Capítulo 37 #2
Al terminar, Dylan informó:
—Para empezar creo que debemos hacer una ecografía para asegurarnos de que el embrión está ahí —contó—. Los abortos espontáneos son más frecuentes de lo que pensamos, además de los falsos positivos, si te hiciste la analítica tan cerca de la concepción.
«La concepción… Qué nombre tan feo para describir el glorioso momento dentro de aquel coche», pensó, sintiéndose avergonzada por la absurdez.
Se limitó a asentir y se puso en pie cuando el médico le señaló la cortina justo al otro lado de la sala.
—Sobre la camilla tienes una bata —informó—. Desnúdate de cintura para abajo.
—¿Perdona? —Aquella fue la primera palabra que pronunció Tyler desde que se había sentado.
Arizona estuvo a punto de reír, y lo habría hecho de no sentirse un poco avergonzada.
—La eco es vaginal —le explicó ella misma, intentando sonar normal, y observó su rostro hasta que lo vio comprender a qué se refería. En aquella ocasión no pudo evitar reír.
Se metió detrás de la cortina, pero siguió con el oído muy puesto en la conversación.
—Quizá deberías salir de la consulta y… —repuso Dylan ahora.
Tyler ni lo dejó acabar.
—Ni en tus sueños.
Arizona sonrió.
—Soy médico, no hay ningún tipo de mala intención —sonó indignado.
—Por si acaso.
La chica no podía borrar la sonrisa del rostro. Quizá era una ilusa, pero le agradaba aquella actitud de Tyler, como si de veras estuviera algo celoso.
Cuando estuvo lista, se sentó sobre el potro con las piernas colgando y los nervios a flor de piel.
¿Y si después de tanta preocupación… no había bebé?
Dylan había calculado que eran seis casi siete semanas médicas las que tenía de embarazo, mucho menos desde la concepción real, era pronto, aunque en los últimos días se sentía los pechos demasiado extraños, inflamados y muy sensibles.
En cuanto avisó de que estaba lista, Dylan se metió tras la cortina.
Tyler lo siguió sin que nadie se lo pidiera, pero Arizona se encontró agradeciendo el gesto con una sonrisa que se convirtió en carcajada al ver el gesto de su rostro cuando tomó posición en los estribos del potro y Dylan cogió el ecógrafo y lo llevó a su entrepierna…
Pero el momento cómico se desvaneció casi de inmediato. Arizona clavó la mirada en la pantalla con el corazón latiéndole demasiado deprisa, esperando a que Dylan dijera algo, cualquier cosa.
—Vamos a comprobar primero que todo esté en orden —murmuró el médico, moviendo el transductor con suavidad—. Intenta relajarte.
Arizona contuvo la respiración, un segundo, dos…
—Sí, aquí está —añadió Dylan poco después en un tono tranquilo, casi cotidiano.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
Arizona no se movió, no pudo. Notó cómo el pulso se le disparaba aún más, cómo algo le oprimía el pecho sin llegar a doler del todo todavía.
A su lado, Tyler debió percibirlo, porque para su asombro apoyó una mano sobre su hombro. No dijo nada, pero el gesto fue suficiente para reconfortarla.
En silencio, ambos siguieron mirando la pantalla mientras Dylan continuaba trabajando, midiendo con precisión, concentrado.
—Todo se ve bien —añadió al cabo de unos segundos—. Vamos a comprobar el latido.
—¿Qué?
—Todavía es muy pequeño, pero ya deberíamos poder detectar el latido del corazón.
Arizona no estaba preparada para el sonido que inundó la estancia.
Rápido, constante, vivo. Un pulso diminuto que se coló hasta lo más hondo de su alma sin pedir permiso, tal y como aquel bebé había llegado hasta ella, y algo estalló en su interior con una fuerza arrolladora que le erizó la piel.
Su corazón se aceleró mientras su respiración se volvía irregular y sentía un calor extraño extenderse por todo su cuerpo.
Cerró los ojos un instante, dejándose invadir por aquella cadencia, por ese pulso pequeño pero imparable…
y una sensación familiar inundó sus sentidos, la misma que latía bajo su piel cuando salía al escenario, esa que le grababa a fuego en el alma que estaba justo donde debía estar, en ese lugar casi inexplicable donde todo cobra sentido.
Abrió los ojos y sonrió. El miedo seguía ahí, el caos también, pero ya no importaban igual, porque jamás había tenido nada tan claro en toda su vida.
Y de pronto todo lo demás dejó de importar: las consecuencias, las opiniones, incluso las de Tyler…
…porque en ese instante ya no existía nada en el mundo capaz de hacerla renunciar a esa sensación, a ese latido…, a su bebé.
No se atrevía a mirar a Tyler. Ni siquiera sabía qué podía o no pensar él sobre su decisión, pero no era momento para hablarlo.
Dylan estaba ya retirando el brazo del ecógrafo.
—Ya puedes vestirte —declaró ahora.
Y por primera vez Arizona miró a Tyler, cuya seriedad absoluta le puso los pelos de punta. Él también parecía evitar mirarla y eso la contrarió, y más cuando salió del biombo sin decir nada para dejarla vestirse.
Para su asombro, no escuchó una sola palabra en la sala, el silencio era absoluto cuando se reunió con ellos.
—Siéntate —pidió el médico—. Voy a contarte las opciones para que puedas tomar tu decisión.
Pero Arizona era incapaz de seguir escuchando. En aquel momento el simple pensamiento de haberse planteado una sola de aquellas opciones la enfermaba.
—Tengo muy clara mi decisión —aseguró sin tomar asiento.
Vio suspirar a Tyler con claridad, como si no pudiera contenerse, y se sintió tan saturada de emociones que se limitó a pedir disculpas y salir de la consulta.
—Necesito algo de aire.
Caminó por el pasillo hasta una pequeña ventana, que abrió para poder respirar.
—Arizona…
No se había dado cuenta de que Tyler la había seguido y se giró a mirarlo en cuanto escuchó su nombre.
—Piénsalo un poco —rogó el chico en un tono bajo.
—No.
—Es una decisión difícil —insistió.
—Ya no.
—Arizona, por favor…
Lo interrumpió antes de que pudiera completar la frase.
—Quiero tener el bebé.
Aquello pareció contrariarlo.
—¿Qué?
—No voy a renunciar a él, no puedo.
—Vale.
—No voy a obligarte a nada, pero… —se detuvo en seco—, ¿qué acabas de decir?
Lo miró con los ojos abiertos de par en par, un tanto asombrada.
—Me parece bien —aseguró Tyler en un tono más cálido.
La chica le devolvió un gesto mezcla desconcierto y alivio. Era obvio que tenían una conversación importante por delante, pero le quitaba un peso de encima que él no pusiera objeciones.
—No voy a exigirte nada —aclaró de inmediato—. Tú decides si quieres o no involucrarte…
—Quiero.
—…eh… vale.
—Si vas a tenerlo, quiero ser su padre —afirmó sin una sola duda—, en el sentido pleno de la palabra.
Arizona lo miró algo confusa.
—¿Y eso significa…?
—Que quiero la custodia compartida.
Aquello era justo, pero… un problema, teniendo en cuenta que los separaban diez mil kilómetros de distancia.
La chica suspiró algo confusa.
—Pues no sé cómo nos vamos a organizar —admitió.
—Sí, no está fácil la cosa —reconoció Tyler.
La miró con una expresión difícil de descifrar. Demasiado seria. Cargada de algo que a Arizona le tensó el estómago.
—¿Y podemos dejar esas decisiones para otro momento? —pidió ella, agotada—. Ha sido una mañana de mierda. Estaba muy agobiada.
Tyler le sostuvo la mirada un segundo más y luego asintió.
—¿Y ya estás más tranquila?
Arizona dudó apenas un instante.
—Pues… sí —confesó, esbozando una sonrisa sincera—. A pesar de lo que se nos viene encima, me siento como si me hubiera quitado un gran peso de los hombros, lo que no sé si tiene mucho sentido.
—Lo tiene, sí —opinó Tyler—, te entiendo bien.
Sí, probablemente fuera el único que podía entenderla.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino distinto.
Se miraron sin prisa, sin necesidad de decir nada más.
Había algo nuevo entre ellos, algo que no estaba antes.
No era solo complicidad o atracción, era un punto de conexión casi mística, que al fin iba mucho más allá de toda rivalidad.
Seguían siendo de mundos distintos, y en algún momento aquello sería un problema, pero no allí, no ahora, cuando ambos se enfrentaban a la misma asombrosa realidad: iban a ser padres.
Tyler alzó la mano despacio, casi con cautela, y apartó un mechón de pelo del rostro de Arizona.
El roce fue leve, pero suficiente para que ella se estremeciera y sintiera el impulso irracional e inesperado de acercarse un poco más, de apoyarse en él, de rogarle un abrazo que por un instante la ayudara a olvidarse de todo lo demás…
…pero no se movió. Se quedó ahí, sosteniendo su mirada, deseando con demasiado anhelo que fuera él quien diera ese paso.
«No puedo cometer el error de enamorarme de ti», pensó, mirándolo con el corazón tan acelerado que le fue imposible no preguntarse… si acaso aún estaba a tiempo de evitarlo.
No debía perder el rumbo en ese momento, ni olvidar que él jamás la habría escogido a ella para ser la madre de su hijo de haber podido evitarlo.
Debía marcar las distancias, dejarle claro que el bebé era todo lo que habría entre ellos, y eso incluía… mantener sus cuerpos a unos prudentes par de metros de distancia.
Lo miró de reojo de arriba abajo y su cuerpo le gritó con grosería lo que pensaba al respecto.
«Dos metros no serán suficientes…».