Capítulo 40 #2
Sí, a ella también le gustaría disfrutar de su cuerpo en una cama, pero en cuanto la tocaba perdía toda posibilidad de contención y ansiaba saciarse de él con una intensidad animal, y que a él pareciera pasarle lo mismo, lejos de ayudarla a controlarse, la excitaba aún más.
Como en aquel momento, en que lo único en lo que podía pensar era en desabrocharle los pantalones.
—No… —suspiró Tyler, desesperado, cuando ella tiró de su cremallera.
—¿Qué…?
—Joder, quiero desnudarte —suplicó sin poder dejar de besarla—, han sido dos días de espera —descendió por su cuello lamiendo su piel—, quiero devorarte.
Tiró de su trasero hacia arriba y la instó a rodearle las caderas con las piernas. Después se puso en movimiento, de regreso a la piscina.
—Tyler, tu herida…
—A la mierda mi herida —besó sus labios, sin soltarla.
—No puedo permitirlo —gimió, sintiendo aquella dureza torturarla al caminar—. Bájame, por favor.
—No —gruñó, asaltando su boca en profundidad de nuevo.
Arizona casi no podía contenerse ya.
—Si se te saltan los puntos por llevarme en brazos… —murmuró sobre su boca cuando pudo renunciar a sus labios—, tendremos que volver al hospital en lugar de…
No tuvo ni que terminar la frase. A regañadientes, Tyler permitió que ella pusiera los pies en el suelo, pero no la soltó. Fue Arizona quien sonrió con malicia y salió de sus brazos, reculando un par de metros.
—Ven aquí —exigió Tyler con los ojos ardiendo.
Arizona se estremeció al mirarlo. Parecía un demonio sexy y arrebatador. La excitación le sentaba tan bien…
Él avanzó hacia ella con esa mirada que le hacía olvidar hasta cómo respirar, y Arizona reculó entre risas, todavía alterada por sus besos.
—Si quieres seguir, tendrás que pillarme —lo desafió, echando a correr hacia la piscina antes de que se le ocurriera volver a cargarla en brazos y reabrirse la herida.
Tyler fue tras ella sin pensárselo, alcanzándola en apenas medio minuto. La atrapó por la cintura contra su cuerpo justo al borde de la piscina, arrancándole un jadeo divertido.
—Te cacé —murmuró junto a su oído, todavía algo agitado.
Y la forma en que lo dijo… hizo que a ella le temblaran las piernas.
—Ahora eres mía.
Arizona suspiró y le echó los brazos al cuello.
—Lo prometido es deuda —admitió, y se mordió los labios—. ¿Me quieres… aquí mismo?
—Te quiero en cada rincón de la casa —sonrió con los ojos cargados de lujuria—, pero por alguno habrá que empezar.
Asaltó su boca sin esperar respuesta y ella no protestó, y tampoco lo hizo cuando tiró de su camiseta y se la quitó, ni cuando sus leggins la siguieron…
Se estremeció entre sus brazos al sentir sus manos recorrerle la piel desnuda con deleite.
—¿Tienes frío? —sonó preocupado incluso entre jadeos.
Ella rio con ganas.
—¿Lo dices en serio? —ronroneó tirando de los botones de su camisa—, estoy al borde de la combustión.
Él sonrió y, sin soltarla, tomó una toalla que había colgada en una de las sillas junto al agua y la dejó caer al césped.
Pero Arizona tenía otros planes antes de tumbarse sobre la hierba. Necesitaba desnudarlo, acariciarlo a placer…
Tiró de su camisa hasta quitársela y se recreó con aquel cuerpo de infarto, acariciándolo con deleite desde los fuertes brazos, bajando por el firme torso, los marcados abdominales… y mucho más abajo.
Tyler gimió con fuerza cuando le desabrochó los pantalones, metió la mano por dentro y acarició su erección, fascinada con su dureza y calidez.
Él la ayudó quitándose la prenda y la ropa interior, y Arizona cedió después a sus exigencias permitiendo que devorara su boca a placer, mientras ella lo masturbaba cada vez con más ímpetu.
—Joder, Jezabel…, te necesito… —rogó, lamiendo su cuello al tiempo que la atraía del trasero y metía las manos dentro de sus bragas, intentando quitárselas.
Pero Arizona no estaba dispuesta a renunciar aún a su exploración, deseaba mucho más, anhelaba saborearlo a placer, cada parte de él.
Renunció a sus labios para bajar por su cuello y de ahí a su pecho, lamiendo cada centímetro que encontraba a su paso, descendiendo cada vez más, ansiosa por saborear aquella parte de él que anhelaba a todas horas.
Cuando al final se arrodilló frente a él y lo tomó con la boca, el sonido gutural que salió de la garganta de Tyler la fascinó, igual que lo hizo cada gemido que él no podía contener, la forma en que le sostenía el pelo para verla bien desde arriba o cómo impulsaba las caderas muy despacio para moverse dentro de su boca, disfrutando de cada segundo.
«Joder, ¡cuánto le gustaba saborearlo así!». Arizona podría pasar horas en aquella posición, escuchándolo gemir, pero Tyler tiró de ella cuando más entregada estaba.
—No… —protestó, deseosa de continuar.
—No puedo más —jadeó, sonando a ruego—, voy a… acabar antes de poder devolverte el favor.
—Me da igual —gimió.
—Pero a mí no —murmuró, devorando su boca un segundo después, a conciencia y con desesperación.
Arizona se estremeció en sus brazos y claudicó al sabor de sus labios, de su lengua… mientras suspiraba al sentir su sujetador caer al suelo y sus manos alrededor de sus pechos un segundo después.
Cuando su boca descendió por su cuerpo para colaborar con las manos, gimió de placer.
Sus pechos estaban demasiado sensibles por el embarazo, las sensaciones eran increíbles, tanto que gritó de deleite cuando él se introdujo uno de los pezones en la boca y jugó con la lengua, los dientes…
hasta llevarla a un punto de placer que le hizo temblar demasiado las rodillas como para poder seguir sosteniéndose.
Él le leyó la mente con asombrosa facilidad y la instó a sentarse al borde de una de las hamacas, mientras se arrodillaba frente a ella para seguir devorando sus pechos durante unos increíbles segundos más… antes de descender por su abdomen.
Arizona contuvo la respiración cuando la obligó a recostarse un poco en la hamaca, tiró de sus caderas para acomodarla lo más al filo posible y la incitó a doblar las rodillas hasta ponerlas en el borde del asiento.
La sensación de sentirse totalmente expuesta frente a sus ojos resultaba excitante y abrumadora, acrecentada por el hecho de estar al aire libre.
Anhelaba con cada fibra de su ser que él la tocara allí de todas las formas posibles…
y no se hizo rogar. Cuando su boca demostró cuánto ansiaba saborear aquella parte de ella, a punto estuvo de enloquecer.
El grado de placer mientras él besaba, lamía y succionaba cada centímetro de su sexo de forma experta fue subiendo, hasta llevarla a un límite en el que apenas tenía conciencia de sí misma, solo las sensaciones importaban.
Se sentía etérea, como si estuviera flotando en el ojo de un huracán, deseosa de dejarse arrastrar por la tormenta en cualquier momento…
…y ese momento llegó con una fuerza tan intensa que durante unos segundos su respiración casi se detuvo mientras el mundo estallaba a su alrededor en cientos de pedazos, pedazos que Tyler se encargó de multiplicar por mil, sosteniendo la caricia justa.
«Joder, es… asombroso este hombre…, por Dios… era… oh…, joder…».
Estalló de nuevo sin que le diera tiempo ni a saber cómo, mientras sentía sus dedos moverse ahora dentro de ella.
—Tyler…, ahh… —gimió de nuevo.
Él no se detuvo. Su lengua volvió a succionar con más fuerza.
—Pero ¿qué…? ¡Dios!
Sus dedos acompañaban con el movimiento justo.
—Tyler…
¡Madre mía! Gimió, gritó y se retorció durante lo que le pareció una eternidad, de nuevo sin poder distinguir dónde acababa un orgasmo y empezaba otro.
—Por favor, por favor —rogó mientras caía de nuevo por el abismo—, tú, te quiero a ti, ya…, ahora.
Apenas fue consciente de cuándo él la sacaba de la tumbona para tumbarla sobre la toalla, ¡pero el glorioso momento en el que se hundió en ella la llevó al instante al puñetero paraíso, lo que a aquellas alturas ya no debería ser ni fisiológicamente posible…
…pero él se movía cada vez con más fuerza, sosteniendo aquel clímax en el filo del abismo más alto en el que había estado jamás, del que se dejó caer justo en el instante en el que él anunció su propio orgasmo en su oído, mientras jadeaba su nombre una y otra y otra vez, exento de control, perdido en la misma espiral de deseo salvaje que ella.
Cuando al fin se detuvo y solo se escuchaba la respiración entrecortada entre ambos, Arizona fue incapaz de contenerse.
—¡ Mamma mía ! —exclamó maravillada.
Lo oyó reír entre jadeos, con la cabeza aún enterrada en su cuello.
—Si despiertas a la italiana —murmuró—, no me molesto ni en salirme.
Arizona fue quien rio ahora y bromeó:
—¿Quieres matarme?
Él izó la cabeza y la miró a los ojos, con lo suyos aún turbios.
—¿Puedo?
Cuando Arizona se dio cuenta de que lo preguntaba en serio, el estallido en su pelvis la sorprendió.
—Prueba a ver… —sonrió con ronquera.
—No necesito probar —aseguró él con una sonrisa canalla que la desarmó del todo.
Impulsó las caderas y Arizona sintió una gloriosa dureza despertar de nuevo su propia libido.
Él comenzó a moverse de forma rítmica, muy despacio, y Arizona se sintió arder.
—¿Pero de qué… fantasía sexual te has escapado tú? —interrogó, perdiéndose en sus ojos.
Tyler sonrió y susurró entre jadeos:
—De una que compartía contigo, seguro.
Aquella frase no solo incendió el cuerpo de Arizona, de alguna manera también le tocó un poquito el corazón. Saber que para él era igual de especial y placentero de repente era importante.
En aquella ocasión fueron más despacio, saboreando cada beso, cada caricia, cada embestida que los llevaba de retorno al paraíso, en el que entraron de la mano en el mismo glorioso instante.
Después ambos se quedaron exhaustos, abrazados sobre la pequeña toalla, disfrutando del silencio durante unos largos minutos.
—¿Tienes frío? —le preguntó Tyler poco después.
—Y dale con el frío —rio Arizona.
—Es que no quiero que te constipes —contó, mirándola ahora a los ojos—. Con el embarazo no te podrías medicar mucho.
Ella lo miró con diversión.
—¿Ahora eres experto en embarazos?