Rivales con derecho a roce Capítulo 35
69%

Capítulo 35

No poder permitirse descansar ni en el fin de semana tenía sus ventajas.

Después de tanto darle a la cabeza durante gran parte de la noche, para Arizona el poder centrarse en el trabajo resultaba un alivio.

Al menos se había levantado algo más tarde de lo habitual, pero debía reconocer que aún seguía un poco cansada. Por suerte se encontraba sola con Will y Vince, trabajando sobre todas las escenas que tenían juntos, que eran el ochenta por ciento, así que la mañana estaba siendo tranquila…

…hasta que Tyler llegó con Arthur cuando rondaba la una de la tarde. Al parecer, todos habían quedado para comer en el palacete, algo que Will afirmaba haber olvidado contarle.

Estuvo a punto de protestar y esposarse a alguna parte del atrezzo para quedarse en el teatro, pero decidió comportarse como una mujer adulta.

«Habrá mucha gente en esa comida, podré ignorarlo sin problema y…».

—¿Podemos hablar? —interrogó su peor pesadilla, sobresaltándola.

Miró a su alrededor y frunció el ceño. ¿En qué momento se había quedado sola en el escenario? Solo se había despistado para coger su mochila.

—No creo que tengamos nada que decirnos —declaró sin más.

—Venga, no seas así.

—¿Así cómo? —Lo miró irritada—. ¿Tienes algún calificativo más con el que bautizarme que no me hayas dicho desde que nos conocemos?

Lo vio apretar los dientes.

—¿Te queda a ti algún insulto?

Arizona guardó silencio y lo observó con atención. No tenía buen aspecto. De hecho, parecía que le hubiera pasado por encima una apisonadora viniendo de camino, pero no pensaba preguntar. Decidió que ignorarlo sería mejor para todos.

Pasó ante él dispuesta a alejarse sin pronunciar palabra, pero Tyler la retuvo de la muñeca.

—¡Ya estamos!! —protestó la chica, tirando con fuerza para rescatar su brazo.

—Lo siento —duplicó sus esfuerzos para impedir que se soltara—, pero te pones muy impertinente a veces.

—Ah, que ahora estoy siendo impertinente —suspiró con teatralidad—. ¿Y por qué querrías hablar con alguien como yo entonces?

Tyler la miró con lo que parecía pesar.

—¿Es que no podemos mantener una conversación normal? —rogó.

—Yo no hablo con gente predispuesta a creer lo peor de mí en todo momento. —Se cruzó de brazos y lo miró con obstinación.

Él soltó un bufido de impotencia.

—Te pedí que me dieras tu versión —le recordó.

—Sí, después de insinuar que no se me puede sacar de casa —recriminó, aún muy dolida por aquello.

—¡Jamás dije algo así! —se defendió.

—Mira, me da igual —acabó diciendo en un tono cansado—. Mantente lejos de mí, Tyler, será lo mejor para los dos.

Intentó alejarse de nuevo, pero él solo soltó su muñeca para atraerla con ambas manos con fuerza de la cintura.

—¿Y si no quiero estar lejos?

—Me subiré en una mesa a bailar claqué en cada oportunidad que tenga.

Él sonrió a medias.

—Te juro que te convertiré en el hazmerreír de Londres en un tiempo récord—siguió amenazando—. Estás avisado.

—Me arriesgaré. —La atrajo con más fuerza.

Arizona intentó alejarse, pero su cuerpo la traicionó.

—Vaya, sí que tienes ganas de meterte entre mis piernas —ironizó—, ¿o piensas mantenerme cautiva y atada a tu cama?

Los ojos de Tyler se encendieron como ascuas.

—Joder, no me lo había planteado como opción, pero…

Arizona le arreó un manotazo y se revolvió entre sus brazos hasta conseguir escaparse.

—Era una broma —suspiró—, ven aquí, anda.

—Sí, claro —dijo ya alejándose—. Vete a gastarle tus bromitas a quien le hagas puta gracia.

Blasfemando entre dientes, caminó hasta el otro extremo del escenario, donde Will estudiaba algunas prendas de vestuario.

Estaba alterada. Enfadada con Tyler, molesta consigo misma por dejarse influir y… acalorada, joder, ardiendo, ¡qué mierda! Su cuerpo no atendía a razones ni lógicas moralistas.

—¿Todo bien? —preguntó Will, mirándola con una mezcla de preocupación y curiosidad.

—Estupendo —aseguró Arizona, demasiado rápido—. ¿Nos vamos a comer?

—Sí, solo deja que acabe de echarle un vistazo al vestuario —indicó—. No me he dado cuenta hasta ahora de que han traído algunos vestidos más.

Will se acercó al perchero lateral y alzó una de las prendas con cuidado.

—Los de vestuario debieron dejarlos aquí anoche, cuando ya nos habíamos ido.

Arizona se acercó también, agradeciendo cualquier distracción que la sacara de su propia cabeza.

Había varios vestidos colgados, protegidos aún con fundas a medio retirar: telas pesadas, bordados delicados, corsés imposibles y faldas con más estructura de la que parecía legal cargar sobre un cuerpo humano.

Algunos pertenecían a escenas de baile, otros a los números más teatrales, llenos de dramatismo y exageración.

—Definitivamente, Isabella sufría más con su vestuario que con sus tragedias amorosas —murmuró Arizona, rozando una manga repleta de pedrería.

Will soltó una risa.

—Espera, mira este —señaló, y retiró con cuidado otra funda.

Era uno de los vestidos principales de Isabella. El que llevaba en todas las escenas que habían trabajado aquella misma mañana. Oscuro, elegante, con esa mezcla de fuerza y dramatismo que parecía hecha para dominar el escenario.

—Qué pena, lo dejaron ayer para que pudieras ensayar hoy con él —repuso Will—, siento no haberme dado cuenta antes.

—Esta tarde me lo pruebo —sonrió, mirando el vestido con curiosidad—. Es precioso.

Will asintió y pasó la mano por la tela, inspeccionándolo con más atención. Y entonces se detuvo.

—Espera…

Arizona alzó la vista.

—¿Qué pasa?

Él frunció el ceño, mirándose la palma.

—Me pican las manos.

Al principio sonó casi ridículo, pero un segundo después colgó el vestido y se las frotó, esta vez con más insistencia.

—No, en serio, me pican mucho.

Arizona se tensó y lo miró con desconcierto.

Will introdujo la mano con cuidado entre los pliegues interiores del vestido y al sacarla sus dedos estaban cubiertos por un polvillo fino, casi imperceptible a simple vista.

Ambos se miraron entre sí.

—¿Esto qué demonios es?

Arizona acercó la mano sin tocarlo del todo, observando el residuo.

—Pues yo diría que son… —frunció el ceño— polvos pica-pica.

—¿Eso sigue existiendo? —se extrañó Will—. No los veía desde el colegio.

Ambos se sobresaltaron cuando Tyler llegó hasta ellos.

—¿Qué pasa? —interrogó de inmediato.

Will lo puso al día con rapidez, al igual que a Arthur, que se acercó también.

—¿Y de quién es ese vestido? —insistió Tyler ahora.

—Mío —admitió Arizona—. Debería habérmelo puesto para ensayar, pero no nos hemos dado cuenta de que estaba aquí.

Tyler miró a Will con una expresión tan seria que su amigo se defendió.

—No puedo despedir a toda la plantilla de vestuario, Ty —dijo de inmediato. Era evidente que ya lo habían hablado—. El estreno está a la vuelta de la esquina.

—Me da igual —sentenció el arquitecto—. Es indudable que alguien va a por ella, y si esa persona no aparece, haremos limpia.

—¿Quieres echar a todo el elenco? —expuso ahora Arizona—. Porque la realidad es que cualquiera ha podido colarse en vestuario, incluso un simple técnico de sonido.

Will se retorcía las manos con fuerza y se las limpiaba sobre los pantalones con evidente desazón.

—Joder, joder… —protestó preocupado, y se miró las manos, que comenzaban a arderle—. Este no es el típico pica-pica de instituto. Sea lo que sea, es más fuerte.

Arthur miró a la chica con una expresión preocupada.

—Si llegas a ponerte el maldito vestido, habrías necesitado un médico —opinó—. ¿Y qué medicamentos habrías podido usar compatibles con tu embarazo?

Se le veía angustiado.

—No me lo he puesto, por suerte —les recordó la chica.

Will daba botes.

—Tengo que ir a lavarme y echarme alguna crema.

—Hay una pomada con corticoide en el botiquín —informó Arthur ahora—. Te la busco.

Ambos se alejaron de allí hacia el despacho y Arizona se puso mucho más tensa. Tyler la miraba en silencio ahora.

—Solo es… una gamberrada —acabó diciendo la chica frente al gesto serio, pero ambos sabían que solo intentaba calmar los ánimos.

—No, Arizona, esto no tiene nada de gamberrada —aseguró Tyler—, tampoco lo de los cristales.

La chica no pudo contradecirlo, se limitó a murmurar:

—¿Y qué narices es lo que pretenden?

Tyler negó con un gesto.

—¿Tienes enemigos, Arizona? —indagó.

—¿Aparte de ti, dices?

Lo vio apretar los dientes y se sorprendió al escuchar su tono amargo cuando declaró:

—Eso no tiene ninguna gracia.

Arizona guardó silencio y lo observó de reojo. ¿Pues no parecía preocupado por su salud y dolido por su acusación?

—¿Crees que quieren asustarme? —interrogó, ya confundida.

—Tiene pinta.

—¿Con qué objetivo?

Tyler se encogió de hombros y conjeturó:

—Quizá quieren que te hagas a un lado para sabotear la obra.

—Pues no van a conseguirlo.

—No estaría yo tan seguro.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que no voy a arriesgar tu salud —aclaró sin un titubeo—. Si esto sigue pasando, te meto en el primer avión que salga con destino Estados Unidos.

—¡Sí, claro!

Pero Tyler ni sonreía ni parecía hablar por hablar.

—¡Venga ya! —se quejó irritada—. Nadie va a forzarme a nada, ni quien esté detrás de todo esto, ni tú —afirmó acalorada—. Y deja de fingir que te preocupas por mí, Tyler, no te pega el melodrama.

Aquello pareció enfurecerlo. Cuando Arizona quiso darse cuenta, la tenía entre sus brazos, pero en su expresión se leía que estaba muy enfadado.

—Créeme un monstruo sin corazón si quieres —dijo con una firmeza que no admitía discusión, casi con la nariz pegada a la suya—, pero si vuelve a haber un solo intento de hacerte daño, cierro este puto chiringuito.

Sin añadir nada más, la soltó y se marchó hacia la salida.

Arizona lo siguió con la mirada, todavía intentando encajar el peso de aquellas palabras.

No había sonado a amenaza vacía ni a una exageración nacida del enfado, sino a verdad, y eso la descolocó más de lo que quería admitir.

Porque detrás de aquella brusquedad no había solo control ni terquedad, sino preocupación. Una real, intensa y… sincera.