Rivales con derecho a roce Capítulo 39
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Capítulo 39

La tarde estaba siendo especialmente intensa para Arizona. Era la primera vez que ensayaban los números de baile integrados con toda la parte vocal, y el nivel de exigencia se había disparado.

Por suerte, todo estaba fluyendo mejor de lo esperado.

Las transiciones encajaban, su voz sostenía el ritmo sin quebrarse y el conjunto empezaba a respirar como una sola pieza.

Había algo casi eléctrico en el ambiente, esa sensación inconfundible de que cuando llegara el momento, aquello iba a funcionar.

Al principio le violentaba ver a Tyler trabajando en el lateral del teatro, hasta que se concentró tanto en lo que ocurría sobre el escenario que dejó de importarle.

Aun así, la sorprendía que de vez en cuando él se sentara a observarla trabajar; incluso diría que era admiración lo que leía en su expresión a varios metros de distancia.

Cuando pararon para descansar y todo el elenco se dispersó por el teatro, Will subió al escenario. Le tendió una botella de agua y una toalla y le regaló una sonrisa enorme.

—Eres increíble. Lo estás logrando en un tiempo récord —la alabó con sinceridad

La chica asintió y agradeció el cumplido.

Will tomó asiento en una de las sillas del decorado que había en mitad del escenario y Arizona se sentó en otra junto a él.

—Creo que podemos comenzar con los ensayos generales en un par de días —insistió Will—. Eso nos dejará con diez días para centrarnos solo en pulir.

Arizona esbozó una sonrisa risueña.

—Es una pasada de obra, Will, será un éxito imparable.

—Empiezo a estar nervioso —reconoció, fingiendo comerse las uñas—. Y esperaba una buena acogida en taquilla, pero estamos batiendo récords.

Aquella misma tarde les había anunciado a todos que no quedaba una sola entrada no solo para el estreno, sino para toda la semana siguiente, en la que Arizona estaría al frente del cartel. Era un logro sin precedentes para el Lyric Hall.

—¿No te planteas quedarte? —indagó Will con una expresión de cautela.

Arizona suspiró y miró hacia donde Tyler trabajaba. Aún tenía que decidir muchas cosas sobre su futuro. Isabella era el papel de su vida, sin duda, pero no sabía si permanecer tan cerca de Tyler era una buena idea, dado que ya estaba más involucrada de lo que desearía.

—Tengo que valorarlo —repuso con franqueza—. Pesan demasiadas cosas en mis decisiones ahora mismo.

—Lo entiendo.

En cuanto habían llegado de vuelta al teatro, aprovechando que Arthur también estaba allí, habían decidido contarles que iban a tener al bebé, aunque sin involucrarse entre ellos.

Bueno, ella había contado aquella última parte, mientras que Tyler había permanecido callado.

En realidad, no había vuelto a dirigirle una sola palabra desde que salieron del hospital.

—¿Tienes muchos libretos sobre la mesa? —se interesó ahora Will.

—Unos cuantos, sí, pero voy a hacer un parón para tener a este chiquitín —se tocó el abdomen—, y luego ya veremos.

—Ya sabes que si decides quedarte aquí, podrás seguir siendo Isabella hasta que el embarazo te pese un poco más.

Sí, lo tenía claro y le apetecía mucho, pero no era lo único en lo que debía pensar. Se limitó a asentir, aún le quedaban bastantes cavilaciones por delante.

El teatro estaba en silencio, apenas interrumpido por algún ruido lejano de la tramoya. Arizona dejó que la mirada se perdiera entre las alturas del escenario, siguiendo las líneas de madera, focos y estructuras que colgaban sobre sus cabezas.

—Supongo que tendré que empezar a pensar más en serio en todo esto —murmuró más para sí que para él.

Will le devolvió una sonrisa amable.

Arizona se acomodó mejor en la silla, estirando un poco las piernas, y por un momento todo pareció detenerse. Como si el mundo se hubiera quedado en pausa justo ahí, sobre aquel escenario, donde se encontraba tan a gusto como sentada en el sofá de su propia casa.

Y entonces escuchó un leve crujido. No fue un sonido claro, ni siquiera algo que pudiera identificar al instante, solo una vibración extraña en el aire.

Frunció el ceño, alzando la vista.

—¿Has oído…?

No terminó la frase. De pronto Tyler irrumpió en su campo de visión, como salido de la nada, y la tomó con fuerza de los brazos.

—¡Levántate!

—¿Qué…?

No le dio tiempo a reaccionar. Tiró de ella, obligándola a ponerse en pie de golpe, sacándola de la silla con urgencia.

Entonces otro crujido seco atravesó el silencio y una de las paredes laterales del decorado cedió y se desplomó hacia el lugar donde ella estaba sentada.

Arizona jadeó, desorientada y con el corazón disparado, mientras Tyler la abrazaba con fuerza y la protegía con su propio cuerpo, cubriéndola por instinto.

Tras unos segundos de silencio, Arizona, todavía aturdida, miró a su alrededor. Tyler, pálido como la cera también, se giró a mirar los restos de la escenografía esparcidos por el suelo a escasos pasos de ellos.

—Joder, ¿estáis bien? —preguntó Will, observándolos con preocupación.

Arizona asintió y miró a Tyler, la tensión en su rostro y el gesto de dolor al moverse.

—Tyler, ¿te ha dado?

—De refilón en el hombro —admitió.

Lo obligó a volverse y solo entonces vio el hilo de sangre en su camisa blanca.

—¡Estás herido! —sonó alarmada.

—No es nada —murmuró, restándole importancia.

—Joder, ¿cómo ha podido pasar esto? —interrogó Will, pálido, centrándose en su amigo—. Bájate la manga un poco que veamos la herida.

—Es solo un corte superficial —indicó Tyler de nuevo—. Hay cosas más importantes.

Tenía la respiración algo agitada y la mirada fija en la zona superior del escenario. Después, para asombro de todos, miró a su alrededor, localizó a uno de los técnicos de sonido y declaró alto y claro:

—Cierra las puertas del teatro.

—¿Qué?

—Que nadie sale de aquí sin que lo sepamos.

Tanto Arizona como Will lo miraban aún perplejos.

—¿Qué pasa?

Tyler no respondió de inmediato

—He visto algo caer desde la tramoya —dijo al fin, señalando hacia arriba.

Arizona frunció el ceño, siguiendo la dirección de su mano.

—¿Caer?

—Sí —asintió muy serio—. Lo que sea ha impactado contra la pared para tirarla hacia ti.

El silencio que siguió fue distinto, más incómodo, más consciente.

Arizona volvió a mirar los restos del panel, luego la altura del teatro, y un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Dices que alguien ha tirado la pared aposta?

—Eso digo, sí —aseguró—, y nadie va a salir de este teatro hasta que llegue la policía.

Arizona lo miraba con los ojos como platos. Y no era que alguien hubiera intentado hacerle daño de nuevo lo que la tenía perpleja, sino el hecho de que él hubiera corrido a protegerla con su propio cuerpo, arriesgándose a recibir el impacto.

—Tenemos que ver esa herida —rogó Arizona ahora.

—Yo me encargo de llamar a la policía —intervino Will—. Os aseguro que llegaré al fondo de todo esto hoy mismo, pero tienes que ir al hospital, amigo, hay mucha sangre.

—No me duele.

—¡No seas cabezota! —protestó la chica.

Acabó obligándolo a mostrarle la herida. Tenía un corte limpio en el hombro izquierdo. No parecía profundo, pero sí lo bastante abierto como para que la sangre fluyera de forma alarmante por su espalda.

—Vas a necesitar puntos —informó Arizona, usando el pañuelo que le tendió Will para presionar la herida.

—¿Cómo estás tan segura? —preguntó Tyler conteniendo un gesto de dolor—. ¿Hiciste de enfermera en una función?

Arizona se esforzó por esbozar una sonrisa. No estaba para bromas, estaba herido y por su culpa, pero sería mejor no mostrarle su preocupación.

—Mi madre es veterinaria —aclaró.

—Ah, y como yo soy un caballo…

—Pues no, pero he visto suficientes heridas como para saber cuándo una va a necesitar puntos —informó—, y te aseguro que tenemos que irnos al hospital, ya.

Lo miró con una expresión preocupada.

—¿Significa eso que piensas acompañarme? —tanteó Tyler arqueando las cejas con cierta sorpresa.

—Estás herido por salvarme —le recordó—, creo que te lo debo.

—No me debes nada —aclaró ahora algo azorado—, ha sido puro instinto.

Arizona sonrió.

—Como sea.

—Yo me encargo de poner la denuncia —intervino Will ahora—. Os aseguro que esta vez quien sea está jodido, pero eso nos llevará un tiempo. Esa herida no puede esperar tanto.

Tanto Will como Arizona prestaron atención al pañuelo y lo levantaron apenas.

—Sigue sangrando —se desesperó la chica—. Tenemos que irnos ya.

Les costó convencer a Tyler, que estaba demasiado obcecado con hacer una caza de brujas en el teatro personalmente. Acabó cediendo cuando mencionó de pasada que el hospital estaba muy cerca de su casa y Arizona sugirió que quizá le vendría bien descansar al salir de urgencias.

Quizá no…, ya se aseguraría él de necesitar reposo.

Y no dudó en ejecutar su plan en cuanto le cosieron la herida y salieron por la puerta del hospital.

—Estoy mareado, será por la pérdida de sangre —se quejó—. Creo que tengo que ir a casa.

—Ni que hubieras donado varios litros —sonrió Arizona—. ¿No me estarás haciendo la del zumo de naranja?

Tyler la miró de lo más indignado.

—Esto es serio —dijo—, y preferiría que no volvieras al teatro hasta que Will se encargue de todo.

Arizona lo miró ahora un tanto angustiada.

—No van a conseguir que me rinda —aseguró solo para dejarlo claro.

Lo escuchó soltar un suspiro de hastío.

—Al menos veamos en qué queda todo antes de volver, ¿te parece?

A regañadientes, entre aquello y el cargo de conciencia que suponía que estuviera herido por su culpa, se dejó arrastrar hasta casa de Tyler, aunque debía reconocer que también tenía mucha curiosidad por ver dónde vivía cuando no estaba en el palacete.

Suponía que sería un apartamento de lujo, estando tan cerca del centro de Londres, pero… ¡su imaginación no había dado ni una!

Perpleja, no pudo cerrar del todo la boca desde que el coche franqueó las puertas de acceso a la mansión más hermosa que había visto nunca.

El camino serpenteaba entre árboles altos, antiguos, con copas tan densas que parecían filtrar el mundo exterior.

Londres quedaba atrás como un rumor lejano, imposible de asociar con aquel lugar que parecía detenido en otro tiempo.

A ambos lados los jardines se abrían en extensiones perfectamente cuidadas, con setos esculpidos, senderos de grava clara y parterres que estallaban en color sin resultar excesivos, todo medido, elegante, casi irreal.

Y entonces la vio de verdad.

La casa se alzaba imponente al final del recorrido, con una fachada de piedra clara que reflejaba la luz con una suavidad casi dorada.

Ventanales altos, simétricos, enmarcados por molduras clásicas; balcones discretos; columnas que sostenían un pórtico digno de otra época.

No era ostentosa, era… impecable. Como si cada detalle hubiera sido pensado para resistir el paso del tiempo sin perder un ápice de belleza.

Arizona se bajó del coche y sonrió, incapaz de apartar la mirada de aquella maravilla.

—Madre mía —susurró, más para sí que para él.

Porque aquello no era solo una casa, era un mundo aparte y, por alguna razón que no terminaba de entender…, le encantaba.

Tyler era a ella a quien miraba con atención, pendiente de cada una de sus reacciones, como si de verdad le importara lo que pensara de su casa.

—¿Eso es que te gusta? —acabó interrogando.

La chica esbozó una sonrisa sincera.

—¿A quién podría no gustarle?

—Bueno, hay quien prefiere los edificios modernos.

Ella lo miró con curiosidad.

—Me sorprende que siendo arquitecto no seas uno de esos.

—Arquitecto y restaurador —le recordó con una sonrisa nada arrogante—. Y creo que este es, sin duda, mi mejor trabajo. Al menos es el que más he disfrutado a lo largo de los años.

Sorprendida, se giró a mirarlo.

—¿La has restaurado completa?

Él asintió.

—Estaba en muy malas condiciones cuando la compré —explicó— y ha sido un lujo poder devolverla a la vida.

Arizona observó la forma en la que él miraba la mansión y sonrió, de repente conmovida.

—A ti también te encanta tu trabajo —adivinó, aunque ya se había dado cuenta viéndolo trabajar en el teatro.

Tyler esbozó una sonrisa nostálgica.

—Sí, siempre supe lo que quería hacer con mi vida —contó ahora—, y me encanta construir cosas de cero, pero prefiero la parte de la restauración.

—¿Por qué?

—Porque hay algo mágico en devolverle el esplendor a lo que nunca debió perderlo, respetando sus cicatrices.

Arizona no pudo evitar mirarlo con admiración, aquel hombre no dejaba de sorprenderla, pero no sabía si añadir más virtudes a la lista de cualidades deslumbrantes era bueno para su paz mental.

—¿Por qué me miras así? —la interrogó, incómodo, al sentir sus ojos en él.

A ella le costó contestar, pero acabó sonriendo y admitió:

—Puede que me haya equivocado un poco contigo.

Recibió un ceño fruncido en respuesta.

—¿Qué? —Rio Arizona.

—¿Me va a costar mucho ese… principio de elogio?

—No es un elogio —afirmó divertida—, en realidad aún no estoy segura de estar en lo cierto.

Él soltó una divertida protesta y suspiró:

—Podías haberme dejado disfrutar un poco antes de empujarme desde la nube

La risa de Arizona inundó el ambiente.

—¿Me enseñas la casa? —pidió—. Puede que te ganes un halago sincero al final de la visita.

—La cuestión… es que mi ego no necesita que lo adulen —clavó en sus ojos una mirada brillante—. ¿Puedo escoger otra cosa?

El cuerpo de Arizona reaccionó a la insinuación como si acabara de pedirle días de sexo salvaje. Se estremeció de deseo contenido mientras sentía cada poro de su piel anhelar aquellas manos que sabían acariciarla como nadie más.

Cuando quiso darse cuenta, miraba a Tyler sin ningún tipo de discreción, a juzgar por el comentario que él no tardó en hacerle:

—Sigue mirándome así y ni siquiera nos va a dar tiempo a entrar en la casa.

Algo azorada, se esforzó por sonreír y mirarlo con descaro.

—¡Qué más quisieras, Alteza! —declaró, caminando hacia la puerta de la mansión con rapidez, no tenía claro si más deseosa de ver el interior o de alejarse de él para apagar un poco el incendio que la asolaba.

Sabía que entrar en aquella casa era un error, pero ni se detuvo ni intentó engañarse al respecto.

Moría de ganas de cruzar aquel umbral…