Capítulo 37
Las cosas se estaban complicando. Necesitaban ser mucho más persuasivos. Apenas les quedaba tiempo para lograr sus objetivos y aquello resultaba muy estresante.
Sacó su teléfono con aire pensativo y abrió el WhatsApp.
MACBETH:
Es hora de quemar el último cartucho
Activa la fase 3
OFELIA:
La dejé preparada
para cuando fuera necesario
MACBETH:
Estamos en un punto crítico
Jugamos a todo o nada
OFELIA:
Entendido. Me pongo con ello
¿Para cuándo lo quieres?
MACBETH:
Para ayer
OFELIA:
Ok
Arizona estaba nerviosa y aquello comenzaba a repercutir en sus ensayos.
No veía a Tyler desde el día anterior, concretamente desde que se largó de su habitación sin decir demasiado.
Tan solo había recibido un WhatsApp a la hora de cenar en el que la informaba de que el ginecólogo del que le habló los atendería al día siguiente y que pasaría a recogerla por el teatro alrededor del mediodía.
En respuesta Arizona escribió y borró más mensajes de los que podía recordar, en diferentes tonos, pero acabó contestándole con un simple ok .
Y allí estaba, esperando a que él pasara a buscarla para asistir juntos a una de las citas médicas más difíciles de su vida, lo que la tenía demasiado despistada como para centrarse del todo en Isabella y sus desventuras.
Para colmo, Belinda Walsh había decidido aparecer por aquel ensayo dispuesta a tocarle las narices lo suficiente como para sacarla de sus casillas.
En ese momento estaban trabajando en la escena del primer beso, esa que ensayó con Tyler, y añadir la tensión del recuerdo al coctel de emociones que bullía en su interior no estaba ayudando nada.
—Creo que te falta intensidad —opinó Belinda con una sonrisa prepotente desde un lateral del escenario.
Sí, era cierto, estaba descentrada, pero ¡¿quién narices era aquella tipa para inmiscuirse? Por suerte, Will terció de nuevo.
—Belinda, si quieres estar aquí, te ruego que no intervengas —pidió en un tono nada amable ya, tras varios encontronazos.
—Perdón, solo quería ayudar —se disculpó, pero con una sonrisilla demasiado prepotente como para ser sincera, y miró a Arizona—. ¿Te ocurre algo? Si quieres, puedo sustituirte e intentarlo yo y…
—Belinda, baja del escenario —exigió Will ahora.
Arizona suspiró algo abatida mientras veía el gesto hosco con el que la actriz obedecía la orden.
Era obvio que comenzaba a quitarse la máscara de compañera complaciente que llevaba el día que se conocieron.
Pero Arizona podía entenderla. No debía de ser nada fácil tener que cederle tu puesto protagonista a otra persona, ni incluso sabiendo desde el principio que solo eras una sustituta temporal.
Por supuesto, a la larga aquella mujer se quedaría con el papel de Isabella y tendrían que buscar a otra suplente, pero estaba segura de que le molestaba no poder ser ella quien abriera el día del estreno.
—Vamos desde eres la luz de mi vida —volvió a indicar Will.
Vince recortó la distancia hasta Arizona y la tomó en sus brazos…
…y Tyler entró en el patio de butacas justo en ese instante.
Arizona fingió no verlo y se concentró en la escena con todos sus sentidos, pero fue inútil. Cuando casi llegaban a la parte del beso, bailó las frases y Will interrumpió la escena a los pocos segundos.
—¿Te encuentras bien? —preguntó ahora el director, mirándola con preocupación.
Ella se negó a mirar a Tyler, que llegaba hasta el pie del escenario en ese momento.
—¿Pasa algo?
Will le contestó primero con una sonrisa.
—Está todo bien —aseguró.
Tyler miró a Arizona con una expresión imperturbable, imposible de leer.
—Nos vamos en diez minutos —la informó en un tono neutro.
Aquello le molestó un poco. Sí, entendía que estuviera enfadado, pero ¡ella tenía las hormonas para pocas tonterías!
Miró a Vince y le sonrió.
—¿Retomamos desde el somos de mundos distintos ?
Iba a arrearle al tipo un besazo de los que saltan empastes solo para resarcirse.
«Estás suponiendo que a él le importa algo lo que hagas», la alertó su conciencia, pero le dio igual.
Se metió en los brazos de Vince.
— Somos de mundos distintos .
— Mi mundo está donde tú estés —replicó el actor—. No hay título, ni nombre, ni destino que valga más que encontrarte al final de cada día. No puedo ni quiero vivir sin ti, mi dulce ninfa.
Recortó la distancia muy despacio hasta sus labios, sosteniendo la emoción del momento…
—¡Corten!
—¿Qué?
—¿Cómo?
Todos se giraron hacia Tyler, desconcertados.
—¿Corten? —Rio Will mirando a su amigo—. ¿En serio?
—Se nos hace tarde —anunció Tyler sin variar el gesto.
—Dijiste diez minutos —protestó Arizona.
—Pues quise decir dos.
Y parecía tan sincero que la chica prefirió morderse la lengua.
«¿Recordaba él que ahí venía el beso o… de veras se les hacía tarde?». Nunca lo sabría, y mucho menos si él se empeñaba en seguir mirándola con aquella frialdad que no le dejaba ver una sola emoción en su rostro.
Iban a ser muy largas el siguiente par de horas si insistía en seguir comportándose así.
Fueron en silencio hasta el hospital, pero Arizona lo agradeció. Estaba muy tensa. Sería mejor no añadir una discusión a la ecuación, aunque se sintió aliviada cuando al fin pudo leer esa misma tensión en el rostro masculino. Y fue mucho más evidente tras aparcar y entrar en el hospital.
Cuando estaban en la sala de espera aguardando a que los llamaran, Tyler al fin habló:
—Dylan y yo no tenemos la mejor relación —informó de repente—. Por si notas algo raro.
La chica lo miró confusa.
—¿Y por qué lo has escogido a él?
—Porque es el mejor —reconoció de mala gana.
Arizona, cansada ya del silencio y deseando evadirse, insistió:
—¿Y de qué os conocéis? —indagó en un tono burlón—, ¿del club de campo?
Tyler la miró con fastidio y Arizona sonrió:
—¿Jugabais juntos al golf?
—Al criquet.
—¡Al criquet! —exclamó con un asombro real—. ¡Me llevaron a un partido una vez cuando viví aquí hace diez años!
—Por tu gesto, deduzco que no te entusiasmó.
Arizona esbozó una sonrisa y acabó encogiéndose de hombros.
—Me entretuvo los diez primeros minutos —admitió—, pero quizá me sobraron… las otras cinco horas que duró el partido.
Vio a Tyler sonreír a medias y aquello le dio algo de cancha, incluso cuando él puntualizó:
—Es un juego de paciencia, estrategia y precisión. Entiendo que pueda resultarte desconcertante.
—¿Eso ha pretendido ser un insulto? —preguntó mordaz—. Porque si intentas que me sienta mal porque no me guste un deporte en el que nada ocurre mientras todos actuáis como si fuera algo trascendental, vas listo.
—Pues es parecido a vuestro adorado beisbol.
—Sí, solo que más largo, más lento y con más gente fingiendo que no se aburre.
Cualquier tema de conversación era mejor que hablar sobre el motivo por el que estaban sentados en aquella sala de espera. Arizona fingía jovialidad, pero se sentía cada vez más tensa.
—Y entonces, ¿el tal Dylan y tú erais rivales en el campo? —siguió indagando—. ¿Qué pasó?
Tyler la miró con fastidio.
—Anda, cuéntamelo —rogó—, o le pienso preguntar a él.
Ambos sabían que era muy capaz.
—Una mujer —acabó confesando Tyler, y soltó un suspiro de hastío—. ¿Acaso no sois siempre el problema de todo?
Arizona lo miró ahora con mucha más curiosidad real, tanta que dejó pasar la pulla.
—¿Te la quitó él o se la quitaste tú?
—Ni una cosa ni la otra, ni siquiera llegué a conocerla.
—Entonces…
—¡¿Puedes dejar de parlotear un rato?! —acabó exigiendo ya en un tono muy serio—. ¿Podemos dejar de fingir que no estamos aquí para algo muy desagradable?
Se quedó muda. Sí, para ella intentar llenar el silencio tampoco estaba funcionando, pero le dolió el tono.
—Yo no te pedí que vinieras conmigo —le recordó.
—Sí, ya, pero para una cosa que me dejas hacer… —sonó irritado.
Por suerte, una enfermera entró en la sala de espera a buscarlos justo en ese momento y ambos caminaron tras ella de nuevo en silencio, igual que si estuvieran avanzando por los pasillos del corredor de la muerte.
Cuando entraron en la consulta, un hombre de unos treinta y pocos años se puso en pie para recibirlos.
—¿Arizona? —fue lo primero que dijo el médico mirándola con una expresión de asombro y admiración—. ¡No me lo puedo creer!
La chica sonrió con un fingido gesto de reconocimiento.
—¿Dylan?
¿No lo había llamado Tyler así?
—¡Sí! ¡Cuánto tiempo!
—Diez años.
Eso mínimo, porque no había vuelto a Londres desde entonces.
—¡Las vueltas que da la vida! —insistió el médico
Y a ella habían debido de marearla, porque… no tenía ni la más remota idea de quién carajos era aquel tipo y de qué lo conocía, pero reconocerlo ahora sería demasiado vergonzoso, así que tendría que esperar a que le diera alguna pista más.
Por suerte Tyler ayudó a desviar la conversación.
—Pues nada —ironizó alto y claro—, yo debo de haberme teletransportado a un plano astral.
Con aquello se ganó la atención del médico, que lo miró con un gesto mordaz.
—Tú no eres tan interesante, Hamilton. —Regresó sus ojos a Arizona, contemplándola con admiración y embeleso.
—¿Tanto como la madre de mi hijo, dices?
Aquella frase se sintió como un cuchillo lanzado con precisión quirúrgica. El médico se puso serio y Arizona… estaba demasiado perpleja incluso para hablar.
Dylan les hizo un gesto para que tomaran asiento mientras decía mirando a la chica:
—Ya habrá tiempo para ponerse al día. Cuéntame.
A Arizona comenzó a temblarle el pulso. No había forma de endulzar la conversación, y tener a Tyler sentado a su lado lo hacía todo muy cuesta arriba.
—¿Ya te ha visto algún ginecólogo antes?
—No, solo un amigo médico cuando me dio los resultados de la analítica, con el que revisé un poco mis opciones.
Dylan arqueó una ceja.
—¿Opciones? ¿Estás valorando interrumpir tu embarazo?
Arizona asintió y, por algún motivo absurdo, sintió la necesidad de sentirse arropada por Tyler. Solo con que la tomara de la mano sería suficiente para reconfortarla, pero lo sentía tan lejos y distante…
—Dime la fecha de tu última regla.
Allí comenzó una conversación médica incómoda, pero necesaria para completar su ficha. Tyler se limitaba a escuchar en silencio.