas y una concentración tan absoluta que ni siquiera la oyó acercarse.
Se detuvo un instante antes de llegar hasta él, observándolo en silencio.
La luz de la mañana perfilaba su silueta y una suave brisa revolvía su cabello.
Tenía una expresión seria, tan absorta en el cuaderno que a Arizona le provocó una ternura inesperada.
Pero algo en sus pasos o en su respiración debió delatarla, porque él se giró a mirarla con una sonrisa en los labios.
—¿Qué haces ahí escondida? —saludó.
Arizona recorrió la distancia hasta él.
—Estabas tan concentrado que no quería molestar.
—Solo me distraía para dejarte dormir —la atrajo de una mano y Arizona se dejó arrastrar a su regazo—. Si me quedaba en la cama, habría acabado despertándote.
La miró con los ojos cargados de una clara insinuación y Arizona suspiró y recorrió la distancia hasta su boca para darle un suave y tierno beso. Después lo miró a los ojos.
—Buenos días —sonrió.
—Buenísimos, diría yo —admitió Tyler, y volvió a besarla.
—¿Por qué sabes a café? —se sorprendió ahora.
—Me he levantado temprano —señaló al lado contrario hacia el que Arizona miraba.
Solo entonces la chica fue consciente del carrito con una jarra térmica y varios tipos de fruta y dulces que estaba en el rincón donde daba la sombra.
—¡Oh, Dios! —exclamó risueña, y salió de su regazo de un impulso, riendo frente a las protestas del chico por tener la osadía de escoger el desayuno antes que a él—. Si te sirve de consuelo, pienso agradecértelo después.
Lo miró con una pícara sonrisa mientras se ponía un café.
—Me sirve, sí.
Con su taza en la mano y engullendo un cruasán con un hambre voraz, caminó hasta la barandilla de la terraza para contemplar las vistas y dejó escapar una exclamación de fascinación.
Los jardines se extendían bajo ella como un pequeño mundo aparte, verdes, inmensos, salpicados de árboles altos que se mecían con suavidad con el viento de la mañana.
Más allá, entre la vegetación y los senderos de piedra, la piscina brillaba bajo la luz temprana, y durante un instante todo pareció extrañamente tranquilo, hermoso y lleno de vida.
Y sin querer su imaginación conjuró la imagen de un niño pequeño correteando y riendo entre los árboles, un niño de cabello rubio y ojos tan verdes y maravillosos como los de su padre.
Suspiró. Su bebé sería muy feliz allí…
«Los meses que pasara con su padre», se obligó a añadir, antes de verse a sí misma corriendo tras el pequeño, algo que… de repente no le resultaba tan complicado visualizar.
Se le cogió un pellizco en el pecho y, muy tocada, sintió miedo de girarse hacia Tyler, pero se estremeció cuando él la abrazó por detrás unos pocos segundos después.
—¿Qué miras con tanta atención? —interrogó, dándole un beso en la mejilla.
—Admiraba las vistas, son increíbles.
—Sí, mi vista desde la silla también lo era —susurró en su oído mientras deslizaba sus manos por su cuerpo, muy despacio.
Arizona se abandonó por completo a él, apoyando la espalda en su pecho, permitiendo que la acariciara a placer.
Cuando ella ya gemía entre sus brazos y sentía su erección frotarse cada vez con más fuerza contra su trasero, él murmuró:
—No te muevas…
—¿Qué?
—Voy a hacer de las vistas algo memorable —musitó al tiempo que deslizaba sus braguitas por sus piernas hasta quitárselas.
Arizona obedeció, y también lo hizo cuando él la instó a apoyarse sobre la barandilla y la penetró desde atrás con deliciosa lentitud, arrancándole un estremecimiento profundo.
Un jadeo tembló en sus labios mientras él la abrazaba y una de sus manos descendía por su abdomen hasta meterse entre sus muslos.
Frente a ella, los jardines parecían volverse cada vez más hermosos, inmensos, casi irreales. La piscina reflejaba destellos líquidos y el mundo entero parecía haberse detenido en ese instante suspendido entre belleza y deseo.
Y entonces él volvió a moverse dentro de ella.
Lento, profundo y devastador para sus sentidos…
y un suspiro escapó de labios de Arizona, que cerró los ojos apenas un segundo, sintiendo cómo las vistas, el aire fresco, el calor del cuerpo de Tyler y la forma en que la sostenía se mezclaban hasta convertir aquel momento en algo mucho más grande que un simple encuentro. Algo íntimo, casi mágico.
El deseo fue creciendo a un ritmo imposible y las sensaciones se fueron multiplicando hasta suspenderla casi en el aire, etérea, mientras los jadeos de Tyler en su oído hacían cada vez más dulce e intensa la entrega.
Y cuando ambos terminaron precipitándose juntos al abismo, Arizona sintió algo parecido a un tsunami abriéndose paso bajo su piel, imposible de contener, que arrasó sin remedio, y sin pedir permiso, con todas las dudas, todas sus defensas y todo aquello que llevaba demasiado tiempo intentando contener.
Y fue justo en ese instante, entre el vértigo y el placer, cuando una verdad que llevaba días expulsando de su mente arrasó con cualquier intento de continuar engañándose. Seguir negándolo no lo hacía menos real.
Lo aceptara o no, estaba loca e irremediablemente enamorada de él.
Aquella revelación resultó demasiado demoledora como para poder fingir que todo estaba bien.
Jamás volvería a estarlo… y aquello la aterraba.
Solo con aceptar sus sentimientos sentía que acababa de poner en manos de aquel hombre un arma poderosa y afilada en su contra, y la sola idea le provocaba un vértigo que acabó destrozándole los nervios.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Tyler ahora, obligándola a volverse hacia él.
—Eh…, nada —mintió—. ¿Por?
Él la observó algo confuso.
—Te has puesto tensa.
—No, es que… he recordado que tengo que probarme algo de vestuario.
—¿En eso pensabas mientras…?
—Es que es importante —carraspeó y apartó la vista, incapaz de mirarlo a los ojos…
…y entonces los posó en el cuaderno que Tyler había dejado sobre uno de los salientes de la barandilla, que resultó ser un bloc de dibujo.
—¿Qué es? —se interesó para desviar la conversación.
Con evidente desconcierto, a él pareció costarle aceptar el cambio de tema, pero acabó tomando el bloc para mostrárselo.
Lo alzo a un lado al tiempo que señalaba hacia el jardín.
—Mira ese árbol… —murmuró Tyler.
Arizona siguió la dirección de su mano.
Un enorme roble se alzaba en uno de los extremos del jardín, majestuoso, con ramas gruesas que parecían extenderse como brazos sobre el césped.
—Cuando el o la bebé tenga edad suficiente, construiremos juntos una casa en la copa…
Arizona sonrió por pura inercia…, hasta que él le tendió el cuaderno.
Y entonces se le cortó la respiración. No era una idea improvisada.
Tyler la había dibujado. En el boceto podían verse todos los detalles: la pequeña escalera de madera rodeando el tronco, las ventanas redondas, la terraza diminuta entre las ramas, incluso unas luces colgantes que daban al conjunto un aire cálido, mágico.
Parecía sacada de uno de esos lugares con los que sueñas de niño y jamás esperas encontrar de verdad.
Pero lo que más la golpeó no fue el dibujo, sino las intensas ganas de estar allí para verlo hacerse realidad.
De discutir con él dónde pondrían las luces, de reírse mientras construían aquello junto a un niño pequeño correteando entre ambos, de pertenecer, aunque solo fuera un instante, a esa imagen imposible que Tyler acababa de regalarle sin darse cuenta, pero en la que no estaba incluida.
Un dolor sordo le atenazó el pecho. Sabía que aquello pasaría, que si se permitía enamorarse se exponía demasiado a sentirse…
justo como en aquel momento. Y no solo había acabado cometiendo la estupidez a la que se había negado toda su vida, sino que se había enamorado de la persona menos indicada, del único hombre para el que ella jamás sería una opción.
Sí, era indudable que a él le encantaba hacerle el amor, pero…
«Follarme, eso es lo que le gusta», se obligó a rectificar. No podía endulzar aquello con palabras bonitas. Para él era la mujer menos adecuada del planeta. Por alguna extraña razón, una imagen de Lionel Hamilton en aquella fiesta se hizo eco en ella.
« Esas mujeres son buenas… calentando la cama, pero Tyler es inteligente y jamás se dejaría atrapar por una ».
Dios, cuánto le habían dolido aquellas palabras, porque en el fondo sabía que era muy posible que Tyler también se sintiera así con respecto a ella.
¿Cuántas veces le había dejado claro que la consideraba poco apropiada?
Y tras escuchar la historia sobre su madre del día anterior, podía entender por qué, pero no por eso dolía menos.
A ella siempre le había dado igual lo que él pensara, justo hasta aquel instante.
¿Cómo había puesto un arma semejante en sus manos?
«No, esto… no puede estar pasando». Comenzó a encontrarse muy mal.
—Por favor —escuchó que Tyler decía ahora.
Desconcertada, lo miró a los ojos.
—¿Qué?
—¡Cómo que qué! —dijo exasperado—. Habla conmigo, Arizona, por favor.
—¿De… qué? —sonó aturdida.
—De lo que sea que te haya hecho mutar de un segundo para otro.
Lo miró asombrada, de veras parecía importarle, quizá…
No, no podía dejarse llevar por los quizá, los puede o los y si…, todos ellos los cargaba el diablo.
—Tyler… —sonó… tal y como se sentía. Además de mirarlo con una expresión torturada que hablaba por sí sola.
—No lo digas —apartó de repente sus manos de ella—, no es necesario.
Arizona guardó silencio.
—Sé que no quieres formar parte de… esa casa —aclaró él, dando un paso atrás. Su tono también había mutado, junto con su expresión—. Te aseguro que no voy a pedírtelo, si eso es lo que te preocupa.
Lo miró dolida, con una mezcla de confusión y decepción. Apenas podía entender por qué él parecía molesto, en aquel momento ya no lograba razonar con claridad. Necesitaba salir de aquella casa antes de imaginarse compartiendo una vida que no le estaba destinada.
—Voy a vestirme, ya debería estar en el teatro —anunció en un tono que esperaba sonara neutro.
—Yo te llevo.
—Puedo pedir un taxi.
Tyler la miró con un punto de irritación.
—De repente has decidido que ya no te hago falta para nada, ¿es eso?
Ella se quedó perpleja. Se le veía enfadado, algo a lo que consideró que no tenía ningún derecho.
—¿Acaso creías que podíamos pasar la mañana en la cama?
Él no contestó.
—¿Eso es lo que te molesta? —insistió ella—. Pues lo siento, pero creo que ya hemos cumplido el cupo para una buena temporada.
—¿Qué quieres decir con eso? —interrogó con el ceño fruncido—. Porque creo que el rollo ese de que no te interesa el sexo conmigo está del todo descartado.
Sí, sería muy estúpido insistir en aquello, pero también lo sería confesarle la verdad, que ya no era solo sexo para ella y que, para su desgracia, era demasiado consciente de ello como para arriesgarse a salir destrozada de aquella…
lo que fuera, porque ya no sabía ni cómo llamarle a lo que tenían.
—Tyler, por el bien de los dos —tragó saliva resistiéndose a pronunciar las palabras—, debemos esforzarnos en mantener nuestra relación solo centrada en el bebé.
—¿Es tu decisión final?
Ella asintió. Era mejor así.
—Porque esta vez no voy a buscarte —le advirtió él—. Si sales de esta casa con esa condición, jamás volveré a tocarte.
Arizona lo miró con una expresión obstinada e inquirió:
—¿Es una amenaza? —Sonrió con acidez—. ¿Tan irresistible te crees o qué?
—¿Y tú?
Arizona suspiró con fuerza.
—Lo que creo es que esta conversación ha llegado a un punto muerto —sentenció, caminando hacia el baño—. Voy a ducharme. Te agradecería que me dejaras algo de intimidad.
—No me colaré en la ducha —aseguró—, eso puedo jurártelo.
—Genial.
No aguardó a que él dijera nada más. Caminó hasta el baño y cerró la puerta, asegurándose de echar el pestillo haciendo el mayor ruido posible. Solo entonces se permitió derramar las lágrimas que asolaban sus ojos.