Rivales con derecho a roce Capítulo 38
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Capítulo 38

Tyler se moría de ganas de abrazarla, pero de alguna forma le aterraba romper aquel momento de complicidad, ese equilibrio frágil que había surgido entre ellos.

Por nada del mundo quería agobiarla, ni darle motivos que la impulsaran a protegerse de él.

Y sobre todo no estaba seguro de soportar que lo rechazara en ese momento.

Escuchar el ritmo acompasado del latido de su bebé inundar la consulta había resultado una de las experiencias más increíbles de toda su vida, pocas cosas lo habían emocionado tanto jamás.

Había salido tras ella de esa consulta dispuesto a rogarle que no se deshiciera de la pequeña vida, parte de ambos, que latía dentro de ella.

Por suerte no había hecho falta y por fin podía respirar con algo de normalidad.

No tenía ni idea de cómo iban a encajar sus vidas, ni siquiera sabía si había espacio para algo entre ellos más allá de ese bebé, si ella acaso lo deseaba, pero había una certeza que no podía negar: algo había cambiado.

Todo se sentía distinto, más nítido, más vivo…

y la preciosa mujer que tenía frente a él era la gran responsable.

En realidad, desde que se cruzaron en aquella gasolinera, su vida había dejado de avanzar en línea recta.

Había empezado a girar, a desordenarse, a sacarlo de su sitio, como una montaña rusa de la que, por mucho que quisiera bajarse a veces, ya no tenía ninguna intención real de escapar.

Estaba loco por ella, ya no podía seguir engañándose. Lo único que deseaba en aquel momento era abrazarla, besarla hasta hacerla rogar mucho más y pasarse el resto del día entre las sábanas, celebrando aquel latido compartido.

Y apenas podía contenerse ya, aunque se arriesgara a llevarse el chasco de su vida en cuanto le pusiera un dedo encima.

Recortó la distancia muy despacio, dándole tiempo para apartarse si así lo deseaba…, y estaba a un suspiro de sus labios cuando una voz los sobresaltó.

—Estáis aquí.

¡Dylan! Joder, cómo lo odiaba en ese momento.

Ambos miraron al médico; él, con fastidio; ella con una sonrisa franca de agradecimiento.

—Gracias por lo que has hecho ahí dentro.

—¿Mostrarte el milagro de la vida, dices? —sonrió Dylan ahora, y ella asintió.

—Los dos sabemos que ponernos el latido no era necesario —adivinó la chica—. ¿Cuántas veces has usado ese truco?

El médico volvió a sonreír y acabó admitiendo.

—En cada ocasión, pero no siempre funciona.

Arizona suspiró.

—Con nosotros sí. —Miró a Tyler, que le devolvió una sonrisa.

«Vale, quizá en este momento aprecio un poco más a Dylan», reconoció el chico, que jamás se habría planteado que aquello de mostrarles el latido de su bebé hubiera sido aposta.

Eso decía mucho del que fue su amigo, pero también hablaba de la inteligencia emocional de Arizona para leer en los pequeños detalles.

—Supe que había funcionado en cuanto os vi las caras ahí dentro —admitió el médico.

Tyler le tendió la mano. Fue un gesto automático que le salió de dentro. Aguardó a que el médico decidiera si quería estrecharla o no, lo que le llevó unos largos segundos.

Una vez lo hizo, miró a Arizona.

—Supongo que ya no tiene mucho sentido invitarte a otro partido de croquet —bromeó el médico.

Y entonces Tyler leyó la sorpresa en el rostro de Arizona y sonrió a medias. La conocía ya demasiado bien; apostaba a que acababa de recordar de dónde le sonaba Dylan.

—¿Así que él es el tipo con el que fuiste al partido? —indagó Tyler, divertido.

—Pues… sí —aceptó Arizona con un ligero titubeo.

—Lo pasamos bien —aseguró el médico con una sonrisa radiante—, ¿verdad?

Arizona asintió y Tyler rio con ganas.

—¿En el criquet? —se burló.

—Que tú lo detestes no significa que los demás no lo disfrutemos —insistió el médico ahora algo molesto.

Tyler sintió la mirada acusatoria de Arizona y amplió su sonrisa.

—A ver, no lo detesto, es solo… —lo pensó un segundo— que prefiero cazar moscas con unos palillos chinos, se me hace más ameno.

Arizona le dio un golpecito en el brazo y Tyler la miró con una amplia sonrisa.

Seguro que Dylan estaba malinterpretando el regaño.

Al menos tenía claro que no habría sido la cita del siglo, pero ¿cómo narices se habían conocido?

¿Habrían salido mucho tiempo? No lo creía, o Arizona habría reconocido el nombre y al propio médico al verlo.

En cualquier caso, no le agradaba nada la idea.

—Nosotros lo pasamos genial aquel día —suspiró Dylan al recordarlo—, ¿verdad?

La chica asintió y Tyler murmuró solo para ella.

—Guau, ya eras una gran actriz por aquel entonces, parece.

Recibió otro golpe en respuesta y Tyler no pudo evitar reír de nuevo. Le encantaba chincharla, bromear con ella y provocarla, y esperaba que ella también estuviera disfrutando de la complicidad.

—Entonces ¿quieres que te lleve yo el embarazo? —preguntó Dylan poco después.

Tyler se puso tenso y leyó la misma expresión en el rostro femenino.

—Aún no sé cuánto tiempo me quedaré en Londres —reconoció Arizona.

Joder, solo con pensarlo Tyler sentía una sensación amarga incomodarle en el pecho. Luchó contra ella mientras escuchaba a Dylan recomendarle unas vitaminas prenatales que debería comenzar a tomar desde ya.

Cuando por fin salieron del hospital, se quedaron un instante frente a frente, sin saber muy bien qué hacer con ese nuevo silencio entre ellos.

Había algo distinto, más denso, más real.

Una mezcla de azoramiento y tensión que ninguno terminaba de encajar.

Aquello lo cambiaba todo, quisieran o no, y por primera vez los obligaba a entenderse.

—He quedado con el coreógrafo en el teatro —informó Arizona con un ligero titubeo— y ya voy tarde.

—Pero tienes que comer —la regañó Tyler de inmediato—, ahora por dos.

Arizona arqueó una ceja, divertida.

—Espero que no te pongas en plan mandón todo el embarazo.

—No —respondió él con una media sonrisa—. Solo hasta que regreses a Estados Unidos, supongo.

La miró entonces con más seriedad y el gesto no pasó desapercibido. Arizona suspiró, ambos eran conscientes de lo que implicaba todo aquello.

—Tú mejor que nadie sabes lo que firmamos —le recordó—. El estreno más una semana de funciones.

Tyler asintió, tragando saliva sin querer pensar demasiado en ello. En menos de un mes ella se subiría a un avión.

Arizona le dio un pequeño codazo, como si pudiera espantar ese pensamiento.

—No le des más vueltas —añadió con ligereza—. Sé que estás pensando si deberías invitarme al críquet, pero no hace falta.

Tyler soltó una risa breve.

—¿Seguro? Dylan insiste en que lo pasasteis genial —la miró de reojo con el ceño apenas fruncido.

—Sí, fue memorable —replicó Arizona—. Cinco horas… con todos sus minutos y segundos.

La carcajada del chico llamó la atención de la gente con la que se cruzaban camino al coche.

—Cinco horas contigo y el muy idiota te lleva al críquet —murmuró, negando con la cabeza.

La vio sonreír.

—¿Tú habrías escogido fútbol?

—Claro, pero te habría invitado a verlo en mi casa —repuso, mirándola con los ojos nublados.

—Das por hecho que yo habría aceptado —dijo divertida.

Tyler alzó una ceja.

—Tengo una tele del tamaño de una pantalla de cine —añadió, sin apartar la mirada—. Cuando quieras te la enseño.

—Espero que te estés refiriendo a la tele —bromeó.

Tyler amplió su sonrisa aún más.

—¿Qué tele?

Un adorable rubor tiñó sus mejillas y Tyler estuvo a punto de atraerla a sus brazos y buscar su boca, haciendo gala de su desesperación, pero no se atrevió.

La sonrisa que Arizona lucía en su rostro era tensa y sus silencios cada vez mayores, extraños.

Era tan expresiva que resultaba un libro abierto si sabías leerla bien, y él había aprendido a hacerlo.

—Así que en realidad conociste a Dylan… —se interesó ella nada más subirse al coche.

Tyler sonrió y admitió.

—En el instituto.

—¿Y por qué carajos inventas cosas?

«¿Por qué lo hacía?».

—Bueno, tú te empeñas en verme como el tío más aburrido y estirado del planeta —se encogió de hombros—, no quería decepcionarte.

La sonrisa ácida de Arizona fue un mal presagio. De hecho, ya no sonreía cuando declaró:

—Sí, a ti también te falta tiempo para pensar siempre lo peor de mí —murmuró mientras se ponía el cinturón de seguridad.

Tyler tragó saliva y la miró con una expresión torturada.

—Siento lo que pasó en la fiesta —se apresuró a decirle, y la vio tensarse—. Debí preguntarte antes de hacer suposiciones.

—No pasa nada —susurró sin mirarlo.

—Sí pasa —afirmó, e intentó un acercamiento, pero Arizona se retrajo contra la puerta para liberarse de la caricia.

—Mira, estoy algo sobrepasada por todo lo que está pasando —repuso en un tono tenso—. Yo… creo que deberíamos marcar algunos límites entre nosotros antes de confundirnos más.

Tyler la miró angustiado, pero guardó silencio.

—Sí, el bebé nos unirá de forma irremediable para siempre —continuó Arizona con un tono de voz algo ahogado—, pero nosotros no tenemos una relación. No podemos seguir enrollándonos cuando nos apetezca.

—¿Por qué no?

Aquella pregunta pareció sorprenderla y lo miró con una expresión de cautela.

—Porque no.

—Dame un motivo.

—No necesito un motivo —sonó algo irritada—.

No voy a ser de las que se acuesta con el padre de su hijo cada vez que hace escala en su puerto.

Ahora debemos pensar en el bebé, y bastante tendrá con el régimen de visitas transatlántico que deberemos imponerle como para darle una familia aún más disfuncional —dijo de carrerilla—.

Tú tendrás que casarte con quien tu abuela escoja y yo…

—¿Tú qué? —interrumpió—. ¿Seguirás huyendo del matrimonio como de la peste?

—¡Mira quién habla!

—Sí, en eso nos parecemos. No tengo ninguna intención de casarme, lo admito —aseguró, y leyó el asombro en sus ojos—. Así que deja de decir chorradas como que mi abuela va a escogerme una esposa, porque eso no va a pasar.

—Pero…

—Pero nada —sentenció en un tono frío—. No quieres más sexo conmigo, puedo encajarlo, no necesitas buscar excusas.

—Eh…, vale —sonó abatida.

—Pues aclarado.

Tyler puso el coche en marcha sin añadir una palabra más. Todo lo que agregara en aquel momento solo contribuiría a empeorar las cosas y dejarlo al descubierto. Puedo encajarlo, le había dicho. ¿A quién demonios quería engañar?