Capítulo 34 #3
—Somos incompatibles —aceptó al fin—. Y para él solo soy ese secreto inconfesable, alguien con quien tontear en privado, pero de quien avergonzarse en público.
Solo me quiere para una cosa… Mierda. Duele.
—Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Ni siquiera podía plantearse los motivos por los que sentía aquel malestar dentro del pecho.
Si lo hacía, tomaría el primer avión de vuelta a casa.
—Dios, odio sentirme así —reconoció, secándose las mejillas con cierta irritación—. Jamás había soltado una lágrima por culpa de un hombre. No pienso volver a hablarle.
Cora rio.
—Ni siquiera al oído mientras…
—Pero bueno, mamá, que es un odioso arrogante y estirado —le recordó—, que el sexo sea… tan… —se mordió los labios—. Vale, a lo mejor al oído…
Ambas rieron ahora al mismo tiempo. Arizona se encontraba algo mejor, pero no le duró demasiado.
—Mamá, esta sensación de abatimiento no me gusta —reconoció—. Incluso la intensidad de todo lo que provoca en mí empieza a inquietarme. No me siento bien sabiendo que comienza a influirme tanto.
—¿Qué te preocupa realmente, Ari?
Aquella era una pregunta muy complicada, una que jamás había contestado en alto.
—¿Y si… soy como él, mamá? —tragó saliva con dificultad.
Cora la miró como si siempre hubiera sabido que aquel era justo el problema.
—¿Cómo papá, dices?
Arizona asintió y confesó:
—Cada día de mi vida elijo ser feliz, mamá, de forma premeditada, como una elección personal —explicó con una sensación de inquietud en el pecho—, pero Tyler comienza a influir en mi estado de ánimo, para lo bueno, pero también para lo malo, y eso me aterra.
Suspiró con pesar.
—Te preocupa sufrir, es lógico.
—No, mamá, lo que me aterroriza no es sufrir, es no ser capaz de recuperarme —se borró las lágrimas de nuevo—. Sé que papá nos amaba, que luchaba cada día por superar su depresión, pero… eso no impidió que acabara… acelerando en aquella curva cuando debió frenar.
—Arizona…
—¿Cómo sé que no soy como él? —se reiteró ya entre lágrimas—. Si me expongo al dolor y me tumba, ¿cómo sé que seré capaz de levantarme de nuevo? —sollozó—. Él no pudo, mamá.
Cora tampoco podía contener las lágrimas ya. Miraba a su hija con un gesto mezcla pesar e incertidumbre.
—Eres una de las personas más fuertes y valientes que conozco, hija —afirmó en un tono maternal—.
Llevas viviendo sola, persiguiendo tus sueños, desde que apenas eras una niña, moviéndote en un mundo muy complicado, en el que muy pocos llegan donde tú estás con el alma tan pura —sonrió—.
¿Sabes el logro que eso supone? Has superado muchas adversidades con una entereza y fortaleza dignas de admiración, incluida…
la pérdida de papá de una manera muy dura, con solo quince años.
¿De verdad crees que la vida puede tumbarte y ponerte un pie encima que te impida levantarte?
¡Le arrancarás los dedos a bocados para lograrlo si es necesario!
Arizona respiraba con dificultad, emocionada.
—No permitas que el miedo te obligue a vivir a medias, Ari —sonó a ruego—. Deja que alguien resquebraje tu coraza poco a poco, que se cuele en ella a través de las pequeñas rendijas… hasta romperla desde dentro.
Ambas guardaron silencio unos segundos.
—Y no estoy diciendo que esa persona sea… el odioso —puntualizó, y las dos sonrieron—. Quizá el hombre destinado a tu corazón aún no ha aparecido en tu vida.
La chica tragó saliva.
—¿Y sí… esa persona no está interesada en mi corazón?
—Entonces tendrás que asumirlo —aceptó—, pero no sé si existe un hombre en la tierra que no se enamore de ti al instante si decides conquistarlo —repuso con una sonrisa—. Irradias una luz que deslumbra, amor, dentro y fuera del escenario.
—¿Crees que… —se le atragantaron las palabras— sería una buena madre?
—Maravillosa —aseguró sin una sola duda—, y encontrarás la forma de compaginarlo con tu carrera si decides tenerlo, siempre hay una manera, pero tampoco estás obligada.
Si sientes que no puedes con ello, que no es momento, si la sola idea de ser madre te provoca rechazo, interrumpe tu embarazo sin dudarlo.
No permitas que la culpa ni los juicios morales tomen la decisión por ti.
Arizona analizó cada palabra. Tenía mucho en lo que pensar.
—Te quiero, mamá —susurró con el corazón en la mano.
—Yo más —suspiró Cora con el amor más puro brillando en sus ojos.
Ambas sonrieron durante unos largos segundos.
—¿Y sabes qué más quiero? —dijo la mujer, y carraspeó—. Una foto del odioso.
—¡Mamá! —No pudo contener una carcajada.
—Tengo curiosidad —bromeó—. Sueles ser selectiva. Quiero ver qué tiene ese tipo para que fueras tan imprudente en ese túnel.
Arizona soltó un suspiro de resignación. Solo a su madre se le podía ocurrir hacer una broma con aquello.
—Pues revisa el Daily Mirror del día después de mi llegada a Londres —le sugirió.
—¿Por qué?
Arizona recordó aquellas fotos y su cuerpo reaccionó con intensidad.
—Olvídalo —rogó—, quiero seguir pareciendo casta y pura a tus ojos.
Cora frunció el ceño con una expresión divertida.
—¿Qué día dijiste?