Capítulo 41
—¡Qué hija de la gran… Bretaña! —exclamó Arizona, mirando a Will con un cabreo monumental.
—Al menos ya podemos estar tranquilos —opinó el director inclinándose en la silla para tomar su cerveza de la mesa—. Y la cosa ha sido rápida. Solo he tenido que amenazar con despidos y varios dedos han señalado a la responsable. Belinda estaba a punto de escabullirse cuando ha llegado la policía.
—¿Hay mucha gente del elenco implicada? —interrogó Tyler, perplejo.
—No, ella era la instigadora. Se volvió un poco loca al saber que iba a perder el papel principal para el estreno a manos de Arizona —explicó—, y tres de los bailarines le prestaron ayuda para ahuyentarla. Incluso tienen una amiga que comenzó a seguirte en Santa Carla.
Arizona estaba perpleja.
—¿Lo dices en serio?
Will asintió.
—¿Han detenido a todos?
—Sí, de momento para interrogarlos —siguió diciendo—. Al parecer tenían un grupo de WhatsApp entre ellos para organizarse. Lo están investigando.
Will miró a la chica, que seguía muy enfadada y dando paseos por la terraza.
—Se supone que nadie debía salir herido, o eso dicen.
—Que se lo digan a Tyler —masculló Arizona, irritada.
Cruzó los brazos sobre el pecho y miró hacia la piscina, buscando encontrar algo de calma en el paisaje. Siempre sintió que la tal Belinda no era trigo limpio, pero de ahí a atentar contra su salud…
—Todos me han pedido que te transmita sus disculpas, por si sirve de algo —añadió Will.
—Ah, siendo así la cosa cambia —apretó los dientes y miró a Tyler—. ¿Te duele menos la herida? ¿No? Qué raro, si han pedido disculpas… ¡Manda narices!
—Cálmate un poco —le rogó Tyler haciéndole una pequeña caricia en el brazo—. No ganas nada poniéndote así.
—No puedo calmarme —frunció el ceño—. ¡Quiero arrastrar a esa cabrona de los pelos! Tiene suerte de estar detenida.
Tyler la miró con una sonrisa calmada.
—Y yo que pensaba que te había visto cabreada.
La chica le devolvió un gesto de burla.
—¿Puedo hacer algo para ayudarte a calmarte? —insistió Tyler.
Arizona carraspeó a medias y miró de reojo a Will, que a su vez los observaba con una expresión divertida que no se molestaba en ocultar.
—Eh…, pues tengo hambre —repuso, mirándolo con doble intención—. Y me pongo un poco irascible cuando tengo hambre.
—¿Y tienes mucha? —sonrió el arquitecto.
—¡Muchísima! —clavó en él una mirada brillante—. Voy a necesitar… cantidades ingentes de comida en breve.
Will rio sin remedio.
—Este es el momento en que yo me largo antes de que me echéis, ¿no?
Tyler le devolvió una risa suave y Arizona se ruborizó sin remedio. No esperaba que fueran tan evidentes y se sintió algo azorada.
—¿Notaremos mucho la ausencia de los tres bailarines? —se preocupó ahora.
—Solo habrá que cubrir a uno de ellos —aclaró Will ya poniéndose en pie—, el resto son prescindibles, de momento —la miró algo preocupado—, pero perder a Belinda sí es un problema.
Y estaba claro para todos el motivo. Aquella mujer debía asumir el papel de Isabella cuando Arizona se marchara. Perderla suponía quedarse sin actriz principal para continuar con el espectáculo.
—¿Y la sustituta que estabais preparando como reserva para Belinda? —interrogó Tyler.
—Aún no está lista —aseguró Will, y miró a Arizona con una expresión inquieta.
La chica suspiró con resignación. No había que ser adivina para saber cuáles serían sus siguientes palabras.
Se adelantó a él.
—Me quedaré unos días más —concedió, y rio cuando Will lo festejó como si acabara de tocarle la lotería.
De reojo, miró a Tyler, pero él no daba una sola muestra de si tenerla unos días más por allí era o no para él una buena noticia.
—De veras tengo hambre —informó Arizona ahora, reiterándose con un sonido de tripas que hizo sonreír a los chicos, y miró a Tyler—. Voy a adueñarme de tu cocina.
—Toda tuya —asintió—. Hay de todo en la nevera.
Se despidió de Will y se alejó hacia el interior de la casa mientras Tyler se quedaba con su amigo para acompañarlo a la puerta.
La mirada mezcla malicia y diversión del director fue demasiado evidente como para ignorarla.
—Preferiría que no dijeras nada —rogó Tyler, resignado.
Will guardó silencio, pero tomó una de las servilletas de encima de la mesa e hizo amago de limpiarle la baba.
—¡Eh!
Will rio con ganas.
—Ya que me has quitado a mi chica —declaró risueño—, al menos deja que me divierta a tu costa.
—¿Tu chica? —Ahora fue Tyler quien rio.
—Platónica, pero sí.
—Lo platónico no cuenta —aseguró.
Will soltó un divertido chasquido desaprobatorio.
—Nunca debí mandarte a Santa Carla —se lamentó de forma teatral—. Te me adelantaste por unos días y…
—Año y medio.
—¿Qué?
—Me adelanté por año y medio —recibió una mirada confusa como respuesta y añadió—: Italiana, camarera… con una interesante afición por los patines…
Fue evidente el momento en el que su amigo ató cabos.
—¡No! —casi gritó.
Tyler sonrió.
—¿En serio?
Le costó quince minutos deshacerse del interrogatorio y de su amigo, y se aseguró de hacerlo justo cuando Will se adentró un poco más en su relación con Arizona, más concretamente en sus sentimientos por ella.
Cuando lo despidió en la puerta, suspiró con sonoridad. Ni siquiera era capaz de hacerse según qué preguntas a sí mismo, mucho menos hablarlo con nadie, pero no podía negar su ansiedad por reunirse con ella en la cocina.
Debería estar feliz aquella noche: habían pillado a los malos, tenía Arizona en su casa solo para él e iba a quedarse en Londres más días de los esperados, pero a pesar de todo eso había algo clavado en su pecho que le impedía festejarlo.
« Toda la gente que me importa está en Estados Unidos ».
Esas habían sido sus palabras exactas y él las había recibido como un dardo en mitad del pecho.
No esperaba ser relevante en su vida, pero…
joder, era el padre de su hijo y la persona con la que acababa de echar el polvo del siglo, del milenio, ¡de la historia!
Exhaló con fuerza sin saber si reír ante sus propios pensamientos o sentirse cada vez peor.
«¿Acaso es mucho pedir que me estime un poco? Quizá lo más seguro sea mantener las distancias y…»
Todo pensamiento lógico se disipó al entrar en la cocina.
Arizona estaba canturreando, concentrada en una sartén que chisporroteaba al fuego.
Le daba la espalda, así que pudo contemplarla a placer.
Por algún motivo se había vuelto a quitar los leggins y la camiseta apenas le tapaba lo suficiente como para evitar que se lanzara sobre ella como un neandertal.
La deseó con cada fibra de su ser, tanto que incluso se asustó un poco, pero no lo suficiente como para impedirse acercarse a ella y abrazarla por la espalda.
—Qué bien huele —murmuró, besándole el cuello y mirando después por encima de su hombro—. ¿Eso estaba en mi nevera?
Arizona rio.
—Eso o me he teletransportado al súper, tú elijes.
Él frunció el ceño mirando la carne doradita con una salsa que olía a gloria que se cocinaba en la sartén.
—¿Por qué no tiene esa pinta cuando la cocino yo?
—Porque yo lo hago con más cariño —bromeó ella sin dejar de remover.
—Yo también pongo cariño en todo —susurró, aspirando el aroma.
—Sí, puedo sentirlo contra mi trasero.
Tyler rio y ya no disimuló. Dejó que su cariñoso amiguito se frotara contra ella.
—Tú tienes la culpa por estar medio desnuda —afirmó, mordiéndole el lóbulo de la oreja.
Por Dios, deseaba meterse entre sus piernas de un modo casi vergonzoso.
—Me he derramado un vaso de agua encima —confesó Arizona con la voz tomada.
—¿Estás toda mojada?
—Oh, sí, desde que entraste en la cocina —suspiró.
Tyler rio con ganas, y entonces quiso comprobar si era verdad y metió una mano dentro de sus bragas… y una cosa llevó a la otra…
…y media hora después al fin se sentaban a la mesa, mucho más relajados.
—Debería enfadarme contigo —protestó Arizona, masticando la carne con una expresión de desagrado—. ¡Está tiesa!
—Hablamos de la carne, ¿no?, porque…
—¡Eh! —Lo miró con un divertido gesto asesino—. Me estaba quedando buenísima antes de que te presentaras aquí con tu… tu…
Él aguardó con una expresión mordaz a que completara la frase.
—…incansable amiguito.
Tyler rio y la miró con las cejas arqueadas antes de preguntar:
—¿Vas a querer postre?
Ahora fue Arizona quien no pudo contener una carcajada.
—Pero bueno, ¡¿tú qué comes?! —repuso risueña, y señaló la carne—. Repón fuerzas antes de quedarte en el chasis.
Entre risas y tonteos dieron buena cuenta de la cena, que resultó estar espectacular a pesar de que habían tenido que recalentarla.
Fue un momento especial para ambos, que acabaron relajándose mientras intercambiaban batallitas, como si aquello fuera la primera cita que nunca tuvieron.
Arizona le habló de escenarios imposibles, directores temperamentales, funciones que habían salido milagrosamente bien…
y otras que prefería olvidar; y Tyler había reído a carcajadas con cada anécdota.
Y lo mismo había sucedido cuando él comparó todo aquello con la primera maqueta que hizo en la facultad y que acabó derribándose sobre la cabeza del decano.
—Creí que hacerla grande me daría puntos —suspiró divertido—, y por alguna razón el engranaje de poleas me pareció una idea súper original.
La chica reía a carcajadas y Tyler con ella.
—Te juro que mi carrera estuvo a punto de terminar en el primer trimestre —contó mientras Arizona se partía de la risa—. Por suerte Arthur conocía a la mujer del decano de no sé qué obra de teatro, pero aun así le costó un palco en el Lyric Hall durante todo un año.
—Suerte tener a todo un dramaturgo cubriéndote las espaldas.
Tyler sonrió ahora con nostalgia.
—Ni siquiera sé si habría ingresado en la facultad de arquitectura sin su apoyo —confesó—. Mi yo adolescente fue… difícil.
Ella lo miró con una mezcla de asombro y curiosidad.
—¿Por qué?
Le costó aventurarse a contárselo. En realidad no recordaba haberlo hablado con nadie jamás.
—El matrimonio de mis padres fue un infierno.
Eran el día y la noche y no se ponían de acuerdo en nada, ni siquiera en lo concerniente a nuestra educación —empezó diciendo, algo incómodo—.
Sobre mi padre poco puedo decirte que no hayas supuesto ya, y mi madre por aquel entonces era…
una persona complicada. Jamás encajó del todo en el mundo en el que mi padre adoraba vivir y su forma de demostrarlo a veces era muy vergonzosa para todos —se lamentó—. ¿Me estoy explicando?
—Como un libro abierto.
Tyler asintió.
—A mi hermana le importaba muy poco ser la comidilla de cada evento social —reveló ahora—, pero yo toleraba peor las burlas, y acabé rebelándome contra el mundo en general.
Arizona escuchaba con atención, limitándose a asentir de vez en cuando.
—Cuando al fin se divorciaron y ella decidió regresar a Estados Unidos con Sarah —continuó—, yo escogí quedarme en Londres solo para molestarla, pero no lo llevé bien.
Hizo una pausa.
—Ya conoces a mi padre —soltó aire despacio—. Como podrás suponer, no fue de gran apoyo, y mi abuela adoraba a mi madre, así que…
—Te aislaste de todos —entendió.
Él asintió.
—Hasta que Will me llevó a su casa y Arthur me acogió bajo su manto —sonrió con nostalgia—. De no ser por él, que me enderezó y me guio, ahora mismo sería como August Sinclair —repuso con diversión—. Ya sabes, el heredero de Isildur…
—¿Del trono de Gondor y señor de los Dúnedain? —interrogó horrorizada.
—Ese mismo —rio.
—Ay, Dios, ¡parece que le tengo que agradecer a Arthur más de lo que creía!
Tyler la miró con curiosidad.
—¿Tú?
—Bueno, a ver…, ehh…
Sonó algo azorada, mirando hacia otro lado, y Tyler fue consciente de que aquel comentario se le había escapado. Y aquello se le antojó de lo más dulce.
—Yo también tengo una reputación que mantener, ¿sabes? —aclaró Arizona ahora con una sonrisa—. Soy un personaje público, tampoco me puedo permitir que me vean con idiotas. Y tú eres inteligente… —lo meditó—, asintomático a veces, pero…
—¡Eh!
—Pero muy espabilado para pillar las indirectas, ¿ves?
Se levantó para llevar un vaso al fregadero, pero Tyler fue muy rápido y aprovechó el momento para tirar de su brazo y sentarla sobre su regazo.
—Casi me vuelcas el vaso —protestó la chica—. Menos mal que estaba vacío. Seguro que me habrías echado la culpa a mí por ponerte perdido.
Tyler intentó mirarla con un gesto de enfado, pero solo le salió dos segundos, al tercero le robaba un beso largo y delicioso.
—Oye… —murmuró Arizona al cabo de unos minutos, perdiéndose en sus ojos—, ¿eres de los que guardas los calcetines por colores?
Aquello le arrancó una sonrisa.
—De alguna forma hay que guardarlos, ¿no?
—Sí, hechos una bola, tirados dentro del cajón.
Tyler le robó otro beso antes de volver a mirarla con los ojos encendidos.
—¿Esta es tu forma de pedirme que te enseñe mi habitación?
—¿Ves? No eres tan asintomático a veces. —Rio frente al gesto—. Pues sí, sería genial ver tu cuarto.
A Tyler le faltó tiempo para ponerse en pie con ella en brazos mientras le arrancaba sendas carcajadas. Muchas más cuando casi corrió escaleras arriba.
—Parece que he puesto ideas en tu mente, Alteza.
—Una simple cama… suena a paraíso terrenal en este momento —admitió, y lejos de ser una broma, el solo pensamiento comenzaba a enardecer sus sentidos.
Cuando entraron en el cuarto, Arizona suspiró con fuerza.
Tyler esbozó una sonrisa dichosa y la soltó a los pies de la cama. Guardó silencio mientras ella miraba a su alrededor con curiosidad.
—¡Tamaño King Size! —declaró señalando la cama—. A lo grande, como todo lo tuyo.
Él la atrajo hacia sus brazos sin poder aguantar más tiempo.
—Dios, Jezabel —le robó un beso—, quiero hacerte el amor despacio, disfrutando de cada segundo.
Arizona sonrió.
—Suena aburrido.
Tyler la soltó de golpe y se llevó una mano al pecho, tambaleándose hacia atrás con dramatismo exagerado, como si acabara de recibir una puñalada en pleno corazón. Arizona rio a carcajadas y saltó sobre él para devorar su boca.
—Ven aquí —le lamió los labios—, que me muero de ganas de aburrirme contigo.
Sonriendo, se abandonaron el uno al otro, ambos conscientes de que estaban a punto de sumergirse en una noche increíble… que sería cualquier cosa menos aburrida.