Rivales con derecho a roce Capítulo 36
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Capítulo 36

El mundo pareció detenerse a su alrededor.

Arizona se quedó inmóvil, de espaldas a todos, con el corazón golpeándole tan fuerte contra las costillas que por un instante creyó que iba a delatarla él solo.

Aquellas palabras seguían suspendidas en el aire, pesadas, brutales, arrancándole de golpe el control que había intentado conservar durante semanas.

Una de sus mayores pesadillas acababa de hacerse realidad.

No sabía cómo iba a reaccionar él a aquella verdad.

Ella ni siquiera había sido capaz de enfrentarla del todo dentro de sí misma.

Sintió calor, vergüenza, rabia y un pánico tan intenso que casi mareaba, porque ya no había escapatoria posible.

Se giró hacia Tyler y se esforzó por mirarlo a los ojos mientras él avanzaba ahora en su dirección con una palidez solo comparable a la de ella.

—Arizona… —susurró al llegar hasta ella, suplicando una respuesta.

La chica tragó saliva y soltó aire con angustia. Comenzaba a sentirse mareada. Muy mareada.

—No… —intentó decir.

—¿No qué? —Tyler parecía contener la respiración—. ¿No es mío?

—No… me encuentro bien —titubeó.

Y por suerte Tyler estaba justo a su lado para sujetarla cuando las piernas dejaron de sostenerla del todo.

La tomó en brazos mientras todos en la mesa se ponían en pie, alarmados, pero él no caminó hacia el sofá, sino hacia afuera del comedor, buscando la intimidad que ambos necesitaban.

Subió las escaleras sin que ella protestara lo más mínimo.

Ninguno de los dos pronunció una palabra hasta que estuvieron en el cuarto de la chica, donde la dejó sobre la cama con cuidado. Después se preocupó de acomodarle las almohadas.

—¿Estás mejor? —interrogó cuando al fin ella estuvo relajada.

Arizona asintió. Que Tyler aún no estuviera gritándole ni recriminándole nada ayudaba a calmar los nervios, responsables del leve desvanecimiento.

Suspiró, abatida, y le pareció justo empezar diciendo.

—No voy a pedirte nada.

En respuesta recibió una mirada mezcla tensión y furia, y supo que había equivocado las palabras.

—Quiero decir que…

—Será mejor que no añadas nada más hasta que recuperes las fuerzas —interrumpió él de inmediato.

—Estoy bien —aseguró.

Tyler se sentó en la cama mirando al suelo, inquieto, con los antebrazos apoyados sobre las rodillas mientras se frotaba las manos con un movimiento nervioso.

—Tyler…

—Quiero que lo digas.

—Bueno…

—Con todas las letras, Arizona —exigió, girando la cabeza para mirarla—. Al menos me debes eso.

Sí, Arizona era consciente de que estaba en su derecho de pedir explicaciones.

Soltó aire, lo miró a los ojos y le pareció justo complacerlo:

—El bebé que estoy esperando es tuyo.

—¡Oh, joder!

Tyler se puso en pie ahora y paseó por la habitación con movimiento nervioso.

—Puedes gritarme —suspiró la chica—. Me encuentro bien.

Lo que no esperaba era que le hiciera caso.

—¡Oh, gracias por tu comprensión! —ironizó, alzando mucho la voz—. Te agradezco que me dejes desahogarme.

El gesto y tono condenatorios eran evidentes y no podía culparlo, pero tampoco podía permanecer callada.

—Entiendo que estés molesto, pero…

—¡¿Molesto?! —la miró iracundo—. ¡Molesto! —repitió como si le resultara inconcebible que ella se atreviera a usar aquella simple palabra para describir su estado.

Arizona se exasperó.

—Sí, vale, debí decírtelo —admitió, incorporándose en la cama.

—¡Me lo negaste en mi cara, Arizona! —increpó—. Es más, tuviste la cara de decirme que estabas de cinco semanas y…

—Médicas —interrumpió para puntualizarlo.

—¿Qué?

—Un rollo de los médicos para contar en los embarazos, yo no tengo la culpa de que no lo sepas y…

—¡Venga ya!

—Vale, sí, me equivoqué —replicó al fin—. Pero me creas o no, te lo habría dicho si mi decisión hubiera sido tenerlo.

Tyler la miró ahora con el entrecejo fruncido.

—¿Hubiera sido? —interrogó—. ¿Me estás diciendo que ya has decidido lo contrario?

Aquella era una respuesta dura de dar incluso para ella.

—Al noventa por ciento —reconoció incómoda.

—Ah, ya —ironizó Tyler, mirándola con una expresión mordaz—, se me olvidaba que no tengo voz ni voto.

Sí, entendía su enfado, pero no era suficiente.

—Mi cuerpo, mi decisión —le recordó sin una sola duda—. Siento ser tan drástica, pero es lo que hay.

Tyler soltó un improperio entre dientes mientras la miraba con evidente desazón, tanta que Arizona lo observó con curiosidad y no pudo evitar preguntar:

—¿Acaso tú defenderías tenerlo?

Solo obtuvo silencio como respuesta. Era evidente que no esperaba la pregunta. Arizona sonrió sin rastro de humor.

—¿No es una decisión fácil cuando tienes que tomarla tú, eh? —declaró mordaz.

Más silencio.

—Pues qué bien —insistió Arizona.

—¿Acaso ahora te importa mucho mi opinión? —acabó preguntando el chico, y entonces fue ella quien calló—. Pues lo siento, pero estoy demasiado enfadado contigo como para mantener la conversación que necesitamos.

Sin más, para desconcierto de Arizona, salió de la habitación sin añadir una palabra más.

Las lágrimas arrasaron los ojos de la chica y se los limpió con rabia. Sería fácil blasfemar y cargarlo a insultos, pero no podía culparlo por dejarla con la palabra en la boca. Aunque una sensación amarga le ardía dentro del pecho. Debía reconocer que le habría gustado que él…

Le palpitó el corazón.

«¿Qué?». Ni siquiera se atrevía a pensarlo.

Tyler entró de nuevo en el comedor solo para despedirse. Necesitaba estar a solas, calmarse para poder pensar e intentar encajar todo lo sucedido en los últimos minutos, y la resaca que arrastraba del día anterior no ayudaba.

Decenas de emociones juntas se empeñaban en hablar al mismo tiempo dentro de su cabeza y ni siquiera podía decidir a cuál de ellas darle voz.

Todos en la mesa lo miraron con preocupación al verlo entrar.

—Arizona está bien —anunció antes de que preguntaran.

—¿Y tú? —indagó su madre de inmediato.

Se le pasó por la cabeza mentir, pero sabía que nadie iba a creérselo.

—Regular —admitió—. Me marcho a casa, si no os importa.

Era pura cortesía. Necesitaba salir de allí, no era negociable. Si no lo hacía pronto, estaba seguro de que regresaría a aquella habitación, enfadado y con las ideas demasiado confusas como para que de allí pudiera salir nada bueno.

Se dio media vuelta dispuesto a alejarse, pero se giró de nuevo soltando aire con fuerza.

—Que alguien le suba algo de comer, por favor —pidió casi en un susurro.

Y de repente miró a su madre.

—¿Me acompañas a la puerta?

Se despidió del resto y ambos salieron en silencio. No fue hasta que franquearon la puerta de la calle cuando Tyler preguntó:

—¿Qué fue lo que ella te comentó de su embarazo?

Helen lo miró intentando disimular un principio de sonrisa nerviosa.

—¿Es mi nieto? —interrogó, incapaz de callar.

El chico suspiró abatido.

—Sí —confesó en un tono lúgubre—, pero no te hagas ilusiones, porque no tiene ninguna intención de tenerlo.

Aquello borró la sonrisa del rostro femenino de inmediato.

—No me pilla de sorpresa —reconoció—. Ya te comenté que el día que te acompañé al hospital me la topé en la puerta.

Tyler asintió.

—No sé si te dije que ella estaba jodida, acababan de darle la noticia de su embarazo y le había caído como una bomba —explicó.

Sí, él también recordaba el modo en que lo había mirado al salir de la consulta, lo enfadada que estaba y las ganas de pegarle que parecía tener. Había creído que eran imaginaciones suyas…, pero no.

—Me contó que se había tomado una de esas pastillas del día después —continuó la mujer—, así que supongo que esperaba antes una gonorrea que un embarazo.

Tyler recordó el momento antes de entrar a consulta en el que ella le confesó haberse tomado aquella píldora.

—Esas pastillas no son infalibles, es obvio —suspiró Helen—. La cuestión es que Arizona sufrió un ataque de ansiedad tremendo a la puerta del hospital, que le costó mucho remontar.

Aquello sí lo sorprendió. Le costaba imaginarla…

—Y supongo que necesitaba desahogarse con alguien —siguió diciendo Helen—, así que cuando logró calmarse, me lo contó todo. Cómo fue, dónde, lo… inevitable que había sido todo.

—¿A qué te refieres?

Helen sonrió a medias, pero le costó decidirse a contestar.

—Venga, dímelo —protestó el chico, irritado.

—Es que no quiero contar sus intimidades y…

—¡Mamá!

La sonrisa cómplice de la mujer lo calmó un poco.

—Reconoció que no es de las que pierde la cabeza —acabó contando—, que jamás se había acostado con alguien nada más conocerlo y mucho menos sin protección.

No pudo evitar sentirse muy bien al escuchar aquellas palabras. No iba a negarlo. Incluso se permitió esbozar un amago de sonrisa, pero fue solo hasta que vio la forma en que su madre lo miraba.

—¡¿Qué?! —acabó protestando.

—Te gusta mucho, ¿eh? —sonrió—. Te pasó lo mismo que a ella en ese túnel de lavado, reconócelo.

Tyler soltó aire y perdió su mirada en la distancia.

—También me encantan las naranjas —sonó algo angustiado—, pero no me sientan bien.

—Ty…

—Somos incompatibles, mamá —aseguró—. Y una vez que… se deshaga de ese bebé sin tenerme en cuenta, jamás podré perdonarla del todo.

Lo miró sorprendida.

—¿Tú quieres a ese bebé?

—No lo sé, ni siquiera he podido hacerme a la idea aún —confesó—, pero al menos quiero que me respete lo suficiente como para darme voz y voto —clavó en ella una mirada crítica—. ¿Tú también crees que no tengo derecho ni a opinar?

Helen le devolvió una expresión cargada de sinceridad.

—Para mí es una respuesta difícil —admitió—. Supongo que como mujer contestaría una cosa… y como madre otra.

El chico asintió con una mezcla extraña de irritación y agradecimiento por la respuesta.

—No le hables a Arthur de los deseos de Arizona de interrumpir el embarazo —rogó ahora, recordando la poca consideración que le había tenido al hombre durante la comida—. Necesitamos que al menos comience su tratamiento. Una vez lo haga, confío en que no lo interrumpa pase lo que pase.

La mujer asintió.

—Y vete a saber qué está pensando la abuela —suspiró ahora, y frunció el ceño—. Supongo que ella sí se alegrará de que ese niño no nazca…

Se le formó un nudo en la garganta al pronunciar la frase y aquello lo desconcertó.

—¿Por qué crees eso?

—Arizona es la última mujer que quiere para mí —le recordó.

Helen se limitó a sonreír.