Capítulo 40
Cuando llegó hasta la puerta, en un alarde de absurdez suprema, intentó abrirla, pero no cedió un milímetro.
—¿En tu casa no cerráis las puertas o qué? —interrogó Tyler, llegando ahora hasta allí.
Ella rio.
—Creí que el mayordomo la mantendría abierta.
—¿El mayordomo imaginario?
—¿Vives aquí solo? —se sorprendió mientras él sacaba las llaves de un bolsillo.
—Sí, me gusta pasear en calzoncillos por mi casa —anunció, abriendo al fin la cerradura—. ¿Algún problema?
«Pues sí, la baba que se me cae solo al imaginarlo», pensó, pero aquello no se lo podía decir.
Cuando abrió la puerta, sin esperarlo, un precioso golden retriever salió a saludarlos como si llevara semanas aguardando ese momento.
Se abalanzó sobre Tyler con la alegría desbordada que solo tienen los perros, moviendo la cola con tanta energía que parecía a punto de despegar, dando pequeños saltos y buscando caricias sin el menor rastro de contención.
Arizona no pudo evitar reír.
—Guau, este perro realmente se alegra de verte.
—Debería ofenderme que suenes tan sorprendida —se quejó Tyler, mientras contenía al can para que no se abalanzara de la misma forma sobre ella.
La chica volvió a reír y se concentró en saludar al perro con efusividad.
—Tómatelo con más calma, Hood —le pidió Tyler ahora, agachándose junto al animal y señalando su abdomen—. Hay una personita viviendo ahí dentro, ¿sabes? Tienes que ser cuidadoso.
Aquello la enterneció sin remedio. Había sonado muy dulce.
—Hola, Hood, eres un perro muy guapo —le dijo, disfrutando del momento, y posó sus ojos en Tyler—. Acabas de volver a sorprenderme. No esperaba que tuvieras un perro —frunció el ceño.
Él la miró confundido.
—¿Y eso es… malo?
—No, adoro a los perros —admitió—, así que en realidad suma puntos.
—Pues tengo dos —aclaró con una sonrisa ahora radiante—, te presentaré a Robin después. Espero que sumen doble.
La chica lo miró con una expresión divertida.
—Espera, ¿les has puesto Robin y Hood a los perros?
—Correcto, sí —confirmó con una sonrisa orgullosa.
Ella rio.
—Guau, eso es muy…
—¡Ni se te ocurra reírte de mis perros! —interrumpió.
—Iba a decir que es muy tierno y bonito —reconoció entre risas.
Él frunció el ceño como si no creyera una sola palabra y Arizona acabó sonriendo mientras se concentraba ya en el amplio vestíbulo.
El interior era tan imponente como el exterior, pero sin resultar frío.
Techos altos, molduras elegantes, una escalera de líneas clásicas que ascendía con una armonía casi teatral…
y, sin embargo, todo tenía un punto de modernidad encantador.
La luz se filtraba a través de ventanales enormes, bañando los suelos de madera pulida, convirtiendo en acogedora cada estancia.
Arizona avanzó despacio, recorriéndolo todo con la mirada, fascinada por ese equilibrio perfecto entre lo antiguo y lo moderno.
—¡Guau! —murmuró, incapaz de ocultarlo—. No sé qué esperaba de tu casa, pero desde luego no esto. Me encanta.
—Vaya, ahora mismo no sé si estás insultándome o haciéndome un cumplido —se quejó, pero esbozó una media sonrisa antes de indicarle que lo siguiera.
Cruzaron un par de estancias más, igual de luminosas, hasta que abrió una de las puertas acristaladas del fondo.
El exterior volvió a sorprenderla.
Una terraza amplia se extendía frente a ellos, con una piscina de líneas limpias que reflejaba el cielo como un espejo tranquilo.
Alrededor el verde volvía a imponerse: árboles altos, vegetación cuidada y la sensación de estar aislados del mundo, a pesar de que Londres seguía ahí, a apenas unos minutos.
Arizona se detuvo un segundo, absorbiéndolo todo.
—Definitivamente, esto no es justo.
Él la miró confuso.
—¿El qué?
«Que todo lo tuyo me maraville cada vez más», suspiró para sí.
—¿Puedo tomar algo fresco? —interrogó, sin molestarse en ser sutil con el cambio de tema.
Necesitaba enfriar sus ideas. De repente todo a su alrededor la incitaba demasiado. Apenas podía mirar a Tyler sin querer arrancarle la ropa. Por suerte recordó a tiempo que estaba convaleciente.
—¿Sabes? Indícame dónde está la cocina y yo me encargo —propuso, necesitaba alejarse un poco—. Tú descansa, acaban de darte diez puntos.
Insistió tanto que Tyler terminó cediendo y le indicó el camino a la cocina con una sonrisa divertida mientras él tomaba asiento.
—Si te pierdes, silva —le gritó cuando ella desaparecía ya dentro de la casa de nuevo.
Arizona siguió las indicaciones al pie de la letra, pero se entretuvo cuando los ladridos de un perro le llamaron la atención tras una de las puertas. Abrió con cuidado y sonrió al ver al que debía de ser Robin, que la saludó también como si la conociera desde siempre.
—¿Te has quedado encerrado aquí? —le susurró mientras lo acariciaba—. Pues corre a buscar a tu amigo.
Soltó una carcajada al ver cómo el animal pareció entenderla y se alejó hacia la puerta delantera corriendo con entusiasmo.
Sintiéndose más feliz en aquella casa de lo que esperaba, localizó la preciosa y acogedora cocina, donde una nevera del tamaño de un armario ropero resultó estar llena de un sinfín de bebidas frías y delicatessen, tantos que incluso le costó escoger.
Cuando localizó una bandeja y regresó a la terraza, se detuvo unos segundos solo para contemplar a Tyler.
Estaba sentado a una mesa, con las mangas remangadas y el cabello apenas revuelto por el aire de la tarde, mirando de forma distraída hacia el jardín.
La luz dorada se deslizaba sobre su perfil, marcando la línea firme de su mandíbula y el ancho de sus hombros bajo la camisa oscura, que se había cambiado en el coche al salir del hospital.
Arizona sintió un pequeño vuelco traicionero en el estómago.
Tyler no necesitaba hacer nada para resultar atractivo.
Ni esforzarse, ni siquiera mirarla. Había algo peligrosamente masculino en él, una mezcla de seguridad, contención y calma tensa que siempre terminaba desarmándola un poco más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Joder, estaba loca por aquel tipo y no tenía ni idea de cómo enfrentarse a aquello.
Los ladridos de los perros parecieron llamar la atención de Tyler, que se incorporó en la silla como impulsado por un resorte, y se giró para toparse con Arizona.
—¿Has soltado a Robin?
Aquello la desconcertó y se mordió los labios.
—Eh…, puede ser.
—¡Joder! —Se puso en pie de repente, sorprendiéndola.
—¿Qué pasa? —preguntó confusa, dejando la bandeja sobre la mesa y yendo ya tras él.
—Narices, por algo estaba encerrada, Arizona —protestó Tyler mientras casi corría hacia el lateral de la casa, siguiendo el sonido de los ladridos.
—¿Encerrada? Pensé que se había quedado ahí por accidente.
—¡Pensé, pensé! ¡Pues no pienses tanto!
—¡Eh! ¿Cómo iba a saberlo? —se quejó irritada—. ¿Y qué problema tienes?
—Yo ninguno, el problema lo va a tener la perra dentro de nada como no lleguemos a tiempo.
—¿Acaso la tenías encerrada por ser hembra? —se apresuró tras él—. ¿Eres un perrochista?
—¿Qué carajos es un perrochista?
—Un machista perruno.
—Esa palabra no existe.
—Claro que sí.
—¿En América además os inventáis las palabras? —aceleró el paso.
—¿Además de qué?
—De creeros los reyes del universo.
—Tiene narices que eso me lo diga un inglés —se burló—, que habéis pasado siglos intentando dominar el mundo. ¡¿Y puedes andar más despacio?! —exigió justo cuando llegaban a la esquina de la casa—. No creo que la cosa sea para tanto…
Nada más girar, a unos diez metros de distancia, encontraron al fin a Robin y Hood… demasiado ocupados como para atender a llamadas.
—¡ Auch ! —exclamó Arizona—, deberíamos haber corrido.
—¡Mierda! —murmuró Tyler.
—Y así, sin túnel de lavado ni nada que los proteja —carraspeó—, qué indecentes.
Tyler la mató con la mirada.
—¿Cómo iba yo a saber que la perra estaba en celo? —se defendió la chica.
—¿Preguntando antes de soltarla?
Arizona suspiró con teatralidad.
—Sí, vale, admito mi culpa, ¿qué le hago ya? —se quejó—. Si quieres me mato.
Se quedaron observando la escena unos largos segundos. Tyler miraba a los perros con el ceño fruncido y Arizona comenzaba a no poder contener la risa por lo absurdo de la situación, entre… otras cosas. Joder, los perros se divertían.
—Sabes que esto puede durar hasta treinta minutos, ¿no? —informó evitando abanicarse con la mano.
Él la miró con el ceño fruncido y ella insistió:
—¿Quieres estar aquí de mirón? Porque…
Sin previo aviso, Tyler la interrumpió girándose hacia ella.
—¿Quieres que te diga qué quiero?
La chica tragó saliva, de repente cohibida.
—Eh…, ¿qué?
La atrajo de la cintura con fuerza.
—Castigarte por lo que acabas de hacer.
«Oh, joder, ¿dónde firmo?», suspiró y sonrió con mordacidad.
—¿Te han puesto a cien los perros y ya no puedes contenerte?
Tyler le sostuvo la mirada apenas un instante antes de bajar los ojos a sus labios. Soltó el aire despacio, como si todavía estuviera intentando contener algo… que ya resultaba imposible mantener bajo control.
—A mí me pones a cien tú, joder —acabó admitiendo con la voz ronca, atrayéndola del trasero aún más contra él—. Me estás volviendo loco… y ya no puedo más.
Incluso si aquellas palabras no hubieran incendiado ya su cuerpo, la forma en que él devoró su boca sin pedir permiso resultó demasiado excitante como para protestar.
No había suavidad ni prudencia en aquel beso, solo deseo y hambre contenida durante demasiado tiempo, la misma que ella necesitaba saciar.
Se aferró a él y salió en busca de su lengua con la misma ansiedad, dejándose arrastrar por la forma en que Tyler la besaba: profunda, desesperada, exenta de control…
…y nada le gustaba tanto como sentir que aquel hombre se sacudía toda la flema inglesa y perdía el control en sus brazos.
Se comieron a besos profundos y salvajes durante largo rato, hasta que dejó de ser suficiente y las manos necesitaron explorar más allá.
—Joder, no quiero tomarte de pie de nuevo —sonó a protesta, pero en lugar de hacer algo para remediarlo, la acorraló contra la pared y alzó uno de sus muslos para acomodarse entre sus piernas.